miércoles, 6 de noviembre de 2013

Capítulo 7

Eran las 4 de la tarde y el sol daba con fuerza mientras que los rayos de luz se colaban por los grandes ventanales del salón del piso de Leonardo Brown. Estábamos en un bloque de pisos nuevos en la Malvarrosa. Habíamos ido a parar allí debido a que unos hombres que estaban interesados en mí, habían intentado capturarme pero sin mucho resultado ya que habíamos logrado escapar por la azotea del hospital Clínico de Valencia. En 5 días, desde que me capturaron las encapuchadas hasta que había salido del hospital habían pasado muchas cosas: me había fusionado con Kattirva, había conocido a Leonardo Brown, y me había despedido de mis seres queridos sin saber cuando volvería a verles. Solo me quedaba Leo. Me había contado su historia y había comprendido que era lo que le unía a Kattirva y porqué era como era. Pero no podía quedarme de brazos cruzada, debía hacer algo. Sí había alguien que iba detrás de mí lo que debía hacer era ponérselo difícil, no fácil y estando de brazos cruzada no solucionaba nada. Así que me levanté del sofá y miré a Leo decidida. Por la mirada que me dedicó Leo supe que había entendido lo que quería hacer. Se levantó y nos dirigimos al piso de arriba, hacia el gimnasio, una vez allí Leo me explicó distintas formas de lucha, como bloquear a tu adversario, como defenderte, como atacar... Yo prestaba toda la atención del mundo, y aunque era lo sencillo, la introducción, me dí cuenta de que no sabía nada y de que estaba muy verde así que propuse entrar todos los días, todo el tiempo que pudiéramos. Estuvimos 5 horas entrenando, hasta las 9 de la noche entrenando y enseñándome todo lo que sabía. Me asombró ver a Leo moverse de aquella forma, tan ágil, tan potente, tan rápido y tan preciso. Leo me derribaba con facilidad pero yo no me daba pro vencida e intentaba derribarlo, pero sin resultado. Entrenamos la lucha cuerpo a cuerpo porqué dijo que eso era lo más importante y esencial, y que una vez lo dominara ya empezaríamos con las armas. Cuando terminamos nos dirigimos a la ducha y nos pusimos nuestros pijamas, luego cenamos un poco de risotto acompañado por una ensalada y un yogur. Después de cenar nos sentamos en el suelo, encima de la alfombra, delante de la chimenea a hablar.
—Bueno... —Dijo Leo—. ¿Qué te ha parecido? ¿Te ha gustado?
—Ha estado bien, y la verdad es que me he dado cuenta de que estoy muy verde en ese ámbito. Creía que al estar fusionada con Kat estaría más “avanzada” pero me equivoqué, por eso te agradezco que me enseñes.
—No es nada, pero me alegra ver tu entusiasmo. Es adictivo.
—Es lo menos que puedo hacer, Leo. No me había parado a pensar en qué pasaría si me cogieran o si nos tocara enfrentarnos a ellos. No puedo estar tranquila y pensar que mis poderes reaccionaran y que nos salvaran. ¡No puedo! Lo de hoy ha sido solo suerte, pero... ¿y sí fallaran? No puedo permitirmelo, por eso quiero entrenar y hacerme más fuerte, y sin tu ayuda no lo conseguiré.
—Entiendo. —Me cogió de la mano—. Te prometo que te ayudaré en todo lo que pueda. No permitiré que te cojan. Es mi misión y mi deber encargarme de ti y de tu seguridad.
—¿Es esta la misión que este encargaron cuando estabas en el Olimpo de Kattirva?
—Así es. —Hizo una pausa—. Me dijeron que se avecinaban tiempos difíciles para todos los del mundo divino incluido para Kattirva, que ya me iría enterando según como pasara el tiempo, pero que mi principal misión y deber era proteger y cuidar a Kattirva.
—¿Ella sabía que iba a pasar?
—No lo sé. Y si lo supo lo disimuló muy bien. ¿Por?
—Por nada. Simplemente curiosidad, Leo. —Me miré las manos—. ¿Vino alguien a parte de ti a la Tierra contigo para esta misión?
Leo negó con la cabeza.
—No. Solo yo, pero tengo contactos a mi disposición. Otros demonios que habitan en la Tierra a los que puedo pedirles favores y pueden hacer lo que yo diga.
—Otros demonios que son como tus “siervos”.
—Más o menos. —Dijo él.
—Estás al mando de ellos.
—Así es. Por eso no es necesario que salgamos de aquí sino es necesario, María. Si necesitamos provisiones o cualquier cosa lo harán ellos.
—Entiendo. Pero no quiero quedarme aquí encerrada una eternidad.
—Y no lo harás. Te lo prometo, solo que no quiero que corras riesgos. Aún no sé como pudimos escapar de allí, pero no quiero volver a arriesgarme. ¿Lo comprendes?
—Sí. Lo comprendo Leo y te lo agradezco muchísimo. —Apoyé la cabeza en el borde del sofá—. Mi vida ha dado un giro de 180º en 3 días y aún no sé como enfrentarme a ella. No paro de repasar todo lo que ha pasado, intentando verle la parte lógica, pero no puedo.
—¿No?
—No Leo. —Le miré—. Hace tiempo Kattirva era solo un personaje con el que soñaba y que me gustaba. Muchas veces he deseado que ella fuera real y que el mundo de ella que estaba conociendo fuera real, pero nunca pensé que llegara a serlo tanto. Han sido fusionados ambos mundos, Leo y no sé el alcance de esa fusión. No sé que pasará, si habrá una catástrofe y será malo para todos, o si será bueno. No lo sé y eso es lo que me inquieta: No saber el futuro.
—No te preocupes por el futuro María, sea lo que sea estaremos preparados.
—¿Como puedes estar tan seguro? —Le pregunté.
—Porqué estamos juntos y porqué simplemente lo sé. Llamalo intuición.
—Intuición... —Repetí—. No sé si creerte.
—Pues creyendotelo o no, es lo que te digo. Carpe diem, María: Disfruta y aprovecha el momento, y lo que tenga que ser, será. No te comas la cabeza o solo harás que empeorar las cosas.
—Sí. —Suspiré—. Tienes razón Leo.
Las palabras de carpe diem de Leo se quedaron grabadas en mi cabeza. Decidí que tenía razón y que no había tiempo que perder así que debía aprovechar el tiempo al máximo.
Durante las siguientes dos semanas estuvimos aislados del mundo en el apartamento. Nos levantábamos pronto para entrenar, desayunábamos, entrenábamos, luego comíamos y volvíamos a entrenar hasta la noche, cenábamos y nos acostábamos. Ese era el horario. Poco a poco las provisiones fueron disminuyendo y gracias a los demonios que estaban bajo el mando de Leo, pudimos sobrevivir. Yo no me quejaba del horario y Leo tampoco. Sabíamos que era necesario para ambos y especialmente para mí, para estar preparados para el futuro. Me dí cuenta de lo poco preparada que estaba para enfrentarme a quienes iban detrás de mí, y eso hacía que cada segundo que pasaba entrenando no fuera aprovechado. Durante esas dos semanas quise llamar a mis padres y a Efrén para ver como estaban pero Leo se negó diciéndome que aunque pareciera seguro que no valía la pena arriesgarse debido a que nos podrían detectar y así que vinieran a por mí. Lo entendí aunque por dentro echaba de menos a los míos. Las dos semanas pasaron volando y los meses también, y sin darme cuenta nos adentramos en diciembre. Estabamos a 2 de diciembre cuando recibí una agradable sorpresa.
—¡Por fin! —Dije orgullosa mirando a Leo tumbado sobre la alfombrilla del gimnasio.
—Has mejorado muchísimo María, estoy impresionado.
Le ofrecí la mano para levantarse y estiré de él, poniéndolo de pie.
—No está mal para ser la primera vez, ¿verdad? —Dije antes de dar un gran trago de agua fresca de mi botella.
—No. Nada mal. —Dijo él mientras se secaba el sudor con la toalla.
—¿Otra vez? —Pregunté poniéndome en guardia.
—Espera, primero tengo que coger aire. —Dijo Leo apoyándose en las rodillas.
—¿Ya estás cansado flojo? —Dije sonriendo.
—¿Flojo? —Leo sonrió—. No. Solo que tengo una sorpresa para ti.
—¿Una sorpresa? —Pregunté.
—Sí. —Asintió—. Coge tu botella y tu toalla, y te lo enseñaré.
—Vale.
Me cogió de la mano y nos dirigimos hacia la cocina. Dejamos las toallas sobre la barra del desayuno y rellenamos las botellas para luego meterlas en el frigorífico. En ese momento las puertas del ascensor se abrieron y luego las de la entrada, apareciendo un demonio con una gata negra en brazos. Me quedé blanca. Reconocí al demonio, se llamaba Steve y aunque era más joven que Leo llevaba más tiempo que él en la tierra. Era alto y musculoso de piel oscura y pelo muy corto, casi rapado. Llevaba una camisa roja, y unos pantalones y una cazadora de cuero. En cuanto a la gata la reconocí de inmediato. Esos ojos azules tan claros y fríos, y ese pelaje negro, solo podía ser ella.
Caí de rodillas en el suelo con lágrimas en los ojos, y solté un chillido de la emoción.
—¡Kira! —Grité.
La gata corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos maullando de felicidad.
—Mi pequeña. Mi Kira. —Susurré sin dejar de acariciarla.
Kira había sido la primera creación de Kattirva y por lo tanto su fiel amiga. Tenía la apariencia de una gata negra de ojos azules claros como Kattirva. La había dotado de la capacidad de transformarse en la raza que quisiese y así adquirir los poderes de la raza en la que se transformaba. Era una obra maestra. La había llamado Kira porqué significaba oscuridad, el cual era el elemento principal de Kattirva. La relación de ambas era tan fuerte que donde iba una, iba la otra y si a una la herían, la otra también percibía su dolor. No necesitaban comunicarse con palabras o con maullidos, sino que mentalmente y con los gestos cada una sabía que era lo que la otra quería o necesitaba.
—¿Co-mo? —Pregunté a Leo entre lágrimas.
—Nos costó mucho encontrarla pero da las gracias de que lo conseguimos. No sé como lo hizo pero un día se presentó en nuestra base y de seguido subimos que era ella por eso decidimos traértela. Después de estos dos meses aquí encerrada, creí que te merecías una alegría y te la trajimos de inmediato.
—Gra-cias. —Tartamudeé.
—De nada.
Leo le hizo una indicación a Steve y este se fue sin decir nada, mientras tanto Kira se movía entre mis brazos, frotándose contra mi piel y sin dejar de ronronear. Yo la acariciaba entre las orejas y alrededor de su cuello (su lugar preferido). Me encantaban sus ojos azules, del mismo color que los míos.
Cuando estuve tranquila y sin llorar, la cogí y la llevé al salón. Nos sentamos los 3 en la gran alfombra negra, blanca y roja de Leo con las espaldas apoyadas en el gran sofá blanco en forma de L.
—No puedo creer que esté aquí, Leo. No me lo creo. —Dije mientras miraba como Kira pasaba entre mis piernas flexionadas.
—Pues lo está, María. —Dijo Leo sonriendo y acariciándole la frente a Kira—. Es una gata con suerte.
—Sí. —Acepté—. Como yo, y como tú. Aunque ya sabes que no es una gata, solo tiene la forma de ella.
—Sí. Lo sé. Es una obra maestra hecha por ti.
—Sí. Es la reina de los disfraces. —Sonreí.
—Algo muy característico de ti. —Dijo sacándome la lengua.
Leo sabía que Kattirva era la fusión de 6 deidades, y por lo tanto cada una tenía una forma, una personalidad y nos poderes diferentes a las demás, y a eso se refería con “la reina de los disfraces”. A que el cambio era algo muy presente tanto en Kattirva como en Kira.
Le dí un puñetazo al brazo a Leo debido a su comentario.
—¡Eh! —Dijo frotándose el lugar donde había recibido el golpe—. Duele.
—¡Uy! Yo que pensaba que aquí el que tenía fuerza eras tú, y no yo. —Sonreí orgullosa y sacándole la lengua—. Nunca dejas de sorprenderme Leo.
Estallamos a reírnos. Cuando nos tranquilizamos miré a Kira que tumbada a mi lado me miraba muy tranquila con la cabeza apoyada en sus patas delanteras.
—¿Que pasa Kira? ¿Tienes hambre?
Esta se lamió la boca por lo qué entendí que así era y que también era hora de que Leo y yo cenáramos. Nos duchamos por turnos y luego Leo preparó la cena sin preguntarme qué quería cenar y si quería ayudarle como siempre hacía, ya que la presencia de Kira alegraba el apartamento. Yo con mi pijama formado por unos pantalones negros y una camiseta de tirantes rosa caminaba con Kira en brazos enseñándole todo el apartamento. Cuando volví al salón-cocina vi que Leo había hecho dos pizzas bastante grandes y que las había dejado sobre la mesa baja que había entre el sofá y la chimenea. Eran de nuestros sabores favoritos: Barbacoa y 4 quesos. También había puesto sobre la mesa, unas servilletas, dos vasos y dos coca-colas: una normal para él y una cero para mí. Se lo agradecí porqué estaba muerta de hambre, en cambio me hizo mucha gracia ver que le había hecho una mini-pizza de jamón york y queso para Kira. A Leo no se le escapaba una. No me extrañó que no me preguntase si debía darle de comer comida para gatos o comida normal a Kira, ya que al ser lo que era comía de todo.
Nos sentamos sobre la alfombra y apoyados en el sofá y en los cojines nos pusimos a cenar.
—¿Sabes Leo que me encantas? —Dije con la boca llena de pizza barbacoa—. No se te escapa una.
Leo se rió.
—¿Enserio? A ver... No hace falta que sea un adivino para saber que Kira come de todo y de que te apetecía. Te lo leí en la cara. —Dijo para luego darle un mordisco a su trozo de pizza de 4 quesos.
—Ni que mi cara fuera un libro abierto. —Reproché.
—A veces lo es. —Leo se puso serio—. Debes aprender a controlar tus emociones, María. Por qué tu adversario no debe saber lo que te afecta o deja de hacerlo porqué así podrá manipularte, chantajearte y hacerte daño, y eso no es lo que quiero. —Dijo casi en un susurro.
Tragué saliva. Tenía razón. No podía exponer mis emociones, debía ser más cerrada.
—Como siempre, tienes razón Leo. —Dije mirándole a los ojos con ternura—. Te prometo que lo tendré en cuenta y trabajaré en ello.
—De acuerdo. Me quedo así más tranquilo.
Suspiramos y dimos un mordisco a nuestros trozos de pizza. Después dimos un trago a nuestras coca-colas. Parecía que íbamos coordinados. Mientras nosotros cenábamos, Kira estaba entre nosotros con la cabeza apoyada en un cojín de color rojo. Se había terminado la pizza en cuestión de unos minutos. La pobre tenía hambre cuando la trajeron y esperaba que con la pizza que Leo le había preparado, estaría saciada hasta el día siguiente por la mañana. En todo caso, Leo le había dejado a un lado de la cocina una caja con arena para gatos para que así ella pudiera hacer sus necesidades y dos cuencos de metal: uno lleno de agua y otro de un poco de comida que nos sobró a mi y a Leo, los días anteriores.
Leo y yo seguimos hablando hasta que nos terminamos la cena, luego lo recogimos todos y nos fuimos a dormir. Me hizo gracia que Kira se acurrucara a mi lado para dormir, ya que me gustaba su compañía y la de Leo. También agradecí que él no dijera de nada de que Kira durmiera con nosotros, y contenta sobre la sorpresa de Kira y de como avanzaba mi vida sin complicaciones, me quedé dormida.
Me desperté con las pulsaciones aceleradas y sudando. Algo iba mal. Miré a Leo a mi lado dormido y a Kira. Sin decirles nada, corrí a vestirme. Me puse unos vaqueros negros, unas deportivas rojas, una camiseta de tirantes verde y una chaqueta negra. Me trencé el pelo en una larga trenza y salí de la habitación. Todo parecía tranquilo en el apartamento pero algo me decía que no era así. Me acerqué sigilosamente al salón, pero nada. Luego revisé cada una de las habitaciones y de sitios del apartamento pero todo estaba limpio. Finalmente, me senté sobre uno de los taburetes de la cocina a pensar en qué era lo que me había despertado. Después de mucho meditar decidí que era mejor contárselo a Leo, y eso hice. Me dirigí a nuestro dormitorio. El silencio era sobrecogedor, no se oía nada salvo la respiración de Leo y de Kira. Me detuve un momento para mirarlos. La imagen era maravillosa, pero seguía teniendo la sensación de que algo iba mal, así que me arrodillé al lado de Leo y le toqué el brazo.
—Leo. Leo. Despierta. —Decía mientras le movía el brazo con la intención de despertarlo.
Al final esté abrió los ojos sin esperarmelo y ahogué un chillido. Se incorporó, miró a ambos lados y luego a mí, me cogió la cara examinándome con detalle. Al final suspiró.
—¿Qué pasa María? ¿Va algo mal? —Preguntó.
Asentí.
—Algo pasa Leo y no sé que es. Solo puedo decirte que lo presiento, lo noto. ¿Tu también lo sientes?
Leo esperó unos segundos antes de contestarme.
—Sí. Pero no me había dado cuenta hasta ahora. Voy a vestirme. —Dijo cuando salió de la cama y se puso unos vaqueros, una camiseta roja y unas deportivas.
Mientras se vestía acaricie a Kira y le susurré al oído
—Kira. Algo va mal. Estate atenta.
Ella abrió sus ojos azules como los míos y asintió con la cabeza en el momento en el que Leo, ya vestido, se ponía detrás de mí.
—Voy a hacer un barrido. —Dijo mientras se disponía a salir del dormitorio.
—¡Espera! —Le dije retiendolo por el brazo—. Ya lo he hecho yo hace unos instantes y nada.
—¿Nada? —Me preguntó incrédulo.
—Nada. —Respondí negando con la cabeza.
—En todo caso deja que examine el apartamento. Quédate aquí con Kira.
—Pero... —Rechisté pero Leo me cortó.
—No hay peros María. Quédate aquí. —Dijo antes de que se fuera.
La tensión aumentaba según como iban pasando los segundos. No podía estarme quieta. Mientras tanto iba pensando en qué salidas teníamos si estabamos en peligro. Teníamos la escalera de incendios, el ascensor y la azotea, pero a parte de eso, nada más. Y eso hizo que mi miedo aumentara pero no podía pararme a lamentar y a estar asustada, tenía que hacer algo. Miré a Kira a los ojos con ternura mientras ella, sentada a mi lado, me miraba. Supe enseguida que ella haría cualquier cosa porque estuviéramos a salvo, era nuestro plan B.
—Kira, si se nos esgotan las opciones de salir vivos de aquí quiero que seas tú quien nos saques, ¿de acuerdo?
Ella asintió. Sabía que debería transformarse en alguna especie de criatura para poder llevarnos a Leo a mí, y también tenía en cuenta de que estábamos en el mundo de los humanos y que una criatura de ese tipo llamaría mucho la atención, pero no había otra salida.
La cogí y la estreché entre mis brazos acariciando mi mejilla contra la suya.
—Tranquila, todo saldrá bien. —Le prometí.
En ese momento entró Leo con la respiración entrecortada y lo supe todo antes de que él dijera:
—Nos han encontrado.
Mi mundo se detuvo, y dejé de respirar. Finalmente, recobré el sentido y solo pude articular una frase:
—¿Por donde?
—Por la escalera de incendios y por el ascensor.
—¿Cuantos?
—Unos 30 en total, aunque podrían ser más. Tienen el edificio acorralado.
—¿Y los tuyos?
—Están de camino pero no sé si podrán contra ellos. Estamos atrapados, María. Aunque no permitiré que te cojan.
Le miré y tragué saliva. No. No estabamos atrapados, podíamos luchar, escapar por la azotea y también teníamos la escapatoria de Kira.
—No, Leo. —Dije firmemente—. No estamos atrapados. ¿Recuerdas lo que es Kira? Ella puede sacarnos de aquí, y también podemos luchar o escapar por la azotea.
—Preferiría escapar o quedarme aquí a luchar solo antes de permitir que te cogieran.
—No me pasará nada y lo sabes, Leo.
—Pero no quiero arriesgarme.
—Entonces... —Hice una pausa—. ¿Qué hacemos?
—Escapar.
Y esa palabra hizo que Kira y yo nos pusiéramos manos a la obra.
—¿Donde está la escalera que conduce a la azotea? —Pregunté a Leo.
—Ven. —Digo cogiéndome la mano y arrastrándome hasta la zona de huéspedes.
Kira nos seguía, pegada a mí. Una vez allí, nos dirigimos a la que suponía que era la habitación de mantenimiento: pequeña, llena de escobas, fregonas, trapos y cubos. Apretó un azulejo oculto detrás de un mono de limpieza y se abrió una puerta con una escalera.
—¡Vamos! ¡Subid! Tengo un helicóptero arriba.
—¿Un helicóptero? —Dije incrédula.
—Sí. Escaparemos por allí. —Contestó Leo, empujandome a mí y a Kira hacia las escaleras.
—¿Es tuyo el helicóptero? —Pregunté.
—Sí. —Dijo frío—. Y el helipuerto también. Solo yo puedo acceder a él.
Y eso hizo que no le preguntara más y que hiciera lo que él me decía. Subimos los 3 por las escaleras, mientras la puerta se cerraba detrás de nosotros, y llegamos al helipuerto con el helicóptero. Solo llegamos el aire me dio en la cara, pero no podíamos detenernos porqué el tiempo que teníamos para escapar era cada vez menor. El helipuerto era lo grande que era el piso de Leo, pero igualmente era imponente y una barandilla lo bordeaba. En cambio, el helicóptero era negro con una gran raya roja que lo partía por la mitad, pero por dentro cabían por lo menos unas 8 personas. También me llamó la atención que el helicóptero de Leo tenía a ambos lados dos metralletas con sus portamisiles cada uno, respectivamente. Se veía que estaba preparado por si pasaba algo. Me acerqué lentamente a la barandilla y me asomé al vacío donde vi un camión blindado negro, muchísimos hombres como los que vimos en el hospital y por lo menos 5 coches negros. Al verme gritaron y la adrenalina se me disparó.
—¡Vamos María! ¡Sube! ¡Tenemos que largarnos! —Me gritó Leo sacándome de sí.
Corrí hacia el helicóptero y me subí en el asiento del copiloto que Leo me indicaba, luego me abroché el arnés y me puse los cascos que había para mí. Kira estaba a mi lado mirándome fijamente pero sabía que estaba preocupada aunque no quisiera decírmelo. Leo cerró la puerta del helicóptero y luego se sentó en el asiento del piloto, se abrochó el arnés y se puso sus cascos. Seguidamente empezó a hacer todas las comprobaciones. Me cogió de la mano y me la estrechó.
—¿Preparada? —Oí que me preguntaba a través de los auriculares.
—Sí. —Respondí.
—Bien. Larguémonos de aquí. —Dijo antes de que el helicóptero alzara el vuelo.
Miré a Leo, estaba tenso y se lo notaba por como agarraba el mando de control ya que se los nudillos los tenía blancos y su boca formaba una fina linea. Él miraba los distintos dispositivos, pantallas y palancas que había delante de él, mientras tanto yo no decía nada. Cogí a Kira en brazos y la acaricié. De fondo, oí como los hombres gritaban y maldecían al ver que escapábamos.
—¡Mierda! ¡Cogedlos! —Oí que gritaban.
Mientras tanto vi que algunos habían salido a la azotea y disparaban contra nosotros. El ruido de las balas al colisionar con el helicóptero hizo que ahogara un grito.
—¡Dios! —Grité preocupada.
—Serán hijos de... —Maldijo Leo entre dientes—. Coge el mando que hay delante de ti, María. ¿Ves ese radar? —Dijo indicándome un pequeño panel que había delante de mí—. Pues quiero que apuntes a esos pequeños puntos rojos y con los botones que tienes en el mando aprieta y dispararás, ¿entendido?
—Entendido. —Contesté todo lo firme que pude.
Le hice caso e intenté apuntar a los pequeños puntos. Me era difícil porqué estaba temblando. No sabía si era de la rabia, el miedo o de la adrenalina que en ese momento corría por mis venas. Cuando conseguí apuntar a uno, disparé y eso hizo que el misil del lado derecho saliera disparado en dirección a la azotea y que estallara allí haciendo saltar por el aire trozos del edificio y matando a los que allí había, pero eso no fue suficiente. Dos aviones de combate habían salido en nuestra búsqueda. Leo intentaba esquivar los misiles que nos lanzaban con bastante éxito. Mientras tanto yo intentaba derribarlos. Finalmente tuve suerte de derribar uno, pero eso no fue suficiente ya que otros dos se unieron al que quedaba. Por un momento me acordé de Hidra: Ese monstruo mitológico con forma de dragón, al que cuando le cortabas una cabeza, salían dos en su lugar, y aquí pasaba igual pero con el número de aviones de combate.
—¡María pon atención y derribadlos! —Me gritaba Leo por los auriculares.
—¡Eso intento pero cuando derribas uno, aparecen otros dos! ¡Es como Hidra que cuando le cortabas una cabeza, salían dos! —Le contesté a Leo entre gritos.
—¡Mierda!¡Pues debemos hacer algo! —Contestó él.
De pronto, se me ocurrió la idea de que para que Leo pudiera escapar, debían cogerme antes a mí. Miré a Kira con decisión. Sabía que lo que tenía pensado podía salir mal pero no había otra opción: Debía poner a Leo a salvo y esta era la única forma de conseguirlo.
Me desabroché el arnés y me quité el casco. El ruido era ensordecedor.
—¡¿Qué cojones haces María?! —Me gritó Leo al verme de pie.
—Salvarte la vida, Leo. —Le grité aunque dudé si me oyó o no.
Leo intentó detenerme pero no pudo al estar atado al asiento del piloto del helicóptero y al llevar los mandos. Salí de la cabina y me acerqué a la puerta corrediza por la que entramos. Miré a Kira, era la hora. Abrí la puerta y me sujeté a una barra de hierro para no caerme.
—¡Kira! ¡Ahora! Le grité.
Y la gata saltó al vacío con agilidad pero en tardó unas milésimas en segundo en transformarse en un gran dragón negro, luego se acercó volando hacia a mí e inclinó la cabeza indicándome que montara. Miré a Leo por última vez y salté al lomo de Kira. Me aferré a su lomo y volamos hacia los 3 aviones que venían hacia nosotras. Kira hizo unas piruetas esquivándolos. Cuando nos dimos cuenta de que ya no perseguían a Leo, sino a nosotras dimos la vuelta y empezamos a volar en dirección contraria a la de Leo. Los aviones nos seguían de cerca. Miré hacia atrás y vi como los 3 aviones se acercaban cada vez más.
—¡Kira más rápido! ¡Nos están pisando los talones! —Le grité.
Kira aceleró, pero no sería suficiente esquivarlos. Necesitábamos destruirlos a todos juntos para que así no pudieran salir más. Había que hacer algo. De pronto tuve una idea. Dejé que el poder me inundara y que hiciera sacar la parte oscura de mí, de Kattirva. Cerré los ojos mientras Kira seguía volando y esquivándolos. Un gran odio se apoderó de mí hacia aquellos que nos perseguían y mis pulsaciones se aceleraron. Dejé de tomar conciencia de mi cuerpo y de mis actos, y dejé que fuera mi “yo” interno quien tomara el control de la situación. Una gran báculo negro con los símbolos de Kattirva grabados en relieve, terminada en una media luna como la lanza de Hades y en el centro suspendido un gran círculo de color morado, apareció en mi mano izquierda. Las uñas se me alargaron y se me afilaron igual que mis dientes y mis ojos adquirieron un destello rojo. Sonreí malvadamente. Solo tenía un objetivo y iba a cumplirlo por encima de todo: Destruirlos a todos.
Kira se dio cuenta de mi cambio y aumentó su tamaño, mientras que su piel se recubría de escamas más duras, brillantes y negras. Sus ojos desprendieron un destello morado. Soltó un rugido y eso lo indicó todo: Estabamos preparadas.
Sin que le dijera nada Kira giró y avanzó hacia a ellos esquivándolos, cuando estuvimos a la distancia perfecta disparé con mi báculo dándole primero a uno, y luego a los otros dos. Esperé a que ya no volviesen a aparecer más, pero no fue así sino que en cambio aparecieron otros 6. Apreté los dientes enfadada. Nadie me subestimaba y ellos lo habían hecho, y ahora por ineptos iban todos a morir. A morir.
Centré mi poder en el báculo y lo sujeté con ambas manos. Lo alcé mientras me acercaba más a ellos, esquivando sus disparos. Cuando la energía del báculo estuvo cargada al máximo disparé dejando que la gran onda expansiva de energía oscura los eliminara todos a la vez. Pensaba que por fin los había matado cuando volví en mí, y me dí cuenta de que estabamos cayendo. ¡Nos habían dado! Y cegada por el odio no me había dado cuenta.
—¡Kira responde! —Le grité.
Pero mi dragona estaba inconsciente. Me aferré más a ella y vi como caíamos en picado. El suelo se acercaba a una velocidad vertiginosa, pero no podía hacer nada.
—¡Kira! ¡Por favor! ¡Despiértate! —Le supliqué con lágrimas en los ojos—. ¡Por favor, te lo suplico!
La sacudí intentando que se despertara pero no, Kira ya no respondía. Por un momento tuve miedo de que estuviera muerta pero sabía que no era así. Lo que tampoco entendía era que como a alguien como ella le había afectado un disparo, aunque esos disparos no fuesen lo normales que yo creían que era y eso significaba que quienes iban detrás de mí eran más astutos de lo que yo imaginaba.
—¡Mierda! —Maldije.
Y al ver que nos íbamos a estrellar en cuestión de segundos, cerré los ojos deseando que el dolor fuera lo mínimo posible para mí y para Kira, y le deseé a Leo que todo le fuera bien ya que gracias a mí, él se había salvado.
El suelo apareció y nos estrellamos. Sentí un gran dolor por todo mi cuerpo en forma de explosión al estrellarnos y luego fui lanzada con gran velocidad hacia algo donde me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento.






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