viernes, 14 de junio de 2013

Capítulo 4

Apareció un enfermero que me metió en mi habitación. Mi madre que estaba sentada en el sillón, se levantó solo me vio. Mi padre sentado en una silla a su lado me sonrió y no dijo nada ante la reacción de mi madre. El enfermero colocó la cama en su sitio, quitó las barras y luego se fue.
—¡Oh cariño! ¿Qué tal el electroencefalograma? —Preguntó mi madre.
—Bien, mamá. Bien. —Fruncí el ceño al no ver a Efrén—. ¿Donde está Efrén?
—Se ha ido a comer algo. —Respondió mi madre.
—¿Ya sabes cuando te darán el alta? —Preguntó mi padre.
—Dentro de poco, espero que hoy. La doctora Fernández dijo que vendría y que si eso me daría luz verde para que me fuera a casa.
—¡Eso es fantástico! —Me abrazó.
—Sí.
—Has tardado mucho.
—Sí, es que hemos tenido un pequeño “contratiempo” pero está solucionado. No es nada... Importante.
En ese momento entró Leo pero sin la bata blanca. Él entró como siempre, correcto y formal. Saludó a mis padres con un apretón de manos y con una leve sonrisa. Seguidamente, se sentó en el borde de mi cama, a mi lado.
—¿Qué tal el electroencefalograma? —Me preguntó.
—Fantástico. De maravilla.
—Me alegro. —Respondió él. —¿Te darán el alta hoy?
—Seguramente.
—Perfecto.
Y ese “perfecto” escondía muchas promesas.
—Debo irme a hacer unas compras. —Me dio un beso en la frente—. Volveré en una hora, ¿vale?
—Vale. —Respondí.
—No te muevas. —Dije señalándome con el dedo y dirigiéndose a la puerta.
—Valeeee... —Puse los ojos en blanco.
Sonrió ,y después se fue. Mi madre me miró alzando una ceja como diciendo: “¿Qué pasa entre vosotros dos?”. Yo le sonreí con mi sonrisa de: “No pasa nada, y si pasa algo pues pasa.” Era una conversación sin palabras, solo gestual que solo entendíamos madre e hija. Mi padre estaba mirando el periódico apoyado en el mueble-cama de la ventana. Era de día y serían las 10 de la mañana por lo menos.
—Necesito ir al servicio. —Dijo levantándome.
—¡Espera que te ayudo! —Dijo mi madre.
—Estoy bien, puedo hacerlo sola. —Refunfuñé.
Mi madre parecía pasar por alto mi rechazo y se fue corriendo al armario a sacarme unas zapatillas idénticas a las que me dieron cuando fui a hacerme el electroencefalograma. Me las puse y caminé hacia el baño de la habitación, y una vez allí cerré la puerta con pestillo. Cuando terminé, me lavé la cara y me cepillé el pelo. Quité el pestillo, abrí la puerta y volví a meterme en la cama.
—¿Mejor? —Preguntó mi madre.
—Sí.
Mi padre cogió la silla y se sentó al lado de mi madre que estaba en el sillón. Los dos me miraban con una sonrisa algo triste.
—¿Qué pasa? —Pregunté algo alterada.
—Nada. —Contestó mi padre—. Que nos preocupamos muchísimo por ti y que estas cosas... Estos sustos... Algún día terminará con nosotros. —Cogió aire—. Te queremos muchísimo María.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. ¡Oh! Ahora no podían decirme esto. No estaba para llorar. Habían pasado muchas cosas y sabía que tendría que separarme de ellos pronto porqué así lo presentía. Pero intentaba disfrutar al máximo del tiempo que pasaba con ellos, y no estaba para berrinches ni lloriqueos. Me sequé las lágrimas con la manga de la bata de hospital que llevaba.
—¡Oh cariño! No llores ahora. —Dijo mi madre levantándose y abrazándome.
Mi padre se levantó y se sentó en la cama cogiéndome de la mano.
—No pretendía que te pusieras a llorar María. Solo que aún estoy algo “afectado” por lo que ha pasado y verte ahora así... —Hizo una pausa intentando encontrar las palabras—. Estás distinta. Cambiada. Es como si esto te hubiera cambiado pero a mejor. Estás más... delgada.
Sonreí.
—Eso es algo que siempre he querido, ¿no? Así que es fantástico. Yo también lo he notado. ¿Y has visto, papá? Tengo el pelo más rubio y largo. —Dije tocándome un mechón del pelo con la mano.
—Sí. Es precioso. —Contestó él.
—Y ahora esos ojos son azules, azules como el mismo océano. Nunca te los había visto así. —Dijo mi madre.
—Ni yo. Me he dado cuenta ahora cuando he ido al baño.
—Nosotros nos hemos dado cuenta en el momento en el que has entrado pero no hemos querido decirte nada.
—¿Por qué? —Pregunté.
—Ya sabes... la impresión. —Se disculpó mi padre.
Asentí.
—Entiendo.
—¿Y como lo llevas con Leo? Parece como si os conocierais de toda la vida. —Dijo mi madre—. Aunque piensa también en Efrén y en todo lo vivido juntos.
Puse los ojos en blanco. Sí. La verdad es que nos conocíamos de toda la vida, y tenía a Efrén. Y lo que sentía por ambos era puro e intenso, y estaba hecha un lío. ¡Madre mía! Ojala ella supiera aunque fuera la mitad de la verdad, de la historia de Kattirva con Leo, pero no podía contárselo... No se lo creería.
—¿Yo? ¿Con Leo? —Pregunté haciéndome la sorprendida—. Si no hay nada. Y tranquila que pienso en Efrén.
—Pero cuéntame que es lo que hay entre Leo y tú.
Bufé. Enserio... ¿No se iba a dar por vencida mi madre?
—Es difícil de explicar. —Dije finalmente.
—Ya... —Contestó mi madre no muy convencida—. ¿Pero hay algo entre vosotros?
Hice una pausa pensando en qué decirle. Finalmente decidí decirle la verdad para que así dejara de preguntar. Era agobiante y asfixiante.
—Toc. Toc. ¿Se puede? —Mi profesor Salvador asomó la cabeza por la puerta.
—¡Salvador! —Exclamé contenta—. Sí. Sí. Claro pasa. —Me incorporé un poco más en mi cama.
Este pasó y se puso a los pies de mi cama apoyando sus manos en la barra de metal, y le dedicó una amable sonrisa a mis padres.
—Buenos días.
—Buenos días. —Contestaron ambos a la vez.
Salvador me miró y me sonrió.
—¿Cómo te encuentras María? —Preguntó.
—Mejor que nunca. —Contesté satisfecha.
—Me alegro. —Se detuvo un momento y luego exclamó—. ¡Y tanto que se te nota! Te ha crecido el pelo, estás más delgada y tus ojos son más azules. Estas como... Llena de vida. —Dijo con un suspiro de admiración.
—Eso dicen. —Sonreí y me encogí de hombros, quitándole importancia.
—Pero en muy poco tiempo. —Dijo él de repente, y noté que el tiempo se detenía.
—Ya. Es increíble, ¿verdad? Se vé que me hacía falta descansar. —Le respondí haciéndome la tonta.
—No se... Es... Extraño...—Dijo pasándose una mano por el pelo. ¿Extraño? Noté como la temperatura del ambiente caía en picado, hacía frío, ¿o era impresión mía? Salvador se giró a mis padres—. ¿Pueden dejarnos un momento a solas?
Ellos se miraron perplejos y asintieron y se levantaron para irse.
—Claro, no hay problema Salvador. Estaremos en la cafetería. Llamanos si necesitas algo María, ¿vale? —Dijo mi madre.
—Vale.
Salieron de la habitación. Salvador me miró muy serio y luego se sentó en el sillón a mi lado. Nunca le había visto tan serio y eso me daba mala espina. Tragué saliva. Parecía ser que iba a tener otro interrogatorio. Me aferré a las sábanas con fuerza y le miré. Hubiera dado todo lo que tenía porqué Leo hubiera estado en ese momento aquí conmigo, pero no lo estaba. Le aguanté la mirada a Salvador y un silencio eterno apareció entre nosotros.
—Bueno María... —Empezó diciendo—. Parece que te encuentras mejor... ¿O me equivoco?
Volví a tragar saliva. ¿Qué pretendía?
—No te equivocas, has acertado. —Cogí aire—. Sí. Me encuentro bastante mejor. Gracias por preguntar.
—De nada. —Hizo una pausa—. Bien... —Dijo adoptando una postura como del malo del interrogatorio poniendo en contacto las yemas de los dedos de ambas manos, cerca de su boca y de su nariz—. Solo quería saber qué ha pasado. —Abrí la boca para responder pero el me indicó con la mano que me callase—. Chist. Dejame terminar. —Cerré la boca y fruncí el ceño—. Lo he presenciado todo, María. Lo han visto mis ojos, mis propios ojos, lo tengo clavado en mi mente. Sé lo que he visto, y nunca he visto nada igual. Ahora... —Se acomodó en el sillón—. Quiero que me cuentes que ha pasado. —Volví a abrir la boca para rechistar pero vuelvió a detenerme—. Agradecería que me lo contarás con pelos y señales pero si no quieres, no te obligaré, que lo sepas. Así que puedes “resumirlo” si te parece esa la palabra adecuada. —Cogí aire—. Solo quiero saber la verdad María. Y sé que tú la sabes pero que no quieres contarla o en este caso contármela.
Abrí la boca. ¿Qué no me obligaría? Eso lo dudaba. Conocía a mi profesor Salvador lo suficiente pero esta faceta suya de “detective” nunca la había visto ni conocido antes. Daba miedo, bastante miedo. ¿La verdad? ¿Quería que le contara la verdad? La verdad era muy complicada y muy pocas personas estábamos dentro del ámbito o del grupo que la entendía. Pero si insistía... Ya vería que podía hacer para que se quedase satisfecho y para que no supiera más de lo que le correspondía.
—¿Quiere saber la verdad, profesor? —Dije bajando la cabeza y endureciendo mi voz—. ¿Quiere saber la verdad? —Repetí. Y esta vez mi voz sonó bastante dura. Salvador palideció. Parecía ser que le había cogido por sorpresa. Así que levanté la cabeza y le miré con expresión seria—. Con mucho gusto se la contaría pero verá... —Me pasé la mano por mis labios—. Me encuentro en una situación en la que no puedo contársela a nadie.
—¿Ni a mí? —Me interrumpió.
Le hice callar con la mano como él me había hecho antes.
—No me interrumpa, profesor. Estoy hablando sobre algo que quiere saber y si me interrumpe creo que nunca se la voy a contar. ¿Entendido? —Él asintió con la cabeza. Parecía intimidado y eso era buena señal—. De acuerdo. Perfecto. —Le miré clavando mis ojos azules en los suyos tan marrones como el chocolate. Al final le contaría la verdad y así se quedaría satisfecho. Si se lo creyese o no era cosa de él, no mía, y dependiendo de la reacción que tendrá cuando se lo haya contado todo, pensaré en si debo manipularle la mente o no. Así que allí fui—. Lo que ha visto ahí fuera no es nada normal, y eso es algo en lo que ambos estamos de acuerdo. ¿Me equivoco? —Alcé una ceja y él negó con la cabeza. Parecía ser que ahora los papeles se habían intercambiado y eso me provocó una leve sonrisa—. Lo que ha visto ahí fuera era una posesión, Salvador. —Dije firmemente y este palideció—. Entre un humano y algo divino, irreal, fantástico... Exactamente entre yo y una mujer llamada Kattirva. —Le miré—. Ahora mismo tendrá muchas preguntas y se las puedo responder sin necesidad de que me las formule. Así que empezaré por el principio. —Cogí un poco de aire y empecé a hablar—. Llevo a Kattirva dormida dentro de mí desde que nací. Sí busca en Internet el término puede que le aparezca si tiene suerte, claro está y sino... no. ¿Qué es Kattirva? Bueno... ¿Quien es Kattirva? Pues Kattirva es exactamente una “fusión” entre 6 deidades que jamás pensó la humanidad de hoy en día que existieran; exactamente de Nix, la diosa y titánide de la noche griega, hija del Caos; de Gea, la hermana de Nix, y titánide de la tierra, a parte de diosa de la naturaleza; de Tetis, la hija de Gea, y titánide de los mares y océanos; todas ellas griegas: Nix, Gea y Tetis; de Nut, la diosa del cielo y de la creación egipcia, y madre de la famosa Isis; de Nirvanna, la titánide de la nada, de lo invisible, de lo inexistente y de lo oculto, procedente de la cultura del Inframundo; y de Kathy, la reina de la raza vampírica, diosa de la sangre, el dolor y de la tortura, y madre original de Deagow Maximilius Drasmasters Kuel, quien es el origen del apocalipsis, antiguo satanás y rey del Olympus y de la existencia. ¿Qué como ha llegado hasta a mí? Pues fácil... Por pura elección. —Hice una pausa—. Ella, Kattirva, buscaba a alguien, a un humano, bueno... “Humana” donde hospedarse y me encontró. ¿Por qué la eligió, a María... A mí? Según ella por el amor que siento por los míos, porqué las personalidades de ambas son muy parecidas. ¿Cuando me dí cuenta que pasaba algo? Todo empezó hace unos meses cuando Kattirva empezó a “despertarse”. Mi humor cambiaba, estaba distinta... Tenía dolores de cabeza, no pensaba con claridad, veía cosas que nadie más veía y demás... Pero se vé que los efectos de Kattirva ya empezaron a desarrollarse antes, porqué conocí en un foro de Internet a un chico, Jonny, que me dio el personaje de Kattirva. Allí había más gente y a partir de ahí conocí a Kattirva, su historia, quien era... Todo. Pero nunca llegué a pensar que estaría dentro de mí. Hace una semana más o menos Kattirva empezó a hablarme mentalmente. Y hace dos días, cuando ya se había despertado por completo quiso poseerme, y ahí es donde entra lo que usted vio. Esas encapuchadas sabían de la existencia de Kattirva. No sé como, pero también sabían que estaba dentro de mí, y donde estaba. Así que me capturaron cuando salía de su clase y prepararon el ritual con el objetivo de que la posesión se completara. En otras palabras... “querían liberarla”. Yo me negué y me resistí porqué sabía de qué era capaz Kattirva si al final era liberada pero Kattirva insistió y como era más fuerte... Tuve que pedirle un pacto... Una fusión para así conseguir llegar a un acuerdo que nos beneficiara a ambas y para que de este modo, no se liberara. Hablé con ella y aceptó. Cuando me desmayé solo había aceptado la fusión. Durante los dos días que estuve inconsciente empezó a fusionarse mi personalidad y parte de mi cuerpo... Y ahora... Ahora ya está todo completado y finalizado. Ahora ya no tengo a Kattirva hablándome en la mente ni dentro de mí, sino que ahora somos una misma persona... Una misma esencia. Y eso pasó esta mañana. —Él tragó saliva y cerró los ojos como asimilándolo—. Una fusión no es algo que pase de un día para otro, necesita tiempo y al ser humana han tardado unos 2-3 días, pero con otra “especie” puede tardar semanas e incluso años, no lo sé. Hoy por la mañana cuando estaba con Leo, se terminó la fusión. —Salvador abrió los ojos y me miraba intentado comprenderme—. Noté una especie de energía... “Absorbí” la vida y los recuerdos de Kattirva. Reconocí a la familia de Kattirva y lo supe todo de ella, todo. Mientras tanto, mi físico y el suyo también se fusionaron, y cuando abrí los ojos tenía esta apariencia, y ya no pensaba igual. Ahora ya no somos dos mujeres, sino una misma. Respondo al nombre de María, pero también al de Kattirva. Es... Difícil de explicar. Nunca me había sentido así, nunca. Es una sensación rara. Piensas... De otra forma, aunque sigues teniendo tu parte “humana” ahí, pero también está la parte “divina”, y ese equilibrio es el que me hace ser como soy ahora. —Cogí aire—. Mis sentimientos por la familia de María, sus amigos y seres queridos, no han cambiado en absoluto; por eso le reconozco y sé quien es, profesor. Pero también sé quienes son los familiares y seres queridos de Kattirva. Es “complicado” porqué hablar en tercera persona es raro para mí. Pero sigo siendo yo misma, su alumna... Solo que ahora las cosas son muy distintas. ¿Qué pasará a partir de ahora? No lo sé. Solo sé que me iré con Leonardo. —Salvador levantó una ceja como preguntando quien era—. Es el amor de Kattirva. —Respondí—. El amor de su vida, aunque es un demonio, y eso es lo de menos. —Dije quitándole importancia. Él suspiró quedándose más tranquilo—. Hoy me darán el alta, y me iré. Ahora él no está aquí, pero volverá dentro de un rato. —Suspiré—. Y eso es todo. —Salvador cerró los ojos y se masajeó las sienes como intentando asimilarlo todo—. Querías repuestas, la verdad, y ahí la tienes. Esa es la verdad, lo que ha pasado. Sé que es difícil de explicar pero así son las cosas.
Salvador se quedó en silencio durante unos segundos que me parecieron minutos, pero yo no abrí la boca. Necesitaba tiempo para asimilarlo todo. Al cabo de unos 10 minutos, abrió los ojos y me miró.
—Dios, María... —Empezó diciendo—. Lo que me has contado va por encima de mis posibilidades tanto físicas como mentales. Es... Increíble.
Le miré.
—Lo sé, Salvador. —Hice una pausa—. Pero esa es la verdad. Hubiera podido ocultarte cosas pero no me gusta mentir y creo que merecías saberlo.
No me gustaba hablarle a Salvador de “usted”, ya que nuestra relación (profesor-alumna) era lo suficientemente fuerte para hablarnos de “tú” y no de “usted”. Salvador se levantó y me miró con esos ojos tan marrones, tan característicos de él. Me incorporé un poco para verlo mejor. Se me acercó y me abrazó. El abrazo me pilló desprevenida.
—¿Seguirás con tus estudios en la universidad? —Preguntó separándose un poco.
—No lo sé, pero ahora mismo la probabilidad de que vuelva es mínima.
—¿Tan segura estás?
—Sí. Ya que ahora soy lo que soy, debo aprender a controlarme a mí misma y a los poderes que tengo. —Le miré y le sonreí con ternura—. No me gustaría causar daño a la gente que quiero ni a nadie, y tú estas en esa lista.
Salvador tragó saliva y supe que era porqué se le estaba formando un nudo en la garganta. Vi como sus ojos se empañaban, la nariz se le volvió algo roja y sus labios empezaron a temblar. Una lágrima cayó por su mejilla. Nunca le había visto llorar y creo que nunca más volveré a hacerlo.
—¡Oh María! —Me volvió a abrazar.
Era la segunda vez que Salvador me abrazaba en poco más de 5 minutos, pero me daba igual. Se agradecía. Pasé mis brazos por su espalda y entrelacé mis manos para sujetarlo. Le quería tanto... Era una persona maravillosa, bondadosa y gentil. Me recordaba a mi abuelo Emilio. Acaricié su hombro con mi mejilla y sonreí. “Mi Salvador, mi Salvador... Si le quiero.” Pensé mentalmente. Salvador estalló a llorar, y mientras lo hacía, le acariciaba la espalda con ternura. Nunca había visto a un hombre como él llorar, pero la verdad era que se me había encogido el alma. Saber que ese alguien estaba llorando por tu culpa... No se podía soportar. Un sentimiento de culpa apareció... Tan grande que notaba como me ahogaba... Como me asfixiaba... Pero había que salir hacia adelante. Noté como se me volvía a formarse un nudo en la garganta. “Esto ya es demasiado.” Pensé. “No volveré a llorar”. Así que cogí aire y respiré lentamente, cogiendo aire por la nariz y echándolo por la boca.
—Chissssssst. Volveré a la universidad aunque sea solo para verte. Aunque hubiera deseado no irme jamás de allí.
Salvador se secó las lágrimas y me miró.
—Pues no lo hagas.
—Sabes que debo hacerlo, Salvador. Pero volveré. Te lo prometo. —Dije cogiéndole de las manos y sonriendo.
—Vale. —Suspiró él, y se sacó una tarjeta del bolsillo interno de la chaqueta y me lo dio. Cogí la tarjeta con su número de teléfono escrito—. Por si me necesitas para cualquier cosa, María. Así cuando vengas podrás avisarme.
Apreté la tarjeta en mi mano.
—Claro. No lo dudes. —Afirmé y supe que eso era una promesa.
Salvador me miró y me sonrió.
—Estas preciosa.
—Gracias. —Me toqué un mechón del pelo—. Forma parte de esta “fusión”. Pero sigo siendo la misma, ¿recuerdas? —Dije alzando una ceja.
—Sí. Lo recuerdo. Y me alegra mucho de que sigas siendo la misma.
Nos quedamos unos minutos en silencio, cada uno con sus pensamientos. Al final Salvador se levantó.
—Debo irme, María. Ahora que estás bien.... Recuperada... Estoy más tranquilo.
—Me alegro. —Le respondí.
—Y... —Hizo una pausa—. Gracias por contarme la verdad. Te lo agradezco muchísimo, ni te lo puedes imaginar.
—No es nada, y he estado encantada. Creo que ha sido lo mejor.
—Sí. Lo mejor. Bueno... Si necesitas algo, ahí tienes mi número. Llamame para lo que necesites, aunque creo que estarás bien.
—¡Claro! No lo dudes.
En ese momento entró Leo con unas bolsas de ropa y se nos quedó mirándonos. Salvador se giró a mirarle, pero sin perder la compostura.
—Nos vemos María.
—Nos vemos Salvador.
—¡Ciao!
—¡Ciao!
Salvador se fue pasando por el lado de Leo. Él no dijo nada. Solo Salvador cerró la puerta, él dejó las bolsas en el armario y caminó hacia a mí.
—Buenas. —Dijo él.
—Buenas Leo. —Le contesté mientras se sentaba a mi lado.
—¿Ese era tu profesor? —Preguntó.
—Sí. Salvador. Viene todos los días a visitarme. Fue él quien me trajo aquí.
—De acuerdo. —Dijo asintiendo con la cabeza.
—¿Donde has estado? —Pregunté.
—Haciendo unas compras.
—¿Para qué?
—Para ti, para cuando salgas de aquí.
—Ah. ¿Y qué me has comprado? —Dije con una sonrisita.
—Cosas. —Hizo una pausa—. Te echaba de menos. —Me dijo.
—Y yo a ti.
—Lo sé.
—Eres muy listo.
—No sabes cuanto. —Dijo y me dedicó una de esas sonrisas tan seductoras.
Se levantó, fue hacia al armario y sacó algo metido dentro de una bolsa pequeña.
—Cierra los ojos. —Ordenó.
Hice lo que me pidió y se me acercó.
—Adivina que es.
—¿Puedo tocarlo?
—Claro.
Me acercó la bolsa. Empecé a palpar la bolsa. Estaba metido dentro de una caja de cartón no muy grande, algo alargada. Umm... Aquí dentro cabía poca cosa, a no ser que fuera....
—¡Un i-Phone! ¡Me has comprado un teléfono móvil! —Dije abriendo los ojos.
—Sí. Eso he hecho. —Dijo sacando de dentro la caja con el móvil.
Saqué el teléfono y miro que ya estaba con mi tarjeta SIM, mis contactos, y mi música favorita. Pero había dos números más: El de Salvador y el suyo. ¿Como sabía que Salvador me había dado su número? Este chico era una caja de sorpresas. Pero daba igual. Era todo un detalle.
—Pero mira... Hay más. Mira dentro de la bolsa.
Metí mano a la bolsa y saqué una funda dura con el símbolo de los Drasmasters, con el fondo negro.
—¡Oh Leo! Es... Todo un detalle.
Le abracé dándole un beso.
—De nada tesoro.
Coloqué la funda en el móvil y lo miré. Perfecto. Leo se me tumbó a mi lado y me cogió el móvil.
—Para que siempre te acuerdes de mí. —Dijo cogiéndome por la cintura y pegándome a él, sonreí, nos hizo una foto, y la colocó de fondo de pantalla—. ¡Ale! Teléfono estrenado. —Dijo satisfecho y me devolvió el móvil.
Miré la foto. Los dos sonriendo, abrazados, con las cabezas apoyadas en el otro.
—¿Te gusta María?
—Ummm... —Contesté.
—Lo cogeré por un sí.
—Ummm... —Sonreí—. Como prefieras.
—¡Así que ahora sabes hablar! Yo pensaba que se te había comido la lengua el gato.
—No. —Negué con la cabeza—. Estaba esperando a que me la comieras tú.
Leo alzó una ceja.
—Pues eso cambia las cosas, y mucho. —Y vi un destello en sus ojos.
Me lamí los labios, y dejé el móvil en la mesa-carrito con la bolsa y los complementos de este, antes de que Leo se abalanzase sobre mí, cogiéndome por la cadera y pegándome a él, mientras con la otra mano me coge de la barbilla y me besaba. Era un beso con ímpetu, en el que su lengua invadía mi boca, y viceversa. Gemí pero Leo no paraba. Me aferré más a él, cogiéndole del pelo porqué supuse que le gustaría, y estiré. Leo soltó un gemido. Mis manos recorrieron su cuerpo hasta su erección y la apreté con la mano.
—¡Dios Kat! —Dijo Leo—. Querías que te comiera la boca pero como no pares terminaré comiéndote otra cosa, pero no puede ser.
¡¿Qué había dicho?! ¿Qué no podía ser? ¡Me estaba rechazando!
—¿Me rechazas? —Pregunté.
—Sí. Solo que van a venir a darte el alta dentro de 5 minutos, porqué tienes novio y porqué no quiero que nos pillen en pleno polvo, así que lo posponemos para más tarde, ¿vale? Así que no te enfades. —Dijo cogiéndome de la barbilla y haciendo que lo mirara a los ojos. Fruncí el ceño, sin estar muy convencida—. Hay que ver que guapa estás cuando te enfadas. —Y me dio un beso en la cabeza.
Suspiré y me aferré a él pasando mi brazos por su cintura. Escondí la cabeza en su pecho y aspiré su aroma, lo que hizo que me calmase. Ummm... Leo se dio cuenta y me pasó un brazo por los hombros. Como siempre, sabía lo que necesitaba en cada momento.
—Te quiero. —Me dijo.
Suspiro.
—Lo sé, Leo.
—Aunque ahora no me quieras porqué me terminas de conocer, espero que en el futuro llegues a hacerlo.
Suspiré.
—No sé.
—¿No sabes?
—Ya sabes que ha pasado todo en muy poco tiempo, y agradezco tus palabras Leo, pero cuando lo sienta te lo diré.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Leo me abrazó más fuerte.
—Oh.
—¿Estás bien? —Pregunté.
—Sí. Estoy bien.
—No estoy muy convencida.
—Pues tienes que estarlo porqué es la verdad.
Suspiré.
—Eres un cabezota, ¿lo sabías?
—Ya. Pero más que tú.
—¡No! Yo no lo soy.
—Si que lo eres.
—¡Que sí!
—¡Que no!
—¡Que sí!
—¡Que no!
—Pues... ¿Empate? —Dije finalmente alargando la mano.
Leo se lo pensó durante unos segundos, y al final me estrechó la mano sonriendo.
—Empate. —Dijo pegando su boca a mi oído—. Pero no me doy por vencido.
—Lo sé. —Dije con una sonrisa—. Y no quiero que lo hagas. —Susurré en su oído.
Leo se quedó callado y con la mirada perdida al frente. Estaba pensando en algo. Le miré e intenté entrar en su mente pero una gruesa pared me lo impedía. Fuera lo que fuera no quería que lo supiera, y eso me ponía de los nervios. Seguí mirándole y me fijé en su perfil, y en sus facciones. Era tan guapo, tan bello... Y me quería. Me sentí afortunada. En ese momento entraron mis padres en la habitación sonriendo y hablando sin parar. Se les veía animados. Leo ni se inmutó de ellos y los miró.
—Hola María. ¿Ya se ha ido Salvador? —Preguntó mi madre.
—Sí. Hace nada.
—¿Eso es un i-Phone? —Dijo señalando el teléfono que descansaba encima de la mesita-carrito, con la bolsa y todos sus complementos.
—Sí. —Contesté—. Es un regalo de Leo.
Leo miró a mis padres fijamente.
—Espero que no les importe, creía que María se merecía un teléfono mejor que el Sony que tenía. Así que lo he vendido y he sacado 800€ por su venta.
Suspiré. Sí. Este ya era el Leo que tanto conocía. Que no me dejara entrar en su mente y tanto silencio estaba empezando a preocuparme y mucho.
—No. No nos importa. —Dijo mi padre—. Solo que no lo esperábamos. ¿Y donde está el dinero?
—En la cuenta corriente de María. He pedido que se lo ingresen y pueden ustedes comprobarlo de que ahí están los 800€.
Mi padre se quedó sin palabras. La eficiencia de Leo era asombrosa. Mi madre se dio cuenta de ellos y le propició un suave codazo a mi padre para que reaccionase.
—Pues gracias, Leo. —Respondió mi madre.
—De nada, Rosa.
En ese momento entró la doctora Fernández con una carpeta en la mano, exactamente con la misma que llevaba cuando fue a verme, ayer.
—Buenos días a todos. —Dijo sonriendo.
—Buenos días. —Contestamos todos a la vez.
La doctora Fernández abrió la carpeta y nos miró.
—Ya tengo los resultados del electroencefalograma, y debo comunicarles de que ha salido muy bien, y de que los resultados son buenos y normales. Así que puedo darte el alta ahora mismo, María. ¿Te parece bien? —Dijo mirándome.
Los 4 se giraron a mirarme, esperando mi respuesta. Tragué saliva.
—¡Claro! Sí. Deme el alta ahora mismo. Por favor.
—Por supuesto. —Dijo ella, y fija la mirada en la carpeta. Apuntó unas cosas y firmó en ellas—. Listo. Pues te doy el alta María. Cuando quieras, puedes irte.
—Gracias doctora. —Contesté sonriendo.
—Un placer conocerles a todos. —Dijo estrechando la mano a mis padres, a Leonardo y a mí—. Nos vemos. Adiós.
—Adiós. —Contestamos todos a coro.
Y desapareció por la puerta.


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