Todo
me daba vueltas. Parecía que estaba en una noria que giraba a gran
velocidad. El estómago lo tenía revuelto y notaba como la acidez me
subía por la garganta dejándome una desagradable sensación. Pero
eso no era todo: Tenía un dolor de cabeza inmenso y pensé que me
iba a estallar de un momento a otro. El cuerpo lo tenía molido y era
incapaz de moverme. La situación era desesperante y molesta. No
tenía consciencia de donde estaba, pero tampoco me importaba. Solté
un pequeño grito de dolor, pero no hubo respuesta. Mi mundo era
oscuro como la noche donde nada existía. Un mundo sumido en las
tinieblas, sin rastro de vida. Era un mundo oscuro que giraba a una
velocidad vertiginosa. Pensé que estaba soñando e intenté moverme
pero me fue inútil. Estaba como anclada a la tierra. Las arcadas
empezaron. Maldije e intenté no pensar en ellas para así ver si
disminuían, pero no tenía nada con qué distraerme. Solo quería
salir de allí. Intenté liberarme de las ataduras invisibles que
impedían que me moviese. Volví a gritar con todas mis fuerzas y
maldecí. Lloré por Leo, por mis padres y por Efrén, y les deseé
que todo les fuera bien. Estaba sumida en mi propio infierno y no
sabía como escapar. Todo era muy frustante. Esperé a que dejara de
llorar y cuando lo hice, mi humor había cambiado: ahora estaba llena
de rabia. Estaba enfadada, frustrada, confundida y cabreada. De
momento noté como algo me tapaba la boca y me impedía hablar y
luego se me aferraba al cuello y me impedía respirar. Necesitaba
respirar. Me estaba ahogando. Las pulsaciones se me aceleraron. “Por
favor, por favor, no puedo respirar. Me estoy ahogando.¡ Socorro!
¡Que alguien me ayude!” Grité para mis adentros. Intenté
liberarme pero nada. El tormento siguió mientras mis pulsaciones se
aceleraban hasta que sentí una gran descargada por todo mi cuerpo y
volví a perder el conocimiento.
Abrí
los ojos poco a poco y la luz blanca me dió en la cara. Estaba todo
muy borroso y confuso. Poco a poco recobré la visión. Vi que me
encontraba en una habitación completamente blanca, de paredes, techo
y suelo blancos. Por lo menos el suelo era blando y cómodo, y supuse
que el resto de la habitación era igual. Había pocos muebles: Un
banco, un fregadero, una cama individual completamente blanca, un
váter y una puerta con dos rendijas: una a la altura de los ojos y
otra a ras del suelo. El blanco dañaría la vista a cualquier
persona normal pero yo no era una persona normal y mis ojos se
acostumbraron al color.
Me
acordé de la sensación de agobio y de como no había podido
respirar debido a que algo me había estado aprisionando el cuello.
Me toqué a esa altura y noté como llevaba un collar negro con una
luz verde que se me adaptaba al cuello perfectamente como una
gargantilla, aunque en realidad parecía una correa para perros.
¿Donde
estaba? Me incorporé un poco del suelo, y me miré. Iba vestida con
la ropa que recordaba cuando fui atacada junto con Leo y Kira, pero
en cambio estaba descalza y tenía las deportivas a un lado. Me
levanté fui palpando todas las paredes intentando detectar cualquier
cosa que me fuera posible, pero nada. Parecía que estaba
completamente aislada. ¿Estaba en una cámara de aislamiento? No,
pero se parecía mucho ya que la mía tenía luz y muebles, a parte
de ser cómoda. Seguí palpando hasta que la puerta se abrió
sobresaltándome. Entró un hombre con un traje negro y con camisa
blanca. Tenía el pelo canoso, engominado y peinado hacia atrás. Iba
afeitado, y tenía los ojos de un color avellana. Por la imagen que
daba, supuse que tendría unos 45 años. Me quedé paralizada. Él
cerró la puerta detrás de él y me sonrió con frialdad.
—Hola
María. O debería decir... Kattirva.
—Hola.
—Articulé.
—Te
veo asustada. ¿Es por algo en concreto?
¿Perdón?
Negué
con la cabeza. No me asustaba, solo que estaba intimidada.
—No.
Estoy bien. —Contesté.
—Me
alegro.
Él
se acercó lentamente a mí. Me quedé inmovilizada contra la pared.
Me intimidaba y aunque no quisiera reconocerlo, el miedo crecía
dentro de mí.
—¿Donde
estoy? —Pregunté.
—¿Donde
crees que estás?
—No
tengo ni idea, por eso lo pregunto. —Respondí casi en un susurro.
Una
leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—Estás
muerta de miedo. Yo huelo el miedo y tu lo irradias. —Dijo con voz
grave.
Negué
con la cabeza.
—No
tengo miedo. Solo estoy aturdida e intimidada.
—¿Aturdida
e intimidada? —Asentí.
El
me miró durante unos instantes mientras se frotaba la barbilla como
pensando. Sus ojos se me clavaban en lo más profundo de mi ser como
si pudiera leer mis pensamientos e impedía que mirara hacia otro
lado.
Al
final cerró los ojos, suspiró y cuando los volvió a abrir, los vi
serenos.
—¿Quieres
comer algo? —Me preguntó.
¿Qué?
Fruncí
el ceño.
—¿Perdón?
—Dije incrédula.
—¡Ah!
Perdonad mis modales. —Me alargó la mano y se la estreché con la
poca firmeza que encontré dentro de mi—. Me llamo Patrick. Patrick
Stewart.
—Encantada,
Patrick. Le diría como me llamo pero creo que usted ya lo sabe.
¿Ahora
estábamos hablando de usted? Alucino.
—Sí.
Lo sé. ¿Cómo prefiere que la llame? ¿María o Kattirva? —Dijo
ladeando la cabeza.
Otro
que tal.
—Me
es indiferente. —Contesté—. Como usted prefiera.
—De
acuerdo. La llamaré María. Ya que es su nombre humano y creo que se
siente más cómoda con él que con el de Kattirva, ¿me equivoco?
Negué
con la cabeza.
—No
se equivoca, Patrick.
—¿Es
usted americano? —Pregunté—. Es por el nombre y los apellidos.
—Mis
padres lo eran. Nací
en Estados Unidos pero me crié en España.
—Ah.
De acuerdo.
—¿Porqué
lo pregunta?
—Simple
curiosidad.
Patrick
frunció el ceño y apretó los labios formando una linea fina, luego
se acercó hasta el banco y se sentó en él. Me miró.
—¿Podría
sentarse en la cama? Me gustaría hablar con usted.
No
lo soporté más.
—¿Ahora
me habla de usted? ¿A qué se debe ese cambio? —Pregunté cruzando
los brazos en posición defensiva.
Patrick
ni se inmutó.
—Como
prefieras. Te hablaré de tú. ¿De acuerdo?
Asentí
y me senté en la cama delante de él, ya más relajada.
—Bueno...
Empecemos por el principio María. ¿Te parece bien? —Asentí—.
Bien. Lo primero de todo: No pienso matarte, ni torturarte ni nada
por el estilo.
—¿No?
—Pregunté sorprendida.
—No.
—Negó con la cabeza—. Solo quiero que me ayudes.
—¿Porqué
debería hacerlo? —Le corté.
—Porqué
sí, y porqué tú eres la adecuada para el trabajo que tengo para
tí.
—¿Y
sino quiero hacerlo?
—Lo
harás. De una forma o otra, lo harás.
—¿Como
estás tan seguro?
Una
fina sonrisa se le dibujo en la cara que hizo que un escalofrío me
recorriera la columna y que se me clavara en lo más profundo de mi
ser.
“¡No
te fies de él!” Me gritó mi subconsciente.
—Porqué
lo estoy, María. —Juntó las yemas de los dedos de ambas manos
antes de seguir hablando—. María, ese collar que llevas en el
cuello tiene un objetivo en concreto: Detectar cuando tus pulsaciones
aumenten más del patrón establecido para así mediante la descarga
hacer que te bajen.
—¿Y
qué consigo con eso?
—Bueno...
—Patrick hizo una pausa—. Que no te transformes y que si decides
ayudarnos pues que aprendas a controlar tus poderes... A dominarlos.
Tragué
saliva y bajé la cabeza. Vale. Este hombre me estaba asustando y
mucho. ¿La descarga? ¿Me controlaban mediante la electricidad?
¿Cómo podían ser tan bruscos?Entonces lo supe: ¡La descarga que
había sentido antes era lo que me había dejado inconsciente!
Intenté recordarla y no me pareció nada agradable.
Patrick
ladeó la cabeza.
—¿Hasta
cuando me tendréis aquí? —Pregunté con hilo de voz.
—Hasta
que aceptes.
—Eso
es mucho tiempo.
—Sí.
Así es. Y te aseguro que al final aceptarás porqué no saldrás de
aquí para nada, solo para exámenes médicos y poca cosa más.
—Estaré
presa aquí. —Dije intentando calmarme.
—Bueno...
Es una forma de verlo, pero sí. —Cogió aire—. Mira María...
—Patrick se inclinó hacia delante—. Quiero de verdad que nos
ayudes, no somos los malos que tu crees que somos.
—¿No?
—No.
Hay más gente detrás de tí que sí que quiere torturarte y
matarte, pero nosotros no. Piensa que si tu nos ayudas todos
saldremos ganando.
—¿Ganando?
—Sí.
Es un beneficio mutuo.
—Patrick
yo... No sé que pensar. ¿Quién no me dice que quienes he visto que
me perseguían no eran tus hombres? ¿Y como me trajisteis hasta
aquí? Lo
último que recuerdo es que me estrellé contra algo antes de perder
el conocimiento.
—María...
—Patrick volvió a coger aire—. Mis hombres no son aquellos que
viste armados y vestidos de negro. Mi gente son personas, individuos
como tú con habilidades y poderes.
Le
miré incrédula.
—¿Entonces
como es que he llegado hasta aquí?
—Los
nuestros llegaron justo a tiempo para enfrentarse a los que tu crees
que son los míos, para así traerte aquí.
Gente
como yo. ¿Esto incluía demonios, vampiros, licántropos, brujos,
hadas, elfos, sirenas, mutantes y toda clase de especies fantásticas?
¿Donde me estaba metiendo?
—Te
los presentaré a todos cuando hayas aceptado.
—¿Aceptado?
—Sí.
—Patrick me alargó la mano—. Por favor.
Le
miré a los ojos y me asombró ver compasión en él. Ya no era el
hombre frio y distante que me había intimidado y causado miedo solo
entrar, sino que ahora parecía una persona bondadosa que de verdad
quería ayudarme. Dudé en si aceptar o no. Todo estaba pasando
demasiado deprisa. Pensé en Leo y en Kira, y en qué sería de
ellos. Deseé que hubieran tenido mejor suerte que yo. Suspiré. No
me quedaba nada, nada así que no tenía nada que perder
intentándolo. Era inmortal y no podía morir. Al final decidí que
lo mejor era aceptar.
—¿Me
sacaréis de aquí si acepto?
—Sí.
—¿Me
prometerás ser sincero conmigo en todo momento?
—Sí.
Te lo prometo.
—¿Me
respetarás?
—Por
supuesto.
Le
estreché la mano.
—Pues
acepto Patrick. Acepto a lo que me propones. —Le miré a los ojos—.
No tengo nada que perder pero creo que sí puedo ganar. Después de
todo lo ocurrido creo que es lo mejor que puedo hacer. No sé si hago
bien fiándome de tí pero por esta vez dejaré que sea mi instinto
quien hable y no mi subconsciente.
Patrick
sonrió y me apretó la mano estrechada. Nos levantamos a la vez.
—Buena
puntualización, María. Haces bien. Te lo prometo. Seré tu mentor,
tu padre adoptivo, tu tutor, tu maestro. —Me estrechó con un
abrazo y me susurró al oído con ternura—. Conmigo estás a salvo.
No
supe si creérmelo o no, pero asentí con la cabeza. Patrick se
apartó de mi y me miró fijamente a los ojos, parecía que no se
terminaba de creer que hubiera aceptado.
—¿Estás
bien, no? —Dijo cogiéndome por los hombros.
—Sí.
—Asentí—. Solo estoy asimilándolo todo, nada más Patrick.
—Bien.
—Frunció el ceño y me cogió de la mano—. Vayámonos de aquí.
—De
acuerdo.
—Pero
antes ponte tus deportivas. —Dijo antes de soltarme la mano.
Asentí,
me agaché y me las puse. Una vez preparada me volvió a coger de la
mano y nos acercamos a la puerta. Patrick la golpeó 3 veces y nos
abrieron. Un hombre y una mujer de treinta y pocos o de veinte y
muchos, vestidos con uniformes muy elegantes aparecieron. Él con
camisa blanca y pantalón, corbata y americana negros, y ella igual
que él, con la camisa blanca, la falda de tubo y la americana negra.
Llevaba unos zapatos negros de charol con tacón de aguja, mientras
que sostenía una carpeta en las manos. Era morena llevaba el pelo
recogido en un moño. Él en cambio tenía el pelo negro y casi
rapado, y se notaba que era musculoso.
—Claire.
Marcus. —Dijo Patrick.
Ellos
asintieron con la cabeza antes de decir a la vez.
—Señor.
Patrick
me pasó un brazo por los hombros.
—¿Tienes
frio? —Preguntó.
—No.
—Negué con la cabeza.
Patrick
me condujo por unos pasadizos metalizados llenos de puertas blindadas
hasta un ascensor a juego con el ambiente. Claire y Marcus no se
separaron de nosotros en ningún momento. Entramos y Patrick pulsó
el botón de la planta baja. Las puertas se cerraron y empezamos a
subir. Me quedé al fondo del ascensor mientras Claire y Marcus
estaban al frente.
—¿A
donde vamos? —Le pregunté a Patrick en voz baja.
—A
mi casa.
—¿A
tú casa? —Pregunté algo aturdida. Él asintió—. ¿No se supone
que estos casos iríamos a la base de operaciones o como se llame, no
a tu casa? —Pregunté con dureza intentando no aparentar enfadada.
—Mi
casa es nuestra base María. Hay mucho que no se vé a simple vista.
—Ah.
Pues espero que sea más acogedor que donde estaba. —Dije
refunfuñando.
—Sí.
De eso no te cabe duda.
Sonreí
con sarcasmo a Patrick y él sonrió como si la cosa le divirtiera.
Llegamos
a la primera planta y salimos a la recepción de un gran edificio de
suelos de mármol y paredes de cristal. Pasamos por recepción y
fuera nos estaba esperando un todoterreno negro de cristales
blindados. Patrick me abrió la puerta de atrás y subí. Una vez
allí, él se subió a mi lado y Marcus y Claire ocuparon los
asientos del conductor y del copiloto. Arrancamos y me puse a mirar
por los cristales intentando averiguar donde estaba, pero no vi nada
que pudiera relacionar con algún lugar que conociera.
—¿Donde
estamos? ¿En España?
Patrick
negó con la cabeza.
—No
estamos en España, María. Estamos en Suiza, exactamente en Zurich,
pero nos vamos a los Alpes Suizos. —Dijo Patrick.
—Me
he perdido. ¿Los Alpes suizos? ¿Como he llegado hasta aquí?
—Pregunté alterada.
—Cuando
te diste el golpe y te rescatamos, tardaste un día y medio en
despertar lo que hizo que pudiéramos traerte aquí sin problemas.
—Dijo Patrick encogiéndose de hombros.
De
momento sentí mucho frío y me dí cuenta de que el paisaje estaba
nevado y de lo altos y majestuosos que eran los rascacielos que se
alzaban ante nosotros.
—¿Tienes
frío? —Me preguntó Patrick.
Asentí.
—Marcus,
pon un poco la calefacción.
Este
actuó de inmediato y cuando el aire caliente empezó a inundar el
coche me relaje. Cerré los ojos y dejé que mi mente vagara por
lugares que sí conocía como el apartamento de Leo, la casa de mis
padres, la de Efrén... Les echaba muchísimo de meno. Miré a
Patrick y me dí cuenta de que mi vida estaba en sus manos y que
dependía completamente de él.
Seguí
mirando por la ventanilla y vi como dejábamos atrás los rascacielos
y ahora nos encontrábamos rodeados por chalets de lujo. Así que
Zurich era una ciudad rica por lo visto.
—¿A
donde vamos?
—A
Grindelwald. Está completamente dentro de los Alpes. Zurich está al
norte.
—Entiendo.
El nombre de Grindelwald parece élfico.
Patrick
sonrió.
—¿Verdad
que sí? Un bonito nombre para la zona de Ribendel.
—¡¿Eres
fan del señor de los anillos?!—Me quedé con la boca abierta.
Patrick
estalló en una carcajada.
—¡Claro
María! Aunque sea un viejo, J. R. R. Tolkien siempre ha gustado.
—¿Has
visto todas sus películas?
—Por
supuesto. Todas.
—Pues
si que tienes buen gusto.
—Siempre
lo he tenido.
Sonreí
al ver que por lo menos teníamos tema de conversación y había algo
que nos gustaba a Patrick y a mí. Debíamos “congeniar” si
queríamos que la cosa saliera bien. El viaje duró unos 15 minutos
antes de que nos detuvieramos dentro del aeropuerto. Patrick me abrió
la puerta y me condujo dentro del yet privado. Era elegante, muy
elegante. En tonos blancos, platas y negros. Dentro había una zona
con sillones y una mesa en el centro, otra con un sofá y una
pantalla de televisión y luego en la zona de atrás habían 4
dormitorios, 2 baños y la cocina. Patrick me condujo a la zona con
sillones y me senté en uno de los sillones al lado de la ventanilla,
y él se sentó delante de mí. Claire y Marcus desaparecieron en la
cabina dejándome asolas con Patrick. Me abroché el cinturón de
seguridad y Patrick hizo lo mismo. De pronto oí la voz del piloto
que nos indicaba que en unos 30-45 minutos como máximo habríamos
llegado a nuestro destino porqué Grindelwald no estaba muy lejos.
—¿Preparada?
—Me preguntó Patrick.
Asentí.
—Preparada.
Estaba
emocionada y nerviosa. No todos los días se subía a un yet privado,
y la verdad es que era emocionante, pero por otro lado también era
emocionante no saber que me esperaba. Recordé lo que me había dicho
Patrick sobre que los que trabajaban para él eran como yo. Sonreí y
me relajé. El avión alzó el vuelo y una vez en el aire, Patrick y
yo nos desabrochamos nuestros cinturones de seguridad.
—¿En
Grindelwald hay aeropuerto? —Pregunté.
—Sí.
Uno pequeño y casi abandonado. Solo se utiliza para la gente rica
que tiene sus yets privados allí.
—Gente
rica como tú.
—Sí,
como yo.
—¿Es
un pueblo pequeño de ricos?
Patrick
sonrió.
—Más
o menos. Es una localidad no muy grande, y hay de todo, aunque es un
buen destino turístico en invierno, y a la gente rica le gusta ir
allí.
—¿Entonces
es pobre?
—Algo.
La mayoría de los habitantes son de clase medía-baja, y la economía
se mantiene debido a los pocos ricos que pasan allí las vacaciones
de invierno.
—Entiendo.
No
sabía que más preguntarle a Patrick, por lo menos me era sincero y
me contestaba a todas mis preguntas pero aún así no me acababa de
sentir cómoda, entonces Patrick
apretó
un botón de su reposabrazos y una joven chica rubia con una coleta y
con uniforme de azafata apareció distrayéndome de mis pensamientos.
—Soy
Susan y soy su azafata. ¿Desean algo los señores?
—Tráiganos
la comida, por favor. ¿En qué consiste el menú de hoy? —Preguntó
Patrick con educación.
—El
menú de hoy consta de una ensalada griega con yogur, queso blanco, y
nueces como entrante, un solomillo al roquefort como plato principal
y de postre hay tiramisú.
—Excelente.
Pues tráiganos el menú.
—¿Dos?
—Sí.
Uno para mí y uno para la señorita. —Le dijo a la azafata—. ¿Te
parece bien, María?
—Sí.
Perfecto.
—¿Algo
de beber? —Preguntó Susan.
Patrick
me miró y pensé en Leo.
—Un
vino blanco si tiene.
Susan
me sonrió.
—Por
supuesto señorita. —Luego miró a Patrick—. ¿Señor?
—Lo
mismo.
—Enseguida.
Y
esta desapareció por la cocina.
—¿Te
ha parecido bien la comida, María?
—Mucho.
La verdad es que todo me gusta. Si tuvieran pan para la salsa
roquefort ya sería el paraíso. —Dije sonriendo.
—Me
alegra de que tengas hambre. Y sí, seguro que tienen un poco de pan.
Le
sonreí y miré por la ventanilla. El pedir vino blanco me recordó a
la primera vez que comí en casa Leo. Le añoraba y muchísimo. Recé
para que estuviera bien.
Patrick
me distrajo de mis pensamientos.
—¿En
qué piensas María? Estas muy callada.
—Estaba
pensando en un amigo.
—¿Un
amigo? —Preguntó Patrick alzando una ceja.
—Sí.
Fue él quien me dio a probar el vino blanco por primera vez.
—¿Le
añoras?
—Bastante.
Patrick
alargó la mano por encima de la mesa y me acarició los nudillos con
el pulgar.
—Estará
bien. Te lo prometo. —Dijo sonriendo.
Asentí.
—Eso
espero... Eso espero...
Volví
a mirar por la ventanilla. Estábamos muy altos y debido a la niebla
y a la nieve no podía ver nada, así que me estaba perdiendo los
bellos paisajes de los Alpes, y de Suiza.
—Señores
aquí tienen la ensalada griega. —Dijo Susan sacándome de mi
misma.
Esta
colocó los platos delante de nosotros, junto con las servilletas y
los cubiertos con una precisa coordinación y eficiencia. Luego
volvió con una botella de vino blanco y dos copas. Nos puso un poco
a ambos y se fue.
—¡Salud!
—Dijo Patrick alzando su copa y yo la mía—. Brindemos por el
gran y maravilloso futuro que nos espera a ambos.
—¡Salud!
—Respondí y choqué su copa con la mía.
Comimos
tranquilamente y mientras tanto Patrick me contó como había llegado
a donde estaba. Nació
en un pequeño pueblo del norte de Estados Unidos. Su padre era
economista y su madre profesora. Pero por problemas económicos
tuvieron que emigrar a España junto con sus abuelos paternos y
maternos. Desde que era
pequeño su abuela materna le contaba historia de dioses, demonios y
criaturas mágicas que le entusiasmaron y que le transmitieron esa
pasión por la mitología. Así que se crió rodeado de mitología.
Así que cuando se creció, se fué a estudiar la antigua Grecia y
las diferentes mitologías en Italia, Grecia y Egipto debido a una
beca que le concedieron por sus buenas notas. Allí descubrió varias
cosas como que era un mutante con el don de la inmortalidad, y la
historia de los Drasmasters con lo que se quedó prendado de aquella
familia. También conoció a algunos como yo entre los que estaban
Claire y Marcus. Claire tenía el poder de leer las mentes y así de
manipularlas, en otras palabras: Una telequinesis increíble que le
permitía en ocasiones hasta mover objetos con la mente ya que era
descendiente del titán Ceo (el de la inteligencia) y de la titánide
Yathina (la mente), lo que explicaba su habilidad. Marcus en cambio,
tenía la habilidad de la guerra, la lucha y la batalla, por lo que
era descendiente del dios Ares (la guerra) y de la diosa Atenea (la
estrategia en la lucha). Junto con ellos dos formó una empresa
dedicada a la investigación sobre los mitos e historias de la
mitología. Con el paso de los años fueron llegaron más como ellos
(algunos descendientes de dioses mitológicos y otros mutantes) y la
empresa creció y se hizo muy rica e importante. Numerosas
asociaciones y organizaciones de todo el mundo requerían sus
servicios, eso le permitió a Patrick construir su imperio. Lo llamó
“Legends of God” (leyendas de dios). Lo llamó así para abarcar
todo el campo de la mitología, los dioses, titánes, semi-dioses,
semi-titanes, mutantes y demás criaturas, y de este modo ayudar en
la investigación sobre sucesos paranormales. Formó su sede
principal en Grindelwald, porqué le permitía pasar desapercibido,
aunque también tenía otras sedes repartidas por todo el mundo.
Después de contarme toda su vida, le conté la mia por encima,
encima. No le quise hablar ni de Leo ni de Kira, así que sustituí
esa parte de la historia por la de que escapé del hospital robando
un coche y me refugié en un piso de un amigo mio que estaba de
vacaciones, y qué me encontrarón en ese estado porqué intentando
escapar me había golpeado contra el muro de un almacén. También le
conté como había conocido a Kattirva y como me había fusionado con
ella. Patrick escuchaba con toda la atención del mundo y me gustó
que no me interrumpiese. Era un hombre muy agradable, y por lo visto
también era bondadoso.
Dejé
la cuchara del tiramisú sobre la mesa y me limpié con la servilleta
la boca. Sonreí a Patrick.
—Gracias
por hablar conmigo. —Le dije—. Por ser sincero y así conocerte
un poco mejor.
Patrick
sonrió, pulsó un botón de su asiento y apareció Susan para
llevarse nuestros platos. Nos sonrió y se fué.
—No
es nada. Es un placer hablar contigo, y gracias a tí por todo lo que
me has contado. Ha sido increible.
—¿Increible?
Él
asintió.
—Sí.
Increible para mí. Me ha fascinado como Kattirva te eligió, como se
“despertó” en tí, como la conociste. Es todo una revelación.
—¿Una
revelación? —Ladeé la cabeza—. ¿En sentido bueno o malo?
—En
el bueno por supuesto. Ya te he dicho que no somos los malos.
Sonreí
levemente y me acaricié la gargantilla con la luz verde. Eso me hizo
recordar para qué lo llevaba. Aunque era muy ajustada, no era
molesta. Pero dudaba de su objetivo.
—¿Estás
pensando sobre la gargantilla? —Asentí—. Te la puedo quitar si
quieres, María.
Me
quedé de piedra. ¿Qué había dicho?
—¿Qué?
¿Qui-tar-me-lo? —No sabía que decir—. Pero... Si me dijiste que
no. Qué tenía unos objetivos que debían cumplirse o bueno... En mi
caso, cumplirlos yo mediante la gargantilla.
—Pero
he cambiado de opinión. Con esa gargantilla te veo incómoda.
Durante nuestra conversación has estado tocandotela y por tu cara me
he dado cuenta de que no te agrada.
Bajé
la cabeza. En ese ámbito Patrick tenía razón. Así que decidí
serle sincera.
—Para
mí es como si llevara un collar para perros, en el que mediante él
me domesticareis.
Patrick
se volvió blanco como la nieve y abrió muchos los ojos.
—No.
No es eso. Sus objetivos son buenos, no malos. Pero te la quitaré si
quieres.
Estaba
confundida, muy confundida. El collar me desagradaba pero por otra
parte saber controlar mis poderes era algo crucial para mí. Así que
estaba indecisa.
Le
miré.
—No
sé qué decir. Me desagradaba pero la necesito. Eso si te soy
sincera, Patrick.
—Podemos
cambiarlo. —Dijo Patrick firmemente y con la mirada muy fija en mi.
—¿Cambiarlo?
—Pregunté asombrada.
Él
asintió y me enseñó su anillo. Era un anillo de acero con un
rectangulo donde había un emblema formado por unas lineas, un sol y
por unas letras: LoG. Las inciales de su empresa. Las lineas se
mezclaban con las letrás y el gran sol estaba detrás de todo. El
fondo era negro. Parecía que fuera un anillo de esos que llevaban
los papas o las familias nobles de la edad media o un sello de los
antiguos, pero sobre todo era precioso e imponente. Estaba
maravillada.
—Uau.
—Exclamé—. Es... No tengo palabras para describirlo. Estoy
impresionada y maravillada, Patrick. No sé qué decir al respecto.
Patrick
sonrió y se lo quitó del dedo anular de la mano derecha para
ponerlo frente a mí, en la mesa.
—Cógelo
y pruebatelo. Pediré uno para tí si es necesario. Cada uno de los
que forman parte de esto lo llevan en la forma que más les agradaba:
Collar, gargantilla, brazatele, pulsera... Pero a mí me sigue
gustando más el anillo. —Sonrió.
Cogí
el anillo y me lo puse en el dedo anular. Me venía bastante grande
pero aún así me seguía gustando.
—Me
encanta, pero me viene grande.
—Me
alegro. ¿Entonces quieres cambiar la gargantilla por lo que te
ofrezco?
Le
miré y sonreí ya que no tenía dudas de lo que quería. Lo tenía
muy claro.
—Sí.
Lo quiero pero hasta que lo tengas hecho me gustaría ir sin
gargantilla.
Patrick
sonrió y se volvió a poner el anillo.
—Perfecto.
Se
levantó, dió la vuelta a la mesa y se colocó a mi lado poniendose
de cluquillas. Yo hice girar mi sillón para estar encaramada a él.
Me examinó el cuello con sumo cuidado, luego sacó de su bolsillo
una especie de dispositivo pequeño negro. Apretó una tecla y la
gargantilla se abrió quedando así desactivada. Me la quité y cogí
aire, respirando y sintiendome más relajada. Cerré los ojos
aliviada. Ya no me sentía presa de nada, sino que ahora era un poco
más libre.
—Gracias.
Muchísimas gracias, Patrick. —Dije con una sonrisa de oreja a
oreja.
Patrick
sonrió. Parecía feliz y satisfecho con lo que había hecho.
—De
nada, María. Es un placer.
Este
cogió la gargantilla, se levantó y la dejó sobre la mesa antes de
volver a su asiento. En ese momento la voz del pitolo sonó para
indicarnos que nos abrocharamos los cinturones porque ya ibamos a a
aterrizar. Le hicimos caso.
—María.
—Dijo Patrick.
—¿Sí?
—Respondí.
—En
cuanto al anillo. Sé que aún no sabes la joya que deseas que tenga
el escudo o emblema, pero me gustará que tuviera una forma distinta
a todos. Exclusiva para tí. En el que pudieras sentirte
identificada, y en el que si pasara algo poder estar en contacto.
Aunque el objetivo sería el mismo si te pareciese bien.
Lo
medité unos segundos, y me pareció lo correcto.
—Sí.
Claro.
Que
tuviera un diseño exclusivo para mí me emocionaba. Eso significaba
que Patrick me apreciaba y que quería que me sintiera cómoda. Todo
estaba pasando muy deprisa e intentaba adaptarme a ello lo mejor
posible.
El
avión empezó a bajar. Miré por la ventanilla y ví como nos
acercábamos a un pequeño aeropuerto. Era moderno, de metal pero
también tenía la madera incorporada. Me gustó de inmediato, ya que
así encajaba a la perfección con el entorno. El avión se deslizó
con suavidad hasta que alcanzó el suelo. Después de unos cuantos
giros, se detuvo. Nos desabrochamos los cinturones. Patrick sonrió.
—Bienvenida
a Grindelwald, María.
—Gracias.
—Sonreí.
Nos
levantamos y en ese momento, Claire y Marcus aparecieron por la
cabina. Ella llevaba un anorak entre las manos de color azul marino,
y él lo llevaba de color negro.
—Señor.
—Dijeron ambos a la vez.
Patrick
miró a Claire y a Marcus. Ellos se acercaron y nos ofrecieron los
anorak. Nos ayudaron a ponernoslos y entonces me fijé en qué ya no
iban con sus trajes, sino que ahora llevaban ambos pantalones negros
vaqueros, unas botas peludas, jerseis de cuello alto y unos abrigos.
—Gracias.
—Le dije a Claire cuando terminó de ayudarme a ponerme el abrigo.
—No
es nada. —Dijo ella y me dedicó una leve sonrisa.
Siempre
era tan educada como Marcus, pero también era algo distante y
parecian tenerle mucho respeto a Patrick, ¿o era miedo? No tenía ni
idea. Pero por un momento ví en ella un atisbo de... ¿amabilidad?
¿de alegría? Me dió la sensación de que se había alegrado al
darle las gracias.
Cuando
Patrick se puso su anorak me cogió de la mano y salimos por la
puerta del avión que ya estaba abierta. Ni me había dado cuenta de
cuando la habían abierto. Bajamos por las escaleras, y abajo había
otro coche todoterreno negro con los cristales tintados como en
Zurich. Cuando toqué el suelo, el aire frío de los Alpes me dió en
la cara. ¡Madre mía! ¡Qué frío hacía! Demasiado para una chica
que estaba acostumbrada al clíma cálido del Mediterraneo. Nos
dirigimos los cuatro al coche. Patrick y yo nos subimos detrás,
Claire al asiento del copiloto y Marcus al del conductor. Arrancamos
y salimos del aeropuerto. Nos incorporamos a la carretera con
dirección a Grindelwald pero no tardamos mucho en llegar, solo unos
10 minutos.
Durante
el trayecto hasta Grindelwald me dediqué a observar el entorno que
me rodeaba y a empaparme de él. Estabamos rodeados de montañas, y
un manto de nieve lo cubría todo. Era precioso. Yo miraba por la
ventana como una niña pequeña viendo algo por primera vez. Notaba a
Patrick mirandome pero no me decía nada.
Cuando
llegamos a Grindelwald pude observar como era el pueblo: pequeño,
rural, con algunas tiendas de lujo, de calles empedradas, y con casas
y chalets rústicos. Era como uno de esos pueblos de montaña a los
que siempre había deseado ir pero nunca lo había hecho.
Ví
que pasabamos de largo y que empezabamos a subir por una carretera en
dirección al interior de las montañas.
—¿No
tienes tu casa en Grindelwald, Patrick? —Le pregunté algo
confundida.
—Sí,
pero a las afueras. —Dijo él sonriendo.
—Ah.
Eso
lo explicaba todo. Seguimos avanzando unos 20 minutos por la
carretera pero hasta que no llegamos, no me quedé de piedra.
Nos
encontrabamos en un valle en medio de dos montañas (¿o era un
antiguo glaciar?) y en el centro una gran mansión de estilo medieval
hecha por piedras y madera se alzaba ante nosotros. Estaba rodeada
por un gran bosque, y los pinos y los árboles se alzaban al cielo.
La mansión estaba rodeada por una gran verja de piedra. Su puerta
estaba hecha de hierro y muy elaborada. Según como nos acercábamos,
estaba más y más maravillada. La mansión tenía 4 pisos y llegaba
desde la base de una montaña hasta la base de la otra y las muchas
ventanas y unos cuantos balcones me indicaban que estaba habitada.
Los árboles y el amplio jardín que la rodeaba, le daba vida. La
puerta de la verja se abrió y nos adentramos por un camino de piedra
hasta la entrada donde le dimos la vuelta a la fuente de piedra que
había frente a nosotros antes de parar ante la puerta de la entrada.
Claire y Marcus, salieron del coche. Claire me abrió la puerta, y
Marcus la de Patrick. Salimos y Patrick me cogió de la mano
sonriendo.
—Bienvenida
María a Legends of God, el hogar de quienes son como tú y como yo,
y donde nunca te encontrarás sola ni fuera de lugar.
Subimos
el escalón y Patrick me abrió la puerta, pero lo que ví dentro
casi hizo que me desmayara.
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