miércoles, 5 de junio de 2013

Capítulo 2

Me desperté de pronto. Estaba sudada y temblando, pero no tenía sueño. ¡Dios! El sueño con Kattirva o lo que sea me había dejado trastornada. No sabía exactamente cuanto tiempo había estado durmiendo pero la verdad era que me encontraba muy bien como ella me dijo. Abrí los ojos, y estos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la luz que había. Estaba en una habitación de hospital individual de paredes blancas, con televisor, un mueble que se convierte en una cama debajo de las dos ventanas, un sillón, una mesita y dos sillas, una especie de carrito al lado de la cama, un baño propio, y un armario empotrado. Iba vestida con la típica bata de hospital, aunque por lo menos seguía llevando mi ropa interior, cosa que era de agradecer. Miré a ambos lados y vi dormida en el sillón a mi madre, junto a mí, con una mano sobre mi cama.
—Mamá... —Dije tocándole la mano.
Mi madre era una mujer de estatura como yo pero un poco más alta, de complexidad grande pero no mucho, con curvas, cara algo redondita, pelo corto de color castaño con destellos rojizos, ojos verdes en tonos marrones, y una amplia sonrisa. La verdad es que era la mejor mujer del mundo. Era un ángel caído del cielo (en el buen sentido), y había llegado para cuidarme. La quería con locura. Había hecho tanto por mí, ya que ni en 7 vidas podría agradecérselo. Vestía con una camisa de reptiles como de piel de serpiente, unos pantalones de lino negros, unos botines del mismo color (negros), y un jersey a juego con su camisa. Y encima del mueble/cómoda que había debajo de las ventanas, descansaba su abrigo negro y su bolso.
—Cariño. —Respondió después de un bostezo.
—¿Donde está papá? ¿Y Efrén?
—Papá y Efrén se han ido a descansar un rato al hotel.
—¿Sabes que me pasó después de que me quedará dormida o de que perdiera el conocimiento, mamá?
—Solo sé que te trajo tu profesor Salvador en la ambulancia. ¿Lo recuerdas?
Negué con la cabeza. La verdad es que después de haberme quedado dormida, ya no sabía que había pasado. Solo sabía que Cristina había llamado a una ambulancia, ya que la intención de Salvador había sido llevarme al hospital debido a mi estado.
—Solo recuerdo estar muy cansada. Nada más. Lo último que recuerdo es estar en la universidad acostada y muy cansada. —Dije.
—Bueno... Lo importante es que estás bien. ¿Como te encuentras?
—Bien. —Dije sonriendo—. La verdad es que mejor de que lo me esperaba.
—Me alegro cielo. —Contestó mi madre levantándose y dándome un beso en la cabeza para luego volverse a sentar a mi lado.
—¿Cuanto tiempo llevo dormida? —Pregunté.
—Dos días. Era miércoles cuando pasó tu “incidente” y ahora es viernes por la noche.
—¿Donde está Salvador?
—Tu profesor se ha ido a casa. Estuvo cuidándote hasta que llegamos, y desde entonces vuelve todos los días para ver como estás.
—Es un hombre estupendo.
—Sí que lo es, y te adora. Parecéis padre e hija.
—Es mi padre de la universidad. Le adoro. —Sonreí con añoranza—. ¿Volverá mañana?
—Sí. Volverá. Y para entonces le habrás dado una alegría.
—¿Alegría?
—Sí. Estás ya despierta. Y en comparación con la última vez que te vio, la mejora es descomunal.
Asentí y suspiré de alivio, por lo que me incorporé sentándome para ver a mi madre mejor. Ella cogió un mando gris que cuelga de la cama, y hizo que el respaldo se pusiera erguido. Por lo menos los míos estaban bien, que era lo único que me importaba. Ahora tenía que averiguar más. Exactamente que había pasado después de que me quedara dormida. Mi mente empezó a repasar todas las conversaciones y todo lo ocurrido, cuando de momento...
—Querían llamar a la policía. —Dije finalmente después de acordarme de que un alumno lo hubiera comentado—. ¿Sabes algo sobre eso mamá? —A lo que ella suspiró pero no dijo nada—. Mamá. No soy tonta. ¿Qué ocurre?
—Al final vino la policía...
—¿Y? —Dije para que me contara más.
—Nada.
—¡Mamá! ¡Cuéntamelo! Por favor...
—No es nada cariño. Debes tener hambre. ¿Quieres que llame a la enfermera?
—Solo sí después me cuentas lo que ha pasado. —Contesté.
La verdad es que estaba muerta de hambre. Había estado dos días dormida, y no había comido nada. Así que se agradeció, pero no me parecía bien que mi madre no me contara lo que había ocurrido realmente, con la policía o sin ella, así que si comiendo era la única forma de que me enterase pues así sería.
—De acuerdo. Llamaré a tu padre y a la enfermera para que te traiga algo para comer.
—Bien. —Contesté.
¿Qué había pasado? ¿Qué era lo que mi madre me ocultaba? Debía ser muy grave, porqué mi madre era de esas personas que no te ocultaban nada, y todo te lo contaban. ¿Estaba alguien más a parte de la policía implicado en esto? ¿El gobierno por ejemplo? ¿El FBI? ¿Estaba poniendo en peligro la seguridad de las personas a las que amaba? No lo sabía. Pero lo que sí sabía era que mi fusión con Kattirva era algo irrompible, y muy complejo. Kattirva... ¿Cuales eran sus poderes? ¿Qué podía hacer con ellos? ¿Hasta donde llegarían? Pensé en lo que me ha dicho antes en el sueño. ¿Tan grande era el alcance de ellos? Madre mía... ¡Era de locos! ¿Y sí era tan fantástico e irreal como pensaba? ¿Cómo había podido vivir con ella durante tanto tiempo sin llegar nunca a esto? ¿Porqué ahora? ¿Había más como yo? La cabeza me daba vueltas, y me estaban entrando arcadas. Mi mente iba a 1000, procesando toda esa información; intentando asimilarla y entenderla. ¿Qué pasaría ahora conmigo? ¿Me arrestarían? ¿Me... matarían? No, eso lo dudaba. Era demasiado, exactamente exagerado. Pero... ¿Experimentarían conmigo al saber lo que era? Sí era que lo sabían... Aunque no tenía ni idea. Así que ya me veía siendo traslada a enormes fuertes y escondrijos del gobierno, para así experimentar conmigo como en las películas de ciencia ficción sobre superhéroes, monstruos y demás, que a mí tanto me gustaban. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No quería pensar en eso, pero era lo único que me mantenía entretenida. Miré la TV que estaba apagada y suspiré. En ese momento no podía confiar en nadie, ya que la única persona con la que podía era mi madre, y ahora... Ni eso, porqué me ocultaba cosas. Mi madre salió de la habitación, cerrando detrás de ella la puerta. Vale. Ahora estaba sola. ¿Qué podía hacer? No podía irme del hospital. Así que cerré los ojos y agudicé el oído para escuchar lo que mi madre hacía en el pasillo, y oí que estaba hablando con alguien por teléfono.
—Sí. Ya se ha despertado... Sí... Está mejor... Sí, ya puede venir a visitarla, aunque sospecha algo... No. No le he dicho nada, he creído que era lo mejor... Sí... De acuerdo... Nos vemos en un rato... Adiós.
Y colgó. ¿Con quien estaba hablando? ¿Con la policía? ¿Con el ejercito? ¿Con quién? ¿Quién iba a visitarme? ¿No contarme nada? ¿Qué no me había contado mi madre? ¿Qué pasaba con tanto misterio? Necesitaba respuestas, y debía sacárselas a mi madre. Luego oí unos pasos que se alejaban y otra vez la voz de mi madre.
—Buenas tardes. Mi hija de la habitación 227 se ha despertado. Lleva dos días inconsciente y ahora que se ha despertado, me ha pedido algo para comer.
—De acuerdo. ¿Como se llama su hija? —Preguntó la enfermera.
—María. Fue ingresada el miércoles por la noche.
—Vale. Si puede volver a la habitación y esperar será lo mejor. Voy a llamar a su médico y avisar a la cocina para que le lleven algo para comer. ¿De acuerdo?
—Sí.
Y oí como mi madre volvía sobre sus pasos. Entró, cerró la puerta y volvió a ocupar su sitio, en el sillón al lado de mi cama. No dijo nada, solo se me quedó mirando como pensando en algo que tuviera que ver conmigo.
—¿Y bien? —Dije finalmente—. ¿Vas a contarme qué pasa?
—Primero debes comer.
—¡¿Comer?! ¡Mamá tengo el estómago revuelto ahora mismo! Pensé que podía confiar en ti.
—Y puedes.
—Sí puedo confiar en ti... ¿Porqué no me cuentas que está pasando?
—No me grites María. —Dijo en tono amenazante.
—No te grito. Solo que... —Dije mientras me brotaban las lágrimas—. Necesito saber la verdad.. Qué ocurre... Ahora mismo... No puedo ni confiar en mi propia madre. ¡Mi propia madre! ¿Como te sentirías tú si no pudieses confiar ni en tu madre?
Me siento mal, exactamente fatal. Había pasado algo y nadie me contaba que era, y necesitaba saberlo. Fuera de la forma que fuera. Me sequé las lágrimas con la manga de la bata que llevaba.
—Lo siento mi vida, solo que no puedo contártelo. Lo hará él.
—¿Él?
—Sí. Él.
—¿Quien es él?
—Alguien a quien conocerás dentro de poco, pero primero debes comer y recuperar fuerzas.
—¡Estoy bien mamá! —Dije sin darme cuenta de que estaba alzando la voz.
—Pero tu estómago no. ¿O me equivoco?
—No. No te equivocas. —Respondí aceptándolo entre regañadientes.
—Pues come primero.
—De acueeeeeerdo.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos que me parecieron horas hasta que una mujer rubia de unos 40 años de edad, entró con una carpeta y vestida por una bata blanca en el que ponía bordado en negro: “Dra Fernández” por lo que supuse que era mi médico. Era guapa, con algunas canas en el pelo, y unos ojos azules oscuros. Llevaba el pelo corto hasta los hombros, y unos cuantos mechones recogidos en una pinza detrás de su cabeza. Tenía una piel con algunas arrugas debido a la edad, y un poco oscura por lo que suponía que era bronceado. Era delgada, y vestía con una falda negra de tubo, unos tacones negros de salón, y una blusa blanca. Iba impecable. Se me acercó hasta ponerse delante de mí, y me sonrió.
—Hola María. Soy la doctora Isabel Fernández. —Dijo alargando la mano.
Se la estreché sonriendo.
—Hola doctora.
—¿Como te encuentras? —Dijo mientras echaba una ojeada a los documentos que llevaba en la carpeta.
—Bien. Con energía.
Esta sacó una especie de bolígrafo blanco con luz y me abrió los ojos examinándome.
—Me alegro. Has estado inconsciente unos días. ¿Lo sabías? —Dijo mientras me miraba un ojo y luego hacía lo mismo con el otro.
La luz me molestaba y hizo que pestañease.
—Sí. Me lo ha dicho mi madre. —Respondí.
—Bien.
Se sacó un termómetro de uno de los bolsillos y me lo metió debajo del brazo. Esperó unos segundos y me lo sacó. Miró el resultado y se lo volvió a guardar.
—No tienes fiebre y tus constantes son normales. Así que de momento está todo correcto. —Ella me sonrió—. ¿Tienes hambre, María?
—Sí, mucha.
—De acuerdo. Ahora la enfermera te traerá algo. ¿Te parece bien fideos, un poco de carne y un flan?
—Sí. Sería estupendo.
—De acuerdo. Hoy te dejaremos descansar y mañana por la mañana iremos a hacerte unas pruebas.
—¿Qué tipo de pruebas? —Pregunto.
—Un electroencefalograma, de momento, y si no sale bien ya te haremos más pruebas, pero creo que con el electroencefalograma tendremos suficiente. Solo queremos ver como funciona tu cerebro, tu actividad cerebral, porqué físicamente estás bien pero queremos ver si tienes alguna lesión en el cerebro. Solo queremos asegurarnos para así saber si podemos enviarte ya a casa o no.
—Vale.
Seguidamente la doctora apuntó unas cosas en la carpeta y me sonrió para luego mirar a mi madre.
—Nos veremos mañana. —Dijo mirándola.
—De acuerdo. —Contestó mi madre—. ¿A qué hora más o menos se la llevarán para hacerle las pruebas?
—Allá a las 9, después de desayunar. —Dijo la doctora a mi madre y luego me miró para añadir—. ¿Te parece bien María?
—¡Claro! No hay problema.
—Vale. Adiós chicas.
—Adiós. —Contestamos ambas.
Nos volvimos a quedar solas. Mi madre siguió sin hablar, y la paciencia se me estaba agotando. La miré y finalmente decidí hablar yo.
—¿Vas a seguir sin hablarme? —Dije.
—¿Yo? ¿Sin hablarte? Sí te hablo.
—No mamá. No me tomes por estúpida que estás ahí sin contarme nada, y no creo que la escusa de “No te contaré nada hasta que comas” sea la mejor, porqué ya me la sé y mucho.
—No te tomo por estúpida cariño. Solo intento llevar las cosas como mejor puedo.
—¿Como mejor puedas? No te sigo. —Contesté muy confusa.
—Sí, como mejor puedo. Ya te he dicho que te lo contaré después de que comas.
—Mamá... Como sea tan malo como creo, vomitaré toda mi cena. Así que dudo que coma algo.
—Pero tendrás que comer si quieres que él te cuente la verdad.
—¿Y si no quiero escuchar la verdad?
—Eso es mentira. Estas deseando saber la verdad, sino no estarías de tan mal humor, María. —Dijo cortante mi madre.
—Me pones enferma. Ojala no me hubiera despertado. —Reproché furiosa mientras ponía los ojos en blanco.
—No digas esas barbaridades María.
—No digo ninguna barbaridad. Digo como me siento y punto. Y sino te gusta verme así, pues haberme contado la verdad desde el primer momento.
—Lo siento cariño, pero así son las cosas.
—¡¿Qué lo sientes?! ¡¿Qué sientes mamá?! —Le grité.
—Baja la voz. Ya te he dicho que sabrás la verdad dentro de poco. —Contestó ella, demasiado calmada para mi gusto.
No entendía a mi madre. La conocía al 100% pero después de esto lo dudaba. Al cabo de unos minutos apareció una enfermera con una bandeja tapada. La dejó encima de la barra movible que había en la especie de mesita portátil con ruedas que tenía al lado de la cama. Tan pronto como mi madre vio a la enfermera, se apresuró a ayudarla, lo que la enfermera agradeció en silencio, asintiendo con la cabeza y desapareciendo de la habitación por la puerta. Mi madre destapó la bandeja que tenía mi cena. ¡Pero qué cena! Sopa de fideos pero con poco caldo, alitas de pollo a la miel, un bollo de pan integral, una botella de agua fresca y un flan de huevo con un poco de nata. Todo acompañado por unos cubiertos, un vaso de plástico y una servilleta blanca. ¡Dios! La boca se me hacía agua, solo de mirarlo. Mi madre me acercó la comida, haciendo girar la barra y me sonrió.
—¡Que aproveche! —Dijo mi madre sonriendo y sentándose en el borde de mi cama.
—Gracias. —Respondí hambrienta.
No sabia por donde empezar así que al final empecé por la sopa. Ummm... No estaba muy caliente, ni muy fría. Templada. Tal y como me gustaba. Parece ser que me habían preparado mi comida favorita. Cogí la cuchara y en unos pocos minutos los fideos desparecieron, y lo mismo pasó con el resto de la comida. Así que poco a poco fui terminandome mi cena. Cuando terminé, me limpié la boca con la servilleta y la volví a dejar en la bandeja.
—¿Qué? ¿Estaba bueno? —Preguntó mi madre, apartando la barra y tapando la bandeja.
—Sí. Buenísimo. He cenado como una reina. —Contesté orgullosa.
—Vale. Voy a hablar por teléfono. —Respondió ella.
—De acuerdo.
A lo que mi madre se levantó, cogió la bandeja y despareció por la puerta. Volví a quedarme sola en la habitación. No era muy agradable ya que a mí siempre me gustaba estar en compañía, pero en momentos como este era mejor la soledad que estar con gente que te ocultaba la verdad. Apoyé la cabeza en mi almohada y suspiré. ¿Hasta cuando iba a durar esto? Era agotador. Agudicé el oído de nuevo y volví a escuchar a mi madre hablando por teléfono.
—Hola. Soy yo... Sí. Ya ha cenado y está bien... Está todo como pediste... Date prisa... ¿Qué no te lo diga? ¡Es mi hija! ¡¿Como quieres que me ponga?!... Sí... Sí... Nos vemos en 10 minutos... Adiós.
Y colgó. Entró mi madre pero ahora muy tensa. Parecía ser que se ha cabreado con don misterioso, y una sonrisa de lado se me escapó de la cara. ¡Je! En realidad se lo merecía. ¿Cómo sería don misterioso? ¿Sería joven? ¿Anciano? ¿Rubio? ¿Moreno? ¿Con traje muy formal o sería hippie? ¿Sería agradable o arisco? Cualquier cosa podía ser. Me imaginé un hombre como los de “Men In Black”, con traje negro, camisa blanca, corbata negra, unas gafas negras y esa expresión de hombres duros y sin sentimientos. Mi madre volvió a ocupar su sillón y me miró de reojo. ¿En qué estaría pensando? Al final se lo pregunté.
—¿Estás bien mamá?
—Sí, cariño. Estoy bien. —Respondió respirando hondo.
—No parece que lo estés.
—Pues lo estoy aunque no lo aparente. —Cortó tajante.
—Vale, vale, vale. Me callo. —Dije algo intimidada.
Al cabo de unos 5 minutos llamaron a la puerta, y mi madre alzó la cabeza.
—¡Adelante! —Chilló.
Mi mundo se detuvo y noté como todo ocurría a cámara lenta. Miré la puerta y esta se abrió, entrando un chico de unos 30 años, de pelo cobrizo, alto (mediría por lo menos 1'90m), de ojos azules intensos y fríos como el hielo, musculoso, mentón cuadrado, nariz chata pero algo alargada. Vestía unos vaqueros negros como de cuero, unas zapatillas de deporte negras, una blusa de seda granate y una cazadora negra colgada en el hombro. Me quedé sin palabras. ¡Dios! Era... Hipnotizador este chico y por un momento hizo que me olvide de mi novio, Efrén. Se giró y me miró sonriendo de lado, y por unos segundos me derretí. Él caminaba lentamente, parecía estar seguro de lo que hacía y del efecto que causaba. Mi madre se quedó parada mirándolo muy seria. Parecía ser que seguía enfadada con él.
—Rosa. —Dije él con voz fría, mirándola.
—Leonardo. —Respondió esta.
—¿Así que esta es tú hija? —Dijo caminando y poniéndose delante de mi cama.
—Así es.
—¿Puedes dejarnos a solas?
—Prefiero quedarme.
Leonardo miró a mi madre y alzó una ceja. Parecía que le divertía que mi madre le estuviera plantando cara.
—No es buena idea. Así que... ¡Fuera! —Ordenó señalando a la puerta con el dedo.
Mi madre se levantó aterrada y salió de la habitación, cerrando la puerta, y dejándonos solos. ¿Qué quería? ¿Qué era tan importante para que ni mi madre pudiera estar presente? La intriga me comía por dentro. Se me acercó lentamente clavando sus ojos en los míos. ¡Dios! Noté como si me pudiera leer el pensamiento. Así que aparté la vista rápidamente. Me intimidaba. Y mucho. Si decia la verdad. Este se sentó en el borde la cama y me miró.
—Hola María.
—Hola Leo. —Respondí.
—¿Cómo te encuentras? —Dije demasiado dulce para mi gusto.
—Muy bien. Con ganas de salir pronto de aquí.
—¿Ah sí? —Contestó alzando una ceja.
—Así es.
—¿Y puedo preguntar el porqué?
—Porqué estoy bien, y estar aquí sin hacer nada me agobia.
—Así que te agobia... Bien... Bien... —Susurró llevándose una mano a la barbilla.
Le miré con atención. ¿Qué pretendía? Bueno... María. Respira. A cambiar de tema.
—Sí. Me agobia. ¿Y? —Respondí alzando algo la voz.
—Nada. Nada. —Contestó él.
—¿Puedo preguntarte algo... Leo?
—Claro. Dime.
Sí. Ahora podía preguntarle qué estaba pasando. Qué me contara la verdad, todo. “María, no te dejes intimidarte por un desconocido. Vamos. Tienes a Kattirva. Piénsalo. Sí. Allá vamos...” Me dije para mí misma.
—¿Qué está pasando exactamente? ¿Para qué has venido? Mi madre me ha dicho que me contarías la verdad, y quiero saberla. Quiero saber qué pasará conmigo. Saber cual es el futuro que me espera. Y... Quien eres tú.
Leo se pasó la mano por el pelo y luego me miró durante unos segundos. Creí que estaba pensando qué iba a contestarme, pero ni idea. Este hombre podía pensar de todo. Al final habló, pero con total serenidad y naturalidad, lo que me dejó asombrada.
—Lo que está pasando exactamente María... —Dijo empezando a hablar—. Es que debido a lo que eres, no podemos dejarte libre.
—¿Li... bre? —Tartamudeé.
—Así es. —Dijo él asintiendo con la cabeza—. Y por eso debes estar bajo vigilancia.
—Y tu eres mi “vigilancia”, ¿no?
—Así es.
Exploté.
—¡No soy un peligro! —Reproché.
—Lo eres. —Contestó sin inmutarse.
—¿Y qué pasará conmigo? ¿Me encerrareis en algún sitio? ¿Experimentareis conmigo? —Pregunté sin poder aguantármelo más.
—¿Contigo? —Dijo alzando una ceja y sonriendo. Parecía ser que le divertía.
—Así es. Conmigo. —Respondí enfadada.
Me estaba sacando de los nervios. ¿A qué jugaba? ¡Que me contara la verdad y punto! ¡Solo necesitaba saber eso! ¡La verdad! ¡¿Tanto costaba?! ¡Joder!
—Pues eso lo sabremos dentro de pronto. —Contestó sonriendo de lado.
Este chico no era normal. Debía ser alguna clase de “especie” o de raza rara o fantásticas de estas. ¿Y sí era un demonio? Madre mía. Estaba pensando chorradas sin sentido. Si ya había tenido suficiente con Kattirva ahora que no me viniera con esto.
—¿Dentro de poco? —Alcé una ceja—. No tengo tiempo ni paciencia, Leo.
—Pues deberás tenerla si quieres salir de este hospital con vida.
Abrí lo ojos como platos. ¿Con vida? ¿De este hospital? ¿Me iban a matar? ¡Debía ser una broma! ¿No? Al ver mi reacción se rió.
—¿Puedo preguntar qué te hace tanta gracia?
—Tú. Tú me haces gracia..
Esto es el colmo de los colmos. ¡Se estaba burlando de mí!
—Pues no debería hacerlo. Soy Kattirva y el que no podría salir con vida de aquí podrías ser tú.
—Eso lo sé de sobra. Y que sepas que no te tengo miedo.
—Pues deberías tenermelo. —Respondí intentando jugar a su juego.
Hice una pausa.
—¿Por qué no me tienes miedo, Leo? —Ladeé la cabeza.
—Porqué te conozco.
Y esa respuesta hizo que una pregunta me viniera a la cabeza: ¿De qué me conocía?
—¿A quién conoces, Leo? ¿A mí o a Kattirva?
Él me miró con esos ojos verdes que me dejaba sin aliento.
—A Kattirva.
Me quedé sin habla y las palabras de Kattirva vieron a mi mente: “Cuida de mi Leo. Es lo más grande que tengo en mi vida, y ámalo por encima de todo tal como yo le he amado y como siempre le amaré. Nuestra historia se merece un final feliz”. ¡Ya sabía quien era Leo! ¡Era el amor de Kattirva! El único hombre al que siempre había amado. Su media naranja... Su otra mitad. Nos miramos durante unos segundos y al final hablé.
—¿Qué eres?
—Lo sabrás dentro de poco.
—No eres humano.
—No. No lo soy.
—¿Entonces qué eres?
—Ya te he dicho que lo sabrás dentro de poco.
—¿Vas a sacarme de aquí?
—Sí.
—¿Cuando?
—Dentro de poco.
—¡Joder Leo! —Estallé—. ¡Dentro de poco es tu respuesta para todo!
—Es que es la verdad. Dentro de poco, sabrás toda la verdad.
—¿Entonces para qué has venido?
—Para vigilarte y para... llevarte conmigo.
—¿Llevarme con-ti-go? —Tartamudeé.
Él asintió con la cabeza una vez más.
—No quiero ir contigo. —Dije cruzándome de brazos.
—Vendrás conmigo sí o sí, María.
—¿Porqué tu lo digas?
—Sí, y porqué así debe ser.
—¿Así debe ser? —Repetí.
—Sí. —Asintió con la cabeza—. Así debe ser.
Bufé. Apoyé la cabeza en la almohada y cerré los ojos. No quería ni verle. Este chico me estaba poniendo de los nervios con todo este misterio. Y era una chica de poca paciencia.
—¿Te aburro? —Oí que me dice.
—No. Pero eres molesto.
—Me gusta ser molesto.
—Pues bien por ti. —Respondí enfadada pero seguí sin abrir los ojos.
Al final abrí los ojos y le miré.
—¿Vas a quedarte aquí todo el rato?
—Sí, hasta que te den el alta. Además... —Hizo una pausa—. Quiero ver la cara de los médicos cuando vean los resultados de tu electroencefalograma. Será divertida.
Y estalló en una carcajada.
—¿Mi electroencefalograma ? ¿Qué van a ver de raro? Soy normal.
—No eres normal. —Cortó tajante y parecía ser que la diversión había terminado.
—Bueno... Eso ya lo sabemos... Pero dime que verán de raro.
—Pues que tu actividad cerebral esta al 100% cosa que nunca ha pasado.
—¿Nunca? ¿En nadie? —Pregunté.
—Nunca y en nadie. —Respondió él negando con la cabeza.
—Guay. —Bufé. —Mi vida es de locos.
—Lo es. —Respondió Leo—. Y más que lo va a ser de ahora en adelante.
Le miré y me pensé en lo que me había dicho Kattirva de poder saber la raza de quienes me rodeaban. Le miré analizándolo y observé sus rasgos finos y bellos. La forma en la que me miraba, su cuerpo, su voz, su pelo, su porte... Todo. Y entonces me dí cuenta de que era... ¡Un demonio! Pero exactamente un demonio puro. Seguí mirándole y pareció que llevaba tatuado en la frente con letras fluorescentes: “Soy un demonio. El chico malo.” ¡Madre mía! Me había topado con el chulito del grupo. Puse los ojos en blanco y bufé. Me daba igual que fuera el amor de Kattirva pero a mi me ponía enferma. Seguí mirándole... Era imposible dejar de mirarlo, era bello e hipnotizador. Noté como mi mente asimilaba toda la información de él: “Leonardo Brown. 27 años aparentes. Raza: Demonio Puro. Edad real: Desconocida.”
—Eres un demonio puro, Leonardo Brown. —Dije.
—Así es.
—¿Pensabas decírmelo?
—No.
—¿Por qué?
—Porqué sabía que lo descubrirías tarde o temprano, sin necesidad de que te dijera nada.
—Vas de chulo por la vida. —Dije fulminándolo con la mirada.
—En absoluto. Disfruto de la vida a mi forma. Soy lo que soy y no me privo de nada.
—¿De nada? —Pregunté alzando una ceja y malpensando, pero parecía ser que el había pensado en lo mismo por lo que una sonrisa picarona se dibujó en su cara.
—De... Na-Da, María. —Respondió poniendo énfasis en mi nombre.
—Me lo imagino. —Y sonreí de lado.
¿Lo viste? Yo también podía jugar a tu juego. No eras el único, ne-ne.
—Así que se desconoce tú edad —Dije—. Debes ser muy viejo. —Bufé.
—Pero me conservo bastante bien, ¿verdad? —Dijo sonriendo picaramente.
—En absoluto. Te conservas “fatal” —Contesté haciendo énfasis en “fatal”.
—Mientes fatal María. —Dijo de repente.
Me quedé helada. ¿Qué había dicho? ¿Qué mentía fatal? ¡¿Pero de qué iba?!
—No me toques lo que no me tengas que tocar Leo. —Le reproché.
—Me gusta tocarlo todo. —Y vi como una sonrisa burlona se dibujaba en su cara.
—Ya... —Puse los ojos en blanco. Finalmente dije—. ¿Y mi madre?
—Fuera.
—¿Y qué hace fuera?
—Dándonos privacidad.
—¿Pri-va-ci-dad? —Tartamudeé.
—Así es. —Asintió con la cabeza.
—Estas loco.
—Lo estoy.
—¿Siempre eres así?
—¿Así como?
—Así de... borde. De... chulo. —Cogí aire—. De creído, de orgulloso, de... salvaje.
—Esos son muchos adjetivos, María.
—Lo son. —Sonreí de lado—. ¿Vas a quedarte toda la noche aquí? —Pregunté.
—Sí.
—De acuerdo.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por curiosidad.
—Sí, claro...
—¡¿Pero a ti que te pasa?!
—¿A mí? Nada. ¿Qué debería pasarme?
—Me pones enferma.
—Pues mejor porqué así podrán curarte ya que estas en un hospital. Así que de lujo, tesoro. —Contestó tan alegremente.
—¡Ag! —Dije furiosa, y el me miró y estalló en una gran carcajada mientras le fulminaba con la mirada. ¡Y encima me llamaba tesoro! Estaba empezando a odiar a los demonios, especialmente a los que se llamaban Leonardo Brown.
—Dile a mi madre que entre. —Le ordené a Leo.
—No. —Cortó tajante.
—¿Por qué no? —Protesté.
—Porqué lo digo yo.
—¡Ah! ¿Y porqué lo digas tú debe ser el motivo?
—Así es.
—¡Pues de eso nada! —Le grité.
—Baja la voz María. Estamos en un hospital y no querrás llamar la atención.
—Eso me da igual. Llamala. Quiero que esté conmigo.
—¿Entonces quieres que me largue?
—Yo no he dicho eso.
—Vale. Le diré que entre. —Dijo mientras se levantaba. Abrió la puerta y entró mi madre. Este cerró la puerta y se acomodó en la punta de mi cama, y mi madre en el sillón.
—¿Contenta? —Dijo Leo algo mosqueado.
—Sí... Y mucho. —Respondí orgullosa.
—Eres insoportable. —Bufó.
—Pero te gusta. —Sonreí.
—Sí. Me gusta. —Reconoció Leonardo.
¿Le gustaba que le llevaría la contraría? ¡Vaya! Este demonio cada vez me asombraba más y más. Era molesto pero encantador. Además me encantaba chincharle.
—Lo sabía. —Dije con una leve sonrisa.
—Tú sabes muchas cosas.
—Y más que voy a saber dentro de poco.
—Así es.
Mi madre se quedó parada mirándonos.
—¿Pero qué os pasa a vosotros dos? Os dejo un momento a solas ¿Y ahora estas sonrisas? —Dijo ella un poco molesta—. No hay quien os entienda.
—Somos jóvenes. Bueno... “jóvenes” —Dije refiriéndome a la edad real de Leo.
—Sí... “Jóvenes” —Dijo el mirándome de reojo.
Mi madre apretó la boca formando una fina linea no muy convencida.
—¿Vas a quedarte esta noche Leo?
—Sí. Así es. —Respondió él con total naturalidad.
—Pues deberé prepararte algo para dormir.
—No es necesario. Estaré bien.
—¡No! Insisto. Sino mañana estarás muy cansado.
—El cansancio no es problema para mí, Rosa.
—¿No? —Dijo ella sin creérselo—. Que raro. Deberás ser de esas personas que con poco que duerman tienen suficiente. —El asintió—. Bueno... ¿Cama o sillón?
—Sillón por favor. Ya que la cama la necesitará usted.
—De acuerdo. —Dijo mi madre—. Voy a pedir unas mantas para Leo. Enseguida vuelvo. —Y se levantó saliendo de la habitación y dejándonos solos... otra vez.
Clavé mi mirada en la de Leo.
—Parece ser que te estas ganando a mi madre.
—¿Yo? —Hizo una pausa como asombrado—. ¡En absoluto!
—Entonces creeré que la tienes “manipulada” o “hipnotizada”. —Respondí.
—¿No sabes mucho sobre los demonios, eh? —Contestó Leo alzando una ceja.
—No. —Negué con la cabeza—. Eres el primero al que conozco, pero supongo que ya conoceré a más con el paso del tiempo.
—De eso que te quepa duda alguna.
Después de un silencio casi eterno, al final hablé deseando saber más sobre él y sobre su raza antes de que mi madre regresara.
—Cuéntame algo sobre ti, sobre tu... Raza. —Insistí.
—No hay mucho que contar.
—Insisto Leo. Quiero saber.
Leonardo me miró no muy contento. Seguramente estaba pensando en la respuesta que debía darme. Su mirada no decía nada aunque intenté saber en qué estaba pensando.
—Tu madre volverá dentro de nada. Te lo contaré mañana cuando estemos solos.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. Palabra de “insoportable”. —Dijo el sonriendo, cosa que me hizo gracia y que estallásemos a reírnos.
Cuando terminamos de reírnos, entró mi madre con unas mantas y una almohada.
—Ya estoy aquí. —Dijo mirándonos y guardando las mantas y la almohada dentro del armario—. Lo dejo aquí, ¿Vale?
—Vale. —Contestó Leonardo.
Miré a mi madre preguntándome de qué conocía a Leonardo. Si él era el chico de la policía o no; y qué tenía que ver él en todo esto. Que un demonio no se apartara de mi lado no era algo normal, aunque por todo lo que habíamos hablado parecía ser que era algo bueno, además parecía fuerte y seguro de si mismo, cosa que me transmitía seguridad. Sí. Mientras Leo estuviera conmigo, no habría nada que temer. Mi madre se acomodó en el sillón mirándome.
—¿Como te encuentras?
—Bien mamá. Gracias. —Respondí sonriendo.
Miré a Leo. Siempre tan serio, tan correcto, tan... distante. Parecía ser el prototipo de hombre perfecto, aunque no me fiaba del género masculino. Pensé en Christian Grey, en Gideon Cross y en Daniel Bond, esos hombres ricos, guapísimos, encantadores, educados, apasionados, románticos y tan ardientes de los libros que me había leído y que me habían hecho suspirar y soñar con el hombre perfecto para mí. Pero Leonardo era diferente. Era real y un demonio, no imaginario; pero tenía ese “algo” que Christian, Gideon y Daniel tenían, y que era tan atrayente, y que también tenía mi Efrén. ¿Qué estaría haciendo? ¿Habría venido a verme? ¿Cómo estará? ¿Cómo le habría sentado la noticia de mi “incidente”?
Leo no apartaba los ojos de mí, ni yo de él. Era magnético, pero Efrén siempre estaba en mi mente. Al final aparté la vista y me miré las manos. El sonrió como sabiendo el efecto que causaba sobre mí. Miré a mi madre.
—¿Qué hora es? —Pregunté.
—Las once de la noche. —Contestó mi madre—. ¿Estas cansada?
Asentí con la cabeza. Esta se levantó y me dio un beso en la cabeza.
—Pues descansa. ¿De acuerdo? —Asentí—. Ya que me mañana te harán la prueba.
Miré a Leo y una sonrisita burlona apareció en su cara. “Sí... Nos divertiremos con las pruebas”. Prácticamente nos leíamos el pensamiento. Leo era bastante cerrado pero su sonrisa le delataba.
—¿Necesitas algo? —Preguntó pero negué con la cabeza—. Voy a prepararme la cama. —Y me dedicó una dulce sonrisa—. Leo. —Dijo mirándole—. ¿Te saco las mantas o estás bien?
—Estoy bien Rosa. Gracias. —Respondió él.
—Ya sabes donde están las cosas.
—Mamá... —Interrumpí—. ¿Has comido algo?
—Sí. Un sándwich y un café, por eso he tardado un poco más de lo previsto cuando he salido a por las mantas para Leo.
—Vale. Es que me tenías preocupada.
—¡Oh! La que me tenías preocupada eras tú. No sabes como me puse cuando me llamó Salvador diciéndome que te llevaban al hospital.
—Lo siento. —Dije suavemente bajando la cabeza.
—No lo sientas mi niña. —Respondió ella y me abrazó—. Lo importante es que estás mejor.
—Sí. —Sonreí levemente.
—Voy a acostarme. ¿Vale? —Y me dio un beso en la mejilla—. Buenas noches.
—Buenas noches. Que descanses.
Se giró, abrió el mueble-cama que había debajo de las ventanas, convirtiendose en una cama con su colchón, su almohada y sus sábanas de un tono azul claro como la ropa de cama del hospital. Cogió del armario su pijama, se cambió en el baño y luego se acostó. Leo ni se inmutó y esperó a que mi madre se hubiese quedado dormida, luego me miró con esos ojos verdes e hipnotizadores. Se levantó y se sentó en el sillón.
—No vas a dormir, ¿verdad? —Pregunté.
—No.
—Creía que los demonios dormíais.
—Pues no. No dormimos.
—Lo dudo.
—¿Lo dudas? —Dijo alzando una ceja.
—Yo creo que sí que dormís, solo que vuestros sentidos siguen alerta, así que si ocurre algo, os enteráis y podéis reaccionar. —Respondí demasiado convencida para mi gusto.
—Así es. Tienes razón. —Contestó sin inmutarse.
Abrí los ojos como platos. ¿Había tenido razón? ¡Vaya!
—¡Vaya! —Respondí sin creer que haya acertado.
—Eso digo yo... Vaya. —Dijo poniendo énfasis en la palabra “vaya”.
Me quedé mirándole y el me aguantó la mirada. Bostecé. La verdad era que estaba cansada ya que la cena me había dado algo de sueño.
—¿Estas cansada? —Negué con la cabeza algo somnolienta—. No me mientas. Sé que lo estás.
—Estoy cansada pero no tengo sueño, Leo. Son cosas distintas, aunque se parezcan.
—Necesitas dormir.
—¿Por qué tú lo digas? —Protesté.
—Sí. Porqué lo digo yo. —Se cruzó de brazos y fruncí el ceño—. No me plantes cara y haz lo que te digo. —Le aguanté la mirada—. Puedo ser muy cabezota María. —Me amenazó.
—No más que yo. —Volví a bostezar.
—Vamos a dormir. —Dijo levantándose y tapándome más con las sábanas.
Le tenía muy cerca, a unos centímetros de su boca y podía olerlo. Umm... Olía muy bien, a sudor, a elegancia, a perfume, a demonio, a... Leo. Cerré los ojos y pensé que iba besarme. Noté su respiración acelerándose. Sabía que estaba nervioso como yo. Se mojó los labios con la lengua y me dio un beso en la cabeza. Este se apartó lentamente, dio la vuelta a mi cama, cogió unas sábanas del armario y se sentó en el sillón tapándose con ellas. Le miré.
—Buenas noches Leo. —Dije suavemente.
—Buenas noches Mery. —Respondió él sonriendo.
—Que descanses.
—Igualmente.
—Nos vemos mañana.
—Sí. Nos vemos mañana.

Y cerré los ojos quedándome dormida en cuestión de poco.

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