martes, 11 de junio de 2013

Capítulo 3

Abrí los ojos lentamente y miré a ambos lados. Leonardo seguía durmiendo en el sillón. Sonreí. Daba gusto verlo dormir sin que se metiera conmigo cada dos por tres. Sonreí con ternura. Mi madre seguía durmiendo en la cama-mueble. Pestañeé. No tenía ni idea de qué hora era. Leo bostezó, abrió los ojos y me miró.
—Buenos días. —Dijo.
—Buenos días. —Contesté—. ¿Has dormido bien?
—Sí. ¿Y tú?
—También bien. —Dije sin demasiada importancia.
—Hoy es el gran día.
—¿El gran día?
—Sí. El día que te hacen el electroencefalograma.
—¡Ah! Sí. Es verdad. Se me había pasado por alto.
Me miró y luego sonrió. ¿En qué estaba pensando?
—¿En qué piensas, Leo? —Pregunté.
—En lo divertido que será este día.
—No sé que le ves tú de divertido.
El me sonrió de esa forma que solo él sabía hacerlo como intuyendo la que se avecinaba. Le miré y lo capté. ¡Los resultados del electroencefalograma! Lo que él me había dicho ayer. Era eso lo que veía de divertido.
—Ya lo cojo. —Respondí.
—Bravo. —Ladeó la cabeza.
—¿Sabes cuando vendrán a hacerme las pruebas?
—Sí.
—¿Cuando?
—Dentro de un rato.
—¿Eso cuanto tiempo es?
—Dentro de una hora
—¿Qué hora es?
—Las 8 de la mañana. Dentro de medía hora te traerán el desayuno y después te llevarán a hacerte el electroencefalograma.—Dijo muy convencido.
—Vale. —Miré a mi madre.
—No vas a despertarla.
Le miré alzando una ceja.
—Es fácil saber en lo que estás pensando.
—Eso es trampa.
—No es ninguna trampa.
—Me lees la mente.
—Leo el lenguaje corporal nada más.
—Sigue siendo trampa.
—No lo es.
—Sí que lo es.
—No lo es.
—¡Que sí!
—Que no.
—¡Que sí!
—Mira María... —Se pasó una mano por el pelo y se incorporó mirándome—. Podemos seguir así horas y horas, y creo que no sacaríamos nada de provecho así que es una tontería seguir con esto.
Tragué saliva y asentí.
—De acuerdo.
—Buena chica. —Se levantó y le miré preguntándome a donde iba. El pareció leer mi pregunta no formulada y me contestó—. Voy al baño a asearme. —Asentí y este desapareció por la puerta del baño y cerrándola.
Mi madre bostezó y se frotó los ojos. Se notaba que le hacía falta descansar. Nunca la había visto así. De momento llamaron a la puerta y mi padre y Efrén asomaron la cabeza.
—¿Se puede? —Preguntó Efrén con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Efrén! ¡Papá! Adelante. Pasad. —Les contesté sonriendo.
Estos pasaron y cerraron la puerta. Efrén es un chico alto (medirá sobre el 1'80m), de pelo negro rizado y corto, de ojos marrones como el chocolate, de complexidad normal, con una enorme sonrisa. Le conocí por lo de mi reinado, él era el fotógrafo y yo la reina y desde entonces no nos habíamos separado desde que el día de San Juan en el que me pidió que fuera su novia y yo acepté. Llevaba su camisa morada con unos vaqueros negros algo desgastados y unos botines negros. En cambio, mi padre es un hombre algo alto, (medirá 1'75m). Tiene poco pelo, alrededor de la cabeza por detrás y un poco en la coronilla de un tono gris blanquecino. Es de complexidad grande, con delgadas piernas, y bastante tripa. Llevaba la barba de unos días, pero no tenía intención de quitársela. Sus ojos son verdes oscuros tirando a marrones. Vestía con unos vaqueros, unos zapatos negros, una camisa a cuadros y un jersey negro de lana que le colgaba del brazo. Mi madre se levantó y corrió a abrazar y a darle un beso a mi padre que este le correspondió, mientras Efrén se sentó en la cama a mi lado y me dio un beso en los labios. Mi padre se separó de mi madre y se me acercó.
—¿Como te encuentras, cariño? —Preguntó mi padre.
—Bien. Estoy bien papá. —Y este me dio dos besos en las mejillas.
—Nos diste un susto de muerte. —Dijo Efrén.
—Lo siento cariño. —Y bajé la cabeza—. No sé que paso... Yo... —Y noté como se me llenaban los ojos de lágrimas.
—¡Oh cariño! No pasa nada. Lo importante es que estás bien. —Respondió Efrén y abrazándome mientras me secaba las lágrimas.
Asentí.
—Sí.
En ese momento salió Leo del baño. Llevaba el pelo mojado y echado hacia atrás. Se había cambiado y lleva unos vaqueros, una camisa blanca y una chaqueta de cuero. Estaba realmente atractivo. ¡Dios! Hizo que las hormonas se me disparasen y se me alterasen. Me miró dedicándome esa sonrisa suya que conocía tan bien y me sonrojé bajando la cabeza. Miró a mi padre que se ponía de pie y le estrechaba la mano. Los miré.
—Leonardo Brown.
—Pascual Plá. —Respondió él estrechándole la mano con fuerza.
—Un placer.
—Lo mismo digo.
Seguidamente hizo lo mismo con Efrén, aunque veía signos de rivalidad ya que la atmósfera cambió y se tensó tanto que podía cortarse con un cuchillo.
Me asombraba ver tantos modales y educación, entre Efrén, Leo y mi padre.
—Leonardo está aquí por parte del gobierno, Pascual. —Dijo mi madre.
—¿A sí?
—Sí. Está al cargo de María.
Mi padre y Efrén fruncieron el ceño. Parecía que no estaban muy convencidos. Miré a mi padre y le dediqué una cálida sonrisa.
—Papá... —Él me miró—. Puedes fiarte de Leo.
Suspiró.
—De acuerdo.
Sonreí y Efrén me cogió de la mano con fuerza aferrándose a mí. Leo dio la vuelta y ocupó su lugar en el sillón, lo que aprovechó mi madre para coger sus cosas del armario y meterse en el baño a toda prisa.
—Así que del gobierno... —Dijo mi padre acariciándose la barbilla.
—Así es, señor Plá. —Contestó Leo firmemente.
—¿No eres muy joven para ocuparte de alguien como mi hija?
—No señor. Estoy perfectamente cualificado para ocuparme de María. Sino... No me hubieran elegido para estar aquí con ella. ¿No cree? Además el gobierno le gusta hacer las cosas bien, y no dejar las cosas a medias.
Mi padre ladeó la cabeza intentando comprender a Leo. Este no había contestado a la pregunta que le había hecho Leo pero siguió preguntándole más y más cosas, para así averiguar si podía fiarse de él o no. Mi padre es así de protector. Soy su única hija y se preocupa muchísimo por mí. Siempre tiene que saberlo todo sobre mí: Con quién he estado, sobre qué he hablado, donde he estado, qué he estado haciendo... Todo. Leo estaba callado sin decir nada ya que sabía que mi padre hacía lo correcto, y él lo respetaba.
—¿Y qué tiene que ver el gobierno en todo esto, señor Brown? —Preguntó mi padre.
—Mucho. Exactamente todo. El gobierno tiene varios departamentos, unos más conocidos y otros menos, y en este caso y yo me encargo de uno de ellos. Exactamente del que le corresponde a su hija, María. —Me miró antes de seguir hablando—. Sabemos lo que le pasó, aunque es difícil de explicar. Pero le aseguro que está en buenas manos. —Sonrió.
—No sé que decirle. Me asombra y me desconcierta todo lo que me dice.
—Eso es normal, pero no se preocupe. Me encargaré de que su hija esté a salvo.
Leo pronunció el “a salvo” lentamente mirándome de reojo, lo que hizo que tragara saliva y que me imaginara lo peor.
—Eso me reconforta, señor Brown. —Respondió mi padre sonriendo levemente.
—Me alegra oírlo. —Dijo Leo con total naturalidad.
Les miré a los tres y me mordí el labio. Efrén me miró y me presionó el labio inferior con el dedo mientras me dijo con voz ronca.
—No te muerdas el labio María. —Con lo que consiguió que me derritiera.
Esta conversación entre Leo y mi padre me había puesto nerviosa, aunque estaba Efrén para tranquilizarme. Estaban siendo educados pero en realidad no se decían lo que realmente querían decir. Se callaban cosas, lo que hizo que se creara una ligera tensión en el ambiente. Y esa ligera tensión me estaba matando. Mi madre salió en ese momento del baño, y me relajé enseguida. Se había quitado su pijama y se había puesto unos pantalones de lino negros, unos zapatos de color camel, y un jersey fino de color rosa. Se había hecho el pelo y había maquillado un poco. Ella nos sonrió a los tres y miró a mi padre:
—Pascual y Efrén, ¿Queréis que vayamos a tomarnos algo a la cafetería?
Mi padre la miró sin entenderlo y al final aceptó asintiendo con la cabeza. En cambio, Efrén negó con la cabeza. No quería separarse de mí, y menos con Leo delante. Mi padre se levantó y nos mira a Leo, a Efrén y a mí.
—Volveré antes de que se te lleven a hacerte las pruebas. Te quiero cariño. —Y me depositó un suave beso en la frente.
Seguidamente mi madre salió de la habitación con mi padre que no había abierto la boca. Leo y Efrén se miraban. Había tensión... Mucha tensión. Les miré a los dos.
—Leo y Efrén. ¡Parad! —Chillé sin poder soportarlo más—. Está tensión me está matando. —Dije cogiéndome del pelo—. Sé que no os soportáis pero disimuladlo más o intentad llevaros bien, aunque sea por mí, ¿vale? ¡Soy yo la que me he desmayado y la que está aquí! Así que... ¿podéis dejar vuestras diferencias a un lado, por favor?
Efrén y Leo se miraron y al final asintieron a la vez.
—De acuerdo. —Dijo Efrén—. Por ti lo haré cariño. —Me besó en la cabeza.
Suspiré aliviada, y seguidamente miré a Leo que no había hablado.
—Leo... —Le reproché.
El me miró y puso los ojos en blanco y finalmente dijo:
—Valeeeeeee.
Sonreí y aplaudí.
—Perfecto. Ahora daros la mano. —Ellos dudaron pero finalmente se la estrecharon—. Y ahora... —Sonreí divertida y me señalé las mejillas—. Dadme los dos un beso.
Efrén y Leo se quedaron blancos.
—No me miréis así, lo quiero, y vais a hacerlo sí o sí. Ya sabéis que puedo ser muy cabezota.
Volvieron a suspirar y me lo dieron. Sonreí y noté una descarga que venía de Leo y que hizo que me recorriera la columna vertebral. Me quedé en shock. De pronto, aparecieron imágenes en mi cabeza, lo que hizo que cerrara los ojos: Kattirva con Leo besándose, haciéndose caricias, riendo... Los dos parecían enamorados y felices. De momento, Leo habló con Kattirva y ella agachó la cabeza como triste. Ella le suplicó que no la abandonara pero él no cambió de opinión. Leo le acarició la cara con ternura a Kattirva y le dijo: “Siempre que estés esperándome, yo volveré a tu lado.” Ella le contestó: “Eso siempre, Leo. Siempre te esperaré.” De pronto, él se fue alejándose de ella. Kattirva lloró destrozada. Las imágenes desaparecieron de mi mente y abrí los ojos. Entonces vi al hombre enamorado que es Leo, y supe que Kattirva le amaba y a lo mejor dentro de un tiempo llegara a hacerlo yo. Leo pareció darse cuenta de lo que había visto y sonrió contento.
—¿Lo has visto, verdad? —Preguntó.
Efrén se quedó paralizado y extrañado. Asentí.
—Sí. Lo he visto.
Leo se mordió la lengua ante la mirada de Efrén. Sé que había querido besarme pero que no podía.
—Leo... —Susurré.
—Calla. —Me tapó la boca con del dedo—. Chist. Lo sé. Lo sé.
—Leo... —Volví a susurrar.
—Mery... —Dijo él.
—Sí... —Respondí.
Leo me cogió de la mano y Efrén frunció el ceño. Miré a Efrén y le acaricié la cara con ternura y le sonreí.
—Él sabe lo que hace, no te preocupes. —Le susurré y él asintió.
Leo me apretó las manos y volví a notar esa descarga. Cerré los ojos dejando que ese algo me envolviese y me acariciase. Leo no se movió. Algo crecía en mi interior... Algo poderoso. Liberando una sombrosa energía y bienestar. Me relajé y dejé que ello tomase posesión de mí misma y que hiciera lo que tuviera que hacer. Vi símbolos: Drasmasters, Olympus...; y también personas: Bianca, Demetrius, Deagow, Dathesa, Laikos... Los reconocí y sentí un enorme amor y unas ganas reencontrarme con ellos. Eran mi familia y mis amigos, pero también tenía a Rosa, Pascual, a Efrén, y toda mi familia mortal. Sonreí y Leo lo notó porqué noté como sonrió. Lo tenía todo. Seguí con los ojos cerrados. Ese algo me cubrió por completo como expulsandome al exterior, a que abriera los ojos, y eso hice. Los abrí de sopetón, y me encontré con los ojos de Leo. Él sonreía más que nunca.
Leo acarició mi mano. Y vi que tenía la piel más pálida y blanca de lo normal, pero él no dejaba de sonreír. Miré a Leo y vi que él estaba con la boca abierta, atónito.
—Espera. —Dijo Leo, levantándose y saliendo de la habitación.
No dije nada. Me fiaba de él. Sonreí ya que tengo muy claro que era lo que debía hacer. Volvió enseguida con un espejo en la mano. Se sentó a mi lado y puso el espejo delante de mí para que me viera. Me miré y no me reconocí. Tenía la piel pálida. Estaba más delgada, y con más curvas. Y mis ojos eran de ese azul tan característico. Pero mis facciones eran las mismas y se podía comprobar y ver que era yo, solo que ahora tenía un nuevo look. El pelo rubio me ha crecido y me llegaba hasta la cintura. No tenía ojeras, las pestañas eran largas, espesas, densas y negras. Mis labios tenían un tono rojo pero suave. Mis mejillas desprendían un leve rubor. Abrí la boca y vi mis dientes blanquísimos, y perfectamente alineados. Sonreí mostrándolos y me acaricié la cara con la yema de mis dedos. Miré a Leo y este apartó el espejo y lo dejó en la mesita con ruedas que había al lado de mi cama.
—¿Qué te acaba de pasar? —Preguntó Efrén.
Miré a Leo y supe que él lo sabía.
—Es difícil de explicar. —Respondió Leo—. Pero no te preocupes. Es algo bueno, Efrén. —Clavó la mirada en mí—. ¿Qué te parece, María? —Preguntó.
—Fantástico. —Dije sonriendo—. Asombroso.
—Se darán cuenta, aunque no pasa nada. —Dijo respondiendo a mi pregunta no formulada—. Y si lo hacen será para bien. —Hizo una pausa—. Te ves llena de vida, más fuerte... Y eso hará que te den el alta hoy.
Sabía que iba a pasar. Conocía a Leo lo bastante y sabía que me acompañaría a hacerme el electroencefalograma aunque tendría que lidiar con Efrén, y sabía que manipularía a algún médico, cosa que a Leo se le daba de maravilla.
En ese momento entró un enfermero con la bandeja que llevaba mi desayuno. La dejó en la barra movible de mi mesita con ruedas y se fue sin decir nada. Efrén me la acercó y la destapó sonriendo. Umm... Un vaso de leche, con un sobre de Cola-cao, unas tostadas, un pequeño sobre con mantequilla y un cuchillo pequeño de acero. Me lamí los labios, y ataqué a mi desayuno. Ambos me miraron comer sin decir nada. Me terminé el desayuno y al momento entró el mismo enfermo que me retiró la bandeja y antes de irse se giró y me miró.
—Dentro de 15 minutos vendrán para hacerle el electroencefalograma, señorita Plá.
—Gracias. —Contesté.
Y este desapareció por la puerta. Efrén me miró y alzó una ceja.
—¿Quieres que te acompañe a hacerte el electroencefalograma?
Negué con la cabeza.
—No gracias cariño. Estaré bien. —Sonrío acariciándole la cabeza con ternura.
De pronto, entraron unos enfermeros. Leo cogió una bolsa del armario y salió de la habitación. Intuí que en la bolsa, llevaba una bata blanca. Efrén bajó de la cama y me cogió de la mano.
—Estaré aquí cuando regreses.
—¿De verdad?
—De verdad. —Me besó en los labios.— Te quiero María.
—Y yo a ti, Efrén, siempre.
Él sonrió y se apartó dejando hacer a los enfermeros su trabajo. Uno de ellos desbloqueó el freno, y bajó mi cama mediante el mando, hasta que estuve paralela al suelo y completamente tumbada; este subió unas barras de hierro a cada uno de los lados de mi cama y los ajustó. Empujó mi cama y esta se movió debido a que llevaba ruedas. El enfermero número dos, le ayudó a salir con mi cama. Salí al pasillo acompañada por ambos, y me llevó hasta un ascensor lo suficientemente grande para una cama como la mía sin tener la sensación de agobio. Ellos apretaron el botón de la segunda planta y bajamos, ya que estábamos en la tercera. Salimos a un amplio vestidor y me conducieron hasta una puerta que ponía: “Área de neurología”. Tragué saliva y entramos. Era una sala bastante amplia, blanca, con una recepción donde había una mujer con una bata blanca, y unas sillas. Esta sonrió a los enfermeros y estos me dejaron a un lado y se fueron. La mujer salió de la recepción y se me acercó.
—Hola María. —Dijo mirando placa que colgaba de la parte delantera de mi cama.
—Hola. —Dije sonriendo.
—La doctora Fernández vendrá enseguida.
—De acuerdo. —Asentí con la cabeza.
Me quedé allí tumbada sin saber que hacer, y la mujer volvió a ponerse a su sitio, detrás de la recepción. Me caía bien. Era morena con el pelo corto y rizado. Tendría unos 45 años, y tenía una gran sonrisa que me relajaba. De momento oí una voz que me resultaba muy familiar.
—Hola María. —Me giré y veo a Leo con la bata blanca en la que ponía: “Doctor Brown” con letras negras.
Le miré.
—Hola doctor.
Entonces la recepcionista salió a recibir a Leo.
—Doctor Brown. Que alegría verle.
—Lo mismo digo Inma. —Sonrió él educadamente.
—¿Qué hace aquí? Pensaba que estaba en Madrid. —Dijo ella.
—Ya. Pero tuve que volver por asuntos personales. Además la doctora Fernández y yo estamos al cargo de la señorita Plá. —Me miró de reojo sonriendo muy levemente.
—Entiendo. —Asintió ella—. Si necesita algo, ya sabe donde encontrarme.
—De acuerdo.
Inma volvió a recepción. Leo clavó mis ojos en mí y sonrió.
—Ahora eres mi paciente. —Dijo él.
—Así es. —Hice una pausa para coger aire—. Me encanta la habilidad que tienes para manipular las mentes de las personas Leo.
—Lo sé. Es una de las muchas cosas que te gustan de mí. —Encarnó una ceja—. ¿O me equivoco?
—Sabes de sobra que no.
Él sonrió y miró su reloj. Después me miró.
—No tardaremos mucho en hacerte el electroencefalograma.
—Vale.
Asentí con la cabeza.
—Solo estamos esperando a que lleguen los demás médicos para empezar.
Volví a asentir. La verdad es que no tenía nada que decirle. Lo que él hacía me parecía bien, y por eso no ponía ninguna pega. Sabía que había manipulado la mente de los otros médicos, ya que como era un demonio pues era su especialidad; y que estaba allí por ver la cara de los demás al ver mi actividad cerebral. Después de eso sabía que me darían el alta y que saldría de allí. A partir de ese momento, ya no sabía que iba a pasar. Leo me miró y me sonrió. Me era imposible enfadarme con él. Me relajé mirando el techo y pensé en todo lo ocurrido. Sí. La fusión estaba completa. Al 100%. Sonreí, y analicé mentalmente todo lo ocurrido hasta ahora. Leo estaba de pie a mi lado cogiéndome la mano con la mirada al frente. Me miré y me la apretó con ternura. Le devolví el apretón. En ese momento llegó la doctora Fernández, acompañada por un enfermero.
—Doctor Brown. —Dijo alargando la mano para estrechársela.
—Doctora Fernández. —Contestó este soltándome y estrechándosela.
La doctora Fernández me miró y me dedicó una sonrisa.
—¡Vaya! Te veo mejor. Mucho mejor, María.
—Sí. Me encuentro muy bien.
—Pues sí el electroencefalograma sale bien, te daremos el alta hoy mismo. ¿Te parece bien?
—Perfecto.
—¿Preparada? —Me preguntó.
—Sí. Preparada. —Contesté.
Leo me devolvió una sonrisa. Sí. Estaba preparado para lo que venía, aunque mantuvo la compostura. Era todo un profesional.
—Baja de la camilla, María. —Dijo la doctora Fernández.
El enfermero quitó las barras de metal, y desapareció por recepción. En menos de un minuto apareció con unas zapatillas de hospital de mi talla, y me las dejó en el suelo junto a la cama. Leo me ayudó a bajar ofreciéndome su mano, la acepté bajando de la camilla y poniéndome las zapatillas.
—¿Puedes andar? ¿Estas bien? —Preguntó Leo.
—Sí. Estoy bien. Gracias doctor.
—Te ayudo. —Dijo él sujetándome por el brazo.
—Gracias.
Caminamos junto con la doctora Fernández y el enfermero por el pasillo hasta una gran habitación con una camilla y con una maquina con unos cables con unos electrodos en los extremos, y enganchada a un ordenador con unos monitores. Leo me ayudó a tumbarme en la cama y me colocó los electrodos en mi cabeza. La doctora Fernández se puso con el ordenador poniéndolo en marcha.
—Cierra los ojos y relajate. —Dijo Leo.
—¿Me dolerá? —Pregunté.
—No. Esta máquina solo registra tu actividad cerebral.
—Vale.
Leo me besó en la frente, me sonrió acariciándome la cabeza con ternura y se colocó al lado de la doctora Fernández y del enfermero.
—¿Preparada? —Dijo la doctora.
—Sí. Preparada. —Contesté.
—Vale. Vamos allá.
Cerré los ojos. No noté nada, y los electrodos estaban fresquitos así que se estaba a gusto. De pronto oí un grito que hizo que abra los ojos.
—¡Dios mio! —Dijo la doctora Fernández—. ¡Mira su actividad cerebral! —Hizo una pausa—. Es... increíble. Nunca nos habíamos encontrado con algo así. —Dijo perpleja.
—Así es. Es... No tengo palabras. —Dijo Leo, aunque sabía que estaba llevándole la corriente a la doctora Fernández.
—Deberíamos hacerle más pruebas. —Respondió rápidamente la doctora.
—No lo creo. —Contestó Leo—. No es bueno.
—Me da igual si es bueno o no. Es MI paciente. —Hizo una pausa—. Deberíamos llamar al doctor García y los demás.
—¿No voy a hacerte cambiar de opinión, Isabel? —Preguntó Leo.
—No. —Respondió ella con seguridad.
—Pues voy a hacerte cambiar de opinión enseguida. —Dijo Leo. Su expresión se volvió seria y dura. Los ojos de ambos estaban clavados en los del otro. Supuse que era porqué Leo estaba manipulándola. Al final, después de unos segundos, él habló.
—Vas a darle el alta hoy y no vas a decirle nada a nadie, ¿de acuerdo? —Ella asintió como hipnotizada—. Dentro de 3 horas irás a su habitación y se la darás, ¿de acuerdo? Así que sal de esta habitación y ocupate de otros pacientes, María es MÍA.
—Sí. De acuerdo. —Asintió ella con la cabeza y desaparece de la habitación por la puerta sin decir nada a nadie y rápidamente como alma que lleva el diablo.
De momento, Leo se giró y me quitó los electrodos de la cabeza y los dejó sobre la máquina. Le dio a una tecla del ordenador y empezó a imprimirse mi resultado del electroencefalograma.
—¿Te has divertido? —Le pregunté a Leo.
—Muchísimo. —Respondió él con una sonrisa de lado.
—Me alegro, doctor.
Él alzó una ceja.
—No me llames doctor.
—De momento lo eres.
—Pero dentro de poco dejaré de serlo.
—¿Y? Mientras tanto te llamaré doctor.
—Como prefieras. Ya sabes que aquí la que manda eres tú. —Me dio un suave beso en los labios.
—De acuerdo. —Dije casi sin respiración.
Leo se giró y cogió la hoja impresa con los resultados del electroencefalograma. La plegó y se la guardó en uno de los bolsillos de su bata.
—Vamos. —Dijo ofreciéndome su mano.
Se la acepté, me levantó y me estrechó entre sus brazos. Escondió la nariz en mi pelo y espiró profundamente.
—Ummm... Que bien hueles. —Me quedé sin respiración—. Podría estar todo el día pegado a ti.
—Pues no lo hagas. —Respondí mientras me dejaba llevar.
Me cogió de la nuca me besó. Fue un beso salvaje, y noté como él estaba necesitado de mí y yo de él. Se lo respondí y antes de que me diera cuenta su lengua estaba invadiendo mi boca, y la mía la suya. Me pegué a él completamente pasando mis brazos por su cuello y noté su erección contra mi cadera.
—Lo que te haría ahora mismo... —Susurró—. Pero no puedo porqué tienes novio, y lo respeto aunque nunca he respetado nada.
—¿Y porqué lo haces ahora? ¿Porqué a mi?
—Porqué eres una excepción, ¿entendido? —Dijo demasiado serio para mi gusto y supe que la diversión se había terminado.
—Sí. Entendido.
—Bien.
Me cogió de la mano y me llevó hasta la recepción del área de neurología. Una vez allí, me quitó las zapatillas y me ayudó a subirme de nuevo en mi camilla. Leo volvió a ponerse en mi cabecera y me empujó hacia fuera. Recorremos los pasillos y volvimos a subir al ascensor hasta que llegamos a mi piso, una vez allí me condujo hasta la recepción del tramo donde tenía mi habitación.
—Metedla en su habitación. Es la 227. —Dijo Leo a la recepcionista.
—Enseguida doctor Brown.
Leo me miró.
—Vuelvo enseguida.
—¿Donde vas? —Pregunté..
—A cambiarme ahí dentro están tus padres, y tu “noviete” y como que entrando yo vestido así, no es buena idea, ¿no crees?
—Tienes razón.
—Vale. Nos vemos dentro de nada.
Y me dio un beso en la cabeza antes de desaparecer por los pasillos.



1 comentario:

  1. Me he leído hoy todos los capítulos del tirón. La idea está muy bien, engancha. Pero desde mi punto de vista se basa demasiado en el diálogo. Es solo una crítica constructiva, puede hacerme caso o no pero yo probaría a hacer descripciones más detalladas de las reacciones, pensamientos de los personajes, del ambiente... eso suele dar muchos puntos a una historia.

    Espero impaciente al siguiente capítulo.

    ResponderEliminar