Me
desperté de pronto. Estaba sudada y temblando, pero no tenía sueño.
¡Dios! El sueño con Kattirva o lo que sea me había dejado
trastornada. No sabía exactamente cuanto tiempo había estado
durmiendo pero la verdad era que me encontraba muy bien como ella me
dijo. Abrí los ojos, y estos tardaron unos segundos en acostumbrarse
a la luz que había. Estaba en una habitación de hospital individual
de paredes blancas, con televisor, un mueble que se convierte en una
cama debajo de las dos ventanas, un sillón, una mesita y dos sillas,
una especie de carrito al lado de la cama, un baño propio, y un
armario empotrado. Iba vestida con la típica bata de hospital,
aunque por lo menos seguía llevando mi ropa interior, cosa que era
de agradecer. Miré a ambos lados y vi dormida en el sillón a mi
madre, junto a mí, con una mano sobre mi cama.
—Mamá...
—Dije tocándole la mano.
Mi
madre era una mujer de estatura como yo pero un poco más alta, de
complexidad grande pero no mucho, con curvas, cara algo redondita,
pelo corto de color castaño con destellos rojizos, ojos verdes en
tonos marrones, y una amplia sonrisa. La verdad es que era la mejor
mujer del mundo. Era un ángel caído del cielo (en el buen sentido),
y había llegado para cuidarme. La quería con locura. Había hecho
tanto por mí, ya que ni en 7 vidas podría agradecérselo. Vestía
con una camisa de reptiles como de piel de serpiente, unos pantalones
de lino negros, unos botines del mismo color (negros), y un jersey a
juego con su camisa. Y encima del mueble/cómoda que había debajo de
las ventanas, descansaba su abrigo negro y su bolso.
—Cariño.
—Respondió después de un bostezo.
—¿Donde
está papá? ¿Y Efrén?
—Papá
y Efrén se han ido a descansar un rato al hotel.
—¿Sabes
que me pasó después de que me quedará dormida o de que perdiera el
conocimiento, mamá?
—Solo
sé que te trajo tu profesor Salvador en la ambulancia. ¿Lo
recuerdas?
Negué
con la cabeza. La verdad es que después de haberme quedado dormida,
ya no sabía que había pasado. Solo sabía que Cristina había
llamado a una ambulancia, ya que la intención de Salvador había
sido llevarme al hospital debido a mi estado.
—Solo
recuerdo estar muy cansada. Nada más. Lo último que recuerdo es
estar en la universidad acostada y muy cansada. —Dije.
—Bueno...
Lo importante es que estás bien. ¿Como te encuentras?
—Bien.
—Dije sonriendo—. La verdad es que mejor de que lo me esperaba.
—Me
alegro cielo. —Contestó mi madre levantándose y dándome un beso
en la cabeza para luego volverse a sentar a mi lado.
—¿Cuanto
tiempo llevo dormida? —Pregunté.
—Dos
días. Era miércoles cuando pasó tu “incidente” y ahora es
viernes por la noche.
—¿Donde
está Salvador?
—Tu
profesor se ha ido a casa. Estuvo cuidándote hasta que llegamos, y
desde entonces vuelve todos los días para ver como estás.
—Es
un hombre estupendo.
—Sí
que lo es, y te adora. Parecéis padre e hija.
—Es
mi padre de la universidad. Le adoro. —Sonreí con añoranza—.
¿Volverá mañana?
—Sí.
Volverá. Y para entonces le habrás dado una alegría.
—¿Alegría?
—Sí.
Estás ya despierta. Y en comparación con la última vez que te vio,
la mejora es descomunal.
Asentí
y suspiré de alivio, por lo que me incorporé sentándome para ver a
mi madre mejor. Ella cogió un mando gris que cuelga de la cama, y
hizo que el respaldo se pusiera erguido. Por lo menos los míos
estaban bien, que era lo único que me importaba. Ahora tenía que
averiguar más. Exactamente que había pasado después de que me
quedara dormida. Mi mente empezó a repasar todas las conversaciones
y todo lo ocurrido, cuando de momento...
—Querían
llamar a la policía. —Dije finalmente después de acordarme de que
un alumno lo hubiera comentado—. ¿Sabes algo sobre eso mamá? —A
lo que ella suspiró pero no dijo nada—. Mamá. No soy tonta. ¿Qué
ocurre?
—Al
final vino la policía...
—¿Y?
—Dije para que me contara más.
—Nada.
—¡Mamá!
¡Cuéntamelo! Por favor...
—No
es nada cariño. Debes tener hambre. ¿Quieres que llame a la
enfermera?
—Solo
sí después me cuentas lo que ha pasado. —Contesté.
La
verdad es que estaba muerta de hambre. Había estado dos días
dormida, y no había comido nada. Así que se agradeció, pero no me
parecía bien que mi madre no me contara lo que había ocurrido
realmente, con la policía o sin ella, así que si comiendo era la
única forma de que me enterase pues así sería.
—De
acuerdo. Llamaré a tu padre y a la enfermera para que te traiga algo
para comer.
—Bien.
—Contesté.
¿Qué
había pasado? ¿Qué era lo que mi madre me ocultaba? Debía ser muy
grave, porqué mi madre era de esas personas que no te ocultaban
nada, y todo te lo contaban. ¿Estaba alguien más a parte de la
policía implicado en esto? ¿El gobierno por ejemplo? ¿El FBI?
¿Estaba poniendo en peligro la seguridad de las personas a las que
amaba? No lo sabía. Pero lo que sí sabía era que mi fusión con
Kattirva era algo irrompible, y muy complejo. Kattirva... ¿Cuales
eran sus poderes? ¿Qué podía hacer con ellos? ¿Hasta donde
llegarían? Pensé en lo que me ha dicho antes en el sueño. ¿Tan
grande era el alcance de ellos? Madre mía... ¡Era de locos! ¿Y sí
era tan fantástico e irreal como pensaba? ¿Cómo había podido
vivir con ella durante tanto tiempo sin llegar nunca a esto? ¿Porqué
ahora? ¿Había más como yo? La cabeza me daba vueltas, y me estaban
entrando arcadas. Mi mente iba a 1000, procesando toda esa
información; intentando asimilarla y entenderla. ¿Qué pasaría
ahora conmigo? ¿Me arrestarían? ¿Me... matarían? No, eso lo
dudaba. Era demasiado, exactamente exagerado. Pero...
¿Experimentarían conmigo al saber lo que era? Sí era que lo
sabían... Aunque no tenía ni idea. Así que ya me veía siendo
traslada a enormes fuertes y escondrijos del gobierno, para así
experimentar conmigo como en las películas de ciencia ficción sobre
superhéroes, monstruos y demás, que a mí tanto me gustaban. Un
escalofrío me recorrió el cuerpo. No quería pensar en eso, pero
era lo único que me mantenía entretenida. Miré la TV que estaba
apagada y suspiré. En ese momento no podía confiar en nadie, ya que
la única persona con la que podía era mi madre, y ahora... Ni eso,
porqué me ocultaba cosas. Mi madre salió de la habitación,
cerrando detrás de ella la puerta. Vale. Ahora estaba sola. ¿Qué
podía hacer? No podía irme del hospital. Así que cerré los ojos y
agudicé el oído para escuchar lo que mi madre hacía en el pasillo,
y oí que estaba hablando con alguien por teléfono.
—Sí.
Ya se ha despertado... Sí... Está mejor... Sí, ya puede venir a
visitarla, aunque sospecha algo... No. No le he dicho nada, he creído
que era lo mejor... Sí... De acuerdo... Nos vemos en un rato...
Adiós.
Y
colgó. ¿Con quien estaba hablando? ¿Con la policía? ¿Con el
ejercito? ¿Con quién? ¿Quién iba a visitarme? ¿No contarme nada?
¿Qué no me había contado mi madre? ¿Qué pasaba con tanto
misterio? Necesitaba respuestas, y debía sacárselas a mi madre.
Luego oí unos pasos que se alejaban y otra vez la voz de mi madre.
—Buenas
tardes. Mi hija de la habitación 227 se ha despertado. Lleva dos
días inconsciente y ahora que se ha despertado, me ha pedido algo
para comer.
—De
acuerdo. ¿Como se llama su hija? —Preguntó la enfermera.
—María.
Fue ingresada el miércoles por la noche.
—Vale.
Si puede volver a la habitación y esperar será lo mejor. Voy a
llamar a su médico y avisar a la cocina para que le lleven algo para
comer. ¿De acuerdo?
—Sí.
Y
oí como mi madre volvía sobre sus pasos. Entró, cerró la puerta y
volvió a ocupar su sitio, en el sillón al lado de mi cama. No dijo
nada, solo se me quedó mirando como pensando en algo que tuviera que
ver conmigo.
—¿Y
bien? —Dije finalmente—. ¿Vas a contarme qué pasa?
—Primero
debes comer.
—¡¿Comer?!
¡Mamá tengo el estómago revuelto ahora mismo! Pensé que podía
confiar en ti.
—Y
puedes.
—Sí
puedo confiar en ti... ¿Porqué no me cuentas que está pasando?
—No
me grites María. —Dijo en tono amenazante.
—No
te grito. Solo que... —Dije mientras me brotaban las lágrimas—.
Necesito saber la verdad.. Qué ocurre... Ahora mismo... No puedo ni
confiar en mi propia madre. ¡Mi propia madre! ¿Como te sentirías
tú si no pudieses confiar ni en tu madre?
Me
siento mal, exactamente fatal. Había pasado algo y nadie me contaba
que era, y necesitaba saberlo. Fuera de la forma que fuera. Me sequé
las lágrimas con la manga de la bata que llevaba.
—Lo
siento mi vida, solo que no puedo contártelo. Lo hará él.
—¿Él?
—Sí.
Él.
—¿Quien
es él?
—Alguien
a quien conocerás dentro de poco, pero primero debes comer y
recuperar fuerzas.
—¡Estoy
bien mamá! —Dije sin darme cuenta de que estaba alzando la voz.
—Pero
tu estómago no. ¿O me equivoco?
—No.
No te equivocas. —Respondí aceptándolo entre regañadientes.
—Pues
come primero.
—De
acueeeeeerdo.
Nos
quedamos en silencio durante unos minutos que me parecieron horas
hasta que una mujer rubia de unos 40 años de edad, entró con una
carpeta y vestida por una bata blanca en el que ponía bordado en
negro: “Dra Fernández” por lo que supuse que era mi médico. Era
guapa, con algunas canas en el pelo, y unos ojos azules oscuros.
Llevaba el pelo corto hasta los hombros, y unos cuantos mechones
recogidos en una pinza detrás de su cabeza. Tenía una piel con
algunas arrugas debido a la edad, y un poco oscura por lo que suponía
que era bronceado. Era delgada, y vestía con una falda negra de
tubo, unos tacones negros de salón, y una blusa blanca. Iba
impecable. Se me acercó hasta ponerse delante de mí, y me sonrió.
—Hola
María. Soy la doctora Isabel Fernández. —Dijo alargando la mano.
Se
la estreché sonriendo.
—Hola
doctora.
—¿Como
te encuentras? —Dijo mientras echaba una ojeada a los documentos
que llevaba en la carpeta.
—Bien.
Con energía.
Esta
sacó una especie de bolígrafo blanco con luz y me abrió los ojos
examinándome.
—Me
alegro. Has estado inconsciente unos días. ¿Lo sabías? —Dijo
mientras me miraba
un ojo y luego hacía
lo mismo con
el otro.
La
luz me molestaba y hizo que pestañease.
—Sí.
Me lo ha dicho mi madre. —Respondí.
—Bien.
Se
sacó un termómetro de uno de los bolsillos y me lo metió debajo
del brazo. Esperó unos segundos y me lo sacó. Miró el resultado y
se lo volvió a guardar.
—No
tienes fiebre y tus constantes son normales. Así que de momento está
todo correcto. —Ella
me sonrió—.
¿Tienes hambre, María?
—Sí,
mucha.
—De
acuerdo. Ahora la enfermera te traerá algo. ¿Te parece bien fideos,
un poco de carne y un flan?
—Sí.
Sería estupendo.
—De
acuerdo. Hoy te dejaremos descansar y mañana por la mañana iremos a
hacerte unas pruebas.
—¿Qué
tipo de pruebas? —Pregunto.
—Un
electroencefalograma, de momento, y si no sale bien ya te haremos más
pruebas, pero creo que con el electroencefalograma tendremos
suficiente. Solo queremos ver como funciona tu cerebro, tu actividad
cerebral, porqué físicamente estás bien pero queremos ver si
tienes alguna lesión en el cerebro. Solo queremos asegurarnos para
así saber si podemos enviarte ya a casa o no.
—Vale.
Seguidamente
la doctora apuntó unas cosas en la carpeta y me sonrió para luego
mirar a mi madre.
—Nos
veremos mañana. —Dijo mirándola.
—De
acuerdo. —Contestó mi madre—. ¿A qué hora más o menos se la
llevarán para hacerle las pruebas?
—Allá
a las 9, después de desayunar. —Dijo la doctora a mi madre y luego
me miró para añadir—. ¿Te parece bien María?
—¡Claro!
No hay problema.
—Vale.
Adiós chicas.
—Adiós.
—Contestamos ambas.
Nos
volvimos a quedar solas. Mi madre siguió sin hablar, y la paciencia
se me estaba agotando. La miré y finalmente decidí hablar yo.
—¿Vas
a seguir sin hablarme? —Dije.
—¿Yo?
¿Sin hablarte? Sí te hablo.
—No
mamá. No me tomes por estúpida que estás ahí sin contarme nada, y
no creo que la escusa de “No te contaré nada hasta que comas”
sea la mejor, porqué ya me la sé y mucho.
—No
te tomo por estúpida cariño. Solo intento llevar las cosas como
mejor puedo.
—¿Como
mejor puedas? No te sigo. —Contesté muy confusa.
—Sí,
como mejor puedo. Ya te he dicho que te lo contaré después de que
comas.
—Mamá...
Como sea tan malo como creo, vomitaré toda mi cena. Así que dudo
que coma algo.
—Pero
tendrás que comer si quieres que él te cuente la verdad.
—¿Y
si no quiero escuchar la verdad?
—Eso
es mentira. Estas deseando saber la verdad, sino no estarías de tan
mal humor, María. —Dijo cortante mi madre.
—Me
pones enferma. Ojala no me hubiera despertado. —Reproché furiosa
mientras ponía los ojos en blanco.
—No
digas esas barbaridades María.
—No
digo ninguna barbaridad. Digo como me siento y punto. Y sino te gusta
verme así, pues haberme contado la verdad desde el primer momento.
—Lo
siento cariño, pero así son las cosas.
—¡¿Qué
lo sientes?! ¡¿Qué sientes mamá?! —Le grité.
—Baja
la voz. Ya te he dicho que sabrás la verdad dentro de poco.
—Contestó ella, demasiado calmada para mi gusto.
No
entendía a mi madre. La conocía al 100% pero después de esto lo
dudaba. Al cabo de unos minutos apareció una enfermera con una
bandeja tapada. La dejó encima de la barra movible que había en la
especie de mesita portátil con ruedas que tenía al lado de la cama.
Tan pronto como mi madre vio a la enfermera, se apresuró a ayudarla,
lo que la enfermera agradeció en silencio, asintiendo con la cabeza
y desapareciendo de la habitación por la puerta. Mi madre destapó
la bandeja que tenía mi cena. ¡Pero qué cena! Sopa de fideos pero
con poco caldo, alitas de pollo a la miel, un bollo de pan integral,
una botella de agua fresca y un flan de huevo con un poco de nata.
Todo acompañado por unos cubiertos, un vaso de plástico y una
servilleta blanca. ¡Dios! La boca se me hacía agua, solo de
mirarlo. Mi madre me acercó la comida, haciendo girar la barra y me
sonrió.
—¡Que
aproveche! —Dijo mi madre sonriendo y sentándose en el borde de mi
cama.
—Gracias.
—Respondí hambrienta.
No
sabia por donde empezar así que al final empecé por la sopa.
Ummm... No estaba muy caliente, ni muy fría. Templada. Tal y como me
gustaba. Parece ser que me habían preparado mi comida favorita. Cogí
la cuchara y en unos pocos minutos los fideos desparecieron, y lo
mismo pasó con el resto de la comida. Así que poco a poco fui
terminandome mi cena. Cuando terminé, me limpié la boca con la
servilleta y la volví a dejar en la bandeja.
—¿Qué?
¿Estaba bueno? —Preguntó mi madre, apartando la barra y tapando
la bandeja.
—Sí.
Buenísimo. He cenado como una reina. —Contesté orgullosa.
—Vale.
Voy a hablar por teléfono. —Respondió ella.
—De
acuerdo.
A
lo que mi madre se levantó, cogió la bandeja y despareció por la
puerta. Volví a quedarme sola en la habitación. No era muy
agradable ya que a mí siempre me gustaba estar en compañía, pero
en momentos como este era mejor la soledad que estar con gente que te
ocultaba la verdad. Apoyé la cabeza en mi almohada y suspiré.
¿Hasta cuando iba a durar esto? Era agotador. Agudicé el oído de
nuevo y volví a escuchar a mi madre hablando por teléfono.
—Hola.
Soy yo... Sí. Ya ha cenado y está bien... Está todo como
pediste... Date prisa... ¿Qué no te lo diga? ¡Es mi hija! ¡¿Como
quieres que me ponga?!... Sí... Sí... Nos vemos en 10 minutos...
Adiós.
Y
colgó. Entró mi madre pero ahora muy tensa. Parecía ser que se ha
cabreado con don misterioso, y una sonrisa de lado se me escapó de
la cara. ¡Je! En realidad se lo merecía. ¿Cómo sería don
misterioso? ¿Sería joven? ¿Anciano? ¿Rubio? ¿Moreno? ¿Con traje
muy formal o sería hippie? ¿Sería agradable o arisco? Cualquier
cosa podía ser. Me imaginé un hombre como los de “Men In Black”,
con traje negro, camisa blanca, corbata negra, unas gafas negras y
esa expresión de hombres duros y sin sentimientos. Mi madre volvió
a ocupar su sillón y me miró de reojo. ¿En qué estaría pensando?
Al final se lo pregunté.
—¿Estás
bien mamá?
—Sí,
cariño. Estoy bien. —Respondió respirando hondo.
—No
parece que lo estés.
—Pues
lo estoy aunque no lo aparente. —Cortó tajante.
—Vale,
vale, vale. Me callo. —Dije algo intimidada.
Al
cabo de unos 5 minutos llamaron a la puerta, y mi madre alzó la
cabeza.
—¡Adelante!
—Chilló.
Mi
mundo se detuvo y noté como todo ocurría a cámara lenta. Miré la
puerta y esta se abrió, entrando un chico de unos 30 años, de pelo
cobrizo, alto (mediría por lo menos 1'90m), de ojos azules intensos
y fríos como el hielo, musculoso, mentón cuadrado, nariz chata pero
algo alargada. Vestía unos vaqueros negros como de cuero, unas
zapatillas de deporte negras, una blusa de seda granate y una
cazadora negra colgada en el hombro. Me quedé sin palabras. ¡Dios!
Era... Hipnotizador este chico y por un momento hizo que me olvide de
mi novio, Efrén. Se giró y me miró sonriendo de lado, y por unos
segundos me derretí. Él caminaba lentamente, parecía estar seguro
de lo que hacía y del efecto que causaba. Mi madre se quedó parada
mirándolo muy seria. Parecía ser que seguía enfadada con él.
—Rosa.
—Dije él con voz fría, mirándola.
—Leonardo.
—Respondió esta.
—¿Así
que esta es tú hija? —Dijo caminando y poniéndose delante de mi
cama.
—Así
es.
—¿Puedes
dejarnos a solas?
—Prefiero
quedarme.
Leonardo
miró a mi madre y alzó una ceja. Parecía que le divertía que mi
madre le estuviera plantando cara.
—No
es buena idea. Así que... ¡Fuera! —Ordenó señalando a la puerta
con el dedo.
Mi
madre se levantó aterrada y salió de la habitación, cerrando la
puerta, y dejándonos solos. ¿Qué quería? ¿Qué era tan
importante para que ni mi madre pudiera estar presente? La intriga me
comía por dentro. Se me acercó lentamente clavando sus ojos en los
míos. ¡Dios! Noté como si me pudiera leer el pensamiento. Así que
aparté la vista rápidamente. Me intimidaba. Y mucho. Si decia la
verdad. Este se sentó en el borde la cama y me miró.
—Hola
María.
—Hola
Leo. —Respondí.
—¿Cómo
te encuentras? —Dije demasiado dulce para mi gusto.
—Muy
bien. Con ganas de salir pronto de aquí.
—¿Ah
sí? —Contestó alzando una ceja.
—Así
es.
—¿Y
puedo preguntar el porqué?
—Porqué
estoy bien, y estar aquí sin hacer nada me agobia.
—Así
que te agobia... Bien... Bien... —Susurró llevándose una mano a
la barbilla.
Le
miré con atención. ¿Qué pretendía? Bueno... María. Respira. A
cambiar de tema.
—Sí.
Me agobia. ¿Y? —Respondí alzando algo la voz.
—Nada.
Nada. —Contestó él.
—¿Puedo
preguntarte algo... Leo?
—Claro.
Dime.
Sí.
Ahora podía preguntarle qué estaba pasando. Qué me contara la
verdad, todo. “María, no te dejes intimidarte por un desconocido.
Vamos. Tienes a Kattirva. Piénsalo. Sí. Allá vamos...” Me dije
para mí misma.
—¿Qué
está pasando exactamente? ¿Para qué has venido? Mi madre me ha
dicho que me contarías la verdad, y quiero saberla. Quiero saber qué
pasará conmigo. Saber cual es el futuro que me espera. Y... Quien
eres tú.
Leo
se pasó la mano por el pelo y luego me miró durante unos segundos.
Creí que estaba pensando qué iba a contestarme, pero ni idea. Este
hombre podía pensar de todo. Al final habló, pero con total
serenidad y naturalidad, lo que me dejó asombrada.
—Lo
que está pasando exactamente María... —Dijo empezando a hablar—.
Es que debido a lo que eres, no podemos dejarte libre.
—¿Li...
bre? —Tartamudeé.
—Así
es. —Dijo él asintiendo con la cabeza—.
Y
por eso debes estar bajo vigilancia.
—Y
tu eres mi “vigilancia”, ¿no?
—Así
es.
Exploté.
—¡No
soy un peligro! —Reproché.
—Lo
eres. —Contestó sin inmutarse.
—¿Y
qué pasará conmigo? ¿Me encerrareis en algún sitio?
¿Experimentareis conmigo? —Pregunté sin poder aguantármelo más.
—¿Contigo?
—Dijo alzando una ceja y sonriendo. Parecía ser que le divertía.
—Así
es. Conmigo. —Respondí enfadada.
Me
estaba sacando de los nervios. ¿A qué jugaba? ¡Que me contara la
verdad y punto! ¡Solo necesitaba saber eso! ¡La verdad! ¡¿Tanto
costaba?! ¡Joder!
—Pues
eso lo sabremos dentro de pronto. —Contestó sonriendo de lado.
Este
chico no era normal. Debía ser alguna clase de “especie” o de
raza rara o fantásticas de estas. ¿Y sí era un demonio? Madre mía.
Estaba pensando chorradas sin sentido. Si ya había tenido suficiente
con Kattirva ahora que no me viniera con esto.
—¿Dentro
de poco? —Alcé una ceja—.
No tengo tiempo ni paciencia, Leo.
—Pues
deberás tenerla si quieres salir de este hospital con vida.
Abrí
lo ojos como platos. ¿Con vida? ¿De este hospital? ¿Me iban a
matar? ¡Debía ser una broma! ¿No? Al ver mi reacción se rió.
—¿Puedo
preguntar qué te hace tanta gracia?
—Tú.
Tú me haces gracia..
Esto
es el colmo de los colmos. ¡Se estaba burlando de mí!
—Pues
no debería hacerlo. Soy Kattirva y el que no podría salir con vida
de aquí podrías ser tú.
—Eso
lo sé de sobra. Y que sepas que no te tengo miedo.
—Pues
deberías tenermelo. —Respondí intentando jugar a su juego.
Hice
una pausa.
—¿Por
qué no me tienes miedo, Leo? —Ladeé la cabeza.
—Porqué
te conozco.
Y
esa respuesta hizo que una pregunta me viniera a la cabeza: ¿De qué
me conocía?
—¿A
quién conoces, Leo? ¿A mí o a Kattirva?
Él
me miró con esos ojos verdes que me dejaba sin aliento.
—A
Kattirva.
Me
quedé sin habla y las palabras de Kattirva vieron a mi mente: “Cuida
de mi Leo. Es lo más grande que tengo en mi vida, y ámalo por
encima de todo tal como yo le he amado y como siempre le amaré.
Nuestra historia se merece un final feliz”. ¡Ya sabía quien era
Leo! ¡Era el amor de Kattirva! El único hombre al que siempre había
amado. Su media naranja... Su otra mitad. Nos miramos durante unos
segundos y al final hablé.
—¿Qué
eres?
—Lo
sabrás dentro de poco.
—No
eres humano.
—No.
No lo soy.
—¿Entonces
qué eres?
—Ya
te he dicho que lo sabrás dentro de poco.
—¿Vas
a sacarme de aquí?
—Sí.
—¿Cuando?
—Dentro
de poco.
—¡Joder
Leo! —Estallé—. ¡Dentro de poco es tu respuesta para todo!
—Es
que es la verdad. Dentro de poco, sabrás toda la verdad.
—¿Entonces
para qué has venido?
—Para
vigilarte y para... llevarte conmigo.
—¿Llevarme
con-ti-go? —Tartamudeé.
Él
asintió con la cabeza una vez más.
—No
quiero ir contigo. —Dije cruzándome de brazos.
—Vendrás
conmigo sí o sí, María.
—¿Porqué
tu lo digas?
—Sí,
y porqué así debe ser.
—¿Así
debe ser? —Repetí.
—Sí.
—Asintió con la cabeza—. Así debe ser.
Bufé.
Apoyé la cabeza en la almohada y cerré los ojos. No quería ni
verle. Este chico me estaba poniendo de los nervios con todo este
misterio. Y era una chica de poca paciencia.
—¿Te
aburro? —Oí que me dice.
—No.
Pero eres molesto.
—Me
gusta ser molesto.
—Pues
bien por ti. —Respondí enfadada pero seguí sin abrir los ojos.
Al
final abrí los ojos y le miré.
—¿Vas
a quedarte aquí todo el rato?
—Sí,
hasta que te den el alta. Además... —Hizo una pausa—. Quiero ver
la cara de los médicos cuando vean los resultados de tu
electroencefalograma. Será divertida.
Y
estalló en una carcajada.
—¿Mi
electroencefalograma ? ¿Qué van a ver de raro? Soy normal.
—No
eres normal. —Cortó tajante y parecía ser que la diversión había
terminado.
—Bueno...
Eso ya lo sabemos... Pero dime que verán de raro.
—Pues
que tu actividad cerebral esta al 100% cosa que nunca ha pasado.
—¿Nunca?
¿En nadie? —Pregunté.
—Nunca
y en nadie. —Respondió él negando con la cabeza.
—Guay.
—Bufé. —Mi vida es de locos.
—Lo
es. —Respondió Leo—. Y más que lo va a ser de ahora en
adelante.
Le
miré y me pensé en lo que me había dicho Kattirva de poder saber
la raza de quienes me rodeaban. Le miré analizándolo y observé sus
rasgos finos y bellos. La forma en la que me miraba, su cuerpo, su
voz, su pelo, su porte... Todo. Y entonces me dí cuenta de que
era... ¡Un demonio! Pero exactamente un demonio puro. Seguí
mirándole y pareció que llevaba tatuado en la frente con letras
fluorescentes: “Soy un demonio. El chico malo.” ¡Madre mía! Me
había topado con el chulito del grupo. Puse los ojos en blanco y
bufé. Me daba igual que fuera el amor de Kattirva pero a mi me ponía
enferma. Seguí mirándole... Era imposible dejar de mirarlo, era
bello e hipnotizador. Noté como mi mente asimilaba toda la
información de él: “Leonardo Brown. 27 años aparentes. Raza:
Demonio Puro. Edad real: Desconocida.”
—Eres
un demonio puro, Leonardo Brown. —Dije.
—Así
es.
—¿Pensabas
decírmelo?
—No.
—¿Por
qué?
—Porqué
sabía que lo descubrirías tarde o temprano, sin necesidad de que te
dijera nada.
—Vas
de chulo por la vida. —Dije fulminándolo con la mirada.
—En
absoluto. Disfruto de la vida a mi forma. Soy lo que soy y no me
privo de nada.
—¿De
nada? —Pregunté alzando una ceja y malpensando, pero parecía ser
que el había pensado en lo mismo por lo que una sonrisa picarona se
dibujó en su cara.
—De...
Na-Da, María. —Respondió poniendo énfasis en mi nombre.
—Me
lo imagino. —Y sonreí de lado.
¿Lo
viste? Yo también podía jugar a tu juego. No eras el único, ne-ne.
—Así
que se desconoce tú edad —Dije—. Debes ser muy viejo. —Bufé.
—Pero
me conservo bastante bien, ¿verdad? —Dijo sonriendo picaramente.
—En
absoluto. Te conservas “fatal” —Contesté haciendo énfasis en
“fatal”.
—Mientes
fatal María. —Dijo de repente.
Me
quedé helada. ¿Qué había dicho? ¿Qué mentía fatal? ¡¿Pero de
qué iba?!
—No
me toques lo que no me tengas que tocar Leo. —Le reproché.
—Me
gusta tocarlo todo. —Y vi como una sonrisa burlona se dibujaba en
su cara.
—Ya...
—Puse los ojos en blanco. Finalmente dije—. ¿Y mi madre?
—Fuera.
—¿Y
qué hace fuera?
—Dándonos
privacidad.
—¿Pri-va-ci-dad?
—Tartamudeé.
—Así
es. —Asintió con la cabeza.
—Estas
loco.
—Lo
estoy.
—¿Siempre
eres así?
—¿Así
como?
—Así
de... borde. De... chulo. —Cogí aire—. De creído, de orgulloso,
de... salvaje.
—Esos
son muchos adjetivos, María.
—Lo
son. —Sonreí de lado—. ¿Vas a quedarte toda la noche aquí?
—Pregunté.
—Sí.
—De
acuerdo.
—¿Por
qué lo preguntas?
—Por
curiosidad.
—Sí,
claro...
—¡¿Pero
a ti que te pasa?!
—¿A
mí? Nada. ¿Qué debería pasarme?
—Me
pones enferma.
—Pues
mejor porqué así podrán curarte ya que estas en un hospital. Así
que de lujo, tesoro. —Contestó tan alegremente.
—¡Ag!
—Dije furiosa, y el me miró y estalló en una gran carcajada
mientras le fulminaba con la mirada. ¡Y encima me llamaba tesoro!
Estaba empezando a odiar a los demonios, especialmente a los que se
llamaban Leonardo Brown.
—Dile
a mi madre que entre. —Le ordené a Leo.
—No.
—Cortó tajante.
—¿Por
qué no? —Protesté.
—Porqué
lo digo yo.
—¡Ah!
¿Y porqué lo digas tú debe ser el motivo?
—Así
es.
—¡Pues
de eso nada! —Le grité.
—Baja
la voz María. Estamos en un hospital y no querrás llamar la
atención.
—Eso
me da igual. Llamala. Quiero que esté conmigo.
—¿Entonces
quieres que me largue?
—Yo
no he dicho eso.
—Vale.
Le diré que entre. —Dijo mientras se levantaba. Abrió la puerta y
entró mi madre. Este cerró la puerta y se acomodó en la punta de
mi cama, y mi madre en el sillón.
—¿Contenta?
—Dijo Leo algo mosqueado.
—Sí...
Y mucho. —Respondí orgullosa.
—Eres
insoportable. —Bufó.
—Pero
te gusta. —Sonreí.
—Sí.
Me gusta. —Reconoció Leonardo.
¿Le
gustaba que le llevaría la contraría? ¡Vaya! Este demonio cada vez
me asombraba más y más. Era molesto pero encantador. Además me
encantaba chincharle.
—Lo
sabía. —Dije con una leve sonrisa.
—Tú
sabes muchas cosas.
—Y
más que voy a saber dentro de poco.
—Así
es.
Mi
madre se quedó parada mirándonos.
—¿Pero
qué os pasa a vosotros dos? Os dejo un momento a solas ¿Y ahora
estas sonrisas? —Dijo ella un poco molesta—. No hay quien os
entienda.
—Somos
jóvenes. Bueno... “jóvenes” —Dije refiriéndome a la edad
real de Leo.
—Sí...
“Jóvenes” —Dijo el mirándome de reojo.
Mi
madre apretó la boca formando una fina linea no muy convencida.
—¿Vas
a quedarte esta noche Leo?
—Sí.
Así es. —Respondió él con total naturalidad.
—Pues
deberé prepararte algo para dormir.
—No
es necesario. Estaré bien.
—¡No!
Insisto. Sino mañana estarás muy cansado.
—El
cansancio no es problema para mí, Rosa.
—¿No?
—Dijo ella sin creérselo—. Que raro. Deberás ser de esas
personas que con poco que duerman tienen suficiente. —El asintió—.
Bueno... ¿Cama o sillón?
—Sillón
por favor. Ya que la cama la necesitará usted.
—De
acuerdo. —Dijo mi madre—. Voy a pedir unas mantas para Leo.
Enseguida vuelvo. —Y se levantó saliendo de la habitación y
dejándonos solos... otra vez.
Clavé
mi mirada en la de Leo.
—Parece
ser que te estas ganando a mi madre.
—¿Yo?
—Hizo una pausa como asombrado—. ¡En absoluto!
—Entonces
creeré que la tienes “manipulada” o “hipnotizada”.
—Respondí.
—¿No
sabes mucho sobre los demonios, eh? —Contestó Leo alzando una
ceja.
—No.
—Negué con la cabeza—. Eres el primero al que conozco, pero
supongo que ya conoceré a más con el paso del tiempo.
—De
eso que te quepa duda alguna.
Después
de un silencio casi eterno, al final hablé deseando saber más sobre
él y sobre su raza antes de que mi madre regresara.
—Cuéntame
algo sobre ti, sobre tu... Raza. —Insistí.
—No
hay mucho que contar.
—Insisto
Leo. Quiero saber.
Leonardo
me miró no muy contento. Seguramente estaba pensando en la respuesta
que debía darme. Su mirada no decía nada aunque intenté saber en
qué estaba pensando.
—Tu
madre volverá dentro de nada. Te lo contaré mañana cuando estemos
solos.
—¿Me
lo prometes?
—Te
lo prometo. Palabra de “insoportable”. —Dijo el sonriendo, cosa
que me hizo gracia y que estallásemos a reírnos.
Cuando
terminamos de reírnos, entró mi madre con unas mantas y una
almohada.
—Ya
estoy aquí. —Dijo mirándonos y guardando las mantas y la almohada
dentro del armario—. Lo dejo aquí, ¿Vale?
—Vale.
—Contestó Leonardo.
Miré
a mi madre preguntándome de qué conocía a Leonardo. Si él era el
chico de la policía o no; y qué tenía que ver él en todo esto.
Que un demonio no se apartara de mi lado no era algo normal, aunque
por todo lo que habíamos hablado parecía ser que era algo bueno,
además parecía fuerte y seguro de si mismo, cosa que me transmitía
seguridad. Sí. Mientras Leo estuviera conmigo, no habría nada que
temer. Mi madre se acomodó en el sillón mirándome.
—¿Como
te encuentras?
—Bien
mamá. Gracias. —Respondí sonriendo.
Miré
a Leo. Siempre tan serio, tan correcto, tan... distante. Parecía ser
el prototipo de hombre perfecto, aunque no me fiaba del género
masculino. Pensé en Christian Grey, en Gideon Cross y en Daniel
Bond, esos hombres ricos, guapísimos, encantadores, educados,
apasionados, románticos y tan ardientes de los libros que me había
leído y que me habían hecho suspirar y soñar con el hombre
perfecto para mí. Pero Leonardo era diferente. Era real y un
demonio, no imaginario; pero tenía ese “algo” que Christian,
Gideon y Daniel tenían, y que era tan atrayente, y que también
tenía mi Efrén. ¿Qué estaría haciendo? ¿Habría venido a verme?
¿Cómo estará? ¿Cómo le habría sentado la noticia de mi
“incidente”?
Leo
no apartaba los ojos de mí, ni yo de él. Era magnético, pero Efrén
siempre estaba en mi mente. Al final aparté la vista y me miré las
manos. El sonrió como sabiendo el efecto que causaba sobre mí. Miré
a mi madre.
—¿Qué
hora es? —Pregunté.
—Las
once de la noche. —Contestó mi madre—. ¿Estas cansada?
Asentí
con la cabeza. Esta se levantó y me dio un beso en la cabeza.
—Pues
descansa. ¿De acuerdo? —Asentí—. Ya que me mañana te harán la
prueba.
Miré
a Leo y una sonrisita burlona apareció en su cara. “Sí... Nos
divertiremos con las pruebas”. Prácticamente nos leíamos el
pensamiento. Leo era bastante cerrado pero su sonrisa le delataba.
—¿Necesitas
algo? —Preguntó pero negué con la cabeza—. Voy a prepararme la
cama. —Y me dedicó una dulce sonrisa—. Leo. —Dijo mirándole—.
¿Te saco las mantas o estás bien?
—Estoy
bien Rosa. Gracias. —Respondió él.
—Ya
sabes donde están las cosas.
—Mamá...
—Interrumpí—. ¿Has comido algo?
—Sí.
Un sándwich y un café, por eso he tardado un poco más de lo
previsto cuando he salido a por las mantas para Leo.
—Vale.
Es que me tenías preocupada.
—¡Oh!
La que me tenías preocupada eras tú. No sabes como me puse cuando
me llamó Salvador diciéndome que te llevaban al hospital.
—Lo
siento. —Dije suavemente bajando la cabeza.
—No
lo sientas mi niña. —Respondió ella y me abrazó—. Lo
importante es que estás mejor.
—Sí.
—Sonreí levemente.
—Voy
a acostarme. ¿Vale? —Y me dio un beso en la mejilla—. Buenas
noches.
—Buenas
noches. Que descanses.
Se
giró, abrió el mueble-cama que había debajo de las ventanas,
convirtiendose en una cama con su colchón, su almohada y sus sábanas
de un tono azul claro como la ropa de cama del hospital. Cogió del
armario su pijama, se cambió en el baño y luego se acostó. Leo ni
se inmutó y esperó a que mi madre se hubiese quedado dormida, luego
me miró con esos ojos verdes e hipnotizadores. Se levantó y se
sentó en el sillón.
—No
vas a dormir, ¿verdad? —Pregunté.
—No.
—Creía
que los demonios dormíais.
—Pues
no. No dormimos.
—Lo
dudo.
—¿Lo
dudas? —Dijo alzando una ceja.
—Yo
creo que sí que dormís, solo que vuestros sentidos siguen alerta,
así que si ocurre algo, os enteráis y podéis reaccionar. —Respondí
demasiado convencida para mi gusto.
—Así
es. Tienes razón. —Contestó sin inmutarse.
Abrí
los ojos como platos. ¿Había tenido razón? ¡Vaya!
—¡Vaya!
—Respondí sin creer que haya acertado.
—Eso
digo yo... Vaya. —Dijo poniendo énfasis en la palabra “vaya”.
Me
quedé mirándole y el me aguantó la mirada. Bostecé. La verdad era
que estaba cansada ya que la cena me había dado algo de sueño.
—¿Estas
cansada? —Negué con la cabeza algo somnolienta—. No me mientas.
Sé que lo estás.
—Estoy
cansada pero no tengo sueño, Leo. Son cosas distintas, aunque se
parezcan.
—Necesitas
dormir.
—¿Por
qué tú lo digas? —Protesté.
—Sí.
Porqué lo digo yo. —Se cruzó de brazos y fruncí el ceño—. No
me plantes cara y haz lo que te digo. —Le aguanté la mirada—.
Puedo ser muy cabezota María. —Me amenazó.
—No
más que yo. —Volví a bostezar.
—Vamos
a dormir. —Dijo levantándose y tapándome más con las sábanas.
Le
tenía muy cerca, a unos centímetros de su boca y podía olerlo.
Umm... Olía muy bien, a sudor, a elegancia, a perfume, a demonio,
a... Leo. Cerré los ojos y pensé que iba besarme. Noté su
respiración acelerándose. Sabía que estaba nervioso como yo. Se
mojó los labios con la lengua y me dio un beso en la cabeza. Este se
apartó lentamente, dio la vuelta a mi cama, cogió unas sábanas del
armario y se sentó en el sillón tapándose con ellas. Le miré.
—Buenas
noches Leo. —Dije suavemente.
—Buenas
noches Mery. —Respondió él sonriendo.
—Que
descanses.
—Igualmente.
—Nos
vemos mañana.
—Sí.
Nos vemos mañana.
Y
cerré los ojos quedándome dormida en cuestión de poco.
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