Eran
las 4 de la tarde y el sol daba con fuerza mientras que los rayos de
luz se colaban por los grandes ventanales del salón del piso de
Leonardo Brown. Estábamos en un bloque de pisos nuevos en la
Malvarrosa. Habíamos ido a parar allí debido a que unos hombres que
estaban interesados en mí, habían intentado capturarme pero sin
mucho resultado ya que habíamos logrado escapar por la azotea del
hospital Clínico de Valencia. En 5 días, desde que me capturaron
las encapuchadas hasta que había salido del hospital habían pasado
muchas cosas: me había fusionado con Kattirva, había conocido a
Leonardo Brown, y me había despedido de mis seres queridos sin saber
cuando volvería a verles. Solo me quedaba Leo. Me había contado su
historia y había comprendido que era lo que le unía a Kattirva y
porqué era como era. Pero no podía quedarme de brazos cruzada,
debía hacer algo. Sí había alguien que iba detrás de mí lo que
debía hacer era ponérselo difícil, no fácil y estando de brazos
cruzada no solucionaba nada. Así que me levanté del sofá y miré a
Leo decidida. Por la mirada que me dedicó Leo supe que había
entendido lo que quería hacer. Se levantó y nos dirigimos al piso
de arriba, hacia el gimnasio, una vez allí Leo me explicó distintas
formas de lucha, como bloquear a tu adversario, como defenderte, como
atacar... Yo prestaba toda la atención del mundo, y aunque era lo
sencillo, la introducción, me dí cuenta de que no sabía nada y de
que estaba muy verde así que propuse entrar todos los días, todo el
tiempo que pudiéramos. Estuvimos 5 horas entrenando, hasta las 9 de
la noche entrenando y enseñándome todo lo que sabía. Me asombró
ver a Leo moverse de aquella forma, tan ágil, tan potente, tan
rápido y tan preciso. Leo me derribaba con facilidad pero yo no me
daba pro vencida e intentaba derribarlo, pero sin resultado.
Entrenamos la lucha cuerpo a cuerpo porqué dijo que eso era lo más
importante y esencial, y que una vez lo dominara ya empezaríamos con
las armas. Cuando terminamos nos dirigimos a la ducha y nos pusimos
nuestros pijamas, luego cenamos un poco de risotto acompañado por
una ensalada y un yogur. Después de cenar nos sentamos en el suelo,
encima de la alfombra, delante de la chimenea a hablar.
—Bueno...
—Dijo Leo—. ¿Qué te ha parecido? ¿Te ha gustado?
—Ha
estado bien, y la verdad es que me he dado cuenta de que estoy muy
verde en ese ámbito. Creía que al estar fusionada con Kat estaría
más “avanzada” pero me equivoqué, por eso te agradezco que me
enseñes.
—No
es nada, pero me alegra ver tu entusiasmo. Es adictivo.
—Es
lo menos que puedo hacer, Leo. No me había parado a pensar en qué
pasaría si me cogieran o si nos tocara enfrentarnos a ellos. No
puedo estar tranquila y pensar que mis poderes reaccionaran y que nos
salvaran. ¡No puedo! Lo de hoy ha sido solo suerte, pero... ¿y sí
fallaran? No puedo permitirmelo, por eso quiero entrenar y hacerme
más fuerte, y sin tu ayuda no lo conseguiré.
—Entiendo.
—Me cogió de la mano—. Te prometo que te ayudaré en todo lo que
pueda. No permitiré que te cojan. Es mi misión y mi deber
encargarme de ti y de tu seguridad.
—¿Es
esta la misión que este encargaron cuando estabas en el Olimpo de
Kattirva?
—Así
es. —Hizo una pausa—. Me dijeron que se avecinaban tiempos
difíciles para todos los del mundo divino incluido para Kattirva,
que ya me iría enterando según como pasara el tiempo, pero que mi
principal misión y deber era proteger y cuidar a Kattirva.
—¿Ella
sabía que iba a pasar?
—No
lo sé. Y si lo supo lo disimuló muy bien. ¿Por?
—Por
nada. Simplemente curiosidad, Leo. —Me miré las manos—. ¿Vino
alguien a parte de ti a la Tierra contigo para esta misión?
Leo
negó con la cabeza.
—No.
Solo yo, pero tengo contactos a mi disposición. Otros demonios que
habitan en la Tierra a los que puedo pedirles favores y pueden hacer
lo que yo diga.
—Otros
demonios que son como tus “siervos”.
—Más
o menos. —Dijo él.
—Estás
al mando de ellos.
—Así
es. Por eso no es necesario que salgamos de aquí sino es necesario,
María. Si necesitamos provisiones o cualquier cosa lo harán ellos.
—Entiendo.
Pero no quiero quedarme aquí encerrada una eternidad.
—Y
no lo harás. Te lo prometo, solo que no quiero que corras riesgos.
Aún no sé como pudimos escapar de allí, pero no quiero volver a
arriesgarme. ¿Lo comprendes?
—Sí.
Lo comprendo Leo y te lo agradezco muchísimo. —Apoyé la cabeza en
el borde del sofá—. Mi vida ha dado un giro de 180º en 3 días y
aún no sé como enfrentarme a ella. No paro de repasar todo lo que
ha pasado, intentando verle la parte lógica, pero no puedo.
—¿No?
—No
Leo. —Le miré—. Hace tiempo Kattirva era solo un personaje con
el que soñaba y que me gustaba. Muchas veces he deseado que ella
fuera real y que el mundo de ella que estaba conociendo fuera real,
pero nunca pensé que llegara a serlo tanto. Han sido fusionados
ambos mundos, Leo y no sé el alcance de esa fusión. No sé que
pasará, si habrá una catástrofe y será malo para todos, o si será
bueno. No lo sé y eso es lo que me inquieta: No saber el futuro.
—No
te preocupes por el futuro María, sea lo que sea estaremos
preparados.
—¿Como
puedes estar tan seguro? —Le pregunté.
—Porqué
estamos juntos y porqué simplemente lo sé. Llamalo intuición.
—Intuición...
—Repetí—. No sé si creerte.
—Pues
creyendotelo o no, es lo que te digo. Carpe diem, María:
Disfruta y aprovecha el momento, y lo que tenga que ser, será. No te
comas la cabeza o solo harás que empeorar las cosas.
—Sí.
—Suspiré—. Tienes razón Leo.
Las
palabras de carpe diem de Leo
se quedaron grabadas en mi cabeza. Decidí que tenía razón y que no
había tiempo que perder así que debía aprovechar el tiempo al
máximo.
Durante
las siguientes dos semanas estuvimos aislados del mundo en el
apartamento. Nos levantábamos pronto para entrenar, desayunábamos,
entrenábamos, luego comíamos
y volvíamos a entrenar hasta la noche, cenábamos y nos acostábamos.
Ese era el horario. Poco a poco las provisiones fueron disminuyendo y
gracias a los demonios que estaban bajo el mando de Leo, pudimos
sobrevivir. Yo no me quejaba
del horario y Leo tampoco. Sabíamos que era necesario para ambos y
especialmente para mí, para estar preparados para el futuro. Me dí
cuenta de lo poco preparada que estaba para enfrentarme a quienes
iban detrás de mí, y eso hacía que cada segundo que pasaba
entrenando no fuera aprovechado. Durante esas dos semanas quise
llamar a mis padres y a Efrén para ver como estaban pero Leo se negó
diciéndome que aunque pareciera seguro que no valía la pena
arriesgarse debido a que nos podrían detectar y así que vinieran a
por mí. Lo entendí aunque por dentro echaba de menos a los míos.
Las dos semanas pasaron volando y los meses también, y sin darme
cuenta nos adentramos en diciembre. Estabamos a 2 de diciembre cuando
recibí una agradable sorpresa.
—¡Por
fin! —Dije
orgullosa mirando a Leo tumbado sobre la alfombrilla del gimnasio.
—Has
mejorado muchísimo María, estoy impresionado.
Le
ofrecí la mano para levantarse y estiré de él, poniéndolo de pie.
—No
está mal para ser la primera vez, ¿verdad? —Dije
antes de dar un gran trago de agua fresca de mi botella.
—No.
Nada mal. —Dijo
él mientras se secaba el sudor con la toalla.
—¿Otra
vez? —Pregunté
poniéndome en guardia.
—Espera,
primero tengo que coger aire. —Dijo
Leo apoyándose en las rodillas.
—¿Ya
estás cansado flojo? —Dije
sonriendo.
—¿Flojo?
—Leo
sonrió—. No.
Solo que tengo una sorpresa para ti.
—¿Una
sorpresa? —Pregunté.
—Sí.
—Asintió—.
Coge tu botella y tu toalla,
y te lo enseñaré.
—Vale.
Me
cogió de la mano y nos dirigimos hacia la cocina. Dejamos las
toallas sobre la barra del desayuno y rellenamos las botellas para
luego meterlas en el frigorífico. En ese momento las puertas del
ascensor se abrieron y luego las de la entrada, apareciendo un
demonio con una
gata
negra
en brazos. Me quedé blanca. Reconocí al demonio, se llamaba Steve y
aunque era más joven que Leo llevaba más tiempo que él en la
tierra. Era
alto y musculoso de piel oscura y pelo muy corto, casi rapado.
Llevaba una camisa roja, y unos pantalones y una cazadora de cuero.
En cuanto a la
gata
la
reconocí de inmediato. Esos
ojos azules tan claros y fríos, y ese pelaje negro, solo podía ser
ella.
Caí
de rodillas en el suelo con lágrimas en los ojos, y solté un
chillido de la emoción.
—¡Kira!
—Grité.
La
gata corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos maullando de
felicidad.
—Mi
pequeña. Mi Kira. —Susurré
sin dejar de acariciarla.
Kira
había sido la primera creación de Kattirva y por lo tanto su fiel
amiga. Tenía la apariencia de una gata negra de ojos azules claros
como Kattirva. La había dotado de la capacidad de transformarse en
la raza que quisiese y así adquirir los poderes de la raza en la que
se transformaba. Era una obra maestra. La había llamado Kira porqué
significaba oscuridad, el cual era el elemento principal de Kattirva.
La relación de ambas era tan fuerte que donde iba una, iba la otra y
si a una la herían, la otra
también percibía su dolor. No necesitaban comunicarse con palabras
o con maullidos, sino que mentalmente y con los gestos cada una sabía
que era lo que la otra quería o necesitaba.
—¿Co-mo?
—Pregunté
a Leo entre lágrimas.
—Nos
costó mucho encontrarla pero da las gracias de que lo conseguimos.
No sé como lo hizo pero un día se presentó en nuestra base y de
seguido subimos que era ella por eso decidimos traértela. Después
de estos dos meses aquí encerrada, creí que te merecías una
alegría y te la trajimos de inmediato.
—Gra-cias.
—Tartamudeé.
—De
nada.
Leo
le hizo una indicación a Steve y este se fue sin decir nada,
mientras tanto Kira se movía entre mis brazos, frotándose contra mi
piel y sin dejar de ronronear. Yo la acariciaba entre las orejas y
alrededor de su cuello (su lugar preferido). Me encantaban sus ojos
azules, del mismo color que los míos.
Cuando
estuve tranquila y sin llorar, la cogí y la llevé al salón. Nos
sentamos los 3 en la gran alfombra negra, blanca y roja de Leo con
las espaldas apoyadas en el gran sofá blanco en forma de L.
—No
puedo creer que esté aquí, Leo. No me lo creo. —Dije
mientras miraba como Kira pasaba entre mis piernas flexionadas.
—Pues
lo está, María. —Dijo
Leo sonriendo y acariciándole la frente a Kira—.
Es una gata con suerte.
—Sí.
—Acepté—.
Como yo, y como tú. Aunque
ya sabes que no es una gata, solo tiene la forma de ella.
—Sí.
Lo sé. Es una obra maestra hecha por ti.
—Sí.
Es la reina de los disfraces. —Sonreí.
—Algo
muy característico de ti.
—Dijo
sacándome la lengua.
Leo
sabía que Kattirva era la fusión de 6 deidades, y por lo tanto cada
una tenía una forma, una personalidad y nos poderes diferentes a las
demás, y a eso se refería con “la reina de los disfraces”. A
que el cambio era algo muy presente tanto en Kattirva como en Kira.
Le
dí un puñetazo al brazo a Leo debido a su comentario.
—¡Eh!
—Dijo
frotándose el lugar donde había recibido el golpe—.
Duele.
—¡Uy!
Yo que pensaba que aquí el que tenía fuerza eras tú, y no yo.
—Sonreí
orgullosa y sacándole
la lengua—. Nunca
dejas de sorprenderme Leo.
Estallamos
a reírnos. Cuando nos tranquilizamos miré a Kira que tumbada a mi
lado me miraba muy tranquila con la cabeza apoyada en sus patas
delanteras.
—¿Que
pasa Kira? ¿Tienes hambre?
Esta
se lamió la boca por lo qué entendí que así era y que también
era hora de que Leo y yo cenáramos. Nos duchamos por turnos y luego
Leo preparó la cena sin preguntarme qué quería cenar y si quería
ayudarle como siempre hacía, ya que la presencia de Kira alegraba el
apartamento. Yo
con mi pijama formado por unos pantalones negros y una camiseta de
tirantes rosa caminaba con Kira en brazos enseñándole todo el
apartamento. Cuando volví al salón-cocina vi que Leo había hecho
dos pizzas bastante grandes y
que las había dejado sobre
la mesa baja que había entre el sofá y la chimenea. Eran de
nuestros sabores favoritos: Barbacoa y 4 quesos. También había
puesto sobre la mesa, unas servilletas, dos vasos y dos coca-colas:
una normal para él y una cero para mí. Se lo agradecí porqué
estaba muerta de hambre, en cambio me hizo mucha gracia ver que le
había hecho una mini-pizza de jamón york y queso para Kira. A Leo
no se le escapaba una. No me extrañó que no me preguntase si debía
darle de comer comida para gatos o comida normal a Kira, ya que al
ser lo que era comía de todo.
Nos
sentamos sobre la alfombra y apoyados en el sofá y en los cojines
nos pusimos a cenar.
—¿Sabes
Leo que me encantas? —Dije
con la boca llena de pizza barbacoa—.
No se te escapa una.
Leo
se rió.
—¿Enserio?
A ver... No hace falta que sea un adivino para saber que Kira come de
todo y de que te apetecía. Te lo leí en la cara. —Dijo
para luego darle un mordisco a su trozo de pizza de 4 quesos.
—Ni
que mi cara fuera un libro abierto. —Reproché.
—A
veces lo es. —Leo
se puso serio—. Debes
aprender a controlar tus emociones, María. Por qué tu adversario no
debe saber lo que te afecta o deja de hacerlo porqué así podrá
manipularte, chantajearte y hacerte daño, y eso no es
lo que quiero. —Dijo
casi en un susurro.
Tragué
saliva. Tenía razón. No podía exponer mis emociones, debía ser
más cerrada.
—Como
siempre, tienes razón Leo. —Dije
mirándole a los ojos con ternura—.
Te prometo que lo tendré en
cuenta y trabajaré en ello.
—De
acuerdo. Me quedo así más tranquilo.
Suspiramos
y dimos un mordisco a nuestros trozos de pizza. Después
dimos un trago a nuestras coca-colas. Parecía que íbamos
coordinados. Mientras nosotros cenábamos, Kira estaba entre nosotros
con la cabeza apoyada en un cojín de color rojo. Se había terminado
la pizza en cuestión de unos minutos. La pobre tenía hambre cuando
la trajeron y esperaba que con la pizza que Leo le había preparado,
estaría saciada hasta el día siguiente por la mañana. En todo
caso, Leo le había dejado a un lado de la cocina una caja con arena
para gatos para que así ella pudiera hacer sus necesidades y dos
cuencos de metal: uno lleno de agua y otro de un poco de comida que
nos sobró a mi y a Leo, los días anteriores.
Leo
y yo seguimos hablando hasta que nos terminamos la cena, luego lo
recogimos todos y nos fuimos a dormir. Me hizo gracia que Kira
se acurrucara a mi lado para dormir, ya que me gustaba su compañía
y la de Leo. También agradecí que él no dijera de nada de que Kira
durmiera con nosotros, y contenta sobre la sorpresa de Kira y de como
avanzaba mi vida sin complicaciones, me quedé dormida.
Me
desperté con las pulsaciones aceleradas y sudando. Algo iba mal.
Miré a Leo a mi lado dormido y a Kira. Sin decirles nada, corrí a
vestirme. Me puse unos vaqueros negros,
unas deportivas rojas,
una camiseta de tirantes verde
y una chaqueta negra.
Me trencé el pelo en una
larga trenza y salí de la
habitación. Todo parecía tranquilo en el apartamento pero algo me
decía que no era así. Me acerqué sigilosamente al salón, pero
nada. Luego revisé cada una de las habitaciones y de sitios del
apartamento pero todo estaba limpio. Finalmente, me senté sobre uno
de los taburetes de la cocina a pensar en qué era lo que me había
despertado. Después de mucho meditar decidí que era mejor
contárselo a Leo, y eso hice. Me dirigí a nuestro dormitorio. El
silencio era sobrecogedor, no
se oía nada salvo la respiración de Leo y de Kira. Me detuve un
momento para mirarlos. La imagen era maravillosa, pero seguía
teniendo la sensación de que algo iba mal, así que me arrodillé al
lado de Leo y le toqué el
brazo.
—Leo.
Leo. Despierta. —Decía
mientras le movía el brazo con la intención de despertarlo.
Al
final esté abrió los ojos sin esperarmelo y ahogué un chillido. Se
incorporó, miró a ambos lados y luego a mí, me cogió la cara
examinándome con detalle. Al final suspiró.
—¿Qué
pasa María? ¿Va algo mal? —Preguntó.
Asentí.
—Algo
pasa Leo y no sé que es. Solo puedo decirte que lo presiento, lo
noto. ¿Tu también lo
sientes?
Leo
esperó unos segundos antes de contestarme.
—Sí.
Pero no me había dado cuenta hasta ahora. Voy a vestirme. —Dijo
cuando salió de la cama y se puso unos vaqueros, una camiseta roja y
unas deportivas.
Mientras
se vestía acaricie a Kira y le susurré al oído
—Kira.
Algo va mal. Estate atenta.
Ella
abrió sus ojos azules como los míos y asintió con la cabeza en el
momento en el que Leo, ya vestido, se ponía detrás de mí.
—Voy
a hacer un barrido. —Dijo
mientras se disponía a salir del dormitorio.
—¡Espera!
—Le
dije retiendolo por el brazo—.
Ya lo he hecho yo hace unos
instantes y nada.
—¿Nada?
—Me
preguntó incrédulo.
—Nada.
—Respondí
negando con la cabeza.
—En
todo caso deja que examine el apartamento. Quédate aquí con Kira.
—Pero...
—Rechisté
pero Leo me cortó.
—No
hay peros María. Quédate aquí. —Dijo
antes de que se fuera.
La
tensión aumentaba según como iban pasando los segundos. No podía
estarme quieta. Mientras tanto iba pensando en qué salidas teníamos
si estabamos en peligro. Teníamos la escalera de incendios, el
ascensor y la azotea,
pero a parte de eso, nada más. Y eso hizo que mi miedo aumentara
pero no podía pararme a lamentar y a estar asustada, tenía que
hacer algo. Miré a Kira a los ojos con ternura mientras ella,
sentada a mi lado, me miraba. Supe enseguida que ella haría
cualquier cosa porque estuviéramos a salvo, era nuestro plan B.
—Kira,
si se nos esgotan las opciones de salir vivos de aquí quiero que
seas tú quien nos saques, ¿de acuerdo?
Ella
asintió. Sabía que debería transformarse en alguna especie de
criatura para poder llevarnos a Leo a mí, y también tenía en
cuenta de que estábamos en el mundo de los humanos y que una
criatura de ese tipo llamaría mucho la atención, pero no había
otra salida.
La
cogí y la estreché entre mis brazos acariciando mi mejilla contra
la suya.
—Tranquila,
todo saldrá bien. —Le
prometí.
En
ese momento entró Leo con la respiración entrecortada y lo supe
todo antes de que él dijera:
—Nos
han encontrado.
Mi
mundo se detuvo, y dejé de respirar.
Finalmente, recobré el
sentido y solo pude articular una frase:
—¿Por
donde?
—Por
la escalera de incendios y por el ascensor.
—¿Cuantos?
—Unos
30 en total, aunque podrían ser más. Tienen el edificio acorralado.
—¿Y
los tuyos?
—Están
de camino pero no sé si podrán contra ellos. Estamos atrapados,
María. Aunque no permitiré que te cojan.
Le
miré y tragué saliva. No. No estabamos atrapados, podíamos luchar,
escapar por la azotea
y también teníamos la escapatoria de Kira.
—No,
Leo. —Dije
firmemente—. No
estamos atrapados. ¿Recuerdas lo que es Kira? Ella puede sacarnos de
aquí, y también podemos luchar o
escapar por la azotea.
—Preferiría
escapar o quedarme aquí a luchar solo antes de permitir que te
cogieran.
—No
me pasará nada y lo sabes, Leo.
—Pero
no quiero arriesgarme.
—Entonces...
—Hice
una pausa—. ¿Qué
hacemos?
—Escapar.
Y
esa palabra hizo que Kira y yo nos pusiéramos
manos a la obra.
—¿Donde
está la escalera que conduce a la azotea? —Pregunté
a Leo.
—Ven.
—Digo
cogiéndome la mano y arrastrándome hasta la zona de huéspedes.
Kira
nos seguía, pegada a mí. Una vez allí, nos dirigimos a la que
suponía que era la habitación de mantenimiento: pequeña, llena de
escobas, fregonas, trapos y cubos. Apretó un azulejo oculto detrás
de un mono de limpieza y se abrió una puerta con una escalera.
—¡Vamos!
¡Subid! Tengo un helicóptero arriba.
—¿Un
helicóptero? —Dije
incrédula.
—Sí.
Escaparemos por allí. —Contestó
Leo, empujandome a mí y a Kira hacia las escaleras.
—¿Es
tuyo el helicóptero? —Pregunté.
—Sí.
—Dijo
frío—. Y
el helipuerto también. Solo yo puedo acceder a él.
Y
eso hizo que no le preguntara más y que hiciera lo que él me decía.
Subimos los 3 por las
escaleras, mientras la puerta se cerraba detrás de nosotros, y
llegamos al
helipuerto con el
helicóptero. Solo llegamos el aire me dio en la cara, pero no
podíamos detenernos porqué el tiempo que teníamos para escapar era
cada vez menor. El helipuerto era lo grande que era el piso de Leo,
pero igualmente era imponente y una barandilla lo bordeaba. En
cambio, el helicóptero era
negro con una gran raya roja que lo partía por la mitad, pero por
dentro cabían por lo menos unas 8 personas. También me llamó la
atención que el helicóptero de Leo tenía a ambos lados dos
metralletas con sus portamisiles cada uno, respectivamente. Se veía
que estaba preparado por si pasaba algo. Me acerqué lentamente a la
barandilla y me asomé al vacío donde vi un camión blindado negro,
muchísimos hombres como los que vimos en el hospital y por lo menos
5 coches negros. Al verme gritaron y la adrenalina se me disparó.
—¡Vamos
María! ¡Sube! ¡Tenemos que largarnos! —Me
gritó Leo sacándome de sí.
Corrí
hacia el helicóptero y me subí en el asiento del copiloto que Leo
me indicaba, luego me abroché el arnés y me puse los cascos que
había para mí. Kira estaba a mi lado mirándome fijamente pero
sabía que estaba preocupada aunque no quisiera decírmelo. Leo cerró
la puerta del helicóptero y luego se sentó en el asiento del
piloto, se abrochó el arnés y se puso sus cascos. Seguidamente
empezó a hacer todas las comprobaciones. Me cogió de la mano y me
la estrechó.
—¿Preparada?
—Oí
que me preguntaba a través de los auriculares.
—Sí.
—Respondí.
—Bien.
Larguémonos de aquí. —Dijo
antes de que el helicóptero alzara el vuelo.
Miré
a Leo, estaba tenso y se lo notaba por como agarraba el mando de
control ya que se los nudillos los tenía blancos y su boca formaba
una fina linea. Él miraba los distintos dispositivos, pantallas y
palancas que había delante de él, mientras tanto yo no decía nada.
Cogí a Kira en brazos y la acaricié. De fondo, oí como los hombres
gritaban y maldecían al ver que escapábamos.
—¡Mierda!
¡Cogedlos! —Oí
que gritaban.
Mientras
tanto vi que algunos habían salido a la azotea y disparaban contra
nosotros. El ruido de las balas al colisionar con el helicóptero
hizo que ahogara un grito.
—¡Dios!
—Grité
preocupada.
—Serán
hijos de... —Maldijo
Leo entre dientes—. Coge
el mando que hay delante de ti,
María. ¿Ves ese radar? —Dijo
indicándome un pequeño panel que había delante de mí—.
Pues quiero que apuntes a
esos pequeños puntos rojos y con los botones que tienes en el mando
aprieta y dispararás, ¿entendido?
—Entendido.
—Contesté
todo lo firme que pude.
Le
hice caso e intenté apuntar a los pequeños puntos. Me era difícil
porqué estaba temblando. No sabía si era de la rabia, el miedo o de
la adrenalina que en ese momento corría por mis venas. Cuando
conseguí apuntar a uno, disparé y eso hizo que el misil del lado
derecho saliera disparado en dirección a la azotea y que estallara
allí haciendo saltar por el aire trozos del edificio y matando a los
que allí había, pero eso no fue suficiente. Dos aviones de combate
habían salido en nuestra búsqueda. Leo intentaba esquivar los
misiles que nos lanzaban con bastante éxito. Mientras tanto yo
intentaba derribarlos. Finalmente tuve suerte de derribar uno, pero
eso no fue suficiente ya que otros dos se unieron al que quedaba. Por
un momento me acordé de Hidra: Ese monstruo mitológico con forma de
dragón, al que cuando le cortabas una cabeza, salían dos en su
lugar, y aquí pasaba igual pero con el número de aviones de
combate.
—¡María
pon atención y derribadlos!
—Me
gritaba Leo por los auriculares.
—¡Eso
intento pero cuando derribas uno, aparecen otros dos! ¡Es como Hidra
que cuando le cortabas una cabeza, salían dos! —Le
contesté a Leo entre gritos.
—¡Mierda!¡Pues
debemos hacer algo! —Contestó
él.
De
pronto, se me ocurrió la idea de que para que Leo pudiera escapar,
debían cogerme antes a mí. Miré a Kira con decisión. Sabía que
lo que tenía pensado podía salir mal pero no había otra opción:
Debía poner a Leo a salvo y esta era la única forma de conseguirlo.
Me
desabroché el arnés y me quité el casco. El ruido era
ensordecedor.
—¡¿Qué
cojones haces María?! —Me
gritó Leo al verme de pie.
—Salvarte
la vida, Leo. —Le
grité aunque dudé si me oyó o no.
Leo
intentó detenerme pero no pudo al estar atado al asiento del piloto
del helicóptero y al llevar los mandos. Salí de la cabina y me
acerqué a la puerta corrediza por la que entramos. Miré a Kira, era
la hora. Abrí la puerta y me sujeté a una barra de hierro para no
caerme.
—¡Kira!
¡Ahora! —Le grité.
Y
la gata saltó al vacío con agilidad pero en tardó unas milésimas
en segundo en transformarse en un gran dragón negro, luego se acercó
volando hacia a mí e inclinó la cabeza indicándome que montara.
Miré a Leo por última vez y salté al lomo de Kira. Me aferré a su
lomo y volamos hacia los 3 aviones que venían hacia nosotras. Kira
hizo unas piruetas esquivándolos. Cuando nos dimos cuenta de que ya
no perseguían a Leo, sino a nosotras dimos la vuelta y empezamos a
volar en dirección contraria a la de Leo. Los aviones nos seguían
de cerca. Miré hacia atrás y vi como los 3 aviones se acercaban
cada vez más.
—¡Kira
más rápido! ¡Nos están pisando los talones! —Le grité.
Kira
aceleró, pero no sería suficiente esquivarlos. Necesitábamos
destruirlos a todos juntos para que así no pudieran salir más.
Había que hacer algo. De pronto tuve una idea. Dejé que el poder me
inundara y que hiciera sacar la parte oscura de mí, de Kattirva.
Cerré los ojos mientras Kira seguía volando y esquivándolos. Un
gran odio se apoderó de mí hacia aquellos que nos perseguían y mis
pulsaciones se aceleraron. Dejé de tomar conciencia de mi cuerpo y
de mis actos, y dejé que fuera mi “yo” interno quien tomara el
control de la situación. Una gran báculo negro con los símbolos de
Kattirva grabados en relieve, terminada en una media luna como la
lanza de Hades y en el centro suspendido un gran círculo de color
morado, apareció en mi mano izquierda. Las uñas se me alargaron y
se me afilaron igual que mis dientes y mis ojos adquirieron un
destello rojo. Sonreí malvadamente. Solo tenía un objetivo y iba a
cumplirlo por encima de todo: Destruirlos a todos.
Kira
se dio cuenta de mi cambio y aumentó su tamaño, mientras que su
piel se recubría de escamas más duras, brillantes y negras. Sus
ojos desprendieron un destello morado. Soltó un rugido y eso lo
indicó todo: Estabamos preparadas.
Sin
que le dijera nada Kira giró y avanzó hacia a ellos esquivándolos,
cuando estuvimos a la distancia perfecta disparé con mi báculo
dándole primero a uno, y luego a los otros dos. Esperé a que ya no
volviesen a aparecer más, pero no fue así sino que en cambio
aparecieron otros 6. Apreté los dientes enfadada. Nadie me
subestimaba y ellos lo habían hecho, y ahora por ineptos iban todos
a morir. A morir.
Centré
mi poder en el báculo y lo sujeté con ambas manos. Lo alcé
mientras me acercaba más a ellos, esquivando sus disparos. Cuando la
energía del báculo estuvo cargada al máximo disparé dejando que
la gran onda expansiva de energía oscura los eliminara todos a la
vez. Pensaba que por fin los había matado cuando volví en mí, y me
dí cuenta de que estabamos cayendo. ¡Nos habían dado! Y cegada por
el odio no me había dado cuenta.
—¡Kira
responde! —Le grité.
Pero
mi dragona estaba inconsciente. Me aferré más a ella y vi como
caíamos en picado. El suelo se acercaba a una velocidad vertiginosa,
pero no podía hacer nada.
—¡Kira!
¡Por favor! ¡Despiértate! —Le supliqué con lágrimas en los
ojos—. ¡Por favor, te lo suplico!
La
sacudí intentando que se despertara pero no, Kira ya no respondía.
Por un momento tuve miedo de que estuviera muerta pero sabía que no
era así. Lo que tampoco entendía era que como a alguien como ella
le había afectado un disparo, aunque esos disparos no fuesen lo
normales que yo creían que era y eso significaba que quienes iban
detrás de mí eran más astutos de lo que yo imaginaba.
—¡Mierda!
—Maldije.
Y
al ver que nos íbamos a estrellar en cuestión de segundos, cerré
los ojos deseando que el dolor fuera lo mínimo posible para mí y
para Kira, y le deseé a Leo que todo le fuera bien ya que gracias a
mí, él se había salvado.
El
suelo apareció y nos estrellamos. Sentí un gran dolor por todo mi
cuerpo en forma de explosión al estrellarnos y luego fui lanzada con
gran velocidad hacia algo donde me golpeé la cabeza y perdí el
conocimiento.
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