Entré en el recibidor y el tiempo se detuvo. La mansión por dentro era de paredes, suelos y techos de madera. La piedra estaba integrada en la casa y me encantaba. Una gran escalera de madera había delante de mí que parecía conducir al primer piso. La gente estaba paralizada, inmovil. Sonreí. El bello recuerdo de Laikos, el hijo mayor de Kattirva y titán del espacio-tiempo ahora fusionado con Andrés, vino a mi mente y por alguna extraña razón no podía parar de sonreír. Miré a ambos lados y me giré para ver a Patrick inmovil, después volví a girarme y me caminé hacia las escaleras lentamente.
—¿Laikos? ¿Andrés? —Llamé pero no hubo respuesta.
Me quedé muy extrañada. Laikos era el único que tenía ese poder, y que hubiera pasado eso me tenía desconcertada. ¿Qué lo había causado? ¿Cronos? ¿Algún descendiente de Laikos o era él? No tenía ni idea. Finalmente, volví hacia mi posición inicial y cuando lo hice la gente volvió a caminar y a ir de un lado a otro. Parecía que el tiempo volvía a funcionar. Patrick me puso la mano en el hombro.
—¿Te gusta? —Me preguntó.
—Sí. Me encanta. —Dije sonriendo.
—Ven. —Me ofreció su mano—. Vamos a mi despacho y haré las presentaciones.
Se la cogí y nos dirigimos a la primera planta.
Según como ibamos avanzando me dí cuenta de que estaba nerviosa. ¿Conocer a gente como yo? ¿Estaba preparada? ¡No! Solo quería que me enseñaran la mansión y sus instalaciones, para luego irme a mi habitación. Estaba cansada y no tenía ganas de más acción. Así que decidí decirselo a Patrick.
Nos paramos delante de la puerta de su despacho en un extremo de la primera planta.
—¿Estás preparada? —Me dijo cogiendo el puño de la puerta.
Negué con la cabeza.
—No, Patrick. Estoy cansada, y no quiero presentaciones. Si me lo permitieras, me gustaría que nadie supiera quien soy. No quiero montar jaleos, ni convertirme en el centro de atención. —Él me miró con los ojos muy abiertos—. Toda mi vida, haya ido donde haya ido por algún motivo que desconozco, siempre he sido el centro de atención y ahora... Si pudiera ser por una vez en mi vida me gustaría pasar desapercibida, ser una más. Así que me gustaría que me enseñaras todo esto y luego retirarme a mi habitación, si te parece bien claro.
Suspiré. Me había quedado más relajada después de deshaogarme con él. Ahora solo faltaba que él lo entendiera. Patrick lo meditó unos segundos y final soltó el puño de la puerta.
—¿Entonces es eso lo que quieres? —Me preguntó mirandome de reojo. Asentí—. Bien, si eso es lo que quieres... —Dijo soltando un suspiro. Parecía que la idea no le agradaba—. Eso haré, aunque no esté de acuerdo contigo.
—¿Por qué?
—Porqué eres algo que no debes ocultar. —Me dijo suavemente. Me acaricio la mejilla con ternura y me sonrió debilmente—. Eres el eslabón perdido, María; la cura contra el cáncer, la luz en la oscuridad... Eres... —Cogió aire—. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres... Lo que nunca imaginé que pasara. Eres para mí, mi sueño.
—¿Tu sueño? —Pregunté aturdida.
Patrick asintió.
—Sí. Después de pasarme toda la vida estudiando a los tuyos, encontrarte, conocerte, saber todo lo que me has contado es lo mejor que me ha pasado. ¿Lo entiendes? La euforia, la felicidad... que ahora siento es algo inexplicable.
—Inexplicable. —Repetí.
Lo que me decía Patrick parecía una declaración de amor, pero debido a lo que me contaba y a que era imposible entonces era sinceridad. Estaba siendo sincero conmigo, aunque sus palabras me dejaban aturida ya que no me las esperaba.
—Cualquiera que te oyera diría que es una declaración de amor.
Patrick abrió los ojos como platos.
—No. No lo es, ya que lo que siento por tí es admiración y respeto, y si alguna vez sintiera amor sería el paternal, tenlo por dado, así que solo te soy sincero y te digo la verdad. Te lo prometí María, y yo cumplo mis promesas. —Dijo con firmeza.
Asentí. Mis dudas estaban resueltas así que estaba tranquila. Parecía que me habían dado unas cuantas valerianas. Sonreí relajada. Patrick sonrió y me ofreció el brazo.
—Señorita. —Dijo imitando a un caballero y ofreciendome su mano—. ¿Sería usted tan amable de acompañarme a dar un paseo para así mostrarle este hermoso lugar?
Sonreí. La verdad es que era muy agradable y divertido cuando quería.
—Encantada caballero.
Le dí mi mano y el me la cogió para luego pasarmela por su brazo. Cualquiera que nos hubiera visto cogidos por el brazo hubiera pensando que estábamos locos, pero la verdad es que en el fondo lo estábamos.
Patrick me llevó a la inmensa recepción y una vez allí me enseñó la mansión entera y sus terrenos. En cuanto a la mansión estaba dividida por pisos: La planta baja albergaba la cocina, la despensa, el comedor, dos cuartos de baño, la biblioteca y el salón; la primera planta albergaba el despacho de Patrick y las diferentes aulas donde se repartía clase; la segunda planta albergaba las habitaciones con sus respectivos cuartos de baño y con la sala común; la tercera planta albergaba el observatorio, el desván, la sala de recreativos y la de cine; el primer sótano albergaba el gymnasio, la bodega, el garaje y el bar; y el segundo sótano albergaba el aula de simulación, el laboratorio y las oficinas principales. Después me condujo a la parte de atrás de la mansión donde había una terraza, un jardín, una piscina con su respectivo yacuzzi y unas cuadras con sus correspondientes caballos y con una pista para montar. Todo estaba a escala enorme debido a la cantidad de gente que allí había, y rodeado por árboles. Y más allá de los terriotorios de la mansión el bosque se extendía hasta donde alcanzaba la vista y más.
Me quedé parada mirando el horizonte.
—Vaya. —Dije asombrada.
Tenía a Patrick a mi lado sonriendo.
—¿Te gusta?
—Me encanta. —Dije sonriendo.
Patrick sonrió aún más e inclinó la cabeza.
—Me alegro de que te guste. Ahora si quieres te acompañaré a tu cuarto.
—¡Claro! —Respondí emocionada.
Patrick me llevó al segundo piso y una vez allí a un extremo. Caminamos por el pasillo hasta que llegamos a la puerta del final. Me la abrió, entré y me quedé boqueabierta al ver como era. Era un dormitorio enorme. Con una gran cama de matrimonio de estilo medieval con sus cortinas colgando a un lado, pegado a la pared y con sus dos mesitas auxiliares de madera oscura. Delante de mí unos grandes ventanales con un rellano bastante grande con almohadas tapizado con moqueta llevaban a una terraza privada, todo con colores a juego con la cama. Al otro lado de la habitación había un mueble que albergaba una enorme biblioteca y en el centro una televisión de plasma y debajo de esta una chimenea (ahora apagada), y delante de este mueble una gran alfombra con su mesita auxiliar y con sus dos sillones a cada lado y en el centro un sofá. En la pared de la cama, pegada al ángulo que había esta con la pared de la terraza había una puerta que llevaba a un gran cuarto de baño de granito: con su bañera, su ducha, su lavabo, su retrete, su tocador y su armario, pero los cajones del armario y del lavabo estaban lleno de cosméticos y de productos de baño. Después, en la pared de la biblioteca pegado a la esquina de la terraza había otra puerta que daba lugar a un estudio privado con su mesa, su sillón, su zona de relax, su minibar, su biblioteca, su chimenea, su ordenador portatil y su ordenador personal.
Y por último, en la pared de la biblioteca pegado a la pared de la puerta del dormitorio, había otra puerta que daba lugar a un gran vestidor, lleno de ropa, calzado y accesorios. Todo el conjunto de las cuatro habitaciones estaba decorada con mis colores favoritos: Negro, dorado, rojo y blanco. La iluminación era suave y las lámparas se distribuían por las 3 instancias en perfecta armonía.
Me apoyé en el sofá del despacho respirando con dificultad. Lo que me había dado Patrick era demasiado. Era muchísimo más de lo que jamás me hubiera imaginado.
—¿Estás bien? —Me preguntó Patrick. Asentí—. Sientate aquí conmigo. Dijo cogiendome de la mano y sentandonos en el sofá—. ¿Qué ocurre, María?
Cuando por fín me recuperé, le respondí.
—Es que es demasiado, Patrick. No estoy acostumbrada a los lujos y menos a esto.
Patrick se encogió de hombros.
—Te lo mereces. Es la mejor habitación y está decorada acorde contigo.
—Eso no te lo discuto, Patrick pero con una habitación sencilla me hubiera bastado, esto no era necesario aunque me encanta. —Sonreí.
Patrick sonrió.
—Me alegro de qué te guste.
—Es perfecta. —Le contesté.
Él me dió un beso en la cabeza.
—¿Necesitas algo?
Asentí con la cabeza.
—¿Puedo utilizar el portatil para conectarme a Internet? —Dije casi en un susurro.
No sabía porqué me encontraba tan tímida. ¿Sería por qué temía a que Patrick me dijera que no? Ya que con el ordenador era la única forma de ponerme en contacto con los mios.
Patrick sonrió.
—Claro. Aquí hay Wi-fi. ¿Por qué lo preguntas? —Sonreí tristemente y bajé la cabeza—. ¿María? —Dijo él levantandome la cabeza y haciendo que le mirase—. ¿Qué ocurre? Sabes que puedes contarmelo.
No pude soportarlo más y estallé a llorar.
Echaba muchísimo de menos a mis padres, a Efrén y a Leo, y necesitaba saber de ellos. Estar sin tener noticias de ellos, sin saber si estaban bien o si les había pasado algo, me estaba destrozando.
Patrick me cogió en brazos y me llevó a mi dormitorio. Una vez allí, me depositó en la gran cama, después él se sentó en ella y me acurruqué en su regazo a llorar. En un momento, Patrick me ofreció un pañuelo. Se lo agradecí.
—Gracias. —Dije como pude.
—No es nada.
Cuando terminé de llorar miré a Patrick que me miraba preocupado, con el ceño fruncido. Estaba tenso, muy tenso.
—Lo siento. —Dije.
—¿Por qué? —Preguntó él.
—Por esto. No sé que me ha pasado, pero lo necesitaba, Patrick.
—Si lo necesitabas, no tienes porqué pedirme disculpas. —Dijo él muy suavemente acariciandome el pelo con ternura.
—Sí. He llorado porqué echo de menos a los mios, y con el ordenador y el internet era una forma de ponerme en contacto con ellos... de saber si estan bien. —Patrick no dejaba de acariciarme el pelo—. Llevo meses sin saber de ellos y estoy preocupada. No les diré donde estoy ni nada, pero necesito a mi familia.
Patrick sonrió levemente.
—Puedes contactar con ellos, tranquila. Aquí no te prohibo nada.
Me sequé la nariz con el pañuelo.
—¿De verdad? Yo pensaba que me lo prohibirias porqué no querrías que supieran donde estoy.
Patrick frunció el ceño.
—No. No te lo prohibo, y no me gusta que pienses así de mi. Ellos no sabrán donde estas si tú no se lo dices y tranquila que este sitio está bastante oculto. Solo las personas correctas saben donde está.
—Ah. Así me quedo más tranquila.
Suspiré.
—¿Quieres hablar con tus padres y tu novio? —Asentí—. Pues toma. —Se sacó de su bolsillo el I-phone que me regaló Leo y me lo dió.
Cogí el I-phone sin creermelo aún.
—¿Como lo encontraste?
—Fácil. Estaba contigo cuando te encontramos y me lo guardé hasta que llegara el momento en el que te lo devolviese.
Apreté el teléfono contra mi pecho sonriendo.
—Gracias, Patrick. Por todo, de verdad. No sé como agradecertelo.
—Ya me lo estás agradeciendo, con tu presencia aquí y con todo lo que viviremos juntos. Así que no te preocupes. Ahora, habla con ellos y quédate más tranquila. Que te lo mereces. —Dijo suavemente y sonriendo.
—Gracias, Patrick. Muchísimas gracias.
Dejé el I-phone sobre la cama y le abracé fuertemente. Él me correspondió el abrazo y por primera vez en mucho tiempo me sentía como en casa. Sonreí contenta y él también sonrió y aunque no lo ví, lo sentí.
Cuando nos separamos, Patrick me sonrió.
—Dentro de unos meses, si quieres, traeremos a tus padres, ¿vale? Como tú prefieras.
—Perfecto. —Sonreí.
—Y si te preguntan, puedes decirles que estas en un internado o en una escuela para los que son como tú.
—¿Les puedo decir donde?
—Si quieres. —Se encogió de hombros—. Con qué les digas que estas en Suiza, suficiente. No tienen porqué saber que estas en los Alpes suizos y mucho menos en Grindelwald. Pero yo preferiría que no les dijeras nada, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. —Asentí.
—Bueno... Yo ya me voy. —Dijo Patrick incorporandose.
Me aparté y me levanté con él. Le acompañé a la puerta.
—¿Necesitas algo más?
Negué con la cabeza.
—No, gracias.
—Si necesitas algo, estaré en mi despacho, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Adiós.
—Adiós.
Y cerré la puerta.
Corrí hacia la cama y cogí el telefóno. ¿A quién debía llamar primero? ¿A Efrén? ¿A Leo? ¿A mis padres? Todos eran importantes pero mis padres eran lo primero. ¿Qué les diría? ¿Como reaccionarían al saber de mí y yo de ellos? No tenía ni idea pero conociendolos, seguramente mi padre me llenaría de preguntas para saber como estoy, con quién, desde cuando, donde, hasta cuando, qué tiempo hace, etc. Pero mi madre se dedicaría más a mi bienestar y me haría contarle todo lo que he vivido. Sonreí. Quería mucho a mis padres, muchísimo.
Me senté en el centro de la cama con las piernas flexionadas como un indio, y apoyé la espalda sobre los cojines que había junto a la almohada. Miré el teléfono. ¿Estaba preparada para llamarles o no? ¿Como podía ser que a pesar de las ganas que tenía de llamarles me sentía incapaz de hacerlo? ¿Por qué me sentía así?
Me miré las manos y ví que me temblaban. Nunca me había sentido así, ¿por qué tenía que pasarme ahora? Dejé el teléfono a un lado y escondí la cara entre las manos llena de frustación. Estaba temblando, nerviosa, llena de ansiedad y no sabia el por qué. Me pasé las manos por el pelo. Yo no era así. No. No lo era. Finalmente decidí que lo mejor que podía hacer era relajarme así que cerré los ojos y empecé a inspirar por la nariz y a expirar por la boca. Era un buen método para relajarme. Cuando hubo pasado un rato, ya me encontraba mejor. Me miré la hora: las 6 de la tarde. Buena hora para llamar a madre. Así que cogí el telefóno y empecé a marcar su número. Le dí al llamar y el teléfono sonó. Al cabo de 3 pitidos lo cogió.
—¿Sí? ¿María?
—Oh. Mamá... —Dije mientras notaba como se me hacía un nudo en la garganta.
—¿María? ¿Estás bien? —Me preguntó aunque noté preocupación en su voz.
Cogí aire.
—Sí, mamá. Estoy bien. —Le respondí.
—Oh, cariño. Hacía mucho que no sabemos de tí, y estábamos preocupadísimos pero Leo no coge el teléfono y cuando lo ha hecho no ha querido pasarnos contigo.
¿Leo? ¿Qué demonios estaba pasando?
—No, mamá. Leo no me ha dicho nada de que me habíais llamado.
No podía creermelo.
—Pues sí. Te llamábamos todos los días, pero después Leo nos dijo que no llamáramos tanto y empezamos a llamar menos. —Nos callamos a la vez—. ¿Pasa algo, María?
Apreté los puños. Si hubiera tenído a Leo delante, le hubiera dado una paliza. ¡Mentiroso! ¡Me dijo que podía confiar en él! Después de todo lo ocurrido aún me ocultaba cosas. Cabrón...
—No. Nada mamá. Solo que no sé que responder. Leo no me dijo nada.
—Bueno cariño... Leo hace lo que es correcto para tí. No te enfades con él, ¿vale?
Que no me enfade... Eso es lo que ella quiere, pero ahora mismo le mataría.
—Vale.... —Suspiré.
—¿Todo bien? ¿Estás bien?
—Sí, mamá. Solo que os hecho de menos. —Dije casi en un susurro debido a que se me estaba volviendo a formar un nudo en la garganta y que las lágrimas empezaban a resbalar por mis mejillas.
—Y nosotros a tí, cariño. Se está acercando Navidad. Esperabamos que pudieras venir a pasar la Nochebuena y la Navidad.
Me sequé las lágrimas.
—Ya veremos, pero haré todo lo que esté en mi mano para ir, ¿de acuerdo?
—De acuerdo cariño. —Noté como mi madre sonrió tristemente—. ¿Puedes decirme donde estás o Leo te lo prohibe?
—Leo no me prohibe nada, pero no es bueno que sepais donde estoy, aunque puedo decirte que estoy en un internado para quienes son como yo.
—¿Estás lejos de casa?
—Bastante.
—Oh. Ojala pudieramos ir a verte. Leotitos te echa de menos.
Sonreí. Oh. Mi Leo. Mi perro ratonero de 7 años. Si lo echaba de menos.
—Y yo también a él. Dale recuerdos de mi parte.
—Lo haré.
Oí de fondo una puerta. Parecía que mi padre terminaba de llegar a casa.
—Sí. Estoy hablando con ella. —Oí que le decía a mi padre—. ¿Quieres hablar con ella? Ahora te la paso. —Sonreí—. Cariño.
—¿Sí mamá?
—Tu padre quiere hablar contigo. Te lo paso, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Oí que mi madre le pasaba el teléfono a mi padre.
—¿María?
—Dime papá.
—¿Como estás? ¿Todo bien?
Sonreí. Mi padre y su preocupación extrema.
—Sí papá estoy bien. No me falta de nada y me tratan bien. Leo me cuida mucho, pero lo justo porqué sabe que está Efrén.
Mi padre suspiró lo que hizo que sonriera.
—Me alegro mucho cariño. ¿Por qué no nos llamaste? ¿Leo no te dijo nada?
—No. Pero supongo que lo hizo para protegerme. Ya lo pillaré después y le regañaré.
Sonreí.
—Sí, pero lo justo. No vaya a ser que te metas en problemas.
Puse los ojos en blanco.
—No papá.
—De acuerdo. —Pausa—. ¿Y donde estás?
—En un internado para gente como yo.
—¿Fuera de España?
—Sí.
—¿Donde?
—En Suiza.
—¡¿En Suiza?! —Exclamó.
—Sí. Pero es genial. He conocido a mucha gente y Leo me cuida. Además tengo todo lo que necesito y más.
—¿Pero como has llegado hasta allí?
Suspiré.
—Es una larga historia. Ya te la contaré en otro momento, ¿vale?
—¿Donde estás ahora?
—En mi habitación.
Notaba como mi padre se estaba poniendo más y más nervioso.
—¿Puedes darnos la dirección del lugar?
—¡¿Qué?! No la sé papá. ¿Para qué la quieres?
—Para ir a verte.
—¡No! Estoy bien. Si eso a Nochebuena nos veremos. Es dentro de 3 semanas, así que ya queda poco.
Mi padre suspiró. Sabía que tenía una personalidad dura, y que era díficil hacerle cambiar de opinión pero ahora no podía permitir que vienera a Grindelwald. No estaba preparada, ni yo, ni ellos.
—Umm... De acuerdo. Pero prometenos que nos llamarás más veces.
—Siiiiii. Ahora que ya he recuperado mi móvil siempre que querrais contactar conmigo podréis llamarme ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Te quiero mucho papá.
—Y yo a tí, cariño. Tu madre y yo estamos muy orgullosos de tí. Eres lo que más queremos en el mundo. Nunca lo olvides.
Me sequé con el dedo, la lágrima que resbalaba por mi mejilla.
—Oh. Papá...
—¿Sí cariño?
—Decidle a Efrén que os haga Skype y podremos hablar por videollamada.
—De acuerdo. Solo llegue se lo diremos.
—Bueno... Me alegro de que esteis bien. Dadle recuerdos a la abuela y a Leotitos y ya hablamos, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Te quiero mi niña.
—Te quiero papá.
Y colgué.
Dejé el teléfono sobre la mesita, me hice un ovillo y me puse a llorar. Hablar con mis padres había sido muy duro, ya que había reavivado las ganas de verlos. Tendría que hablar con Patrick para arreglarlo. Quería verles y me daba igual si ellos venían aquí o iba yo, pero no quería estar más tiempo alejada de mis padres. ¿Si hablara con Efrén me sentiría igual o peor? No lo sabía pero tampoco tenía ganas de saberlo. La conversación con mis padres ya había sido dura de por sí y no tenía ganas de más hasta dentro de un tiempo. Me incorporé, me abroché la chaqueta, me guardé el móvil en uno de los bolsillos con cremallera de esta, y me abrigué con el anorak. Me fuí al baño a peinarme y a lavarme la cara. Cuando salí ya tenía mejor cara y mi humor había mejorado bastante. Salí de mi habitación y me fuí a dar una vuelta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario