Apareció
un enfermero que me metió en mi habitación. Mi madre que estaba
sentada en el sillón, se levantó solo me vio. Mi padre sentado en
una silla a su lado me sonrió y no dijo nada ante la reacción de mi
madre. El enfermero colocó la cama en su sitio, quitó las barras y
luego se fue.
—¡Oh
cariño! ¿Qué tal el electroencefalograma? —Preguntó mi madre.
—Bien,
mamá. Bien. —Fruncí el ceño al no ver a Efrén—. ¿Donde está
Efrén?
—Se
ha ido a comer algo. —Respondió mi madre.
—¿Ya
sabes cuando te darán el alta? —Preguntó mi padre.
—Dentro
de poco, espero que hoy. La doctora Fernández dijo que vendría y
que si eso me daría luz verde para que me fuera a casa.
—¡Eso
es fantástico! —Me abrazó.
—Sí.
—Has
tardado mucho.
—Sí,
es que hemos tenido un pequeño “contratiempo” pero está
solucionado. No es nada... Importante.
En
ese momento entró Leo pero sin la bata blanca. Él entró como
siempre, correcto y formal. Saludó a mis padres con un apretón de
manos y con una leve sonrisa. Seguidamente, se sentó en el borde de
mi cama, a mi lado.
—¿Qué
tal el electroencefalograma? —Me preguntó.
—Fantástico.
De maravilla.
—Me
alegro. —Respondió él. —¿Te darán el alta hoy?
—Seguramente.
—Perfecto.
Y
ese “perfecto” escondía muchas promesas.
—Debo
irme a hacer unas compras. —Me dio un beso en la frente—. Volveré
en una hora, ¿vale?
—Vale.
—Respondí.
—No
te muevas. —Dije señalándome con el dedo y dirigiéndose a la
puerta.
—Valeeee...
—Puse los ojos en blanco.
Sonrió
,y después se fue. Mi madre me miró alzando una ceja como diciendo:
“¿Qué pasa entre vosotros dos?”. Yo le sonreí con mi sonrisa
de: “No pasa nada, y si pasa algo pues pasa.” Era una
conversación sin palabras, solo gestual que solo entendíamos madre
e hija. Mi padre estaba mirando el periódico apoyado en el
mueble-cama de la ventana. Era de día y serían las 10 de la mañana
por lo menos.
—Necesito
ir al servicio. —Dijo levantándome.
—¡Espera
que te ayudo! —Dijo mi madre.
—Estoy
bien, puedo hacerlo sola. —Refunfuñé.
Mi
madre parecía pasar por alto mi rechazo y se fue corriendo al
armario a sacarme unas zapatillas idénticas a las que me dieron
cuando fui a hacerme el electroencefalograma. Me las puse y caminé
hacia el baño de la habitación, y una vez allí cerré la puerta
con pestillo. Cuando terminé, me lavé la cara y me cepillé el
pelo. Quité el pestillo, abrí la puerta y volví a meterme en la
cama.
—¿Mejor?
—Preguntó mi madre.
—Sí.
Mi
padre cogió la silla y se sentó al lado de mi madre que estaba en
el sillón. Los dos me miraban con una sonrisa algo triste.
—¿Qué
pasa? —Pregunté algo alterada.
—Nada.
—Contestó mi padre—. Que nos preocupamos muchísimo por ti y que
estas cosas... Estos sustos... Algún día terminará con nosotros.
—Cogió aire—. Te queremos muchísimo María.
Se
me llenaron los ojos de lágrimas. ¡Oh! Ahora no podían decirme
esto. No estaba para llorar. Habían pasado muchas cosas y sabía que
tendría que separarme de ellos pronto porqué así lo presentía.
Pero intentaba disfrutar al máximo del tiempo que pasaba con ellos,
y no estaba para berrinches ni lloriqueos. Me sequé las lágrimas
con la manga de la bata de hospital que llevaba.
—¡Oh
cariño! No llores ahora. —Dijo mi madre levantándose y
abrazándome.
Mi
padre se levantó y se sentó en la cama cogiéndome de la mano.
—No
pretendía que te pusieras a llorar María. Solo que aún estoy algo
“afectado” por lo que ha pasado y verte ahora así... —Hizo una
pausa intentando encontrar las palabras—. Estás distinta.
Cambiada. Es como si esto te hubiera cambiado pero a mejor. Estás
más... delgada.
Sonreí.
—Eso
es algo que siempre he querido, ¿no? Así que es fantástico. Yo
también lo he notado. ¿Y has visto, papá? Tengo el pelo más rubio
y largo. —Dije tocándome un mechón del pelo con la mano.
—Sí.
Es precioso. —Contestó él.
—Y
ahora esos ojos son azules, azules como el mismo océano. Nunca te
los había visto así. —Dijo mi madre.
—Ni
yo. Me he dado cuenta ahora cuando he ido al baño.
—Nosotros
nos hemos dado cuenta en el momento en el que has entrado pero no
hemos querido decirte nada.
—¿Por
qué? —Pregunté.
—Ya
sabes... la impresión. —Se disculpó mi padre.
Asentí.
—Entiendo.
—¿Y
como lo llevas con Leo? Parece como si os conocierais de toda la
vida. —Dijo mi madre—. Aunque piensa también en Efrén y en todo
lo vivido juntos.
Puse
los ojos en blanco. Sí. La verdad es que nos conocíamos de toda la
vida, y tenía a Efrén. Y lo que sentía por ambos era puro e
intenso, y estaba hecha un lío. ¡Madre mía! Ojala ella supiera
aunque fuera la mitad de la verdad, de la historia de Kattirva con
Leo, pero no podía contárselo... No se lo creería.
—¿Yo?
¿Con Leo? —Pregunté haciéndome la sorprendida—. Si no hay
nada. Y tranquila que pienso en Efrén.
—Pero
cuéntame que es lo que hay entre Leo y tú.
Bufé.
Enserio... ¿No se iba a dar por vencida mi madre?
—Es
difícil de explicar. —Dije finalmente.
—Ya...
—Contestó mi madre no muy convencida—. ¿Pero hay algo entre
vosotros?
Hice
una pausa pensando en qué decirle. Finalmente decidí decirle la
verdad para que así dejara de preguntar. Era agobiante y asfixiante.
—Toc.
Toc. ¿Se puede? —Mi profesor Salvador asomó la cabeza por la
puerta.
—¡Salvador!
—Exclamé contenta—. Sí. Sí. Claro pasa. —Me incorporé un
poco más en mi cama.
Este
pasó y se puso a los pies de mi cama apoyando sus manos en la barra
de metal, y le dedicó una amable sonrisa a mis padres.
—Buenos
días.
—Buenos
días. —Contestaron ambos a la vez.
Salvador
me miró y me sonrió.
—¿Cómo
te encuentras María? —Preguntó.
—Mejor
que nunca. —Contesté satisfecha.
—Me
alegro. —Se detuvo un momento y luego exclamó—. ¡Y tanto que se
te nota! Te ha crecido el pelo, estás más delgada y tus ojos son
más azules. Estas como... Llena de vida. —Dijo con un suspiro de
admiración.
—Eso
dicen. —Sonreí y me encogí de hombros, quitándole importancia.
—Pero
en muy poco tiempo. —Dijo él de repente, y noté que el tiempo se
detenía.
—Ya.
Es increíble, ¿verdad? Se vé que me hacía falta descansar. —Le
respondí haciéndome la tonta.
—No
se... Es... Extraño...—Dijo pasándose una mano por el pelo.
¿Extraño? Noté como la temperatura del ambiente caía en picado,
hacía frío, ¿o era impresión mía? Salvador se giró a mis
padres—. ¿Pueden dejarnos un momento a solas?
Ellos
se miraron perplejos y asintieron y se levantaron para irse.
—Claro,
no hay problema Salvador. Estaremos en la cafetería. Llamanos si
necesitas algo María, ¿vale? —Dijo mi madre.
—Vale.
Salieron
de la habitación. Salvador me miró muy serio y luego se sentó en
el sillón a mi lado. Nunca le había visto tan serio y eso me daba
mala espina. Tragué saliva. Parecía ser que iba a tener otro
interrogatorio. Me aferré a las sábanas con fuerza y le miré.
Hubiera dado todo lo que tenía porqué Leo hubiera estado en ese
momento aquí conmigo, pero no lo estaba. Le aguanté la mirada a
Salvador y un silencio eterno apareció entre nosotros.
—Bueno
María... —Empezó diciendo—. Parece que te encuentras mejor...
¿O me equivoco?
Volví
a tragar saliva. ¿Qué pretendía?
—No
te equivocas, has acertado. —Cogí aire—. Sí. Me encuentro
bastante mejor. Gracias por preguntar.
—De
nada. —Hizo una pausa—. Bien... —Dijo adoptando una postura
como del malo del interrogatorio poniendo en contacto las yemas de
los dedos de ambas manos, cerca de su boca y de su nariz—. Solo
quería saber qué ha pasado. —Abrí la boca para responder pero el
me indicó con la mano que me callase—. Chist. Dejame terminar.
—Cerré la boca y fruncí el ceño—. Lo he presenciado todo,
María. Lo han visto mis ojos, mis propios ojos, lo tengo clavado en
mi mente. Sé lo que he visto, y nunca he visto nada igual. Ahora...
—Se acomodó en el sillón—. Quiero que me cuentes que ha pasado.
—Volví a abrir la boca para rechistar pero vuelvió a detenerme—.
Agradecería que me lo contarás con pelos y señales pero si no
quieres, no te obligaré, que lo sepas. Así que puedes “resumirlo”
si te parece esa la palabra adecuada. —Cogí aire—. Solo quiero
saber la verdad María. Y sé que tú la sabes pero que no quieres
contarla o en este caso contármela.
Abrí
la boca. ¿Qué no me obligaría? Eso lo dudaba. Conocía a mi
profesor Salvador lo suficiente pero esta faceta suya de “detective”
nunca la había visto ni conocido antes. Daba miedo, bastante miedo.
¿La verdad? ¿Quería que le contara la verdad? La verdad era muy
complicada y muy pocas personas estábamos dentro del ámbito o del
grupo que la entendía. Pero si insistía... Ya vería que podía
hacer para que se quedase satisfecho y para que no supiera más de lo
que le correspondía.
—¿Quiere
saber la verdad, profesor? —Dije bajando la cabeza y endureciendo
mi voz—. ¿Quiere saber la verdad? —Repetí. Y esta vez mi voz
sonó bastante dura. Salvador palideció. Parecía ser que le había
cogido por sorpresa. Así que levanté la cabeza y le miré con
expresión seria—. Con mucho gusto se la contaría pero verá...
—Me pasé la mano por mis labios—. Me encuentro en una situación
en la que no puedo contársela a nadie.
—¿Ni
a mí? —Me interrumpió.
Le
hice callar con la mano como él me había hecho antes.
—No
me interrumpa, profesor. Estoy hablando sobre algo que quiere saber y
si me interrumpe creo que nunca se la voy a contar. ¿Entendido? —Él
asintió con la cabeza. Parecía intimidado y eso era buena señal—.
De acuerdo. Perfecto. —Le miré clavando mis ojos azules en los
suyos tan marrones como el chocolate. Al final le contaría la verdad
y así se quedaría satisfecho. Si se lo creyese o no era cosa de él,
no mía, y dependiendo de la reacción que tendrá cuando se lo haya
contado todo, pensaré en si debo manipularle la mente o no. Así que
allí fui—. Lo que ha visto ahí fuera no es nada normal, y eso es
algo en lo que ambos estamos de acuerdo. ¿Me equivoco? —Alcé una
ceja y él negó con la cabeza. Parecía ser que ahora los papeles se
habían intercambiado y eso me provocó una leve sonrisa—. Lo que
ha visto ahí fuera era una posesión, Salvador. —Dije firmemente y
este palideció—. Entre un humano y algo divino, irreal,
fantástico... Exactamente entre yo y una mujer llamada Kattirva. —Le
miré—. Ahora mismo tendrá muchas preguntas y se las puedo
responder sin necesidad de que me las formule. Así que empezaré por
el principio. —Cogí un poco de aire y empecé a hablar—. Llevo a
Kattirva dormida dentro de mí desde que nací. Sí busca en Internet
el término puede que le aparezca si tiene suerte, claro está y
sino... no. ¿Qué es Kattirva? Bueno... ¿Quien es Kattirva? Pues
Kattirva es exactamente una “fusión” entre 6 deidades que jamás
pensó la humanidad de hoy en día que existieran; exactamente de
Nix, la diosa y titánide de la noche griega, hija del Caos; de Gea,
la hermana de Nix, y titánide de la tierra, a parte de diosa de la
naturaleza; de Tetis, la hija de Gea, y titánide de los mares y
océanos; todas ellas griegas: Nix, Gea y Tetis; de Nut, la diosa del
cielo y de la creación egipcia, y madre de la famosa Isis; de
Nirvanna, la titánide de la nada, de lo invisible, de lo inexistente
y de lo oculto, procedente de la cultura del Inframundo; y de Kathy,
la reina de la raza vampírica, diosa de la sangre, el dolor y de la
tortura, y madre original de Deagow Maximilius Drasmasters Kuel,
quien es el origen del apocalipsis, antiguo satanás y rey del
Olympus y de la existencia. ¿Qué como ha llegado hasta a mí? Pues
fácil... Por pura elección. —Hice una pausa—. Ella, Kattirva,
buscaba a alguien, a un humano, bueno... “Humana” donde
hospedarse y me encontró. ¿Por qué la eligió, a María... A mí?
Según ella por el amor que siento por los míos, porqué las
personalidades de ambas son muy parecidas. ¿Cuando me dí cuenta que
pasaba algo? Todo empezó hace unos meses cuando Kattirva empezó a
“despertarse”. Mi humor cambiaba, estaba distinta... Tenía
dolores de cabeza, no pensaba con claridad, veía cosas que nadie más
veía y demás... Pero se vé que los efectos de Kattirva ya
empezaron a desarrollarse antes, porqué conocí en un foro de
Internet a un chico, Jonny, que me dio el personaje de Kattirva. Allí
había más gente y a partir de ahí conocí a Kattirva, su historia,
quien era... Todo. Pero nunca llegué a pensar que estaría dentro de
mí. Hace una semana más o menos Kattirva empezó a hablarme
mentalmente. Y hace dos días, cuando ya se había despertado por
completo quiso poseerme, y ahí es donde entra lo que usted vio. Esas
encapuchadas sabían de la existencia de Kattirva. No sé como, pero
también sabían que estaba dentro de mí, y donde estaba. Así que
me capturaron cuando salía de su clase y prepararon el ritual con el
objetivo de que la posesión se completara. En otras palabras...
“querían liberarla”. Yo me negué y me resistí porqué sabía
de qué era capaz Kattirva si al final era liberada pero Kattirva
insistió y como era más fuerte... Tuve que pedirle un pacto... Una
fusión para así conseguir llegar a un acuerdo que nos beneficiara a
ambas y para que de este modo, no se liberara. Hablé con ella y
aceptó. Cuando me desmayé solo había aceptado la fusión. Durante
los dos días que estuve inconsciente empezó a fusionarse mi
personalidad y parte de mi cuerpo... Y ahora... Ahora ya está todo
completado y finalizado. Ahora ya no tengo a Kattirva hablándome en
la mente ni dentro de mí, sino que ahora somos una misma persona...
Una misma esencia. Y eso pasó esta mañana. —Él tragó saliva y
cerró los ojos como asimilándolo—. Una fusión no es algo que
pase de un día para otro, necesita tiempo y al ser humana han
tardado unos 2-3 días, pero con otra “especie” puede tardar
semanas e incluso años, no lo sé. Hoy por la mañana cuando estaba
con Leo, se terminó la fusión. —Salvador abrió los ojos y me
miraba intentado comprenderme—. Noté una especie de energía...
“Absorbí” la vida y los recuerdos de Kattirva. Reconocí a la
familia de Kattirva y lo supe todo de ella, todo. Mientras tanto, mi
físico y el suyo también se fusionaron, y cuando abrí los ojos
tenía esta apariencia, y ya no pensaba igual. Ahora ya no somos dos
mujeres, sino una misma. Respondo al nombre de María, pero también
al de Kattirva. Es... Difícil de explicar. Nunca me había sentido
así, nunca. Es una sensación rara. Piensas... De otra forma, aunque
sigues teniendo tu parte “humana” ahí, pero también está la
parte “divina”, y ese equilibrio es el que me hace ser como soy
ahora. —Cogí aire—. Mis sentimientos por la familia de María,
sus amigos y seres queridos, no han cambiado en absoluto; por eso le
reconozco y sé quien es, profesor. Pero también sé quienes son los
familiares y seres queridos de Kattirva. Es “complicado” porqué
hablar en tercera persona es raro para mí. Pero sigo siendo yo
misma, su alumna... Solo que ahora las cosas son muy distintas. ¿Qué
pasará a partir de ahora? No lo sé. Solo sé que me iré con
Leonardo. —Salvador levantó una ceja como preguntando quien era—.
Es el amor de Kattirva. —Respondí—. El amor de su vida, aunque
es un demonio, y eso es lo de menos. —Dije quitándole importancia.
Él suspiró quedándose más tranquilo—. Hoy me darán el alta, y
me iré. Ahora él no está aquí, pero volverá dentro de un rato.
—Suspiré—. Y eso es todo. —Salvador cerró los ojos y se
masajeó las sienes como intentando asimilarlo todo—. Querías
repuestas, la verdad, y ahí la tienes. Esa es la verdad, lo que ha
pasado. Sé que es difícil de explicar pero así son las cosas.
Salvador
se quedó en silencio durante unos segundos que me parecieron
minutos, pero yo no abrí la boca. Necesitaba tiempo para asimilarlo
todo. Al cabo de unos 10 minutos, abrió los ojos y me miró.
—Dios,
María... —Empezó diciendo—. Lo que me has contado va por encima
de mis posibilidades tanto físicas como mentales. Es... Increíble.
Le
miré.
—Lo
sé, Salvador. —Hice una pausa—. Pero esa es la verdad. Hubiera
podido ocultarte cosas pero no me gusta mentir y creo que merecías
saberlo.
No
me gustaba hablarle a Salvador de “usted”, ya que nuestra
relación (profesor-alumna) era lo suficientemente fuerte para
hablarnos de “tú” y no de “usted”. Salvador se levantó y me
miró con esos ojos tan marrones, tan característicos de él. Me
incorporé un poco para verlo mejor. Se me acercó y me abrazó. El
abrazo me pilló desprevenida.
—¿Seguirás
con tus estudios en la universidad? —Preguntó separándose un
poco.
—No
lo sé, pero ahora mismo la probabilidad de que vuelva es mínima.
—¿Tan
segura estás?
—Sí.
Ya que ahora soy lo que soy, debo aprender a controlarme a mí misma
y a los poderes que tengo. —Le miré y le sonreí con ternura—.
No me gustaría causar daño a la gente que quiero ni a nadie, y tú
estas en esa lista.
Salvador
tragó saliva y supe que era porqué se le estaba formando un nudo en
la garganta. Vi como sus ojos se empañaban, la nariz se le volvió
algo roja y sus labios empezaron a temblar. Una lágrima cayó por su
mejilla. Nunca le había visto llorar y creo que nunca más volveré
a hacerlo.
—¡Oh
María! —Me volvió a abrazar.
Era
la segunda vez que Salvador me abrazaba en poco más de 5 minutos,
pero me daba igual. Se agradecía. Pasé mis brazos por su espalda y
entrelacé mis manos para sujetarlo. Le quería tanto... Era una
persona maravillosa, bondadosa y gentil. Me recordaba a mi abuelo
Emilio. Acaricié su hombro con mi mejilla y sonreí. “Mi Salvador,
mi Salvador... Si le quiero.” Pensé mentalmente. Salvador estalló
a llorar, y mientras lo hacía, le acariciaba la espalda con ternura.
Nunca había visto a un hombre como él llorar, pero la verdad era
que se me había encogido el alma. Saber que ese alguien estaba
llorando por tu culpa... No se podía soportar. Un sentimiento de
culpa apareció... Tan grande que notaba como me ahogaba... Como me
asfixiaba... Pero había que salir hacia adelante. Noté como se me
volvía a formarse un nudo en la garganta. “Esto ya es demasiado.”
Pensé. “No volveré a llorar”. Así que cogí aire y respiré
lentamente, cogiendo aire por la nariz y echándolo por la boca.
—Chissssssst.
Volveré a la universidad aunque sea solo para verte. Aunque hubiera
deseado no irme jamás de allí.
Salvador
se secó las lágrimas y me miró.
—Pues
no lo hagas.
—Sabes
que debo hacerlo, Salvador. Pero volveré. Te lo prometo. —Dije
cogiéndole de las manos y sonriendo.
—Vale.
—Suspiró él, y se sacó una tarjeta del bolsillo interno de la
chaqueta y me lo dio. Cogí la tarjeta con su número de teléfono
escrito—. Por si me necesitas para cualquier cosa, María. Así
cuando vengas podrás avisarme.
Apreté
la tarjeta en mi mano.
—Claro.
No lo dudes. —Afirmé y supe que eso era una promesa.
Salvador
me miró y me sonrió.
—Estas
preciosa.
—Gracias.
—Me toqué un mechón del pelo—. Forma parte de esta “fusión”.
Pero sigo siendo la misma, ¿recuerdas? —Dije alzando una ceja.
—Sí.
Lo recuerdo. Y me alegra mucho de que sigas siendo la misma.
Nos
quedamos unos minutos en silencio, cada uno con sus pensamientos. Al
final Salvador se levantó.
—Debo
irme, María. Ahora que estás bien.... Recuperada... Estoy más
tranquilo.
—Me
alegro. —Le respondí.
—Y...
—Hizo una pausa—. Gracias por contarme la verdad. Te lo agradezco
muchísimo, ni te lo puedes imaginar.
—No
es nada, y he estado encantada. Creo que ha sido lo mejor.
—Sí.
Lo mejor. Bueno... Si necesitas algo, ahí tienes mi número. Llamame
para lo que necesites, aunque creo que estarás bien.
—¡Claro!
No lo dudes.
En
ese momento entró Leo con unas bolsas de ropa y se nos quedó
mirándonos. Salvador se giró a mirarle, pero sin perder la
compostura.
—Nos
vemos María.
—Nos
vemos Salvador.
—¡Ciao!
—¡Ciao!
Salvador
se fue pasando por el lado de Leo. Él no dijo nada. Solo Salvador
cerró la puerta, él dejó las bolsas en el armario y caminó hacia
a mí.
—Buenas.
—Dijo él.
—Buenas
Leo. —Le contesté mientras se sentaba a mi lado.
—¿Ese
era tu profesor? —Preguntó.
—Sí.
Salvador. Viene todos los días a visitarme. Fue él quien me trajo
aquí.
—De
acuerdo. —Dijo asintiendo con la cabeza.
—¿Donde
has estado? —Pregunté.
—Haciendo
unas compras.
—¿Para
qué?
—Para
ti, para cuando salgas de aquí.
—Ah.
¿Y qué me has comprado? —Dije con una sonrisita.
—Cosas.
—Hizo una pausa—. Te echaba de menos. —Me dijo.
—Y
yo a ti.
—Lo
sé.
—Eres
muy listo.
—No
sabes cuanto. —Dijo y me dedicó una de esas sonrisas tan
seductoras.
Se
levantó, fue hacia al armario y sacó algo metido dentro de una
bolsa pequeña.
—Cierra
los ojos. —Ordenó.
Hice
lo que me pidió y se me acercó.
—Adivina
que es.
—¿Puedo
tocarlo?
—Claro.
Me
acercó la bolsa. Empecé a palpar la bolsa. Estaba metido dentro de
una caja de cartón no muy grande, algo alargada. Umm... Aquí dentro
cabía poca cosa, a no ser que fuera....
—¡Un
i-Phone! ¡Me has comprado un teléfono móvil! —Dije abriendo los
ojos.
—Sí.
Eso he hecho. —Dijo sacando de dentro la caja con el móvil.
Saqué
el teléfono y miro que ya estaba con mi tarjeta SIM, mis contactos,
y mi música favorita. Pero había dos números más: El de Salvador
y el suyo. ¿Como sabía que Salvador me había dado su número? Este
chico era una caja de sorpresas. Pero daba igual. Era todo un
detalle.
—Pero
mira... Hay más. Mira dentro de la bolsa.
Metí
mano a la bolsa y saqué una funda dura con el símbolo de los
Drasmasters, con el fondo negro.
—¡Oh
Leo! Es... Todo un detalle.
Le
abracé dándole un beso.
—De
nada tesoro.
Coloqué
la funda en el móvil y lo miré. Perfecto. Leo se me tumbó a mi
lado y me cogió el móvil.
—Para
que siempre te acuerdes de mí. —Dijo cogiéndome por la cintura y
pegándome a él, sonreí, nos hizo una foto, y la colocó de fondo
de pantalla—. ¡Ale! Teléfono estrenado. —Dijo satisfecho y me
devolvió el móvil.
Miré
la foto. Los dos sonriendo, abrazados, con las cabezas apoyadas en el
otro.
—¿Te
gusta María?
—Ummm...
—Contesté.
—Lo
cogeré por un sí.
—Ummm...
—Sonreí—. Como prefieras.
—¡Así
que ahora sabes hablar! Yo pensaba que se te había comido la lengua
el gato.
—No.
—Negué con la cabeza—. Estaba esperando a que me la comieras tú.
Leo
alzó una ceja.
—Pues
eso cambia las cosas, y mucho. —Y vi un destello en sus ojos.
Me
lamí los labios, y dejé el móvil en la mesa-carrito con la bolsa y
los complementos de este, antes de que Leo se abalanzase sobre mí,
cogiéndome por la cadera y pegándome a él, mientras con la otra
mano me coge de la barbilla y me besaba. Era un beso con ímpetu, en
el que su lengua invadía mi boca, y viceversa. Gemí pero Leo no
paraba. Me aferré más a él, cogiéndole del pelo porqué supuse
que le gustaría, y estiré. Leo soltó un gemido. Mis manos
recorrieron su cuerpo hasta su erección y la apreté con la mano.
—¡Dios
Kat! —Dijo Leo—. Querías que te comiera la boca pero como no
pares terminaré comiéndote otra cosa, pero no puede ser.
¡¿Qué
había dicho?! ¿Qué no podía ser? ¡Me estaba rechazando!
—¿Me
rechazas? —Pregunté.
—Sí.
Solo que van a venir a darte el alta dentro de 5 minutos, porqué
tienes novio y porqué no quiero que nos pillen en pleno polvo, así
que lo posponemos para más tarde, ¿vale? Así que no te enfades.
—Dijo cogiéndome de la barbilla y haciendo que lo mirara a los
ojos. Fruncí el ceño, sin estar muy convencida—. Hay que ver que
guapa estás cuando te enfadas. —Y me dio un beso en la cabeza.
Suspiré
y me aferré a él pasando mi brazos por su cintura. Escondí la
cabeza en su pecho y aspiré su aroma, lo que hizo que me calmase.
Ummm... Leo se dio cuenta y me pasó un brazo por los hombros. Como
siempre, sabía lo que necesitaba en cada momento.
—Te
quiero. —Me dijo.
Suspiro.
—Lo
sé, Leo.
—Aunque
ahora no me quieras porqué me terminas de conocer, espero que en el
futuro llegues a hacerlo.
Suspiré.
—No
sé.
—¿No
sabes?
—Ya
sabes que ha pasado todo en muy poco tiempo, y agradezco tus palabras
Leo, pero cuando lo sienta te lo diré.
—¿Me
lo prometes?
—Te
lo prometo.
Leo
me abrazó más fuerte.
—Oh.
—¿Estás
bien? —Pregunté.
—Sí.
Estoy bien.
—No
estoy muy convencida.
—Pues
tienes que estarlo porqué es la verdad.
Suspiré.
—Eres
un cabezota, ¿lo sabías?
—Ya.
Pero más que tú.
—¡No!
Yo no lo soy.
—Si
que lo eres.
—¡Que
sí!
—¡Que
no!
—¡Que
sí!
—¡Que
no!
—Pues...
¿Empate? —Dije finalmente alargando la mano.
Leo
se lo pensó durante unos segundos, y al final me estrechó la mano
sonriendo.
—Empate.
—Dijo pegando su boca a mi oído—. Pero no me doy por vencido.
—Lo
sé. —Dije con una sonrisa—. Y no quiero que lo hagas. —Susurré
en su oído.
Leo
se quedó callado y con la mirada perdida al frente. Estaba pensando
en algo. Le miré e intenté entrar en su mente pero una gruesa pared
me lo impedía. Fuera lo que fuera no quería que lo supiera, y eso
me ponía de los nervios. Seguí mirándole y me fijé en su perfil,
y en sus facciones. Era tan guapo, tan bello... Y me quería. Me
sentí afortunada. En ese momento entraron mis padres en la
habitación sonriendo y hablando sin parar. Se les veía animados.
Leo ni se inmutó de ellos y los miró.
—Hola
María. ¿Ya se ha ido Salvador? —Preguntó mi madre.
—Sí.
Hace nada.
—¿Eso
es un i-Phone? —Dijo señalando el teléfono que descansaba encima
de la mesita-carrito, con la bolsa y todos sus complementos.
—Sí.
—Contesté—. Es un regalo de Leo.
Leo
miró a mis padres fijamente.
—Espero
que no les importe, creía que María se merecía un teléfono mejor
que el Sony que tenía. Así que lo he vendido y he sacado 800€ por
su venta.
Suspiré.
Sí. Este ya era el Leo que tanto conocía. Que no me dejara entrar
en su mente y tanto silencio estaba empezando a preocuparme y mucho.
—No.
No nos importa. —Dijo mi padre—. Solo que no lo esperábamos. ¿Y
donde está el dinero?
—En
la cuenta corriente de María. He pedido que se lo ingresen y pueden
ustedes comprobarlo de que ahí están los 800€.
Mi
padre se quedó sin palabras. La eficiencia de Leo era asombrosa. Mi
madre se dio cuenta de ellos y le propició un suave codazo a mi
padre para que reaccionase.
—Pues
gracias, Leo. —Respondió mi madre.
—De
nada, Rosa.
En
ese momento entró la doctora Fernández con una carpeta en la mano,
exactamente con la misma que llevaba cuando fue a verme, ayer.
—Buenos
días a todos. —Dijo sonriendo.
—Buenos
días. —Contestamos todos a la vez.
La
doctora Fernández abrió la carpeta y nos miró.
—Ya
tengo los resultados del electroencefalograma, y debo comunicarles de
que ha salido muy bien, y de que los resultados son buenos y
normales. Así que puedo darte el alta ahora mismo, María. ¿Te
parece bien? —Dijo mirándome.
Los
4 se giraron a mirarme, esperando mi respuesta. Tragué saliva.
—¡Claro!
Sí. Deme el alta ahora mismo. Por favor.
—Por
supuesto. —Dijo ella, y fija la mirada en la carpeta. Apuntó unas
cosas y firmó en ellas—. Listo. Pues te doy el alta María. Cuando
quieras, puedes irte.
—Gracias
doctora. —Contesté sonriendo.
—Un
placer conocerles a todos. —Dijo estrechando la mano a mis padres,
a Leonardo y a mí—. Nos vemos. Adiós.
—Adiós.
—Contestamos todos a coro.
Y
desapareció por la puerta.
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