miércoles, 30 de octubre de 2013

Capítulo 6

Abrí los ojos lentamente y la luz del sol me dio en la cara. Necesitaba un momento para poner mis ideas en orden. ¿Donde estaba? ¡Ah! Sí. En el apartamento de Leo. Giré la cabeza y ahí estaba, durmiendo con las manos debajo de su cabeza. No podía creer que estuviera enamorado de mí aunque en realidad estaba de Kattirva no de María, pero eso daba igual porqué sabía que cuidaría de mí y que con él estaba a salvo. Sonreí con ternura y le acaricié la mandíbula con la yema de los dedos con la intención de no despertarlo. Leo se movió en sueños pero no se despertó. Las sábanas le cubrían hasta la cintura, y dejaban ver su cuerpo musculado y perfecto. Me aferré a las sábanas para taparme y me acerqué más a él. Apoyé la cabeza en su pecho e inhalé su aroma. De momento Leo se movió y abrió los ojos; me miró dedicándome una sonrisa maravillosa y se la devolví.
—Buenos días. —Me dijo.
—Buenos días. —Le contesté.
—¿Como has dormido?
—De lujo, ¿Y tú?
—Nunca he dormido mejor en mi vida.
—No sé porqué será. —Me hice la tonta, encogiéndome de hombros.
—Yo tampoco.
Leo se movió, quitando las manos de debajo de su cabeza, y abrazándome. Me dio un beso en la cabeza y yo me derretí. Me aferré más a él y Leo me correspondió pegándome más a él. Dibujé pequeños círculos en su pecho y de momento mi estómago rugió. Estaba hambrienta.
—¿Tienes hambre? —Me preguntó Leo distrayéndome de mis pensamientos.
—Sí, y mucha.
—Te prepararé algo. —Dijo levantándose de la cama con un salto. Fruncí el ceño, y él me miró—. ¿Qué?
—Creía que iba a cocinar yo.
Leo movió su cabeza con desaprobación.
—En mi casa cocino yo, Mery.
—Pero soy yo tu invitada y debo hacer algo por ti.
Leo me dedicó su sonrisa pícara tan característica.
—Oh, ya lo haces. —Dijo mientras sacaba de la cómoda unos boxers, una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones de chándal negros y se vestía. Le contemplé fascinada durante unos segundos y me levanté—. Tienes ropa dentro de esa cómoda. Sírvete tú misma. —Dijo señalando la cómoda de delante de la cama.
—De acuerdo.
Leo salió por la puerta. ¿Y qué hacía a parte de comer? ¿Entrenar? Era por la tarde según el sol que hacía, así que calculé que serían allá las 2 del mediodía. Habíamos dormido unas 2 horas y era hora de comer, como no. ¿Pero en qué ámbito entrenaría? ¿En el físico o en el divino? En todo caso la ropa de deporte era la mejor opción para ambas y era cómoda, elija lo que elija. Busqué donde él me ha dicho y me decanté por unas bragas de encaje de color negro, unos pantalones de deporte cortos azules y una camiseta de tirantes rosa con escote de camionero. Busqué en el vestidor y me puse unas zapatillas de deporte Nike a juego con mi atuendo. Me hice una coleta con un coletero que encontré en el baño y salí a la cocina donde Leo estaba preparando la comida.
—¿Donde crees que vas? —Preguntó girando la cabeza y contemplándome atónito.
Me encogí de hombros.
—Tengo calor y quiero hacer algo de ejercicio.
—¿Y piensas salir así?
Asentí.
—Sí.
—Vas demasiado sexy para hacer ejercicio. —Hizo una pausa—. No quiero que nadie te vea.
—Solo me verán si bajo a la calle.
—Pero no lo harás. —Cortó tajante.
—¿Porqué?
—Porqué puedes entrenar aquí.
—¡¿Aquí?! —Dije abriendo los ojos como plato.
—Sí, aquí. —Respondió con firmeza.
—No quiero romper nada, Leo. Sabes mi forma de entrenar.
—Sí, la conozco pero estoy tranquilo, Mery, además aún no sabes la modalidad en la que vas a entrenar.
¡Mierda! ¿Como lo sabía?
—Elija la que elija, no creo que pueda hacerlo aquí.
Sí que puedes. Así que... —Suspiré y hizo una pausa. ¿Prefieres entrenar tus poderes o tu cuerpo?
—Mi cuerpo de momento, ya empezaré con mis poderes más hacia delante.
—Bien. —Se pasó la mano por su barbilla—. Comeremos y después entrenaremos un poco, ¿vale?
—Vale. —Dije asintiendo con la cabeza y supe que la discusión había terminado.
Me senté en uno de los taburetes de la cocina y apoyé los codos sobre la barra. Leo estaba de espaldas cocinando. Ummm... Olía bien. Llevaba unos pantalones de pijama azul claros que le dejaban el torso al descubierto y que le tapaban hasta la cadera. Creí que era tortilla de patatas con jamón serrano, aunque no estaba segura. Me encantaba mirarle, como se movía, sus facciones, su cuerpo...
—¿Quieres beber algo? —Preguntó girándose para mirarme.
—Claro.
—¿Vino?
—No soy de vinos, Leo pero claro.
—¿Agua? ¿Coca-cola? ¿Limonada? ¿Gaseosa? ¿Cerveza? ¿Cava? ¿Sidra ¿Sangría? ¿Champagne? Tengo de todo.
—Leo... —Puse los ojos en blanco y sonreí—. Me da igual, enserio. Si tienes vino, pues vino. Lo probaré y sino me gusta pues beberé agua, ¿de acuerdo?
—Pues vino blanco.
—Vale.
Se giró y se dirigió a la vinoteca que había al lado de la nevera y sacó una botella de vino blanco.
—¿Este te parece bien? —Dijo mostrándomelo como si fuera un anuncio.
—Sí. Me parece bien.
Sacó dos copas del armario y las colocó en la barra ante nosotros. Derramó un poco de vino en cada una, dejó la botella y cada uno cogimos la nuestra.
—¡Salud!
—¡Salud! —Respondo chocando nuestras copas y dando un pequeño sorbo.
Ummm... La verdad es que no era muy fanática del vino y nunca lo había probado pero había que decir que estaba mejor de lo que me esperaba.
—¿Bueno? —Preguntó Leo distrayéndome de mis pensamientos.
—Sí. Bueno, muy bueno. Mejor de lo que me esperaba, gracias.
—Me alegro de que te guste. —Dijo dedicándome esa sonrisa suya tan particular.
Leo y yo comimos una tortilla de patatas con jamón serrano con una ensalada césar acompañado del vino blanco. Aunque había que admitir que estaba buenísimo, ya que no había nada mejor que la comida española para coger energía. Cuando terminamos, lo recogió todo antes de que yo pudiera hacer nada y lo metió en el lavavajillas.
—¿Buena la comida? —Me preguntó alzando una ceja.
—Buenísimo. —Respondí orgullosa.
—Ven. —Dijo alargándome la mano y estrechándola con la mía—. Entrenemos.
Asentí con la cabeza y me llevó al piso de arriba por una escalera que se encontraba al final del pasillo de la zona huéspedes, y me quedé parada al ver lo que había delante de mí: 3 puertas con un letrero encima de cada una de ellas: Piscina, gimnasio y Kattirva.
—¿Kattirva? —Dije mirando a Leo—. ¿Qué esconde esta puerta, Leo?
—Lo que necesitas para entrar tus poderes, María. —Dijo pasándome un mechón de pelo por detrás de la oreja y me quedé sin habla—. Dime algo.
—Creo que estás loco. —Respondí sin entender.
—Loco por ti.
Noté como mi corazón empezaba a acelerarse y unas enormes ganas de abrazarle me recorrieron el cuerpo entero. Leo me acarició la mejilla con ternura, y acercó sus labios a los míos y depositó un suave beso en ellos.
—Me ha costado construir esta parte pero creo que ha valido la pena.
—¿Construir? ¿Sabias que vendría aquí? —Pregunté atónita.
Sí, construir. —Dijo asintiendo con la cabeza—. Pero no sabía cuanto tardarías en venir aquí, pero estaba seguro de que algún día lo harías.
—¿Como puedes estar tan seguro?
—Porqué te dije que siempre volvería a por ti siempre que estuvieras esperándome.
—Y eso hice.
—A pesar de todo.
—Sí. A pesar de todo.
Durante unos minutos no dijimos nada, pero finalmente Leo habló.
—Bueno... ¿Quieres ver lo que hay detrás?
—¿No iba a entrenar mi físico antes que mis poderes? —Pregunté poniendo los brazos en forma de jarra.
—¿De verdad que no te pica la curiosidad? —Preguntó él alzando una ceja.
Bufé. La verdad es que me conocía mejor que yo misma, pero tenía razón.
—Siiiiiiiiiiiii. —Dije a regañadientes, y Leo cogió el picaporte.
Vi un brillo de emoción en sus ojos, antes de que abriera la puerta y volviera a quedarme sin habla en menos de dos minutos.
Entramos en la habitación que era enorme, de paredes y techo blancos. Miré a Leo sin entenderlo.
—¿Qué? —Preguntó Leo.
—¿Aquí tengo que entrenar? ¿Qué es esto Leo? —Leo bajó la mirada, parecía ser que le ofendido. Oh. No—. Leo, escuchame. —Dije cogiéndole de la cara y haciendo que me mirase—. Perdón por mi comportamiento, solo que estoy algo perdida y necesito que tú me guíes y que me expliques que es esta habitación, nada más, ¿vale?
Leo asintió.
—De acuerdo. —Cogió aire—. Esta es una aula de simulación. Puedes hablar con la habitación y pedirle que te “muestre” o “reproduzca” el lugar que tu quieras. Puedes pedirle desde una guerra en el mar, hasta un huracán... Lo que quieras.
—¿Y qué pasa con mis poderes?
—Que los aceptará, y no pasará nada.
—¿Nada?
—Nada.
No me terminaba de fiar de él. Parecía demasiado irreal. De momento noté que no sabía desarrollar mis poderes y que tenía miedo de causar algún destrozo. Leo pareció leerme la mente.
—Tranquila. Es normal que no sepas “usarlos”. Ya aprenderás con el paso del tiempo.
—¿Y sino lo consigo?
—Lo harás. Estoy seguro. —Dijo acariciándome la barbilla con ternura—. Algo hará sacar la parte de Kattirva que tienes dentro, algo... No sé que será pero no te preocupes que lo que te está pasando a tí les pasará al resto de tu familia con sus debidas fusiones.
—¿De verdad? —Pregunté incrédula.
—Sí. Así que ten paciencia. —Hizo una pausa—. Y cambiando de tema creo que ya sé que es lo que necesitas.
—¿Un buen polvo? —Solté sin pensar.
Estallé una carcajada. La cara de Leo era un poema con la boca abierta y parecía que los ojos se le fueran a salir de las órbitas.
—Es broma. —Sonreí.
—¡Que susto! Porqué si fuera en serio te lo daría.
Ahora la que me había quedado blanca soy yo. ¡¿Qué acababa de decir?! Leo frunció el ceño y luego estalló en una carcajada. Me estaba tomando el pelo. ¡Será cabrón! Puse morritos y Leo me arrastró fuera de la habitación y nos metimos en el gimnasio.
—¿Para qué me traes aquí? —Dije al ponerme en medio de una pequeña sala, con el suelo de mármol, y las paredes llenas de espejos.
—Necesito enseñarte a pelear.
—¿A pelear?
Él asintió.
—Sí. Necesito estar tranquilo, y hasta que aprendas a controlar tus poderes, necesitas saber defenderte.
—¿Con o sin armas?
—De los dos modos.
Asentí de nuevo.
—Me parece bien.
—Perfecto. —Respondió Leo orgulloso—. Empecemos.
“¿Empecemos?” Me pregunté a mi misma y antes de que pudiera hacer nada, Leo enroscó su brazo alrededor de mi cuello, poniéndose detrás de mi y dejándome inmovilizada, pero me aprisionaba cada vez más y me dificultaba la respiración.
—¿Ves que fácil me sería matarte ahora mismo? —Dijo con voz dura—. Por eso necesito enseñarte, para que sepas defenderte de esto.
—Leo... —Supliqué—. No me dejas respirar...
—Lo sé, Mery. Lo sé... Pero piensa como podrías salir de aquí.
Tenía la mente nublada y notaba que me desmayaría sino me soltara.
—¡Leo! ¡Suéltame! —Grité, y vi como Leo me soltaba y salía impulsado hacía el espejo, estrellándose allí.
Me giré y lo vi levantarse lentamente con el cuerpo lleno de cristales. Corrí hacía él. ¡Dios mio! ¡¿Qué había hecho?!
—¡Leo! ¿Estás bien? —Dije arrodillándome a su lado—. No se que ha pasado, enserio.
Leo me miraba con la respiración entrecortada y se levantó satisfecho junto conmigo.
—Yo sí que lo sé, y muy bien. Tus poderes han reaccionado involuntariamente al verte en una situación de peligro.
—¡¿Qué?! —Dije perpleja.
—Lo que oyes. Y ahora que ya sé como podemos hacerlos salir a luz, podemos empezar a divertirnos. Mira. —Dijo alargándome su mano—. Dámela. Te prometo que no te pasará nada.
Al final se la di y en vez de ahogarme me dio una patada por detrás a la altura de las rodillas y caí al suelo. “¡Mierda! ¡Capullo!” Pensé para mis adentros. ¡Dios! ¡Duele! Miré a Leo que está de pie y con una sonrisa triunfante. Odiaba que se burlasen de mí. Ojalá el dolor desapareciera y en ese momento tuve una idea. Puse atención en el dolor de la rodilla y pensé que el dolor no existía y que debía desaparecer y noté como rápidamente este desaparecía. ¡Guay! Levanté la mirada y sonreí a Leo con malicia. Se iba a enterar. La cara de Leo se volvió blanca y le alargué la mano.
—Dame la mano, Leo. —Él dudó—. Dame la mano, solo quiero levantarme.
Al final aceptó y me agarra de la mano, lo que yo aproveché para empujarlo hacia a mi, y con un rápido movimiento colocarme encima de él aprisionando sus brazos a todo él bajo mí, dejándolo así inmóvil.
—¿Qué señor Brown? ¿Le gusta lo rápido que aprendo?
Leo parpadeó impresionado.
—Pues si le digo la verdad señorita Plá. Sí. Estoy impresionado.
Leo se movió intentando liberarse pero me mantuve firme e impedí que se me escapase.
—¡Suéltame! —Gritó.
—No. No. No. —Dije mientras negaba con el dedo—. Esta es mi venganza por lo de antes.
—¿Lo de antes?
Asentí.
—Así que solo te soltaré si prometes no volver a engañarme.
Leo dudaba y se lo veía en su cara, pero finalmente aceptó a regañadientes.
—Lo hacía por tu seguridad, para que aprendas a no fiarte de nadie, María.
—¿A no fiarme de nadie? ¡Si eso ya lo hago!
—Pero te fías de mí, ¿no?
—Sí. De tí sí porqué me has dado razones para hacerlo. Nada más.
—Bien. Pero sigo insistiendo en eso. —Se movió—. Ahora... Si fueras tan amable... ¿Serías capaz de liberarme?
—Si me lo pides así... —Me encogí de hombros—. De acuerdo.
Me aparté arrodillándome a su lado. Leo se sentó y movió sus hombros.
—¿Te encuentras bien?
—Sí. Solo que nadie me había inmovilizado antes.
—¿Nadie?
—Nadie y nunca.
—¿Como que nunca? ¿A qué te refieres? —Pregunté curiosa.
—Ven. —Dijo levantándose—. Tomémonos un descanso y te lo cuento todo.
—¿Ya te das por vencido flojo? —Pregunté divertida mientras me levanto.
—¿Flojo? ¿Yo? —Asentí—. ¡Eso nunca! Solo que sé que te gustará saber el porqué de tus preguntas y me gustaría contestarte.
—Haces bien. Quiero saberlo todo de tí.
—Y yo de tí. —Dijo cortándome.
—De mí ya lo sabes todo Leo.
—No. No lo sé aún.
—Pues yo creo que sí, ya que sabes sobre mi vida y sobre Kattirva.
—Pero no es suficiente.
—Yo creo que sí. Además no entiendo que más quieres saber de mí.
—Como ya te lo he dicho, María, quiero saberlo todo, y todo es todo.
Bufé. Había que ver lo pesado que podía llegar a ser cuando se lo proponía, pero seguía sin entender porqué quería saberlo todo sobre mí, si ya lo sabía. A no ser que quisiera saber cuando me bajaba la regla y demás... No tenía ni idea. Pero me interesaba saber más de él. Ya que él era mi “protector” y debíamos confiar el uno en el otro.
—Mira. —Me dijo—. Si yo te cuento todo sobre mí y el porqué de que me parece increíble que eres la única que ha conseguido inmovilizarme, tú a cambio me contarás lo que yo deseo saber, ¿de acuerdo? —Me alargó la mano.
Dudé, pero en esos momentos debía aceptar. ¿Qué tenía que perder? Nada. Así que le estreché la mano.
—De acuerdo. —Acepté.
—Perfecto. Vamonos de aquí.
Me levanté y salimos allí, cerrando la puerta detrás de nosotros. No sabía cuando volvería allí, pero la verdad es que me había encantado, y esperaba hacerlo pronto. Leo me llevó al salón y se detuvo.
—¿Quieres que te lo cuente ahora o prefieres darte antes una ducha? Pareces agotada.
—No. Estoy bien. —Le corté.
Nos sentamos en el sofá, crucé las piernas y me recosté. Leo en cambio, se quedó con las piernas cerradas y me miraba serio. Le vi tenso y eso hizo que mi cabeza pensara sobre que era lo que debía contarme.
—Bien. Te escucho. —Dije finalmente.
—¿Sabes que nunca le he contado esto a nadie?
—¿A nadie?
—A nadie. —Negó con la cabeza y suspiró—. Tenemos un acuerdo, ¿vale? Si yo cumplo con mi parte, tu cumples con la tuya.
—Que siiiiiiii pesado. —Rechisté.
—Bien. —Cogió aire y empezó a hablar—. Nadie me había inmovilizado antes porqué fui entrenado para que nadie lo hiciera.
—¿Nadie? —Dije cortándolo sin querer.
Él frunció el ceño, ofendido por haberle cortado.
—Lo siento. —Me disculpé.
—No pasa nada. —Suspiró—. María, yo vengo de un linaje de demonios muy antiguos. No son los demonios del Caos, o los prohibidos pero es bastante importante en el Inframundo o el Infierno, como quieras llamarlo. —Asentí—. Sí piensas que vengo del mismo linaje que Romeo Darkus, te diré que sí. En realidad... Somos “parientes”. —Me quedé blanca—. No me mires así, por favor. Es algo que nadie sabe, y tu eres la primera en saberlo. —Volvió a coger aire—. Somos... “Hermanastros”. Compartimos padre. Yo soy menor que él, aunque parezca lo contrario, pero bueno... —Se encogió de hombros—. Nuestro padre era un demonio, un rey de uno de los 7 círculos del infierno, exactamente del 6. Mi padre y la madre de Romeo, eran dos demonios importantes dentro de la jerarquía demoníaca, pero mi padre era un “casanova” y tuvo una especie de “romance” con un miembro de la familia Overny Lounder, la de dioses encabezada por Elphie. ¿Sabes de quienes se tratan? —Asentí.—. Bien. Y de ahí nací yo, aunque creo que sabes un poco de mis orígenes, ¿no? —Volví a asentir—. Romeo al ver que era mitad demonio, mitad dios, no quiso que le “arrebatara” el título de príncipe del sexto círculo. Romeo es un autentico demonio y de los poderosos, y eso se vé en su sangre. Así que cuando tuvo la edad suficiente se reveló contra su padre y le derrotó, y al hacerlo vino a por mí.
—¿Quería matarte, no?
Leo asintió.
—Sí. Por eso huí con los Overny Lounder. Yo era muy joven entonces. Solo tenía unos 500 años entonces, pero Romeo tenía más de 2000, así que era más poderoso que yo. Hice lo que debía hacer: huir.
—Hiciste bien.
—Sí. Hice bien. Los Overny Lounder, liderados por Elphie, me acogieron como uno más al llevar sangre divina en mí, su sangre. Me protegieron. Me descubrí a mi mismo y me puse a entrenar. Me superé a mi mismo en todos los aspectos. Me volví más frío, más astuto, más meticuloso, más peligroso, más rápido, más fuerte, más... letal. Vieron potencial en mí y me gané su cariño y afecto. Al ser mitad dios, mitad demonio, me dejaban subir al Olimpo de vez en cuando, pero no quise subir al divino, al de la luz, al de Zeus, mi abuelo, sino al oscuro. Al de...
—...Kattirva. —Dije terminando la frase.
Leo asintió sonriendo levemente.
—Sí. Y así me enamoré de ella. Era un lugar perfecto para mí. Allí, ella puso a mi disposición todo lo que necesitaba para convertirme en un temerario, en el mejor... En un asesino, en lo que soy, y así poder desarrollar mis habilidades y poderes como dios y demonio. Pero nunca fui de una sola mujer, sino de muchas. La lujuria fue mi mayor pecado porqué también me sentí atraído por África Omega, y estuve indeciso entre si escoger a Kattirva o a África. Yo sabía que Kattirva me amaba (y la amaba) pero también quería a la otra, solo que no supe diferenciar porque con una sentía lujuria y con la otra verdadero amor. Kattirva me dijo que eligiera a África y se retiró de la competición. Nunca vi a alguien como a ella llorar y espero no volver a verlo nunca más. Yo espere que me echara de su Olimpo pero no lo hizo, sino que controlaba mis movimientos desde la lejanía. Mientras tanto mi relación con África se consolidó, pero sentía que no era “completa” y entonces me dí cuenta del gran fallo que hice: No escoger a Kattirva. Dejé a África e intenté volver a verla pero me fue imposible. No me dejaron verla ni ella quiso verme. Pensé que la había perdido para siempre. —Dijo bajando la cabeza y suspirando. Finalmente volvió a mirarme y noté como se me encogía el corazón al escuchar su historia—. Pasó el tiempo,, muchísimos años, demasiados para mi gusto, y un día recibí la orden de que me enviaban a la tierra porqué se avecinaban tiempos difíciles. Me mandaron que debía verla en su palacio y así lo hice. Fui donde me dijeron: al área personal de ella. Estaba bastante desconcertado porqué no sabía que ocurría pero estaba entusiasmado por volver a verla. Cuando me dieron la orden de pasar y hacerlo, las puertas se cerraron detrás de mi y allí la vi, en el balcón, dejando que la luna acariciara su hermosa figura. Como siempre iba perfecta con su vestimenta medieval, me miró con esos ojos azules claros y no vi rencor. Me acerqué a ella como hipnotizado y cuando tuve frente a ella, la besé, pidiéndole perdón por lo que hice. Ella aceptó mis disculpas y nos declaramos. Pasé la noche con ella, en sus aposentos, mi última noche con ella. La mejor de toda mi existencia, y a la mañana siguiente partí hacia la tierra, no sin antes despedirme de ella.
—Que triste. —Respondí—. Pero eso no me explica el porqué de que nadie te haya vencido antes y el porqué eres así.
Tienes razón. Me he ido por las ramas. Hablar siempre de ella me desconcentra, y si aún hablo de mi pasado, pero sí. Esta es mi historia María. Dijo acariciándome la mejilla con ternura—. Me entrenaron para ser invencible y convertí eso en mi principal objetivo en la vida, por eso me sorprende.
Asentí con la cabeza.
Ahora entiendo porqué eres así. Porqué eres tan meticuloso, tan perfeccionista, porqué quieres que todo salga perfecto y porqué te comportas así conmigo.
Me comporto así contigo porqué es como soy. Te respeto porqué albergas dentro a la única mujer a la que he amado, y porqué en tan poco tiempo, solo unos 2 días me has demostrado que eres una chica increíble. Además no sé que nos tiene preparado el destino pero no quiero que te pase nada.
Sabes que puedo defenderme sola.
Pero no es suficiente. No sabemos qué tienen los que están buscándote.
¿Buscándome? Pensaba que te buscaban a ti.
Leo negó con la cabeza.
No. Te buscan a ti.
Entonces saben lo soy, ¿verdad?
Él asintió.
Sí. Por eso no puedo permitir que nos encuentren y menos que nos atrapen.
Pensar en qué podía ser atrapada y encerrada en algún lugar oscuro y frío, y para más colmo ser apartada de Leo era una idea horrorosa que me produzco un escalofrío y hizo que de momento me entrase un frío enorme.
¿Tienes frío? Me preguntó Leo.
Asentí.
Ven. Dijo levantándose y alargándome la mano—. Te preparé un baño caliente, mientras te lo tomas te preparé algo y luego nos iremos a dormir.
—No Leo. —Rechisté—. Se me pasará solo que lo que me has contado me ha dejado algo “trastornada”, perpleja, en blanco, sin saber que decir. Necesito tiempo para asimilarlo. Además no tengo hambre ni estoy cansada.
—Lo entiendo. —Hizo una pausa—. ¿Necesitas algo María?
—Nada. Solo que no me sueltes, deja que lo asimile y podremos continuar. —Suspiré y le miré—. Han pasado muchas cosas en 24 horas y lo he asimilado lo mejor que he podido pero tengo unos límites y debes respetarlos.
—Y lo hago.
—Gracias. —Dije con voz baja.

Estuvimos un buen rato sin decir nada, solo abrazados. Mi mente repasaba todo lo que había ocurrido a parte de lo que Leo me había contado sobre él. Aunque se había ido por las ramas podía comprender que para él ser invencible en el área de la lucha le subía el ego y era algo de lo que sentía orgulloso. Había pasado por mucho, y había que respetarlo. Romeo, los Overny, Kattirva... explicaban el porqué era así. Pensé también en Efrén y como le había engañado con Leo al acostarme con él. Me había dejado guiar por lo que mi cuerpo me pedía, aunque no sabía si había sido yo la que quería y deseaba en ese momento a Leo o si había sido Kattirva, en todo caso había pasado y eso era algo que no se podía cambiar, pero aún así me sentía culpable. Yo nunca había engañado a nadie, nunca y al haberlo hecho, había sentido que le había defraudado al chico al que amaba. Por un momento pensé en llamarle y preguntarle como estaba pero me acordé de que solo hacía unas 6 horas desde que me había despedido de él, aunque también tenía en cuenta que había alguien que iba detrás de mí, y por un momento pensé en que podían “pincharme” el teléfono e incluso averiguar mi localización si había o recibía alguna llamada aunque suponía que Leo se había encargado de todo. 

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