Abrí
los ojos lentamente y la luz del sol me dio en la cara. Necesitaba un
momento para poner mis ideas en orden. ¿Donde estaba? ¡Ah! Sí. En
el apartamento de Leo. Giré la cabeza y ahí estaba, durmiendo con
las manos debajo de su cabeza. No podía creer que estuviera
enamorado de mí aunque en realidad estaba de Kattirva no de María,
pero eso daba igual porqué sabía que cuidaría de mí y que con él
estaba a salvo. Sonreí con ternura y le acaricié la mandíbula con
la yema de los dedos con la intención de no despertarlo. Leo se
movió en sueños pero no se despertó. Las sábanas le cubrían
hasta la cintura, y dejaban ver su cuerpo musculado y perfecto. Me
aferré a las sábanas para taparme y me acerqué más a él. Apoyé
la cabeza en su pecho e inhalé su aroma. De momento Leo se movió y
abrió los ojos; me miró dedicándome una sonrisa maravillosa y se
la devolví.
—Buenos
días. —Me dijo.
—Buenos
días. —Le contesté.
—¿Como
has dormido?
—De
lujo, ¿Y tú?
—Nunca
he dormido mejor en mi vida.
—No
sé porqué será. —Me hice la tonta, encogiéndome de hombros.
—Yo
tampoco.
Leo
se movió, quitando las manos de debajo de su cabeza, y abrazándome.
Me dio un beso en la cabeza y yo me derretí. Me aferré más a él y
Leo me correspondió pegándome más a él. Dibujé pequeños
círculos en su pecho y de momento mi estómago rugió. Estaba
hambrienta.
—¿Tienes
hambre? —Me preguntó Leo distrayéndome de mis pensamientos.
—Sí,
y mucha.
—Te
prepararé algo. —Dijo levantándose de la cama con un salto.
Fruncí el ceño, y él me miró—. ¿Qué?
—Creía
que iba a cocinar yo.
Leo
movió su cabeza con desaprobación.
—En
mi casa cocino yo, Mery.
—Pero
soy yo tu invitada y debo hacer algo por ti.
Leo
me dedicó su sonrisa pícara tan característica.
—Oh,
ya lo haces. —Dijo mientras sacaba de la cómoda unos boxers, una
camiseta blanca de tirantes y unos pantalones de chándal negros y se
vestía. Le contemplé fascinada durante unos segundos y me levanté—.
Tienes ropa dentro de esa cómoda. Sírvete tú misma. —Dijo
señalando la cómoda de delante de la cama.
—De
acuerdo.
Leo
salió por la puerta. ¿Y qué hacía a parte de comer? ¿Entrenar?
Era por la tarde según el sol que hacía, así que calculé que
serían allá las 2 del mediodía. Habíamos dormido unas 2 horas y
era hora de comer, como no. ¿Pero en qué ámbito entrenaría? ¿En
el físico o en el divino? En todo caso la ropa de deporte era la
mejor opción para ambas y era cómoda, elija lo que elija. Busqué
donde él me ha dicho y me decanté por unas bragas de encaje de
color negro, unos pantalones de deporte cortos azules y una camiseta
de tirantes rosa con escote de camionero. Busqué en el vestidor y me
puse unas zapatillas de deporte Nike a juego con mi atuendo. Me hice
una coleta con un coletero que encontré en el baño y salí a la
cocina donde Leo estaba preparando la comida.
—¿Donde
crees que vas? —Preguntó girando la cabeza y contemplándome
atónito.
Me
encogí de hombros.
—Tengo
calor y quiero hacer algo de ejercicio.
—¿Y
piensas salir así?
Asentí.
—Sí.
—Vas
demasiado sexy para hacer ejercicio. —Hizo una pausa—. No quiero
que nadie te vea.
—Solo
me verán si bajo a la calle.
—Pero
no lo harás. —Cortó tajante.
—¿Porqué?
—Porqué
puedes entrenar aquí.
—¡¿Aquí?!
—Dije abriendo los ojos como plato.
—Sí,
aquí. —Respondió con firmeza.
—No
quiero romper nada, Leo. Sabes mi forma de entrenar.
—Sí,
la conozco pero estoy tranquilo, Mery, además aún no sabes la
modalidad en la que vas a entrenar.
¡Mierda!
¿Como lo sabía?
—Elija
la que elija, no creo que pueda hacerlo aquí.
—Sí
que puedes. Así
que... —Suspiré y hizo
una
pausa—.
¿Prefieres
entrenar tus poderes o tu cuerpo?
—Mi
cuerpo de momento, ya empezaré con mis poderes más hacia delante.
—Bien.
—Se pasó la mano por su barbilla—. Comeremos y después
entrenaremos un poco, ¿vale?
—Vale.
—Dije asintiendo con la cabeza y supe que la
discusión había terminado.
Me
senté en uno de los taburetes de la cocina y apoyé los codos sobre
la barra. Leo estaba de espaldas cocinando. Ummm... Olía bien.
Llevaba unos pantalones de pijama azul claros que le dejaban el torso
al descubierto y que le tapaban hasta la cadera. Creí que era
tortilla de patatas con jamón serrano, aunque no estaba segura. Me
encantaba mirarle, como se movía, sus facciones, su cuerpo...
—¿Quieres
beber algo? —Preguntó girándose para mirarme.
—Claro.
—¿Vino?
—No
soy de vinos, Leo pero claro.
—¿Agua?
¿Coca-cola? ¿Limonada? ¿Gaseosa? ¿Cerveza? ¿Cava? ¿Sidra
¿Sangría? ¿Champagne? Tengo de todo.
—Leo...
—Puse los ojos en blanco y sonreí—. Me da igual, enserio. Si
tienes vino, pues vino. Lo probaré y sino me gusta pues beberé
agua, ¿de acuerdo?
—Pues
vino blanco.
—Vale.
Se
giró y se dirigió a la vinoteca que había al lado de la nevera y
sacó una botella de vino blanco.
—¿Este
te parece bien? —Dijo mostrándomelo como si fuera un anuncio.
—Sí.
Me parece bien.
Sacó
dos copas del armario y las colocó en la barra ante nosotros.
Derramó un poco de vino en cada una, dejó la botella y cada uno
cogimos la nuestra.
—¡Salud!
—¡Salud!
—Respondo chocando nuestras copas y dando un pequeño sorbo.
Ummm...
La verdad es que no era muy fanática del vino y nunca lo había
probado pero había que decir que estaba mejor de lo que me esperaba.
—¿Bueno?
—Preguntó Leo distrayéndome de mis pensamientos.
—Sí.
Bueno, muy bueno. Mejor de lo que me esperaba, gracias.
—Me
alegro de que te guste. —Dijo dedicándome esa sonrisa suya tan
particular.
Leo
y yo comimos una tortilla de patatas con jamón serrano con una
ensalada césar acompañado del vino blanco. Aunque había que
admitir que estaba buenísimo, ya que no había nada mejor que la
comida española para coger energía. Cuando terminamos, lo recogió
todo antes de que yo pudiera hacer nada y lo metió en el
lavavajillas.
—¿Buena
la comida? —Me preguntó alzando una ceja.
—Buenísimo.
—Respondí orgullosa.
—Ven.
—Dijo alargándome la mano y estrechándola con la mía—.
Entrenemos.
Asentí
con la cabeza y me llevó al piso de arriba por una escalera que se
encontraba al final del pasillo de la zona huéspedes, y me quedé
parada al ver lo que había delante de mí: 3 puertas con un letrero
encima de cada una de ellas: Piscina, gimnasio y Kattirva.
—¿Kattirva?
—Dije mirando a Leo—. ¿Qué esconde esta puerta, Leo?
—Lo
que necesitas para entrar tus poderes, María. —Dijo pasándome un
mechón de pelo por detrás de la oreja y me quedé sin habla—.
Dime algo.
—Creo
que estás loco. —Respondí sin entender.
—Loco
por ti.
Noté
como mi corazón empezaba a acelerarse y unas enormes ganas de
abrazarle me recorrieron el cuerpo entero. Leo me acarició la
mejilla con ternura, y acercó sus labios a los míos y depositó un
suave beso en ellos.
—Me
ha costado construir esta parte pero creo que ha valido la pena.
—¿Construir?
¿Sabias que vendría aquí? —Pregunté atónita.
—Sí,
construir. —Dijo
asintiendo con la cabeza—. Pero
no sabía cuanto tardarías en venir aquí, pero estaba seguro de que
algún día lo harías.
—¿Como
puedes estar tan seguro?
—Porqué
te dije que siempre volvería a por ti siempre que estuvieras
esperándome.
—Y
eso hice.
—A
pesar de todo.
—Sí.
A pesar de todo.
Durante
unos minutos no dijimos nada, pero finalmente Leo habló.
—Bueno...
¿Quieres ver lo que hay detrás?
—¿No
iba a entrenar mi físico antes que mis poderes? —Pregunté
poniendo los brazos en forma de jarra.
—¿De
verdad que no te pica la curiosidad? —Preguntó él alzando una
ceja.
Bufé.
La verdad es que me conocía mejor que yo misma, pero tenía razón.
—Siiiiiiiiiiiii.
—Dije a regañadientes, y Leo cogió el picaporte.
Vi
un brillo de emoción en sus ojos, antes de que abriera la puerta y
volviera a quedarme sin habla en menos de dos minutos.
Entramos
en la habitación que era enorme, de paredes y techo blancos. Miré a
Leo sin entenderlo.
—¿Qué?
—Preguntó Leo.
—¿Aquí
tengo que entrenar? ¿Qué es esto Leo? —Leo bajó la mirada,
parecía ser que le ofendido. Oh. No—. Leo, escuchame. —Dije
cogiéndole de la cara y haciendo que me mirase—. Perdón por mi
comportamiento, solo que estoy algo perdida y necesito que tú me
guíes y que me expliques que es esta habitación, nada más, ¿vale?
Leo
asintió.
—De
acuerdo. —Cogió aire—. Esta es una aula de simulación. Puedes
hablar con la habitación y pedirle que te “muestre” o
“reproduzca” el lugar que tu quieras. Puedes pedirle desde una
guerra en el mar, hasta un huracán... Lo que quieras.
—¿Y
qué pasa con mis poderes?
—Que
los aceptará, y no pasará nada.
—¿Nada?
—Nada.
No
me terminaba de fiar de él. Parecía demasiado irreal. De momento
noté que no sabía desarrollar mis poderes y que tenía miedo de
causar algún destrozo. Leo pareció leerme la mente.
—Tranquila.
Es normal que no sepas “usarlos”. Ya aprenderás con el paso del
tiempo.
—¿Y
sino lo consigo?
—Lo
harás. Estoy seguro. —Dijo acariciándome la barbilla con
ternura—. Algo hará sacar la parte de Kattirva que tienes dentro,
algo... No sé que será pero no te preocupes que lo que te está
pasando a tí les pasará al resto de tu familia con sus debidas
fusiones.
—¿De
verdad? —Pregunté incrédula.
—Sí.
Así que ten paciencia. —Hizo una pausa—. Y cambiando de tema
creo que ya sé que es lo que necesitas.
—¿Un
buen polvo? —Solté sin pensar.
Estallé
una carcajada. La cara de Leo era un poema con la boca abierta y
parecía que los ojos se le fueran a salir de las órbitas.
—Es
broma. —Sonreí.
—¡Que
susto! Porqué si fuera en serio te lo daría.
Ahora
la que me había quedado blanca soy yo. ¡¿Qué acababa de decir?!
Leo frunció el ceño y luego estalló en una carcajada. Me estaba
tomando el pelo. ¡Será cabrón! Puse morritos y Leo me arrastró
fuera de la habitación y nos metimos en el gimnasio.
—¿Para
qué me traes aquí? —Dije al ponerme en medio de una pequeña
sala, con el suelo de mármol, y las paredes llenas de espejos.
—Necesito
enseñarte a pelear.
—¿A
pelear?
Él
asintió.
—Sí.
Necesito estar tranquilo, y hasta que aprendas a controlar tus
poderes, necesitas saber defenderte.
—¿Con
o sin armas?
—De
los dos modos.
Asentí
de nuevo.
—Me
parece bien.
—Perfecto.
—Respondió Leo orgulloso—. Empecemos.
“¿Empecemos?”
Me pregunté a mi misma y antes de que pudiera hacer nada, Leo
enroscó su brazo alrededor de mi cuello, poniéndose detrás de mi y
dejándome inmovilizada, pero me aprisionaba cada vez más y me
dificultaba la respiración.
—¿Ves
que fácil me sería matarte ahora mismo? —Dijo con voz dura—.
Por eso necesito enseñarte, para que sepas defenderte de esto.
—Leo...
—Supliqué—. No me dejas respirar...
—Lo
sé, Mery. Lo sé... Pero piensa como podrías salir de aquí.
Tenía
la mente nublada y notaba que me desmayaría sino me soltara.
—¡Leo!
¡Suéltame! —Grité, y vi como Leo me soltaba y salía impulsado
hacía el espejo, estrellándose allí.
Me
giré y lo vi levantarse lentamente con el cuerpo lleno de cristales.
Corrí hacía él. ¡Dios mio! ¡¿Qué había hecho?!
—¡Leo!
¿Estás bien? —Dije arrodillándome a su lado—. No se que ha
pasado, enserio.
Leo
me miraba con la respiración entrecortada y se levantó satisfecho
junto conmigo.
—Yo
sí que lo sé, y muy bien. Tus poderes han reaccionado
involuntariamente al verte en una situación de peligro.
—¡¿Qué?!
—Dije perpleja.
—Lo
que oyes. Y ahora que ya sé como podemos hacerlos salir a luz,
podemos empezar a divertirnos. Mira. —Dijo alargándome su mano—.
Dámela. Te prometo que no te pasará nada.
Al
final se la di y en vez de ahogarme me dio una patada por detrás a
la altura de las rodillas y caí al suelo. “¡Mierda! ¡Capullo!”
Pensé para mis adentros. ¡Dios! ¡Duele! Miré a Leo que está de
pie y con una sonrisa triunfante. Odiaba que se burlasen de mí.
Ojalá el dolor desapareciera y en ese momento tuve una idea. Puse
atención en el dolor de la rodilla y pensé que el dolor no existía
y que debía desaparecer y noté como rápidamente este desaparecía.
¡Guay! Levanté la mirada y sonreí a Leo con malicia. Se iba a
enterar. La cara de Leo se volvió blanca y le alargué la mano.
—Dame
la mano, Leo. —Él dudó—. Dame la mano, solo quiero levantarme.
Al
final aceptó y me agarra de la mano, lo que yo aproveché para
empujarlo hacia a mi, y con un rápido movimiento colocarme encima de
él aprisionando sus brazos a todo él bajo mí, dejándolo así
inmóvil.
—¿Qué
señor Brown? ¿Le gusta lo rápido que aprendo?
Leo
parpadeó impresionado.
—Pues
si le digo la verdad señorita Plá. Sí. Estoy impresionado.
Leo
se movió intentando liberarse pero me mantuve firme e impedí que se
me escapase.
—¡Suéltame!
—Gritó.
—No.
No. No. —Dije mientras negaba con el dedo—. Esta es mi venganza
por lo de antes.
—¿Lo
de antes?
Asentí.
—Así
que solo te soltaré si prometes no volver a engañarme.
Leo
dudaba y se lo veía en su cara, pero finalmente aceptó a
regañadientes.
—Lo
hacía por tu seguridad, para que aprendas a no fiarte de nadie,
María.
—¿A
no fiarme de nadie? ¡Si eso ya lo hago!
—Pero
te fías de mí, ¿no?
—Sí.
De tí sí porqué me has dado razones para hacerlo. Nada más.
—Bien.
Pero sigo insistiendo en eso. —Se movió—. Ahora... Si fueras tan
amable... ¿Serías capaz de liberarme?
—Si
me lo pides así... —Me encogí de hombros—. De acuerdo.
Me
aparté arrodillándome a su lado. Leo se sentó y movió sus
hombros.
—¿Te
encuentras bien?
—Sí.
Solo que nadie me había inmovilizado antes.
—¿Nadie?
—Nadie
y nunca.
—¿Como
que nunca? ¿A qué te refieres? —Pregunté curiosa.
—Ven.
—Dijo levantándose—. Tomémonos un descanso y te lo cuento todo.
—¿Ya
te das por vencido flojo? —Pregunté divertida mientras me levanto.
—¿Flojo?
¿Yo? —Asentí—. ¡Eso nunca! Solo que sé que te gustará saber
el porqué de tus preguntas y me gustaría contestarte.
—Haces
bien. Quiero saberlo todo de tí.
—Y
yo de tí. —Dijo cortándome.
—De
mí ya lo sabes todo Leo.
—No.
No lo sé aún.
—Pues
yo creo que sí, ya que sabes sobre mi vida y sobre Kattirva.
—Pero
no es suficiente.
—Yo
creo que sí. Además no entiendo que más quieres saber de mí.
—Como
ya te lo he dicho, María, quiero saberlo todo, y todo es todo.
Bufé.
Había que ver lo pesado que podía llegar a ser cuando se lo
proponía, pero seguía sin entender porqué quería saberlo todo
sobre mí, si ya lo sabía. A no ser que quisiera saber cuando me
bajaba la regla y demás... No tenía ni idea. Pero me interesaba
saber más de él. Ya que él era mi “protector” y debíamos
confiar el uno en el otro.
—Mira.
—Me dijo—. Si yo te cuento todo sobre mí y el porqué de que me
parece increíble que eres la única que ha conseguido inmovilizarme,
tú a cambio me contarás lo que yo deseo saber, ¿de acuerdo? —Me
alargó la mano.
Dudé,
pero en esos momentos debía aceptar. ¿Qué tenía que perder? Nada.
Así que le estreché la mano.
—De
acuerdo. —Acepté.
—Perfecto.
Vamonos de aquí.
Me
levanté y salimos allí, cerrando la puerta detrás de nosotros. No
sabía cuando volvería allí, pero la verdad es que me había
encantado, y esperaba hacerlo pronto. Leo me llevó al salón y se
detuvo.
—¿Quieres
que te lo cuente ahora o prefieres darte antes una ducha? Pareces
agotada.
—No.
Estoy bien. —Le corté.
Nos
sentamos en el sofá, crucé las piernas y me recosté. Leo en
cambio, se quedó con las piernas cerradas y me miraba serio. Le vi
tenso y eso hizo que mi cabeza pensara sobre que era lo que debía
contarme.
—Bien.
Te escucho. —Dije finalmente.
—¿Sabes
que nunca le he contado esto a nadie?
—¿A
nadie?
—A
nadie. —Negó con la cabeza y suspiró—. Tenemos un acuerdo,
¿vale? Si yo cumplo con mi parte, tu cumples con la tuya.
—Que
siiiiiiii pesado. —Rechisté.
—Bien.
—Cogió aire y empezó a hablar—. Nadie me había inmovilizado
antes porqué fui entrenado para que nadie lo hiciera.
—¿Nadie?
—Dije cortándolo sin querer.
Él
frunció el ceño, ofendido por haberle cortado.
—Lo
siento. —Me disculpé.
—No
pasa nada. —Suspiró—. María, yo vengo de un linaje de demonios
muy antiguos. No son los demonios del Caos, o los prohibidos pero es
bastante importante en el Inframundo o el Infierno, como quieras
llamarlo. —Asentí—. Sí piensas que vengo del mismo linaje que
Romeo Darkus, te diré que sí. En realidad... Somos “parientes”.
—Me quedé blanca—. No me mires así, por favor. Es algo que
nadie sabe, y tu eres la primera en saberlo. —Volvió a coger
aire—. Somos... “Hermanastros”. Compartimos padre. Yo soy menor
que él, aunque parezca lo contrario, pero bueno... —Se encogió de
hombros—. Nuestro padre era un demonio, un rey de uno de los 7
círculos del infierno, exactamente del 6. Mi padre y la madre de
Romeo, eran dos demonios importantes dentro de la jerarquía
demoníaca, pero mi padre era un “casanova” y tuvo una especie de
“romance” con un miembro de la familia Overny Lounder, la de
dioses encabezada por Elphie. ¿Sabes de quienes se tratan?
—Asentí.—. Bien. Y de ahí nací yo, aunque creo que sabes un
poco de mis orígenes, ¿no? —Volví a asentir—. Romeo al ver que
era mitad demonio, mitad dios, no quiso que le “arrebatara” el
título de príncipe del sexto círculo. Romeo es un autentico
demonio y de los poderosos, y eso se vé en su sangre. Así que
cuando tuvo la edad suficiente se reveló contra su padre y le
derrotó, y al hacerlo vino a por mí.
—¿Quería
matarte, no?
Leo
asintió.
—Sí.
Por eso huí con los Overny Lounder. Yo era muy joven entonces. Solo
tenía unos 500 años entonces, pero Romeo tenía más de 2000, así
que era más poderoso que yo. Hice lo que debía hacer: huir.
—Hiciste
bien.
—Sí.
Hice bien. Los Overny Lounder, liderados por Elphie, me acogieron
como uno más al llevar sangre divina en mí, su sangre. Me
protegieron. Me descubrí a mi mismo y me puse a entrenar. Me superé
a mi mismo en todos los aspectos. Me volví más frío, más astuto,
más meticuloso, más peligroso, más rápido, más fuerte, más...
letal. Vieron potencial en mí y me gané su cariño y afecto. Al ser
mitad dios, mitad demonio, me dejaban subir al Olimpo de vez en
cuando, pero no quise subir al divino, al de la luz, al de Zeus, mi
abuelo, sino al oscuro. Al de...
—...Kattirva.
—Dije terminando la frase.
Leo
asintió sonriendo levemente.
—Sí.
Y así me enamoré de ella. Era un lugar perfecto para mí. Allí,
ella puso a mi disposición todo lo que necesitaba para convertirme
en un temerario, en el mejor... En un asesino, en lo que soy, y así
poder desarrollar mis habilidades y poderes como dios y demonio. Pero
nunca fui de una sola mujer, sino de muchas. La lujuria fue mi mayor
pecado porqué también me sentí atraído por África Omega, y
estuve indeciso entre si escoger a Kattirva o a África. Yo sabía
que Kattirva me amaba (y la amaba) pero también quería a la otra,
solo que no supe diferenciar porque con una sentía lujuria y con la
otra verdadero amor. Kattirva me dijo que eligiera a África y se
retiró de la competición. Nunca vi a alguien como a ella llorar y
espero no volver a verlo nunca más. Yo espere que me echara de su
Olimpo pero no lo hizo, sino que controlaba mis movimientos desde la
lejanía. Mientras tanto mi relación con África se consolidó, pero
sentía que no era “completa” y entonces me dí cuenta del gran
fallo que hice: No escoger a Kattirva. Dejé a África e intenté
volver a verla pero me fue imposible. No me dejaron verla ni ella
quiso verme. Pensé que la había perdido para siempre. —Dijo
bajando la cabeza y suspirando. Finalmente volvió a mirarme y noté
como se me encogía el corazón al escuchar su historia—. Pasó el
tiempo,, muchísimos años, demasiados para mi gusto, y un día
recibí la orden de que me enviaban a la tierra porqué se avecinaban
tiempos difíciles. Me mandaron que debía verla en su palacio y así
lo hice. Fui donde me dijeron: al área personal de ella. Estaba
bastante desconcertado porqué no sabía que ocurría pero estaba
entusiasmado por volver a verla. Cuando me dieron la orden de pasar y
hacerlo, las puertas se cerraron detrás de mi y allí la vi, en el
balcón, dejando que la luna acariciara su hermosa figura. Como
siempre iba perfecta con su vestimenta medieval, me miró con esos
ojos azules claros y no vi rencor. Me acerqué a ella como
hipnotizado y cuando tuve frente a ella, la besé, pidiéndole perdón
por lo que hice. Ella aceptó mis disculpas y nos declaramos. Pasé
la noche con ella, en sus aposentos, mi última noche con ella. La
mejor de toda mi existencia, y a la mañana siguiente partí hacia la
tierra, no sin antes despedirme de ella.
—Que
triste. —Respondí—. Pero eso no me explica el porqué de que
nadie te haya vencido antes y el porqué eres así.
—Tienes
razón. Me he ido por las ramas. Hablar siempre de ella me
desconcentra, y si aún hablo de mi pasado, pero
sí. Esta es mi historia María. —Dijo
acariciándome
la mejilla con ternura—.
Me
entrenaron para ser invencible y convertí eso en mi principal
objetivo en la vida, por eso me sorprende.
Asentí
con la cabeza.
—Ahora
entiendo porqué eres así. Porqué eres tan meticuloso, tan
perfeccionista, porqué quieres que todo salga perfecto y porqué te
comportas así conmigo.
—Me
comporto así contigo porqué es como soy. Te respeto porqué
albergas dentro a la única mujer a la que he amado, y porqué en tan
poco tiempo, solo unos 2
días me has demostrado que eres una chica increíble.
Además no sé que nos tiene preparado el destino pero no quiero que
te pase nada.
—Sabes
que puedo defenderme sola.
—Pero
no es suficiente. No sabemos qué tienen los que están buscándote.
—¿Buscándome?
Pensaba que te buscaban a ti.
Leo
negó con la cabeza.
—No.
Te buscan a ti.
—Entonces
saben lo soy, ¿verdad?
Él
asintió.
—Sí.
Por eso no puedo permitir que nos encuentren y menos que nos atrapen.
Pensar
en qué podía
ser atrapada y encerrada en algún lugar oscuro y frío, y para más
colmo ser apartada de Leo era
una idea horrorosa que
me
produzco
un escalofrío
y
hizo
que de momento me entrase
un frío enorme.
—¿Tienes
frío? —Me
preguntó
Leo.
Asentí.
—Ven.
—Dijo
levantándose
y alargándome
la mano—.
Te
preparé un baño caliente, mientras te lo tomas te preparé algo y
luego nos iremos a dormir.
—No
Leo. —Rechisté—. Se me pasará solo que lo que me has contado me
ha dejado algo “trastornada”, perpleja, en blanco, sin saber que
decir. Necesito tiempo para asimilarlo. Además no tengo hambre ni
estoy cansada.
—Lo
entiendo. —Hizo una pausa—. ¿Necesitas algo María?
—Nada.
Solo que no me sueltes, deja que lo asimile y podremos continuar.
—Suspiré y le miré—. Han pasado muchas cosas en 24 horas y lo
he asimilado lo mejor que he podido pero tengo unos límites y debes
respetarlos.
—Y
lo hago.
—Gracias.
—Dije con voz baja.
Estuvimos
un buen rato sin decir nada, solo abrazados. Mi mente repasaba todo
lo que había ocurrido a parte de lo que Leo me había contado sobre
él. Aunque se había ido por las ramas podía comprender que para él
ser invencible en el área de la lucha le subía el ego y era algo de
lo que sentía orgulloso. Había pasado por mucho, y había que
respetarlo. Romeo, los Overny, Kattirva... explicaban el porqué era
así. Pensé también en Efrén y como le había engañado con Leo al
acostarme con él. Me había dejado guiar por lo que mi cuerpo me
pedía, aunque no sabía si había sido yo la que quería y deseaba
en ese momento a Leo o si había sido Kattirva, en todo caso había
pasado y eso era algo que no se podía cambiar, pero aún así me
sentía culpable. Yo nunca había engañado a nadie, nunca y al
haberlo hecho, había sentido que le había defraudado al chico al
que amaba. Por un momento pensé en llamarle y preguntarle como
estaba pero me acordé de que solo hacía unas 6 horas desde que me
había despedido de él, aunque también tenía en cuenta que había
alguien que iba detrás de mí, y por un momento pensé en que podían
“pincharme” el teléfono e incluso averiguar mi localización si
había o recibía alguna llamada aunque suponía que Leo se había
encargado de todo.
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