miércoles, 30 de octubre de 2013

Capítulo 5

Después de que la doctora se hubiera ido, apareció Efrén y todos nos quedamos en silencio. No sabíamos como reaccionar. Había pasado todo tan deprisa, que no habíamos podido ni asimilarlo.
—¿Vamos a hablar? ¿A alegrarnos aunque sea un poco? —Dije con un tono sarcástico en mi voz—. ¡Me han dado el alta! ¡Estoy bien! ¡Ya puedo salir de aquí!
Mi madre fue la primera en hablar.
—María, tiene razón. ¡Deberíamos alegrarnos!
Efrén no abrió la boca y eso me desconcertaba. ¿En qué estaría pensando? ¿Por qué no se alegraba por mí y me contaba lo que le preocupaba? Leo se levantó de mi lado y miró a mis padres y a mi novio.
—¿Podemos salir fuera? Debo hablar con ustedes ahora que María ha recibido el alta, sino les importa.
—¡Claro que no nos importa, en absoluto.
—Podéis hablar aquí dentro, no pasa nada. —Dije.
—Gracias María, pero no. —Respondió Leo fulminándome con la mirada.
—Voy a cambiarme. —Dije levantándome de la cama.
—Hay ropa para ti en las bolsas del armario, María. A tu gusto. —Dijo Leo con una sonrisa.
Asentí con la cabeza, cogí las bolsas del armario y me metí a toda prisa en el baño. Cerré la puerta con pestillo y apoyé la espalda en la puerta, cayendo las bolsas al suelo. Suspiré. ¡Dios! ¡Madre mía! Apoyé las manos en el borde del lavabo y me miré al espejo. Me vi estupenda. No estaba cansada físicamente pero mentalmente sí. Me quité las bragas y la bata, dejándolas en la cesta de la ropa sucia y me metí en la ducha a todo correr. Ya debajo del agua caliente, mi cuerpo se relajó. Cerré los ojos y disfruté de la sensación. Me di cuenta de que no podía dejar la mente en blanco. ¡Que frustante! ¡Había tanto en lo que pensar! Terminé de ducharme y me enrollé una toalla blanca alrededor del cuerpo, y con otra me sequé el pelo. Cogí las bolsas y miré lo que había dentro. ¡Dios mio! Pantalones vaqueros negros de pitillos de talle bajo y algo desgastados, una camiseta roja de tirantes con escote de camionero, unas botas negras de estilo entre militar y mosqueteras, una chaqueta de cuero negra y ropa interior de encaje, unos calcetines finos, también de color negro; todo de mi talla. ¡Dios! A Leo no se le escapaba nada. Me lo puse todo, y con el secador y mis dedos le di forma a mi pelo, pero me di cuenta de que mi pelo ya cogía su nueva forma y no hacía falta que me esforzara por mantenerlo como yo quería: con sus ondas y rizos, largo y rubio. En cuanto al maquillaje, no me hacía falta. Era pálida, de tez uniforme y sin rojeces, de ojos azules claros y fríos, de mejillas sonrosadas, de labios de un tono entre rojo y granate, con pestañas negras, espesas y largas; y no me hacía falta ni antiojeras porqué no tenía. Me miré satisfecha al espejo y salí. Vi que mis padres, Efrén y Leo no se habían movido de la habitación. Mi madre estaba sentada en la cama de espaldas a mí junto con Efrén, y Leo y mi padre con los brazos cruzados. Al darse cuenta de que estaba allí, los cuatro se giraron para mirarme. Leo me dedicó esa sonrisa suya que tanto me gustaba, y mis padres y mi novio abrieron la boca sorprendidos por mi cambio. Caminé hasta ellos sintiéndome observada y algo intimidada.
—Ya estoy. —Dije.
—Ya lo veo, ya lo veo... —Contestó Leo mientras me desnudaba con la mirada.
Le miré ahora que estaba de pie. ¡Madre mía! Me sacaba por lo menos cabeza y medía. Fruncí el ceño y me di cuenta de que seguía llevando la camisa de seda blanca con el cuello algo desabrochado, los pantalones vaqueros, los zapatos negros y esa chaqueta de cuero que hacía que se me alterasen las hormonas, solo de pensarlo. Mi madre se levantó y me abrazó.
—Nos ha dicho Leo que debes irte con él, que es necesario, y los motivos para hacerlo, y queremos que sepas que tu padre y yo te apoyamos. —Me soltó.
—Y yo. Aunque me duela en el alma. —Dije bajando la cabeza y noté como estaba aguantando las ganas de llorar.
Me quedé sin palabras. ¿Como? ¿Qué estaban de acuerdo? Supe que este día llegaría pero no tan pronto. ¡No tan pronto! Abrí la boca sin creérmelo. ¡No! ¡No podía ser! ¡No! ¡No! ¡No! Cerré la boca y me di cuenta de que ahora empezaba mi futuro. Sabía que volvería a ver a mis padres ni a mi amado Efrén pero Leo sabía muy bien lo que se hacía, por lo que confiaba en él y no puse pegas a lo que dijo mi madre, aunque en realidad lo que hubiera hecho era lanzarme a los brazos de mis padres y de mi chico, y no soltarme nunca.
—¿Sí? Gra-cias. —Tartamudeé—. Estaba con pena por si pondríais alguna pega, pero me alegra de que esteis los tres de acuerdo. Me quedo más tranquila.
—¡En absoluto! Hemos estado hablando con Leo, y nos parece que es un buen chico y que sabrá cuidar de ti. —Miré a Efrén y vi que este seguía con la cabeza baja. Luego miré a Leo y sonrió—. Así que no te preocupes.
Suspiré.
—De acuerdo.
En ese momento, Leo me pasó un brazo por la cintura pegándome a él.
—Debemos irnos. ¿Preparada? —Me preguntó.
—Preparada. —Respondí afirmando con la cabeza.
—Coge tu móvil.
Hice lo que me dijo y me lo guardé en el bolsillo derecho de delante de la chaqueta. Él cogió una mochila negra y roja que había encima de la cama, y se la colgó a la espalda. Me despedí de mis padres entre besos y abrazos, y luego abracé a Efrén y le besé con pasión delante de todos pasando los brazos por su pelo y aspirando su olor. Me dolía muchísimo separarme de él, pero era lo mejor.
—Te voy a echar muchísimo de menos, cariño. —Me susurró con un nudo en la garganta y con las lágrimas apunto de aflorar.
—Y yo a ti mi amor, y recuerda que siempre te amaré y te prometo que volveré a verte, ¿vale?
Efrén asintió y volvió a besarme. De momento se apartó.
—¡Anda! Vete ya con él, no le hagas esperar. —Dijo con los ojos llenos de lágrimas.
Nunca había visto a Efrén llorar pero dolía muchísimo, se me clavaba en el alma y me dolía aún más al ver que era por mi culpa, pero debía irme. Le di un beso a la mejilla y salí al pasillo con Leo. Él no me soltó en ningún momento.
—¿A donde vamos? —Pregunté.
—Es una sorpresa. —Fruncí el ceño—. Ya verás como te gusta, así que tranquila.
—Vale.
—Te quedan bien esos vaqueros.
—Gracias. No sé quien los habrá elegido.
Leo puso los ojos en blanco sonriendo. Caminamos por unos pasillos y me dí cuenta de que Leo me conducía hacia arriba del hospital, hacia el tejado; no hacia abajo, hacia la salida. Yo le seguí sin decir nada, hasta que me abrió la puerta y exactamente estabamos en la cima del hospital. El viento me dio en la cara.
—¿Qué hacemos aquí, Leo?
—Darle diversión a tu vida, ahora que podemos.
—¿Diversión? —Alcé una ceja—. ¿Qué tienes en mente?
—Ya verás. Solo quiero poner a prueba tus habilidades, Kat.
—¿Ahora me llamas Kat? ¿No era María?
Él suspiró.
—¿Y como quieres que te llame?
Me encogí de hombros.
—Tengo unos cuantos nombres en mente.
—¿Cuales?
—Nirvanna, Nixtheria y Chelsea, aunque seguramente seguirás llamándome Kat, pero entre todos prefiero mi nombre. Me gusta.
Leo se pasó la mano por el pelo, parecí enfadado y frustrado.
—No creo que debas adquirir un nuevo nombre.
—¿Por qué no?
—¡Porqué eres Kattirva! —Estalló y palidecí—. Sé que sois ambas mujeres fusionadas, y si te soy sincero me cuesta comprenderlo aún, pero lo acepto. —Se volvió a pasar las manos por el pelo—. También te acepto a ti, como ambas esencias, pero ahora un cambio de nombre... —Hizo una pausa intentando encontrar las palabras—. Estoy intentando encajar y amar a quien tienes “dentro”, que es a la mujer a la que quiero... —Hizo una pausa—. A ti y lo consigo porqué te quiero. A ti. Me da igual si eres María o Kattirva. Te quiero, ¿vale? —Me quedé paralizada por sus palabras—. Me enamoré de Kattirva pero después de esta fusión también me he enamorado de María, de ambas. Sé que los tres nombres disponibles forman parte de ti y no me quejo, son buenos, pero Kattirva siempre será Kattirva. Tenéis la misma personalidad, el cuerpo parecido... Sé que hubo una charla entre ambas, sé que esto es complicado, adaptarse a estos cambios y que una fusión siempre es complicada. Pero me gusta Kattirva y sé que cuando te reúnas con los tuyos, ellos te conocerán por Kattirva y tú por sus respectivos nombres.
—¿Entonces qué me pides? —Pregunté.
—Que aceptes el nombre de Kattirva. Que lo admitas y le des la oportunidad de que forme parte de ti. Si con los humanos hablas como María, perfecto, pero con el resto eres y te conocen como Kattirva. No sé si me he explicado bien.
—Sí. Te has explicado muy bien Leo, y acepto el nombre de Kattirva. Solo quería considerar un nuevo nombre para no estar siempre con Kattirva y María, solo eso. Pero lo que dices me parece perfecto y la mejor idea. Aunque me gusta que me llames Mery.
—¿Mery?
Asentí.
—Sí. De verdad de la buena. —Sonreí.
Él me abrazó y yo lo estreché entre mis brazos.
—Vale. Te llamaré Mery.
—Gracias.
—De nada. —Me dio un beso en la cabeza.
—Bueno... ¿Y qué hacemos aquí, Leo?
—Ya te lo he dicho, antes: Poniendo a prueba tus habilidades.
—¿Ah, sí? ¿Como? —Le miré intrigada.
Leo caminó hasta el borde del edificio y me miró lanzándome una sonrisa que lo decía todo. ¡No! ¡No voy a saltar desde aquí!
—¡No! No salto, Leo.
—¿Ni por salvar tu vida?
Alcé una ceja
—¿Por salvar mi vida? ¿De qué estás hablando? —Pregunté.
—Hablo de que ahora mismo tenemos a “los malos” pisándonos los talones y sino saltas, nos atraparan.
Tragué saliva y me acerqué al borde donde estaba él. Miro abajo. ¡Dios mio! Si que estaba alto. Demasiado para mi gusto. La altura de unos 5-6 pisos, por lo menos 30 metros, sino es que eran más.
—¿Vamos a caer en este callejón? —Pregunté al darme cuenta de donde estabamos.
—Sí. Abajo hay una moto con dos cascos. Si lo consigues, recibirás una agradable sorpresa.
—¿Agradable sorpresa? ¿Qué sorpresa?
—Ya la verás. —Leo me ofreció su mano y se la cogí—. Cuando diga 3. —Respiré profundamente y cerré los ojos—. Relajate y acepta tus poderes. Eres inmortal, nadie ni nada puede lastimarte... —Susurró en mi oreja, y me estremecí—. Eres... Kattirva. Demuéstrale al mundo que estas aquí, además sabes que esta caída no es nada porqué has pasado por cosas peores. —Absorbí las palabras de Leo. Tenía razón—. Piensa en los saltos de Selene en Underworld, la precisión, y el estilo con el que cae, porqué tu vas a hacer lo mismo. ¿Entendido? —Asentí—. Bien. Abre los ojos. —Hice lo que me dijo—. Salta tú primero y luego lo haré yo. Dejate guiar por tu intuición, lo harás bien.
—¡Ahí están!
En ese momento oí un golpe en la puerta de metal del tejado por la que habíamos subido, me giré hacia ellos y unos hombres con uniforme negros, y con la cara tapada salieron con pistolas apuntándonos. Se colocaron unos delante de otros con rapidez y se quedaron quietos esperando ordenes. Eran por lo menos 14 hombres formando 2 filas de 7. Me giré a mirarles y les dediqué una sonrisita malévola y de lado que hizo que ellos temblasen. Abrí los abrazos en cruz y me quedé inmóvil.
—¡Ahora! —Gritó el que parecía estar al mando.
Y antes de que pudieran reaccionar me dejé caer hacia atrás, saltando al vacío. Leo saltó detrás de mí. Noté como caía mientras el aire me daba en la cara y como el tiempo se ralentizaba. Caí, caí, y caí. Giré sobre mi misma quedándome en perpendicular al suelo, cabeza arriba. El suelo apareció y apoyé mis pies en el suelo con firmeza. Leo cayó unas milésimas de segundo detrás de mí.
—¡Mierda! ¡Cogedlos! —Gritaron desde arriba.
Corrí hacia la moto, me puse el casco y me subí delante. No sabía conducir ni tampoco había llave pero recordé lo que me dijo Leo de dejarme guiar por mi intuición. Leo me imitó y se subió detrás de mí pasándome los brazos por la cintura. Cogí el manillar y haciéndolo girar, y la moto salió disparada hacia delante. ¡Vaya! Con el paso del tiempo me sorprendía más y más a mi misma. Sin llave, la moto funcionaba. Leo establece una conexión mental conmigo.
—Lo has hecho perfecto.
—Gracias. —Le respondí mientras nos incorporábamos al tráfico de la avenida Blasco Ibanéz de Valencia. Nos saltamos los semáforos y cruzamos el puente en dirección al centro con el objetivo de alejarnos de allí. Avanzamos a toda velocidad esquivando semáforos, coches, motos, bicicletas y peatones.
—¿Hacia donde vamos? —Le pregunté mentalmente a Leo.
—Hacia un lugar donde podamos refugiarnos. Ves hacia el mar.
—¿A la Malvarrosa?
—Sí. Tengo un apartamento allí. Podemos refugiarnos allí hasta que pase el peligro.
—De acuerdo.
Hice girar la moto, mientras nos dirigíamos al puerto. Leo se mantuvo agarrado a mí como una lapa, sin soltarse en ningún momento. Seguimos durante unos minutos hasta un bloque de pisos nuevo y altísimo. Tendría como unas 30 plantas. Frené delante del edificio sin que Leo me lo ordenase. Levanté la visera y miré el rascacielos. Estaba hecho de hormigón, con la estructura semicircular llena de espejos. Me recordaba mucho al Escala de Christian Grey, pero este era diferente. Volví a ponerme la visera y giré la moto dirigiéndonos al parking subterráneo. No hizo que Leo me dijera donde estaba porqué lo sabía. Entramos en él y aparqué la moto en el espacio que tenía el número 7, mi preferido. Me quité el casco y moví la cabeza para darle movimiento a mi pelo. Leo bajó, se quitó el casco sujetándolo debajo del brazo y me pegó a él y para besarme. Le seguí el beso, cerrando los ojos y aferrándome a él con el brazo que tenía libre por culpa del casco. Eché el cuerpo hacia atrás y levanté la cabeza para aferrarme más a su beso... A él. Mi lengua tardó poco en invadir la suya, y noté como un escalofrío me recorrió la columna vertebral haciendo que se me pusieran los pelos de punta. Me aparté al darme cuenta de que nuestra respiración se había acelerado.
—Deberíamos... Subir. —Tartamudeé debido a la excitación.
—Sí. Deberíamos subir. —Dijo Leo y me besó en la mejilla.
Me cogió de la mano libre que teníamos ambos y entrelazó los dedos. Nos dirigimos a un ascensor de metal con un panel a un lado de las puertas. Leo entró, me soltó de la mano para teclear una combinación, pasó una tarjeta por el lector, y las puertas se cerraron. Antes de que me diera cuenta ya me había vuelto a coger de la mano. Le miré y me fue imposible no sonreír.
—¿Qué te hace tanta gracia? —Preguntó.
—Esto. —Le planté un suave beso en los labios.
Él sonrió y me apretó la mano con más fuerza. Estaba nervioso, lo sabía. Me aguanté las ganas de abalanzarme sobre él, y él hizo lo mismo porqué se mordió el labio mientras me miraba de reojo y no para de dar pataditas contra el suelo con el pie. Seguimos subiendo, subiendo y subiendo. El ascensor soltó un pitido y las puertas se abrieron. Salí detrás de él y me llevó a la recepción del lujoso ático. De paredes negras con muebles en blanco y en rojo. Todo muy sencillo pero elegante. Caminamos hasta el salón principal y vi que todo era ultramoderno pero con las paredes negras. Un gran ventanal se extendía delante de mí para ver el mar Mediterráneo. Había una pequeña chimenea de vidrio y platino muy sencilla, una televisión de plasma pegada a una de las paredes, un sofá blanco en forma de L donde pueden caber unas 10 personas con sus 4 sillones a juego, una alfombra de color negro, blanco y rojo que cubría la mayor parte del salón. Al otro lado de la gran instancia había una cocina de última tecnología con una gran barra con 8 taburetes. Si seguíamos el salón había una mesa grande de color negro con la cubertería, cristalería y mantelería de color blanco. A ambos lados del gran salón-cocina había dos pasillos, uno se dirigía a la zona de invitados y la otra a la zona de los huéspedes. Caminé hacia la zona de los huéspedes y me encontré con un baño, un dormitorio, dos vestidores, una biblioteca con su respectivo piano negro de cola y una sala de recreativos. Leo me seguía detrás observando mis movimientos sin decir nada. Parecía que conocía el lugar sin haber nunca estado en él. Así que dejé que hablase mi mente y esta me dijo que en la zona de invitados había 4 dormitorios, 4 vestidores, 4 baños, un comedor, y una pequeña sala de estar; y no sé porqué noté que había algo más que se me escapaba y que no podía detectar. Me quedé delante de la puerta del dormitorio principal y me giré a mirar a Leo.
—¿Un dormitorio? ¿Quieres dormir conmigo?
—Sí, quiero que duermas conmigo, Mery.
Asentí con la cabeza.
—De acuerdo.
Todas las habitaciones estaban decoradas al mismo estilo negro, blanco y rojo que estaba decorada toda la casa, pero cada una era de un estilo diferente, lo que le daba originalidad. Esta casa tenía de todo. Todos los dormitorios como el principal disponían de unas fantásticas vistas al mar. Me senté en la cama de matrimonio de sábanas negras de seda. Era una sensación agradable. Leo dejó la mochila y el casco en una silla y se sentó a mi lado.
—¿Tienes hambre? —Negué con la cabeza—. ¿Qué necesitas?
—Te necesito a ti, Leo. En estos momentos eres el único en el que puedo confiar ahora mismo... El que sé que siempre me protegerá y nunca me abandonará.
Leo me estrechó con fuerza entre sus brazos.
—Eso siempre, siempre... Y lo haré porqué te quiero.
—Lo sé y te lo agradezco.
Escondí la cabeza entre su pecho. De momento me vino una idea a la cabeza.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Leo?
—Sí, claro.
Me mordí el labio sonriendo picaramente.
—¿Tiene esta casa salón de juegos?
—¿Salón de juegos? —Repitió él.
—Sí. Salón de juegos. Ya sabes... Habitación roja del dolor.
—¿A lo Christian Grey? —Asentí—. Creo que has leído demasiados libros, Mery.
—Ya, pero al ver como era esto... Me había venido a la cabeza. Que no he preguntado nada malo, ¿eh? —Me encogí de hombros sonrojandome.
—Tienes una mente muy perversa, ¿lo sabías?
—Porqué tú me provocas, sino no la tendría.
Leo abrió la boca de asombro.
—¡¿Qué me acabas de decir?! ¡¿Qué te provoco?! —Asentí con firmeza—. Eres tú la que me provoca, no yo.
—¿No tú? —Alcé una ceja—. Eres tú don guaperas, no yo.
—Vale que sea don guaperas pero tú eres doña sexy.
—¿Doña sexy? Eso ahora, antes de fusionarme no lo era, nene.
La expresión de Leo se suavizó.
—Eso no es excusa, además... A mi me pareces sexy de todas las formas posibles.
—Ya... Ya... Ya... —Dije con el ceño fruncido.
—Es verdad. —Me cogió de la barbilla para mirarle—. Eres fantástica, preciosa, perfecta... Pero solo para mí porqué eres mía y yo tuyo, ¿entendido?
Asentí sin saber el porqué.
—Tuya. Mio. —Repetí.
—Sí. Eres mía y yo tuyo.
—Me gusta como suena eso.
—Y a mí.
Me besa echándome en la cama. Solté el casco, y me arrastré hasta la cabecera de la cama. Dejé el móvil en la mesita de noche. Leo me siguió hasta arriba y se subió encima de mí. Me cogió las manos y me las puso encima de mi cabeza y con la otra me metió mano por debajo de la camiseta. Cogió un pecho y lo pellizcó poniéndose duro el pezón, y hizo lo mismo con el otro sin dejar de besarme. Gemí ante su tacto. Le miré a los ojos y vi que se habían oscurecido, y que me miraba como si yo fuera su presa y él el cazador. Presionó su erección contra mi cadera y ellas respondieron saliendo a su encuentro. Su boca no paraba de besarme, y su lengua de invadirme, pero yo tampoco me detuve. Me soltó las manos y me quitó la camiseta lanzándola al suelo. Bajó hasta mis pies, y me quitó los zapatos y los calcetines. Me besó el empeine y mi cuerpo se estremeció. Leo se sentó mientras me miraba de reojo con esa sonrisa de “Madre mía lo que voy a hacer contigo”, y se quitó los zapatos y los calcetines. Se volvió a subir a la cama y esta vez se sentó a mi lado.
—Date la vuelta. —Ordenó y yo obedecí poniéndome boca abajo.
Me desabrochó el sujetador con rapidez y agilidad y lo lanzó.
—Ahora boca arriba. —Volvió a ordenar, y eso hice.
Ahora estaba desnuda de cintura para arriba. Leo escondió su cara entre mis pechos y la movió. Luego mordió uno y con las manos me desabrochó el pantalón. Levanté las caderas y el me los quitó de un estirón, pero sin dejar de torturarme con su boca. Siguió un pecho y luego con otro. Eché el cuello hacia atrás y gemí.
—Chist. Calla o pararé. —Me mordí los labios intentando contenerme—. Abre los ojos y mirame. Quiero verte.
Abrí los ojos mirándole. Su mirada era feroz, seductora, arrebatadora... Esto era demasiado. Leo metió los pulgares por dentro de mis bragas y las estiró, rompiéndolas. Luego con rapidez se puso de rodillas y se quitó la chaqueta, la camisa, los pantalones y los boxers negros liberando su gran erección. ¡Madre del amor hermoso! ¡Era enorme! Leo volvió a tumbarse encima de mí y acercó la punta de su erección a mi sexo, apoyando las manos a la altura de mi cabeza. Se detuvo y me miró esperando mi aprobación. Asentí con la cabeza y me penetró de una sola embestida. Eché el cuerpo hacía atrás y solté un gemido. ¡Dios! Esto era lo que necesitaba, esto, y nada más. Leo empezó a mover las caderas lentamente, mientras me hacía el amor. Mis caderas empezaron a moverse a su ritmo, y noté como el placer se apoderaba de mí. Sí... Él era mio y yo era suya. Leo seguía y poco a poco empezó a aumentar el ritmo de las envestidas y yo respondí moviendo las caderas más deprisa. Leo echó el cuello hacia atrás y siguió aumentando la velocidad. Noté como esa conocida sensación se apoderaba de mí y supe que me estaba acercando al clímax.
—Leo... —Gemí para indicarle como me sentía.
Él asintió con la cabeza con la respiración entrecortada pero sin detenerse.
—Yo también... Yo... También. —Dijo.

Las embestidas seguían, seguían y seguían y supe que no iba a poder soportarlo durante más tiempo. Me aferré a él clavandole las uñas en la espalda y el soltó un gemido de dolor y de placer mientras echaba el cuello hacia atrás y apretaba la boca. Al final llegué al clímax y me corrí mientras pronunciaba su nombre, y él hizo lo mismo con el mio. Leo cayó a mi lado boca arriba, con la cabeza apoyada en la almohada como yo. Estabamos sudados, excitados, con la respiración entrecortada y con el pulso acelerado. El me miró y yo le sonreí. Me cogió de la mano y se la llevó a la boca plantando un suave beso en ella. Sonreí ante el gesto y cerré los ojos. Estaba cansada. Leo se dio cuenta pasando un brazo por mi debajo de mi cabeza y acercándome a él. Pegué mi cara a su pecho sudado y jugué con algunos de los rizos. Leo me besó en la cabeza mientras me abrazaba con el brazo que le quedaba libre y automáticamente sonreí. No le molestaba que le toquen y eso se agradecía porqué las muestras de afecto no era rechazadas. Este estiró de las sábanas de seda negras y nos tapó a ambos con ellas. Leo cerró los ojos y en menos de que me diera cuenta me quedé dormida, y él también.

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