sábado, 4 de enero de 2014

Capítulo 8

Todo me daba vueltas. Parecía que estaba en una noria que giraba a gran velocidad. El estómago lo tenía revuelto y notaba como la acidez me subía por la garganta dejándome una desagradable sensación. Pero eso no era todo: Tenía un dolor de cabeza inmenso y pensé que me iba a estallar de un momento a otro. El cuerpo lo tenía molido y era incapaz de moverme. La situación era desesperante y molesta. No tenía consciencia de donde estaba, pero tampoco me importaba. Solté un pequeño grito de dolor, pero no hubo respuesta. Mi mundo era oscuro como la noche donde nada existía. Un mundo sumido en las tinieblas, sin rastro de vida. Era un mundo oscuro que giraba a una velocidad vertiginosa. Pensé que estaba soñando e intenté moverme pero me fue inútil. Estaba como anclada a la tierra. Las arcadas empezaron. Maldije e intenté no pensar en ellas para así ver si disminuían, pero no tenía nada con qué distraerme. Solo quería salir de allí. Intenté liberarme de las ataduras invisibles que impedían que me moviese. Volví a gritar con todas mis fuerzas y maldecí. Lloré por Leo, por mis padres y por Efrén, y les deseé que todo les fuera bien. Estaba sumida en mi propio infierno y no sabía como escapar. Todo era muy frustante. Esperé a que dejara de llorar y cuando lo hice, mi humor había cambiado: ahora estaba llena de rabia. Estaba enfadada, frustrada, confundida y cabreada. De momento noté como algo me tapaba la boca y me impedía hablar y luego se me aferraba al cuello y me impedía respirar. Necesitaba respirar. Me estaba ahogando. Las pulsaciones se me aceleraron. “Por favor, por favor, no puedo respirar. Me estoy ahogando.¡ Socorro! ¡Que alguien me ayude!” Grité para mis adentros. Intenté liberarme pero nada. El tormento siguió mientras mis pulsaciones se aceleraban hasta que sentí una gran descargada por todo mi cuerpo y volví a perder el conocimiento.
Abrí los ojos poco a poco y la luz blanca me dió en la cara. Estaba todo muy borroso y confuso. Poco a poco recobré la visión. Vi que me encontraba en una habitación completamente blanca, de paredes, techo y suelo blancos. Por lo menos el suelo era blando y cómodo, y supuse que el resto de la habitación era igual. Había pocos muebles: Un banco, un fregadero, una cama individual completamente blanca, un váter y una puerta con dos rendijas: una a la altura de los ojos y otra a ras del suelo. El blanco dañaría la vista a cualquier persona normal pero yo no era una persona normal y mis ojos se acostumbraron al color.
Me acordé de la sensación de agobio y de como no había podido respirar debido a que algo me había estado aprisionando el cuello. Me toqué a esa altura y noté como llevaba un collar negro con una luz verde que se me adaptaba al cuello perfectamente como una gargantilla, aunque en realidad parecía una correa para perros.
¿Donde estaba? Me incorporé un poco del suelo, y me miré. Iba vestida con la ropa que recordaba cuando fui atacada junto con Leo y Kira, pero en cambio estaba descalza y tenía las deportivas a un lado. Me levanté fui palpando todas las paredes intentando detectar cualquier cosa que me fuera posible, pero nada. Parecía que estaba completamente aislada. ¿Estaba en una cámara de aislamiento? No, pero se parecía mucho ya que la mía tenía luz y muebles, a parte de ser cómoda. Seguí palpando hasta que la puerta se abrió sobresaltándome. Entró un hombre con un traje negro y con camisa blanca. Tenía el pelo canoso, engominado y peinado hacia atrás. Iba afeitado, y tenía los ojos de un color avellana. Por la imagen que daba, supuse que tendría unos 45 años. Me quedé paralizada. Él cerró la puerta detrás de él y me sonrió con frialdad.
—Hola María. O debería decir... Kattirva.
—Hola. —Articulé.
—Te veo asustada. ¿Es por algo en concreto?
¿Perdón?
Negué con la cabeza. No me asustaba, solo que estaba intimidada.
—No. Estoy bien. —Contesté.
—Me alegro.
Él se acercó lentamente a mí. Me quedé inmovilizada contra la pared. Me intimidaba y aunque no quisiera reconocerlo, el miedo crecía dentro de mí.
—¿Donde estoy? —Pregunté.
—¿Donde crees que estás?
—No tengo ni idea, por eso lo pregunto. —Respondí casi en un susurro.
Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—Estás muerta de miedo. Yo huelo el miedo y tu lo irradias. —Dijo con voz grave.
Negué con la cabeza.
—No tengo miedo. Solo estoy aturdida e intimidada.
—¿Aturdida e intimidada? —Asentí.
El me miró durante unos instantes mientras se frotaba la barbilla como pensando. Sus ojos se me clavaban en lo más profundo de mi ser como si pudiera leer mis pensamientos e impedía que mirara hacia otro lado.
Al final cerró los ojos, suspiró y cuando los volvió a abrir, los vi serenos.
—¿Quieres comer algo? —Me preguntó.
¿Qué?
Fruncí el ceño.
—¿Perdón? —Dije incrédula.
—¡Ah! Perdonad mis modales. —Me alargó la mano y se la estreché con la poca firmeza que encontré dentro de mi—. Me llamo Patrick. Patrick Stewart.
—Encantada, Patrick. Le diría como me llamo pero creo que usted ya lo sabe.
¿Ahora estábamos hablando de usted? Alucino.
—Sí. Lo sé. ¿Cómo prefiere que la llame? ¿María o Kattirva? —Dijo ladeando la cabeza.
Otro que tal.
—Me es indiferente. —Contesté—. Como usted prefiera.
—De acuerdo. La llamaré María. Ya que es su nombre humano y creo que se siente más cómoda con él que con el de Kattirva, ¿me equivoco?
Negué con la cabeza.
—No se equivoca, Patrick.
—¿Es usted americano? —Pregunté—. Es por el nombre y los apellidos.
—Mis padres lo eran. Nací en Estados Unidos pero me crié en España.
—Ah. De acuerdo.
—¿Porqué lo pregunta?
—Simple curiosidad.
Patrick frunció el ceño y apretó los labios formando una linea fina, luego se acercó hasta el banco y se sentó en él. Me miró.
—¿Podría sentarse en la cama? Me gustaría hablar con usted.
No lo soporté más.
—¿Ahora me habla de usted? ¿A qué se debe ese cambio? —Pregunté cruzando los brazos en posición defensiva.
Patrick ni se inmutó.
—Como prefieras. Te hablaré de tú. ¿De acuerdo?
Asentí y me senté en la cama delante de él, ya más relajada.
—Bueno... Empecemos por el principio María. ¿Te parece bien? —Asentí—. Bien. Lo primero de todo: No pienso matarte, ni torturarte ni nada por el estilo.
—¿No? —Pregunté sorprendida.
—No. —Negó con la cabeza—. Solo quiero que me ayudes.
—¿Porqué debería hacerlo? —Le corté.
—Porqué sí, y porqué tú eres la adecuada para el trabajo que tengo para tí.
—¿Y sino quiero hacerlo?
—Lo harás. De una forma o otra, lo harás.
—¿Como estás tan seguro?
Una fina sonrisa se le dibujo en la cara que hizo que un escalofrío me recorriera la columna y que se me clavara en lo más profundo de mi ser.
“¡No te fies de él!” Me gritó mi subconsciente.
—Porqué lo estoy, María. —Juntó las yemas de los dedos de ambas manos antes de seguir hablando—. María, ese collar que llevas en el cuello tiene un objetivo en concreto: Detectar cuando tus pulsaciones aumenten más del patrón establecido para así mediante la descarga hacer que te bajen.
—¿Y qué consigo con eso?
—Bueno... —Patrick hizo una pausa—. Que no te transformes y que si decides ayudarnos pues que aprendas a controlar tus poderes... A dominarlos.
Tragué saliva y bajé la cabeza. Vale. Este hombre me estaba asustando y mucho. ¿La descarga? ¿Me controlaban mediante la electricidad? ¿Cómo podían ser tan bruscos?Entonces lo supe: ¡La descarga que había sentido antes era lo que me había dejado inconsciente! Intenté recordarla y no me pareció nada agradable.
Patrick ladeó la cabeza.
—¿Hasta cuando me tendréis aquí? —Pregunté con hilo de voz.
—Hasta que aceptes.
—Eso es mucho tiempo.
—Sí. Así es. Y te aseguro que al final aceptarás porqué no saldrás de aquí para nada, solo para exámenes médicos y poca cosa más.
—Estaré presa aquí. —Dije intentando calmarme.
—Bueno... Es una forma de verlo, pero sí. —Cogió aire—. Mira María... —Patrick se inclinó hacia delante—. Quiero de verdad que nos ayudes, no somos los malos que tu crees que somos.
—¿No?
—No. Hay más gente detrás de tí que sí que quiere torturarte y matarte, pero nosotros no. Piensa que si tu nos ayudas todos saldremos ganando.
—¿Ganando?
—Sí. Es un beneficio mutuo.
—Patrick yo... No sé que pensar. ¿Quién no me dice que quienes he visto que me perseguían no eran tus hombres? ¿Y como me trajisteis hasta aquí? Lo último que recuerdo es que me estrellé contra algo antes de perder el conocimiento.
—María... —Patrick volvió a coger aire—. Mis hombres no son aquellos que viste armados y vestidos de negro. Mi gente son personas, individuos como tú con habilidades y poderes.
Le miré incrédula.
—¿Entonces como es que he llegado hasta aquí?
—Los nuestros llegaron justo a tiempo para enfrentarse a los que tu crees que son los míos, para así traerte aquí.
Gente como yo. ¿Esto incluía demonios, vampiros, licántropos, brujos, hadas, elfos, sirenas, mutantes y toda clase de especies fantásticas? ¿Donde me estaba metiendo?
—Te los presentaré a todos cuando hayas aceptado.
—¿Aceptado?
—Sí. —Patrick me alargó la mano—. Por favor.
Le miré a los ojos y me asombró ver compasión en él. Ya no era el hombre frio y distante que me había intimidado y causado miedo solo entrar, sino que ahora parecía una persona bondadosa que de verdad quería ayudarme. Dudé en si aceptar o no. Todo estaba pasando demasiado deprisa. Pensé en Leo y en Kira, y en qué sería de ellos. Deseé que hubieran tenido mejor suerte que yo. Suspiré. No me quedaba nada, nada así que no tenía nada que perder intentándolo. Era inmortal y no podía morir. Al final decidí que lo mejor era aceptar.
—¿Me sacaréis de aquí si acepto?
—Sí.
—¿Me prometerás ser sincero conmigo en todo momento?
—Sí. Te lo prometo.
—¿Me respetarás?
—Por supuesto.
Le estreché la mano.
—Pues acepto Patrick. Acepto a lo que me propones. —Le miré a los ojos—. No tengo nada que perder pero creo que sí puedo ganar. Después de todo lo ocurrido creo que es lo mejor que puedo hacer. No sé si hago bien fiándome de tí pero por esta vez dejaré que sea mi instinto quien hable y no mi subconsciente.
Patrick sonrió y me apretó la mano estrechada. Nos levantamos a la vez.
—Buena puntualización, María. Haces bien. Te lo prometo. Seré tu mentor, tu padre adoptivo, tu tutor, tu maestro. —Me estrechó con un abrazo y me susurró al oído con ternura—. Conmigo estás a salvo.
No supe si creérmelo o no, pero asentí con la cabeza. Patrick se apartó de mi y me miró fijamente a los ojos, parecía que no se terminaba de creer que hubiera aceptado.
—¿Estás bien, no? —Dijo cogiéndome por los hombros.
—Sí. —Asentí—. Solo estoy asimilándolo todo, nada más Patrick.
—Bien. —Frunció el ceño y me cogió de la mano—. Vayámonos de aquí.
—De acuerdo.
—Pero antes ponte tus deportivas. —Dijo antes de soltarme la mano.
Asentí, me agaché y me las puse. Una vez preparada me volvió a coger de la mano y nos acercamos a la puerta. Patrick la golpeó 3 veces y nos abrieron. Un hombre y una mujer de treinta y pocos o de veinte y muchos, vestidos con uniformes muy elegantes aparecieron. Él con camisa blanca y pantalón, corbata y americana negros, y ella igual que él, con la camisa blanca, la falda de tubo y la americana negra. Llevaba unos zapatos negros de charol con tacón de aguja, mientras que sostenía una carpeta en las manos. Era morena llevaba el pelo recogido en un moño. Él en cambio tenía el pelo negro y casi rapado, y se notaba que era musculoso.
—Claire. Marcus. —Dijo Patrick.
Ellos asintieron con la cabeza antes de decir a la vez.
—Señor.
Patrick me pasó un brazo por los hombros.
—¿Tienes frio? —Preguntó.
—No. —Negué con la cabeza.
Patrick me condujo por unos pasadizos metalizados llenos de puertas blindadas hasta un ascensor a juego con el ambiente. Claire y Marcus no se separaron de nosotros en ningún momento. Entramos y Patrick pulsó el botón de la planta baja. Las puertas se cerraron y empezamos a subir. Me quedé al fondo del ascensor mientras Claire y Marcus estaban al frente.
—¿A donde vamos? —Le pregunté a Patrick en voz baja.
—A mi casa.
—¿A tú casa? —Pregunté algo aturdida. Él asintió—. ¿No se supone que estos casos iríamos a la base de operaciones o como se llame, no a tu casa? —Pregunté con dureza intentando no aparentar enfadada.
—Mi casa es nuestra base María. Hay mucho que no se vé a simple vista.
—Ah. Pues espero que sea más acogedor que donde estaba. —Dije refunfuñando.
—Sí. De eso no te cabe duda.
Sonreí con sarcasmo a Patrick y él sonrió como si la cosa le divirtiera.
Llegamos a la primera planta y salimos a la recepción de un gran edificio de suelos de mármol y paredes de cristal. Pasamos por recepción y fuera nos estaba esperando un todoterreno negro de cristales blindados. Patrick me abrió la puerta de atrás y subí. Una vez allí, él se subió a mi lado y Marcus y Claire ocuparon los asientos del conductor y del copiloto. Arrancamos y me puse a mirar por los cristales intentando averiguar donde estaba, pero no vi nada que pudiera relacionar con algún lugar que conociera.
—¿Donde estamos? ¿En España?
Patrick negó con la cabeza.
—No estamos en España, María. Estamos en Suiza, exactamente en Zurich, pero nos vamos a los Alpes Suizos. —Dijo Patrick.
—Me he perdido. ¿Los Alpes suizos? ¿Como he llegado hasta aquí? —Pregunté alterada.
—Cuando te diste el golpe y te rescatamos, tardaste un día y medio en despertar lo que hizo que pudiéramos traerte aquí sin problemas. —Dijo Patrick encogiéndose de hombros.
De momento sentí mucho frío y me dí cuenta de que el paisaje estaba nevado y de lo altos y majestuosos que eran los rascacielos que se alzaban ante nosotros.
—¿Tienes frío? —Me preguntó Patrick.
Asentí.
—Marcus, pon un poco la calefacción.
Este actuó de inmediato y cuando el aire caliente empezó a inundar el coche me relaje. Cerré los ojos y dejé que mi mente vagara por lugares que sí conocía como el apartamento de Leo, la casa de mis padres, la de Efrén... Les echaba muchísimo de meno. Miré a Patrick y me dí cuenta de que mi vida estaba en sus manos y que dependía completamente de él.
Seguí mirando por la ventanilla y vi como dejábamos atrás los rascacielos y ahora nos encontrábamos rodeados por chalets de lujo. Así que Zurich era una ciudad rica por lo visto.
—¿A donde vamos?
—A Grindelwald. Está completamente dentro de los Alpes. Zurich está al norte.
—Entiendo. El nombre de Grindelwald parece élfico.
Patrick sonrió.
—¿Verdad que sí? Un bonito nombre para la zona de Ribendel.
—¡¿Eres fan del señor de los anillos?!—Me quedé con la boca abierta.
Patrick estalló en una carcajada.
—¡Claro María! Aunque sea un viejo, J. R. R. Tolkien siempre ha gustado.
—¿Has visto todas sus películas?
—Por supuesto. Todas.
—Pues si que tienes buen gusto.
—Siempre lo he tenido.
Sonreí al ver que por lo menos teníamos tema de conversación y había algo que nos gustaba a Patrick y a mí. Debíamos “congeniar” si queríamos que la cosa saliera bien. El viaje duró unos 15 minutos antes de que nos detuvieramos dentro del aeropuerto. Patrick me abrió la puerta y me condujo dentro del yet privado. Era elegante, muy elegante. En tonos blancos, platas y negros. Dentro había una zona con sillones y una mesa en el centro, otra con un sofá y una pantalla de televisión y luego en la zona de atrás habían 4 dormitorios, 2 baños y la cocina. Patrick me condujo a la zona con sillones y me senté en uno de los sillones al lado de la ventanilla, y él se sentó delante de mí. Claire y Marcus desaparecieron en la cabina dejándome asolas con Patrick. Me abroché el cinturón de seguridad y Patrick hizo lo mismo. De pronto oí la voz del piloto que nos indicaba que en unos 30-45 minutos como máximo habríamos llegado a nuestro destino porqué Grindelwald no estaba muy lejos.
—¿Preparada? —Me preguntó Patrick.
Asentí.
—Preparada.
Estaba emocionada y nerviosa. No todos los días se subía a un yet privado, y la verdad es que era emocionante, pero por otro lado también era emocionante no saber que me esperaba. Recordé lo que me había dicho Patrick sobre que los que trabajaban para él eran como yo. Sonreí y me relajé. El avión alzó el vuelo y una vez en el aire, Patrick y yo nos desabrochamos nuestros cinturones de seguridad.
—¿En Grindelwald hay aeropuerto? —Pregunté.
—Sí. Uno pequeño y casi abandonado. Solo se utiliza para la gente rica que tiene sus yets privados allí.
—Gente rica como tú.
—Sí, como yo.
—¿Es un pueblo pequeño de ricos?
Patrick sonrió.
—Más o menos. Es una localidad no muy grande, y hay de todo, aunque es un buen destino turístico en invierno, y a la gente rica le gusta ir allí.
—¿Entonces es pobre?
—Algo. La mayoría de los habitantes son de clase medía-baja, y la economía se mantiene debido a los pocos ricos que pasan allí las vacaciones de invierno.
—Entiendo.
No sabía que más preguntarle a Patrick, por lo menos me era sincero y me contestaba a todas mis preguntas pero aún así no me acababa de sentir cómoda, entonces Patrick
apretó un botón de su reposabrazos y una joven chica rubia con una coleta y con uniforme de azafata apareció distrayéndome de mis pensamientos.
—Soy Susan y soy su azafata. ¿Desean algo los señores?
—Tráiganos la comida, por favor. ¿En qué consiste el menú de hoy? —Preguntó Patrick con educación.
—El menú de hoy consta de una ensalada griega con yogur, queso blanco, y nueces como entrante, un solomillo al roquefort como plato principal y de postre hay tiramisú.
—Excelente. Pues tráiganos el menú.
—¿Dos?
—Sí. Uno para mí y uno para la señorita. —Le dijo a la azafata—. ¿Te parece bien, María?
—Sí. Perfecto.
—¿Algo de beber? —Preguntó Susan.
Patrick me miró y pensé en Leo.
—Un vino blanco si tiene.
Susan me sonrió.
—Por supuesto señorita. —Luego miró a Patrick—. ¿Señor?
—Lo mismo.
—Enseguida.
Y esta desapareció por la cocina.
—¿Te ha parecido bien la comida, María?
—Mucho. La verdad es que todo me gusta. Si tuvieran pan para la salsa roquefort ya sería el paraíso. —Dije sonriendo.
—Me alegra de que tengas hambre. Y sí, seguro que tienen un poco de pan.
Le sonreí y miré por la ventanilla. El pedir vino blanco me recordó a la primera vez que comí en casa Leo. Le añoraba y muchísimo. Recé para que estuviera bien.
Patrick me distrajo de mis pensamientos.
—¿En qué piensas María? Estas muy callada.
—Estaba pensando en un amigo.
—¿Un amigo? —Preguntó Patrick alzando una ceja.
—Sí. Fue él quien me dio a probar el vino blanco por primera vez.
—¿Le añoras?
—Bastante.
Patrick alargó la mano por encima de la mesa y me acarició los nudillos con el pulgar.
—Estará bien. Te lo prometo. —Dijo sonriendo.
Asentí.
—Eso espero... Eso espero...
Volví a mirar por la ventanilla. Estábamos muy altos y debido a la niebla y a la nieve no podía ver nada, así que me estaba perdiendo los bellos paisajes de los Alpes, y de Suiza.
—Señores aquí tienen la ensalada griega. —Dijo Susan sacándome de mi misma.
Esta colocó los platos delante de nosotros, junto con las servilletas y los cubiertos con una precisa coordinación y eficiencia. Luego volvió con una botella de vino blanco y dos copas. Nos puso un poco a ambos y se fue.
—¡Salud! —Dijo Patrick alzando su copa y yo la mía—. Brindemos por el gran y maravilloso futuro que nos espera a ambos.
—¡Salud! —Respondí y choqué su copa con la mía.
Comimos tranquilamente y mientras tanto Patrick me contó como había llegado a donde estaba. Nació en un pequeño pueblo del norte de Estados Unidos. Su padre era economista y su madre profesora. Pero por problemas económicos tuvieron que emigrar a España junto con sus abuelos paternos y maternos. Desde que era pequeño su abuela materna le contaba historia de dioses, demonios y criaturas mágicas que le entusiasmaron y que le transmitieron esa pasión por la mitología. Así que se crió rodeado de mitología. Así que cuando se creció, se fué a estudiar la antigua Grecia y las diferentes mitologías en Italia, Grecia y Egipto debido a una beca que le concedieron por sus buenas notas. Allí descubrió varias cosas como que era un mutante con el don de la inmortalidad, y la historia de los Drasmasters con lo que se quedó prendado de aquella familia. También conoció a algunos como yo entre los que estaban Claire y Marcus. Claire tenía el poder de leer las mentes y así de manipularlas, en otras palabras: Una telequinesis increíble que le permitía en ocasiones hasta mover objetos con la mente ya que era descendiente del titán Ceo (el de la inteligencia) y de la titánide Yathina (la mente), lo que explicaba su habilidad. Marcus en cambio, tenía la habilidad de la guerra, la lucha y la batalla, por lo que era descendiente del dios Ares (la guerra) y de la diosa Atenea (la estrategia en la lucha). Junto con ellos dos formó una empresa dedicada a la investigación sobre los mitos e historias de la mitología. Con el paso de los años fueron llegaron más como ellos (algunos descendientes de dioses mitológicos y otros mutantes) y la empresa creció y se hizo muy rica e importante. Numerosas asociaciones y organizaciones de todo el mundo requerían sus servicios, eso le permitió a Patrick construir su imperio. Lo llamó “Legends of God” (leyendas de dios). Lo llamó así para abarcar todo el campo de la mitología, los dioses, titánes, semi-dioses, semi-titanes, mutantes y demás criaturas, y de este modo ayudar en la investigación sobre sucesos paranormales. Formó su sede principal en Grindelwald, porqué le permitía pasar desapercibido, aunque también tenía otras sedes repartidas por todo el mundo. Después de contarme toda su vida, le conté la mia por encima, encima. No le quise hablar ni de Leo ni de Kira, así que sustituí esa parte de la historia por la de que escapé del hospital robando un coche y me refugié en un piso de un amigo mio que estaba de vacaciones, y qué me encontrarón en ese estado porqué intentando escapar me había golpeado contra el muro de un almacén. También le conté como había conocido a Kattirva y como me había fusionado con ella. Patrick escuchaba con toda la atención del mundo y me gustó que no me interrumpiese. Era un hombre muy agradable, y por lo visto también era bondadoso.
Dejé la cuchara del tiramisú sobre la mesa y me limpié con la servilleta la boca. Sonreí a Patrick.
—Gracias por hablar conmigo. —Le dije—. Por ser sincero y así conocerte un poco mejor.
Patrick sonrió, pulsó un botón de su asiento y apareció Susan para llevarse nuestros platos. Nos sonrió y se fué.
—No es nada. Es un placer hablar contigo, y gracias a tí por todo lo que me has contado. Ha sido increible.
—¿Increible?
Él asintió.
—Sí. Increible para mí. Me ha fascinado como Kattirva te eligió, como se “despertó” en tí, como la conociste. Es todo una revelación.
—¿Una revelación? —Ladeé la cabeza—. ¿En sentido bueno o malo?
—En el bueno por supuesto. Ya te he dicho que no somos los malos.
Sonreí levemente y me acaricié la gargantilla con la luz verde. Eso me hizo recordar para qué lo llevaba. Aunque era muy ajustada, no era molesta. Pero dudaba de su objetivo.
—¿Estás pensando sobre la gargantilla? —Asentí—. Te la puedo quitar si quieres, María.
Me quedé de piedra. ¿Qué había dicho?
—¿Qué? ¿Qui-tar-me-lo? —No sabía que decir—. Pero... Si me dijiste que no. Qué tenía unos objetivos que debían cumplirse o bueno... En mi caso, cumplirlos yo mediante la gargantilla.
—Pero he cambiado de opinión. Con esa gargantilla te veo incómoda. Durante nuestra conversación has estado tocandotela y por tu cara me he dado cuenta de que no te agrada.
Bajé la cabeza. En ese ámbito Patrick tenía razón. Así que decidí serle sincera.
—Para mí es como si llevara un collar para perros, en el que mediante él me domesticareis.
Patrick se volvió blanco como la nieve y abrió muchos los ojos.
—No. No es eso. Sus objetivos son buenos, no malos. Pero te la quitaré si quieres.
Estaba confundida, muy confundida. El collar me desagradaba pero por otra parte saber controlar mis poderes era algo crucial para mí. Así que estaba indecisa.
Le miré.
—No sé qué decir. Me desagradaba pero la necesito. Eso si te soy sincera, Patrick.
—Podemos cambiarlo. —Dijo Patrick firmemente y con la mirada muy fija en mi.
—¿Cambiarlo? —Pregunté asombrada.
Él asintió y me enseñó su anillo. Era un anillo de acero con un rectangulo donde había un emblema formado por unas lineas, un sol y por unas letras: LoG. Las inciales de su empresa. Las lineas se mezclaban con las letrás y el gran sol estaba detrás de todo. El fondo era negro. Parecía que fuera un anillo de esos que llevaban los papas o las familias nobles de la edad media o un sello de los antiguos, pero sobre todo era precioso e imponente. Estaba maravillada.
—Uau. —Exclamé—. Es... No tengo palabras para describirlo. Estoy impresionada y maravillada, Patrick. No sé qué decir al respecto.
Patrick sonrió y se lo quitó del dedo anular de la mano derecha para ponerlo frente a mí, en la mesa.
—Cógelo y pruebatelo. Pediré uno para tí si es necesario. Cada uno de los que forman parte de esto lo llevan en la forma que más les agradaba: Collar, gargantilla, brazatele, pulsera... Pero a mí me sigue gustando más el anillo. —Sonrió.
Cogí el anillo y me lo puse en el dedo anular. Me venía bastante grande pero aún así me seguía gustando.
—Me encanta, pero me viene grande.
—Me alegro. ¿Entonces quieres cambiar la gargantilla por lo que te ofrezco?
Le miré y sonreí ya que no tenía dudas de lo que quería. Lo tenía muy claro.
—Sí. Lo quiero pero hasta que lo tengas hecho me gustaría ir sin gargantilla.
Patrick sonrió y se volvió a poner el anillo.
—Perfecto.
Se levantó, dió la vuelta a la mesa y se colocó a mi lado poniendose de cluquillas. Yo hice girar mi sillón para estar encaramada a él. Me examinó el cuello con sumo cuidado, luego sacó de su bolsillo una especie de dispositivo pequeño negro. Apretó una tecla y la gargantilla se abrió quedando así desactivada. Me la quité y cogí aire, respirando y sintiendome más relajada. Cerré los ojos aliviada. Ya no me sentía presa de nada, sino que ahora era un poco más libre.
—Gracias. Muchísimas gracias, Patrick. —Dije con una sonrisa de oreja a oreja.
Patrick sonrió. Parecía feliz y satisfecho con lo que había hecho.
—De nada, María. Es un placer.
Este cogió la gargantilla, se levantó y la dejó sobre la mesa antes de volver a su asiento. En ese momento la voz del pitolo sonó para indicarnos que nos abrocharamos los cinturones porque ya ibamos a a aterrizar. Le hicimos caso.
—María. —Dijo Patrick.
—¿Sí? —Respondí.
—En cuanto al anillo. Sé que aún no sabes la joya que deseas que tenga el escudo o emblema, pero me gustará que tuviera una forma distinta a todos. Exclusiva para tí. En el que pudieras sentirte identificada, y en el que si pasara algo poder estar en contacto. Aunque el objetivo sería el mismo si te pareciese bien.
Lo medité unos segundos, y me pareció lo correcto.
—Sí. Claro.
Que tuviera un diseño exclusivo para mí me emocionaba. Eso significaba que Patrick me apreciaba y que quería que me sintiera cómoda. Todo estaba pasando muy deprisa e intentaba adaptarme a ello lo mejor posible.
El avión empezó a bajar. Miré por la ventanilla y ví como nos acercábamos a un pequeño aeropuerto. Era moderno, de metal pero también tenía la madera incorporada. Me gustó de inmediato, ya que así encajaba a la perfección con el entorno. El avión se deslizó con suavidad hasta que alcanzó el suelo. Después de unos cuantos giros, se detuvo. Nos desabrochamos los cinturones. Patrick sonrió.
—Bienvenida a Grindelwald, María.
—Gracias. —Sonreí.
Nos levantamos y en ese momento, Claire y Marcus aparecieron por la cabina. Ella llevaba un anorak entre las manos de color azul marino, y él lo llevaba de color negro.
—Señor. —Dijeron ambos a la vez.
Patrick miró a Claire y a Marcus. Ellos se acercaron y nos ofrecieron los anorak. Nos ayudaron a ponernoslos y entonces me fijé en qué ya no iban con sus trajes, sino que ahora llevaban ambos pantalones negros vaqueros, unas botas peludas, jerseis de cuello alto y unos abrigos.
—Gracias. —Le dije a Claire cuando terminó de ayudarme a ponerme el abrigo.
—No es nada. —Dijo ella y me dedicó una leve sonrisa.
Siempre era tan educada como Marcus, pero también era algo distante y parecian tenerle mucho respeto a Patrick, ¿o era miedo? No tenía ni idea. Pero por un momento ví en ella un atisbo de... ¿amabilidad? ¿de alegría? Me dió la sensación de que se había alegrado al darle las gracias.
Cuando Patrick se puso su anorak me cogió de la mano y salimos por la puerta del avión que ya estaba abierta. Ni me había dado cuenta de cuando la habían abierto. Bajamos por las escaleras, y abajo había otro coche todoterreno negro con los cristales tintados como en Zurich. Cuando toqué el suelo, el aire frío de los Alpes me dió en la cara. ¡Madre mía! ¡Qué frío hacía! Demasiado para una chica que estaba acostumbrada al clíma cálido del Mediterraneo. Nos dirigimos los cuatro al coche. Patrick y yo nos subimos detrás, Claire al asiento del copiloto y Marcus al del conductor. Arrancamos y salimos del aeropuerto. Nos incorporamos a la carretera con dirección a Grindelwald pero no tardamos mucho en llegar, solo unos 10 minutos.
Durante el trayecto hasta Grindelwald me dediqué a observar el entorno que me rodeaba y a empaparme de él. Estabamos rodeados de montañas, y un manto de nieve lo cubría todo. Era precioso. Yo miraba por la ventana como una niña pequeña viendo algo por primera vez. Notaba a Patrick mirandome pero no me decía nada.
Cuando llegamos a Grindelwald pude observar como era el pueblo: pequeño, rural, con algunas tiendas de lujo, de calles empedradas, y con casas y chalets rústicos. Era como uno de esos pueblos de montaña a los que siempre había deseado ir pero nunca lo había hecho.
Ví que pasabamos de largo y que empezabamos a subir por una carretera en dirección al interior de las montañas.
—¿No tienes tu casa en Grindelwald, Patrick? —Le pregunté algo confundida.
—Sí, pero a las afueras. —Dijo él sonriendo.
—Ah.
Eso lo explicaba todo. Seguimos avanzando unos 20 minutos por la carretera pero hasta que no llegamos, no me quedé de piedra.
Nos encontrabamos en un valle en medio de dos montañas (¿o era un antiguo glaciar?) y en el centro una gran mansión de estilo medieval hecha por piedras y madera se alzaba ante nosotros. Estaba rodeada por un gran bosque, y los pinos y los árboles se alzaban al cielo. La mansión estaba rodeada por una gran verja de piedra. Su puerta estaba hecha de hierro y muy elaborada. Según como nos acercábamos, estaba más y más maravillada. La mansión tenía 4 pisos y llegaba desde la base de una montaña hasta la base de la otra y las muchas ventanas y unos cuantos balcones me indicaban que estaba habitada. Los árboles y el amplio jardín que la rodeaba, le daba vida. La puerta de la verja se abrió y nos adentramos por un camino de piedra hasta la entrada donde le dimos la vuelta a la fuente de piedra que había frente a nosotros antes de parar ante la puerta de la entrada. Claire y Marcus, salieron del coche. Claire me abrió la puerta, y Marcus la de Patrick. Salimos y Patrick me cogió de la mano sonriendo.
—Bienvenida María a Legends of God, el hogar de quienes son como tú y como yo, y donde nunca te encontrarás sola ni fuera de lugar.
Subimos el escalón y Patrick me abrió la puerta, pero lo que ví dentro casi hizo que me desmayara.



No hay comentarios:

Publicar un comentario