—¿Está
muerta?
—No, no creo que lo esté.—¿Entonces está... inconsciente?—Probablemente porqué respira.—¿Qué ha sido eso?—No tengo ni idea, pero no era normal.—Ya... ¿Qué hacemos con ella?—No lo sé. Metamosla dentro, aquí estamos haciendo demasiado alboroto.—De acuerdo.—Ayudame Santiago.—Sí, Salvador.Estaba sumida en la oscuridad y me sentía agotada, la verdad es que no podía ni moverme; ni un músculo, ni un hueso; nada me respondía, pero podía escuchar, aunque lo malo era que no tenía ni fuerzas para contestar. De momento, entre muchas voces (la mayoría italianas) reconocí sus voces, claras y nítidas: ¿Salvador? ¿Santiago? ¡¿Qué había pasado?! ¡¿A donde me llevaban?! ¡¿De qué estaban hablando?! ¡¿A qué se referían?! ¡Dios! La cabeza me dolía, me ardía, me iba a estallar. Así que intenté poner mis pensamientos en orden. ¿Qué había hecho para llegar hasta aquí? A ver... Me capturaron las 10 encapuchadas cuando salía de la universidad, me golpearon en la cabeza y cuando me desperté estaba en Viveros... Después... ¡La fusión! ¡Dios! ¡Tenía a Kattirva dentro de mí! ¿Pero eso era bueno? ¿Sí? ¿No? No lo sé. Lo importante era que me despertara. Noté una sacudida y como me cogían por los codos y los pies y me elevan en el aire para así llevarme.
—Cuidado Santiago. —Dijo Salvador.—Sí. Sí. —Respondió Santiago. —¿Entonces al edificio B?—Sí. La dejaremos sobre las sillas de la entrada y esperaremos hasta que despierte.—¿Profesor es lo adecuado? —Dijo un italiano.—No lo sé, pero es lo mejor que podemos hacer antes de que llegue la policía así que cooperad.—De acuerdo. ¿Qué necesita? —Respondió el italiano.—Que corráis al edificio B y que preparéis las sillas de la entrada, en forma de sofá o de cama, y con algunas chaquetas hacedselo cómodo. Y traed algo de agua.—Enseguida.Y oí como este se aleja. ¡Dios! El viajecito me mareaba. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda... Parecía que me encontraba en un barco. Cualquier persona estaría vomitado, pero la verdad es que no tenía nada en el estómago. El viaje siguió hasta que noté que me bajan por las escaleras, ya que la entrada estaba en unas escaleras bajando unos 2 metros bajo el suelo. Así que debían ser las escaleras del edificio B, como Salvador decía antes. Según como me bajaban, reconocí las voces de mis compañeros: Pilar, Antonio, Marc, Gaspare, Salvanio, Marco, Daniele, Roberta, Max, Ludovicca, Manuel, Isabel, Cristina la recepcionista, y de varios profesores entre los que se encontraban Ana, Marta, Enrique, Vicente, e Isabel.
—Aquí, aquí. Con cuidado. —Dijo Salvador.Noté como me colocan sobre algo blando. Debían ser las sillas que había en la recepción, pero recubiertas por chaquetas y demás, y a la altura de mi cabeza había más que me hacían de almohada. No era cómodo pero me bastaba.
—¿Qué le traemos? —Preguntó Cristina.—Agua de momento. —Contestó Salvador mientras noté que me ponía la mano en la cabeza—. No tiene fiebre y eso es bueno.
—¿Y qué tiene entonces? —Dijo Santiago que lo había presenciado todo.—Seguramente cansancio. Deberíamos dejarla descansar, y esperar a que despierte.—¡¿Pero usted ha visto lo que ha ocurrido profesor?! —Dijo un alumno español que no conocía.—Sí, lo he visto como muchos de vosotros, pero no podemos hacer nada. No nos hemos encontrado con nada como esto, ya que está por encima de nuestras capacidades tanto físicas como mentales.—Ya. Yo creo que deberíamos llamar a la policía. —Contestó el alumno.—La policía ya se enterará en su momento. Mejor sino decimos nada, ya que no sabemos que pasará con ella.Oía de fondo las voces de los demás profesores y alumnos que discutían sobre qué hacer conmigo; algunos preguntaban que hacía allí y qué había ocurrido, pero Salvador era quien lo tenía más claro, y parecía ser que no iba a dejar que los demás le hicieran cambiar de opinión. Adoraba a Salvador. Era mi profesor favorito, y la verdad es que era una maravilla. Era sensato, simpático, agradable, le encantaba enseñar, y tenía la paciencia de un santo. Nunca le molestaba explicar las cosas dos veces. Era como mi padre de la universidad. Podía contarle mis problemas que él siempre me escuchaba y me daba su opinión, para así intentar ayudarme. No era alto, ni tampoco bajo, supongo que mediría 1'72m. De complexión normal. Tenía la piel un poco más oscura de lo normal, como bronceada. El pelo negro y muy corto. Tenía una sonrisa amplia con unos dientes blancos y unos ojos marrones cálidos. Noté como me dan a beber agua con un vaso de plástico, y mi boca la aceptó y bebió con ganas. Me sentía mejor, pero la diferencia era leve. Solo me habían aliviado la sed. Así que intenté mover los dedos de las manos, para ver hasta donde llegaba mi cansancio y lo conseguí.
—¡Profesor mire! Está moviendo los dedos de las manos. —Dijo Santiago.—Sí. Ya lo veo. —Contestó Salvador—. ¿María me escuchas? —Dijo él con tono dulce.—Profesor... —Dije en un susurro.Quería despertarme. Decirles que estaba bien. Preguntarles sobre lo ocurrido. Pero también quería llamar a... ¡Mis padres! Mi madre estaría preocupadísima. Le prometí llamarla al salir de clase y no lo hice. ¡Dios mio! Ahora solo faltaba que pudiera abrir los ojos, cosa que intenté pero con resultados mínimos. Solo los pude abrir levemente mientras estos se acostumbraban a la luz de la recepción de mi universidad. Era tal y como la recordaba: Suelo de mármol como las escaleras, la recepción formada por un amplio mueble de madera, el ascensor al lado de las escaleras, la fotocopiadora, el pasillo a la biblioteca, las sillas juntas que formaban una especie de sofá largo donde estaba acostada... Me pesaban los párpados. Estaba taaaaan cansada. Pero lo importante era comunicarme con ellos, con el mundo exterior y lo había conseguido.
—Sí. María. Estoy aquí. Soy Salvador. —Dijo mi profesor.—Profesor... Estoy... Tan... Cansada... —Respondí como pude.—Sí. Me lo suponía. Llamaré a una ambulancia, porqué aquí no te puedes quedar.—Mis padres... —Dije intentando hacerle ver que estoy preocupada.—Tranquila, ahora llamaré a tu madre. Tengo tus cosas.—Vale... —Contesté.Oí como Salvador rebuscaba en mi bolso, y al cabo de unos segundos le escuché hablando con mi madre.
—No soy María. Soy Salvador, su profesor... Sí... María ha tenido un encuentro un poco raro... Sí está bien. Solo agotada... La llevaremos al hospital... Sí, al Clínico... No se preocupe que ya me quedo yo con ella así que conduzca con cuidado... Sí. Está bien... Le llamaré desde mi móvil dentro de unos minutos para decirle como va todo... De acuerdo, nos vemos... Adiós.Y colgó.
—Mi madre... Efrén...—Dije.—Tu madre va hablar con tu padre y van a venir junto con tu novio y dentro de nada voy a llamarles para decirles como está la cosa.
—De acuerdo...—¿Quieres que llame a una ambulancia Salvador? —Dijo Cristina, la recepcionista.—Sí. La llevaría en mi coche, pero María necesita descansar y estar bajo supervisión médica, y si la llevamos así a urgencias pues no averiguaremos nada.—De acuerdo. Ahora llamo.Noté como esta se aleja. Me hubiera encantado oír la conversación de Cristina pidiendo una ambulancia, pero no tenía ni fuerzas y Salvador siguió hablándome.
—Ahora vendrá la ambulancia. —Dijo Salvador.—No... —Contesté.Odiaba a las ambulancias. Las odiaba. Estaba cansada, pero tampoco era para que me llevaran al hospital. Lo único que quería era que me llevaran a casa, acostarme en mi cama y dormir hasta que me recuperara. Nada más. No era difícil.
—Sí. Te llevaremos al hospital quieras o no quieras. —Contestó Salvador.—No me gustan los... Hospitales... Además... Estoy bien... —Respondí.—No. No estás bien. Mirate. Estas agotada.—Lo sé. Solo necesito... dormir. No ir al hospital.—Y dormirás y te recuperarás, solo que en el hospital te tendremos más vigilada.—¿Vi-gi-la-da? No... Soy una mascota... Ni... Un... Monstruo. —Dije, aunque en realidad era eso lo que era.
Tenía a Kattirva dentro de mí. Bueno... Dentro de mí... No. Ahora eramos una misma. Ella me dijo que cambiaría mi personalidad, pero no me dijo los efectos secundarios como este cansancio. Pero puede que no me lo hubiera dicho porqué ella al ser una diosa, o lo que sea, no sintió cansancio ni dolor, y si lo hubiera sentido hubiera sido muy leve, ¿no?
—No eres nada de eso, pero es por tu bien María. —Contestó Salvador.—De acuerdo... —Respondí seguido de un bostezo.—Descansa y cuando despiertes te sentirás mejor.—Vale...Cerré los ojos y me quedé sumida en un profundo sueño.
Estaba de pie, en una especie de cueva subterránea oscura y muy profunda, formada por rocas, lava y fuego. Hacía mucho calor, pero podía soportarlo debido a que no era material, exactamente era como un fantasma. No tenía pies ya que estaban como difuminados y estaba elevada unos centímetros en el aire, y parecía ser que nadie me veía. Había demonios y trols trabajando y llevando materiales y armas de un lado a otro. Parecía que tuviera bastante prisa. De pronto se oyó un grito que vino desde una especie de entrada a una cueva que daba a un gran castillo. Un grito aterrador y desgarrador que me recorrió la columna vertebral y que hizo que mi alma y que todo mi ser se pusiera a temblar; era tan agudo y potente que hizo que las estalactitas y estalagmitas temblaran como si fueran a derrumbarse de un momento a otro. El trol corrió en esa dirección como si su vida pendiera de ello. Le observé atenta y corrí detrás de él. El trol siguió corriendo más y más deprisa. Me costaba seguirle el ritmo pero me dí cuenta de que no me cansaba, y se agradecía. Levité detrás de él a gran velocidad. Era feo y grande, mediría como unos dos metros, y iba vestido con una especie de armadura y con arrapos. Tenía la piel de un tono verde oliva oscuro, y estaba calvo. Él corrió por el túnel y se adentró por la entrada principal del castillo. El castillo era grande y negro, con torreones, y ventanales. Era aterrador. Tenía gárgolas pero en forma de las criaturas más horrorosas y aterradoras que jamás hubiera visto. No sabía lo que eran. Se volvió a oír el chillido, y este y yo palidecimos. Subimos por las escaleras y recorrimos todos los pasillos hasta una gran puerta de metal con inscripciones. Me quedé a un metro de él mirándole con atención. Él llamó y la puerta se abrió con un fuerte crujido. ¡Dios mio! ¡Era el salón del trono! En él una mujer de pelo largo y negro, piel pálida, y ojos extremadamente fríos y azules estaba sentada sobre un gran trono negro. La mujer era joven, no tendría más de 30 años, e incluso diría que de 25. Era delgada, alta y con curvas. Era demasiado joven para estar donde estaba pero parecía que había nacido para ello porqué se sentía segura de lo que era y de su deber. La estancia era grande, lleno de antorchas en las paredes, grandes columnas negras, una gran alfombra roja como la sangre recorría el salón desde la estancia hasta el trono, y había unos amplios ventanales detrás del trono, en el cual, para que acceder a él debías subir unos 5 escalones. Miré más detalladamente a la joven. Su piel, sus ojos, sus labios, sus dientes, los símbolos que recorrían su piel blanca como de porcelana... Me adentré, y detrás de mi las puertas se cerraron. Me desplacé hasta un lado del gran salón, y me apoyé en una de las columnas cercanas a la mujer, donde podía mirarlo todo. El trol se acercó hasta ponerse delante de los escalones y se arrodillo temblando, con la cabeza tocando el suelo. La joven estaba realmente enfadada. Miró ambos lados, donde había elfos, demonios, vampiros y demás criaturas. Más que respeto le tenían miedo, horror. Ella siguió en silencio sin decir nada. Ellos agacharon la cabeza cuando ella los miró. Les sonrió fríamente y estos se fueron de la estancia quedándome a solas con ella. Me acerqué más para mirarla, separándome de la columna y subiendo los escalones con la seguridad de que no podía verme, hasta que me quedé a unos 2 metros de donde ella estaba sentada. De momento giró la cabeza y se me quedó mirando. Sus ojos azules se me clavaron en lo más profundo de mi ser. ¡Me había visto! ¡¿Cómo?! La miré y ella me miró. No sabía quien era hasta ahora... Sí. Era ella, no había duda. Ella me sonrió levemente enseñando sus dientes perfectamente blancos y afilados. Entonces habló.
—Hola María. —Susurró.—Hola Kattirva. —Le contesté.—¿Sabes donde estás?—Así es. —Respondí—. Estoy en el Tártaro. Donde vives, y naciste.—Premio. —Dijo ella.—¿Está eres tú? —Pregunté.—Sí. Esta soy yo.—Eres bella... Pero das miedo. Es una belleza terrorífica.—Lo sé. Esa es la idea. —Se encogió de hombros.—Parece ser que tu parte oscura te domina. —Dije con tono orgulloso y sin pensar.¡Dios! ¡Se abría enfadado! ¡¿Porqué había dicho eso?! Era estúpida. ¡¿Cómo me atrevía a plantarle cara a alguien como ella? Hubiera podido matarme o eliminarme en un abrir y cerrar de ojos. Palidecí de solo pensarlo y miré su reacción. Ella ni se inmutó, parecía que no le afectó mi comentario.
—Soy oscura, María. No blanca, brillante o pura. —Contestó tranquilamente.—Será por Nix. —Respondí.—Puede. —Se encogió de hombros—. He sido oscura desde que Nix nació, pero hubiera podido ser blanca, brillante o pura como Gea o Tetis, e incluso como Nut. Pero soy oscura como Nix, Nirvanna y Kathy.¡Era verdad! Ella era la fusión de 6 deidades, y cada una tenía una naturaleza aunque parecía ser que le gustaba ser como era.
—¿Porqué me has mostrado esto? ¿Estoy... Muerta? —Pregunté.—Esto es una visión María, un sueño. Para que me conozcas un poco más, ya que ahora estas perdida. Pero tranquila... —Hizo una pausa—. Dentro de poco, esta tranquilidad se acabará. Desarrollaras mis poderes, mi personalidad, ya que te concienciaras de lo que eres y de lo que eres capaz de hacer.
Tragué saliva. Esto no me lo esperaba.
—No creo que quiera ser como tú.—Pero lo serás. Tarde o temprano, lo serás.—Entonces... ¿No estoy aquí de verdad?—No. —Respondió negando con la cabeza.—¿Y como explicas esto? —Dije refiriéndome a lo que estaba viendo.—Es fácil. —Contestó—. Tú mente me ha buscado. Está “conectándose” conmigo. Pero para que la “fusión” sea perfecta necesitamos saberlo todo sobre la otra. Por eso que estés viendo esto. El Tártaro existe. Yo existo. Tú existes. Ahora mismo tu cuerpo está en la superficie. Arriba. —Señaló el techo— Pero tu mente está aquí abajo, conmigo. Pero te contestaré a esa pregunta que tienes en mente. ¿Pero estamos exactamente en el Tártaro? No estamos en el Tártaro. Esto solo es el contexto, el lugar que he querido mostrarte. Nada más.Respiré, y de momento me dí cuenta de que había estado aguantando la respiración. Ahora lo tenía todo claro. Que alivio, dios mio.
—¿En qué lugar estoy exactamente de “arriba”? —Pregunté.—En el hospital. Estas inconsciente, y en este caso dormida, después de que aceptaras a/y te fusionaras conmigo.—¿Por qué el cansancio?—Es normal para una mortal, todo lo que soy... Es muy grande fusionarlo con algo tan pequeño como un humano, por eso que te sientas tan agotada. Pero te recuperarás y rápido. Cuando abras los ojos te sentirás mucho mejor.De acuerdo. Ahora lo entendía todo. Perfecto. ¿Mejor? Eso era bueno. Porqué lo cansada que me había encontrado hacía unos instantes era demasiado.
—Vale. —Dije finalmente—. ¿Y ahora?—¿Ahora? —Y esta alzó una ceja.—Sí. ¿Que pasará?—Pues que te despertarás.—¿Me acordaré de esto?—Por supuesto.—¿Puedo preguntarte algo? —Dije sin poder aguantármelo más.—Claro.—¿Hasta donde llegan tus poderes? ¿Cual es su alcance? ¿Qué podré hacer con ellos?Kattirva estalló en una gran carcajada. Parecía ser que le divertía. ¡Enserio! ¡¿Qué había dicho ahora?! Podía ser que le hiciera gracia por mi inexperiencia, pero no todos eramos una titánide. Había hecho algo, y ahora tendría algo de lo que no tenía ni idea, así que lo menos me merecía era una explicación. Me ponía más negra que el color de su pelo. ¡No había quien entendiera a esta mujer! Me miró seria por unos segundos que se me hicieron eternos y finalmente habló, pero con tono suave.
—El alcance de ellos es infinito. Puedes hacer con ellos cosas que jamás creíste que podrías hacer. Crear mundos y universos, dar la vida, quitarla, controlar los elementos, detectar la raza de quienes están a tu alrededor, robar la energía, controlar la luz y la oscuridad, leer las mentes... Todo lo que quieras.¡Vaya! Me dejó sin palabras. Lo que ella dijo, iba por encimas de mis expectativas. ¡¿Tanto?! ¿Y qué había hecho yo para merecer tanto? Nada. Solo... A ver como lo diría... ¡Ah! ¡Sí! Tenerla dormida desde que nací, para cuando ella se hubiera despertado montarme todo este embrollo y poner mi vida patas arriba.
—¿Y... envejeceré? —Pregunté. Aunque sabía la respuesta dadas las circunstancias.—No. —Dijo negando levemente con la cabeza—. Seras inmortal.—Inmortal... —Repetí en voz baja para mí misma.Eso significaba que nunca envejecería, que siempre sería joven, que la muerte no existía ni existiría para mí. Me puse a pensar en ello y la verdad es que me divirtió. ¡Vaya! Seguí sin creérmelo. Estaba sonriendo como una tonta a la que le había tocado la lotería y seguía sin creérselo, y la verdad es que no me lo creía. Pero si yo no envejecía... Los míos sí que lo harán, y... perdería a mis padres, a mis amigos, a mi familia, a los míos. La idea era aterradora. La inmortalidad era algo fantástico pero a la vez no tanto. La felicidad que sentía fue reemplazada por la tristeza y el temor en cuestión de segundos. ¿Debería preguntárselo a Kattirva? Creí que sí, ya que ella era la única que podía sacarme de dudas, pero era que tenía tantas preguntas para hacerle... ¿Por cuál empezaba? ¡Ah! ¡Sí! Por la de la inmortalidad, pero Kattirva habló antes de que pueda preguntarle nada.
—¿Qué quieres preguntarme, María? Estas muy callada y la verdad es que estoy aguantándome las ganas de leerte la mente. Pero no lo hago porqué tenemos un acuerdo, y hemos hecho algo ambas que es irrompible.La miré sin decir una palabra. Esta mujer me sorprendía. ¿Así que leerme la mente? No sabía como no me la había leído ya. Pero me alegré de que hubiera respetado mi privacidad.
—Sobre la inmortalidad... —Empecé—. ¿Qué pasará con los míos? ¿Morirán como yo me temo, ya que ellos son “mortales” y yo no?El tiempo se detuvo porqué temía su respuesta fuera un “Sí”.
—Los tuyos como tú dices, son mortales. Tienen su vida escrita. Yo sé toda su vida. Por eso te elegí. Pero sí, morirán por no ser inmortales. —Dijo finalmente.—Ya... Y yo puedo hacer algo al respecto. ¿No?—Así es. Eres lista. Me alegra mi elección.—¿Tu elección? ¡¿Me elegiste?! ¡¿De qué estás hablando?! —Abrí los ojos como platos sin entenderla.—Sí. Te elegí. Toda mi familia está “reencarnada” o “fusionada” con algún humano ahora mismo. ¿Sino como crees que me conoces? —Preguntó alzando una ceja.—¡Dios! —Me tapé la boca, y en ese momento caí en lo que ella se refería.—Lo has pillado ahora, ¿Eh? —Preguntó y yo asentí—. ¿Como supiste de mi si no?—Te conocí por un foro de Internet. Me metí y me “dieron” a ti como personaje.—¿Quien te lo dio?—Un chico. Jonny. Es un chico fantástico.—¿Qué personaje tenía?—Deagow. Tú hijo.—¿A quién más conocías?—Pues a Alejandra que era Bianca, a Álvaro que era Demetrius, a Andrés que era Laikos, a Aira que era Dathesa... Son muchos. —Respondí.—Y tú que eras Kattirva. Entonces.... —Dejó la frase sin terminar.—¡Tú familia está “reencarnada” o “fusionada” con ellos! ¡Con esos humanos exactamente!Kattirva me miró con una chispa en sus ojos y me sonrió. Seguidamente aplaudió.
—¡Bravo María! Ahora ya sabes toda la historia y el futuro que te espera, que “nos” espera a ambas.—¿Pero ellos ya saben a quienes llevan dentro? —Pregunté temiéndome lo peor.—No. Los demás aún no han sido activados o despertados, me da igual como lo digas, y no serán despertados hasta que no sea necesario. Cada uno, a su tiempo.—¿Y como Jonny nos dio esos personajes?—Fácil. Se activó una parte de la memoria de Deagow lo que hizo que la historia de los míos se metiera en la mente de la de Jonny.—Entiendo... ¿Ha despertado alguien más?—De momento no.—¿Porqué has esperado tanto tiempo a despertarte?—Eso depende de cada uno. Ya te lo he dicho. Además el “huésped” debe estar “preparado” y tú lo estabas. Lo noté, y eso hizo que me despertara.—Demasiada información para procesar Kattirva. —Dije confusa y apartándome un poco de donde estaba ella sentada.—Lo sé, y tendrás muchísimo tiempo para asimilarla.—¿Cual es el futuro que me espera, bueno... que “nos” espera?—El futuro es incierto y sorprendente, María. Ya lo veremos. —Sonrió de lado.Sonreí y estallé en una carcajada. La verdad era que era imposible que el mundo en el que vivía, el que pensaba que era irreal, fuera real y existiera de verdad. ¡Era de locos! ¡Madre mía! Así que todo era cierto, nada imaginario.
—Me alegra mucho que te haga gracia. —Dijo Kattirva.—Es que sigo sin creérmelo.—Pues creételo porqué así son las cosas.Kattirva se levantó y fue entonces cuando vi lo majestuosa que era y como iba vestida. Vestía con el vestido medieval que tantas veces me había imaginado, negro con mangas largas y anchas, una gran cola, con pedrería y detalles en plata y en rojo que formaban los símbolos de los Drasmasters... Estaba maravillada. No podía creerme que todo lo que había imaginado fuera real. Ella me miró y sonrió al darse cuenta de lo que estaba pensando. Se acercó hasta donde estaba; la miré y ella me miró.
—¿Estas asustada? —Preguntó.—No. —Respondí.—Me lo imaginaba. Por eso te elegí, María. —Tragué saliva—. Eres una joven fuerte, con las ideas claras, bella y muy inteligente. Tienes mucho temperamento y el amor que tienes por los tuyos es lo que más me gustó de ti. Ese amor que tienes por los tuyos es que el que tengo yo por los míos. Tú fracaso en el amor, es el mismo que sufrí yo. —Suspiró y volvió a mirarme, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja—. Pero tranquila, todo se solucionará. El destino nos tienes grandes sorpresas preparadas. —Me sonrió dulcemente como una madre a su hija mientras me acariciaba la mejilla con ternura—. No somos tan diferentes como crees. Somos muy parecidas, prácticamente idénticas. Por eso te elegí, por eso. Sé que está fusión ha sido una de las cosas que mejor he hecho, y me alegra ver como te lo has tomado. Te esperan grandes cosas, así que disfrutalo todo y mucho.—Parece que te estás despidiendo de mí.—Eso hago. Porqué ahora, a partir de este momento, ya nunca más nos veremos.
Y vi como sonreía pero de felicidad.
—Pero... —Dije mientras se me formaba un nudo en la garganta.—Lo sé. Lo sé. —Y me estrechó entre sus brazos y estallé a llorar.Lloré entre sus brazos durante un tiempo que me pareció una eternidad pero Kattirva no me soltó. Sino todo lo contrario, me acarició el pelo con suavidad. Desprendía amor y ternura. Me sentía muy a gusto con ella. Kattirva era una maravilla de mujer. Había tenido que sacar a toda su familia hacia delante haciendo frente a otros problemas como su fracaso en el amor o como el enfrentamiento entre sus razas, o como los problemas con Death. Me dolía despedirme de ella. No quería. Ahora la comprendía, la entendía, y era fantástica. Me sentía muy orgullosa y honrada de haber sido yo en quien se hubiera “reencarnado” por así decirlo. Ella se separó de mí y me miró.
—Me caes bien. —Dije.—Y tú a mí. Y recuerda de que no hay nada imposible, nada. ¿Lo has entendido?Asentí y tragué saliva.
—Cuida de mi Leo. —Me dijo—. Es lo más grande que tengo en mi vida, y ámalo por encima de todo tal como yo le he amado y como siempre le amaré. Nuestra historia se merece un final feliz, y reúne a la familia.Asentí y supe que iba a cumplir al pie de la letra lo que ella me ha dicho. No me hacía falta que me dijera quien era Leo porqué lo suponía. Ella me miraba y lo único que veía en sus ojos era dulzura. Kattirva me abrazó de nuevo cálidamente. Pero fue un abrazo distinto... Maternal... Diría yo. Pasó los brazos por mi cuello y noté como cerraba los ojos. Mi cuerpo reaccionó y le pasó los brazos por la cintura, devolviendole el abrazo. Era extraño abrazar a alguien como ella, pero me gustaba. Me sentía querida... Como si fuéramos madre e hija. Era... Estupendo. Seguimos así durante unos minutos que me parecieron eternos pero que se agradecieron. Finalmente se apartó y me miró sonriendo tristemente.
—Bien. Ahora María, mirame a los ojos porqué ahora vas a despertarte.Le miré a los ojos y de los de ambas cayeron lágrimas.
—Adiós Kattirva.—Adiós María.Y noté como si me arrastraran hacia arriba, desapareciendo del Tártaro y sabiendo que no volvería a ver a Kattirva, nunca más, pero ahora ya sabía muchas cosas y las dudas que tenía habían sido resueltas.
—No, no creo que lo esté.—¿Entonces está... inconsciente?—Probablemente porqué respira.—¿Qué ha sido eso?—No tengo ni idea, pero no era normal.—Ya... ¿Qué hacemos con ella?—No lo sé. Metamosla dentro, aquí estamos haciendo demasiado alboroto.—De acuerdo.—Ayudame Santiago.—Sí, Salvador.Estaba sumida en la oscuridad y me sentía agotada, la verdad es que no podía ni moverme; ni un músculo, ni un hueso; nada me respondía, pero podía escuchar, aunque lo malo era que no tenía ni fuerzas para contestar. De momento, entre muchas voces (la mayoría italianas) reconocí sus voces, claras y nítidas: ¿Salvador? ¿Santiago? ¡¿Qué había pasado?! ¡¿A donde me llevaban?! ¡¿De qué estaban hablando?! ¡¿A qué se referían?! ¡Dios! La cabeza me dolía, me ardía, me iba a estallar. Así que intenté poner mis pensamientos en orden. ¿Qué había hecho para llegar hasta aquí? A ver... Me capturaron las 10 encapuchadas cuando salía de la universidad, me golpearon en la cabeza y cuando me desperté estaba en Viveros... Después... ¡La fusión! ¡Dios! ¡Tenía a Kattirva dentro de mí! ¿Pero eso era bueno? ¿Sí? ¿No? No lo sé. Lo importante era que me despertara. Noté una sacudida y como me cogían por los codos y los pies y me elevan en el aire para así llevarme.
—Cuidado Santiago. —Dijo Salvador.—Sí. Sí. —Respondió Santiago. —¿Entonces al edificio B?—Sí. La dejaremos sobre las sillas de la entrada y esperaremos hasta que despierte.—¿Profesor es lo adecuado? —Dijo un italiano.—No lo sé, pero es lo mejor que podemos hacer antes de que llegue la policía así que cooperad.—De acuerdo. ¿Qué necesita? —Respondió el italiano.—Que corráis al edificio B y que preparéis las sillas de la entrada, en forma de sofá o de cama, y con algunas chaquetas hacedselo cómodo. Y traed algo de agua.—Enseguida.Y oí como este se aleja. ¡Dios! El viajecito me mareaba. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda... Parecía que me encontraba en un barco. Cualquier persona estaría vomitado, pero la verdad es que no tenía nada en el estómago. El viaje siguió hasta que noté que me bajan por las escaleras, ya que la entrada estaba en unas escaleras bajando unos 2 metros bajo el suelo. Así que debían ser las escaleras del edificio B, como Salvador decía antes. Según como me bajaban, reconocí las voces de mis compañeros: Pilar, Antonio, Marc, Gaspare, Salvanio, Marco, Daniele, Roberta, Max, Ludovicca, Manuel, Isabel, Cristina la recepcionista, y de varios profesores entre los que se encontraban Ana, Marta, Enrique, Vicente, e Isabel.
—Aquí, aquí. Con cuidado. —Dijo Salvador.Noté como me colocan sobre algo blando. Debían ser las sillas que había en la recepción, pero recubiertas por chaquetas y demás, y a la altura de mi cabeza había más que me hacían de almohada. No era cómodo pero me bastaba.
—¿Qué le traemos? —Preguntó Cristina.—Agua de momento. —Contestó Salvador mientras noté que me ponía la mano en la cabeza—. No tiene fiebre y eso es bueno.
—¿Y qué tiene entonces? —Dijo Santiago que lo había presenciado todo.—Seguramente cansancio. Deberíamos dejarla descansar, y esperar a que despierte.—¡¿Pero usted ha visto lo que ha ocurrido profesor?! —Dijo un alumno español que no conocía.—Sí, lo he visto como muchos de vosotros, pero no podemos hacer nada. No nos hemos encontrado con nada como esto, ya que está por encima de nuestras capacidades tanto físicas como mentales.—Ya. Yo creo que deberíamos llamar a la policía. —Contestó el alumno.—La policía ya se enterará en su momento. Mejor sino decimos nada, ya que no sabemos que pasará con ella.Oía de fondo las voces de los demás profesores y alumnos que discutían sobre qué hacer conmigo; algunos preguntaban que hacía allí y qué había ocurrido, pero Salvador era quien lo tenía más claro, y parecía ser que no iba a dejar que los demás le hicieran cambiar de opinión. Adoraba a Salvador. Era mi profesor favorito, y la verdad es que era una maravilla. Era sensato, simpático, agradable, le encantaba enseñar, y tenía la paciencia de un santo. Nunca le molestaba explicar las cosas dos veces. Era como mi padre de la universidad. Podía contarle mis problemas que él siempre me escuchaba y me daba su opinión, para así intentar ayudarme. No era alto, ni tampoco bajo, supongo que mediría 1'72m. De complexión normal. Tenía la piel un poco más oscura de lo normal, como bronceada. El pelo negro y muy corto. Tenía una sonrisa amplia con unos dientes blancos y unos ojos marrones cálidos. Noté como me dan a beber agua con un vaso de plástico, y mi boca la aceptó y bebió con ganas. Me sentía mejor, pero la diferencia era leve. Solo me habían aliviado la sed. Así que intenté mover los dedos de las manos, para ver hasta donde llegaba mi cansancio y lo conseguí.
—¡Profesor mire! Está moviendo los dedos de las manos. —Dijo Santiago.—Sí. Ya lo veo. —Contestó Salvador—. ¿María me escuchas? —Dijo él con tono dulce.—Profesor... —Dije en un susurro.Quería despertarme. Decirles que estaba bien. Preguntarles sobre lo ocurrido. Pero también quería llamar a... ¡Mis padres! Mi madre estaría preocupadísima. Le prometí llamarla al salir de clase y no lo hice. ¡Dios mio! Ahora solo faltaba que pudiera abrir los ojos, cosa que intenté pero con resultados mínimos. Solo los pude abrir levemente mientras estos se acostumbraban a la luz de la recepción de mi universidad. Era tal y como la recordaba: Suelo de mármol como las escaleras, la recepción formada por un amplio mueble de madera, el ascensor al lado de las escaleras, la fotocopiadora, el pasillo a la biblioteca, las sillas juntas que formaban una especie de sofá largo donde estaba acostada... Me pesaban los párpados. Estaba taaaaan cansada. Pero lo importante era comunicarme con ellos, con el mundo exterior y lo había conseguido.
—Sí. María. Estoy aquí. Soy Salvador. —Dijo mi profesor.—Profesor... Estoy... Tan... Cansada... —Respondí como pude.—Sí. Me lo suponía. Llamaré a una ambulancia, porqué aquí no te puedes quedar.—Mis padres... —Dije intentando hacerle ver que estoy preocupada.—Tranquila, ahora llamaré a tu madre. Tengo tus cosas.—Vale... —Contesté.Oí como Salvador rebuscaba en mi bolso, y al cabo de unos segundos le escuché hablando con mi madre.
—No soy María. Soy Salvador, su profesor... Sí... María ha tenido un encuentro un poco raro... Sí está bien. Solo agotada... La llevaremos al hospital... Sí, al Clínico... No se preocupe que ya me quedo yo con ella así que conduzca con cuidado... Sí. Está bien... Le llamaré desde mi móvil dentro de unos minutos para decirle como va todo... De acuerdo, nos vemos... Adiós.Y colgó.
—Mi madre... Efrén...—Dije.—Tu madre va hablar con tu padre y van a venir junto con tu novio y dentro de nada voy a llamarles para decirles como está la cosa.
—De acuerdo...—¿Quieres que llame a una ambulancia Salvador? —Dijo Cristina, la recepcionista.—Sí. La llevaría en mi coche, pero María necesita descansar y estar bajo supervisión médica, y si la llevamos así a urgencias pues no averiguaremos nada.—De acuerdo. Ahora llamo.Noté como esta se aleja. Me hubiera encantado oír la conversación de Cristina pidiendo una ambulancia, pero no tenía ni fuerzas y Salvador siguió hablándome.
—Ahora vendrá la ambulancia. —Dijo Salvador.—No... —Contesté.Odiaba a las ambulancias. Las odiaba. Estaba cansada, pero tampoco era para que me llevaran al hospital. Lo único que quería era que me llevaran a casa, acostarme en mi cama y dormir hasta que me recuperara. Nada más. No era difícil.
—Sí. Te llevaremos al hospital quieras o no quieras. —Contestó Salvador.—No me gustan los... Hospitales... Además... Estoy bien... —Respondí.—No. No estás bien. Mirate. Estas agotada.—Lo sé. Solo necesito... dormir. No ir al hospital.—Y dormirás y te recuperarás, solo que en el hospital te tendremos más vigilada.—¿Vi-gi-la-da? No... Soy una mascota... Ni... Un... Monstruo. —Dije, aunque en realidad era eso lo que era.
Tenía a Kattirva dentro de mí. Bueno... Dentro de mí... No. Ahora eramos una misma. Ella me dijo que cambiaría mi personalidad, pero no me dijo los efectos secundarios como este cansancio. Pero puede que no me lo hubiera dicho porqué ella al ser una diosa, o lo que sea, no sintió cansancio ni dolor, y si lo hubiera sentido hubiera sido muy leve, ¿no?
—No eres nada de eso, pero es por tu bien María. —Contestó Salvador.—De acuerdo... —Respondí seguido de un bostezo.—Descansa y cuando despiertes te sentirás mejor.—Vale...Cerré los ojos y me quedé sumida en un profundo sueño.
Estaba de pie, en una especie de cueva subterránea oscura y muy profunda, formada por rocas, lava y fuego. Hacía mucho calor, pero podía soportarlo debido a que no era material, exactamente era como un fantasma. No tenía pies ya que estaban como difuminados y estaba elevada unos centímetros en el aire, y parecía ser que nadie me veía. Había demonios y trols trabajando y llevando materiales y armas de un lado a otro. Parecía que tuviera bastante prisa. De pronto se oyó un grito que vino desde una especie de entrada a una cueva que daba a un gran castillo. Un grito aterrador y desgarrador que me recorrió la columna vertebral y que hizo que mi alma y que todo mi ser se pusiera a temblar; era tan agudo y potente que hizo que las estalactitas y estalagmitas temblaran como si fueran a derrumbarse de un momento a otro. El trol corrió en esa dirección como si su vida pendiera de ello. Le observé atenta y corrí detrás de él. El trol siguió corriendo más y más deprisa. Me costaba seguirle el ritmo pero me dí cuenta de que no me cansaba, y se agradecía. Levité detrás de él a gran velocidad. Era feo y grande, mediría como unos dos metros, y iba vestido con una especie de armadura y con arrapos. Tenía la piel de un tono verde oliva oscuro, y estaba calvo. Él corrió por el túnel y se adentró por la entrada principal del castillo. El castillo era grande y negro, con torreones, y ventanales. Era aterrador. Tenía gárgolas pero en forma de las criaturas más horrorosas y aterradoras que jamás hubiera visto. No sabía lo que eran. Se volvió a oír el chillido, y este y yo palidecimos. Subimos por las escaleras y recorrimos todos los pasillos hasta una gran puerta de metal con inscripciones. Me quedé a un metro de él mirándole con atención. Él llamó y la puerta se abrió con un fuerte crujido. ¡Dios mio! ¡Era el salón del trono! En él una mujer de pelo largo y negro, piel pálida, y ojos extremadamente fríos y azules estaba sentada sobre un gran trono negro. La mujer era joven, no tendría más de 30 años, e incluso diría que de 25. Era delgada, alta y con curvas. Era demasiado joven para estar donde estaba pero parecía que había nacido para ello porqué se sentía segura de lo que era y de su deber. La estancia era grande, lleno de antorchas en las paredes, grandes columnas negras, una gran alfombra roja como la sangre recorría el salón desde la estancia hasta el trono, y había unos amplios ventanales detrás del trono, en el cual, para que acceder a él debías subir unos 5 escalones. Miré más detalladamente a la joven. Su piel, sus ojos, sus labios, sus dientes, los símbolos que recorrían su piel blanca como de porcelana... Me adentré, y detrás de mi las puertas se cerraron. Me desplacé hasta un lado del gran salón, y me apoyé en una de las columnas cercanas a la mujer, donde podía mirarlo todo. El trol se acercó hasta ponerse delante de los escalones y se arrodillo temblando, con la cabeza tocando el suelo. La joven estaba realmente enfadada. Miró ambos lados, donde había elfos, demonios, vampiros y demás criaturas. Más que respeto le tenían miedo, horror. Ella siguió en silencio sin decir nada. Ellos agacharon la cabeza cuando ella los miró. Les sonrió fríamente y estos se fueron de la estancia quedándome a solas con ella. Me acerqué más para mirarla, separándome de la columna y subiendo los escalones con la seguridad de que no podía verme, hasta que me quedé a unos 2 metros de donde ella estaba sentada. De momento giró la cabeza y se me quedó mirando. Sus ojos azules se me clavaron en lo más profundo de mi ser. ¡Me había visto! ¡¿Cómo?! La miré y ella me miró. No sabía quien era hasta ahora... Sí. Era ella, no había duda. Ella me sonrió levemente enseñando sus dientes perfectamente blancos y afilados. Entonces habló.
—Hola María. —Susurró.—Hola Kattirva. —Le contesté.—¿Sabes donde estás?—Así es. —Respondí—. Estoy en el Tártaro. Donde vives, y naciste.—Premio. —Dijo ella.—¿Está eres tú? —Pregunté.—Sí. Esta soy yo.—Eres bella... Pero das miedo. Es una belleza terrorífica.—Lo sé. Esa es la idea. —Se encogió de hombros.—Parece ser que tu parte oscura te domina. —Dije con tono orgulloso y sin pensar.¡Dios! ¡Se abría enfadado! ¡¿Porqué había dicho eso?! Era estúpida. ¡¿Cómo me atrevía a plantarle cara a alguien como ella? Hubiera podido matarme o eliminarme en un abrir y cerrar de ojos. Palidecí de solo pensarlo y miré su reacción. Ella ni se inmutó, parecía que no le afectó mi comentario.
—Soy oscura, María. No blanca, brillante o pura. —Contestó tranquilamente.—Será por Nix. —Respondí.—Puede. —Se encogió de hombros—. He sido oscura desde que Nix nació, pero hubiera podido ser blanca, brillante o pura como Gea o Tetis, e incluso como Nut. Pero soy oscura como Nix, Nirvanna y Kathy.¡Era verdad! Ella era la fusión de 6 deidades, y cada una tenía una naturaleza aunque parecía ser que le gustaba ser como era.
—¿Porqué me has mostrado esto? ¿Estoy... Muerta? —Pregunté.—Esto es una visión María, un sueño. Para que me conozcas un poco más, ya que ahora estas perdida. Pero tranquila... —Hizo una pausa—. Dentro de poco, esta tranquilidad se acabará. Desarrollaras mis poderes, mi personalidad, ya que te concienciaras de lo que eres y de lo que eres capaz de hacer.
Tragué saliva. Esto no me lo esperaba.
—No creo que quiera ser como tú.—Pero lo serás. Tarde o temprano, lo serás.—Entonces... ¿No estoy aquí de verdad?—No. —Respondió negando con la cabeza.—¿Y como explicas esto? —Dije refiriéndome a lo que estaba viendo.—Es fácil. —Contestó—. Tú mente me ha buscado. Está “conectándose” conmigo. Pero para que la “fusión” sea perfecta necesitamos saberlo todo sobre la otra. Por eso que estés viendo esto. El Tártaro existe. Yo existo. Tú existes. Ahora mismo tu cuerpo está en la superficie. Arriba. —Señaló el techo— Pero tu mente está aquí abajo, conmigo. Pero te contestaré a esa pregunta que tienes en mente. ¿Pero estamos exactamente en el Tártaro? No estamos en el Tártaro. Esto solo es el contexto, el lugar que he querido mostrarte. Nada más.Respiré, y de momento me dí cuenta de que había estado aguantando la respiración. Ahora lo tenía todo claro. Que alivio, dios mio.
—¿En qué lugar estoy exactamente de “arriba”? —Pregunté.—En el hospital. Estas inconsciente, y en este caso dormida, después de que aceptaras a/y te fusionaras conmigo.—¿Por qué el cansancio?—Es normal para una mortal, todo lo que soy... Es muy grande fusionarlo con algo tan pequeño como un humano, por eso que te sientas tan agotada. Pero te recuperarás y rápido. Cuando abras los ojos te sentirás mucho mejor.De acuerdo. Ahora lo entendía todo. Perfecto. ¿Mejor? Eso era bueno. Porqué lo cansada que me había encontrado hacía unos instantes era demasiado.
—Vale. —Dije finalmente—. ¿Y ahora?—¿Ahora? —Y esta alzó una ceja.—Sí. ¿Que pasará?—Pues que te despertarás.—¿Me acordaré de esto?—Por supuesto.—¿Puedo preguntarte algo? —Dije sin poder aguantármelo más.—Claro.—¿Hasta donde llegan tus poderes? ¿Cual es su alcance? ¿Qué podré hacer con ellos?Kattirva estalló en una gran carcajada. Parecía ser que le divertía. ¡Enserio! ¡¿Qué había dicho ahora?! Podía ser que le hiciera gracia por mi inexperiencia, pero no todos eramos una titánide. Había hecho algo, y ahora tendría algo de lo que no tenía ni idea, así que lo menos me merecía era una explicación. Me ponía más negra que el color de su pelo. ¡No había quien entendiera a esta mujer! Me miró seria por unos segundos que se me hicieron eternos y finalmente habló, pero con tono suave.
—El alcance de ellos es infinito. Puedes hacer con ellos cosas que jamás creíste que podrías hacer. Crear mundos y universos, dar la vida, quitarla, controlar los elementos, detectar la raza de quienes están a tu alrededor, robar la energía, controlar la luz y la oscuridad, leer las mentes... Todo lo que quieras.¡Vaya! Me dejó sin palabras. Lo que ella dijo, iba por encimas de mis expectativas. ¡¿Tanto?! ¿Y qué había hecho yo para merecer tanto? Nada. Solo... A ver como lo diría... ¡Ah! ¡Sí! Tenerla dormida desde que nací, para cuando ella se hubiera despertado montarme todo este embrollo y poner mi vida patas arriba.
—¿Y... envejeceré? —Pregunté. Aunque sabía la respuesta dadas las circunstancias.—No. —Dijo negando levemente con la cabeza—. Seras inmortal.—Inmortal... —Repetí en voz baja para mí misma.Eso significaba que nunca envejecería, que siempre sería joven, que la muerte no existía ni existiría para mí. Me puse a pensar en ello y la verdad es que me divirtió. ¡Vaya! Seguí sin creérmelo. Estaba sonriendo como una tonta a la que le había tocado la lotería y seguía sin creérselo, y la verdad es que no me lo creía. Pero si yo no envejecía... Los míos sí que lo harán, y... perdería a mis padres, a mis amigos, a mi familia, a los míos. La idea era aterradora. La inmortalidad era algo fantástico pero a la vez no tanto. La felicidad que sentía fue reemplazada por la tristeza y el temor en cuestión de segundos. ¿Debería preguntárselo a Kattirva? Creí que sí, ya que ella era la única que podía sacarme de dudas, pero era que tenía tantas preguntas para hacerle... ¿Por cuál empezaba? ¡Ah! ¡Sí! Por la de la inmortalidad, pero Kattirva habló antes de que pueda preguntarle nada.
—¿Qué quieres preguntarme, María? Estas muy callada y la verdad es que estoy aguantándome las ganas de leerte la mente. Pero no lo hago porqué tenemos un acuerdo, y hemos hecho algo ambas que es irrompible.La miré sin decir una palabra. Esta mujer me sorprendía. ¿Así que leerme la mente? No sabía como no me la había leído ya. Pero me alegré de que hubiera respetado mi privacidad.
—Sobre la inmortalidad... —Empecé—. ¿Qué pasará con los míos? ¿Morirán como yo me temo, ya que ellos son “mortales” y yo no?El tiempo se detuvo porqué temía su respuesta fuera un “Sí”.
—Los tuyos como tú dices, son mortales. Tienen su vida escrita. Yo sé toda su vida. Por eso te elegí. Pero sí, morirán por no ser inmortales. —Dijo finalmente.—Ya... Y yo puedo hacer algo al respecto. ¿No?—Así es. Eres lista. Me alegra mi elección.—¿Tu elección? ¡¿Me elegiste?! ¡¿De qué estás hablando?! —Abrí los ojos como platos sin entenderla.—Sí. Te elegí. Toda mi familia está “reencarnada” o “fusionada” con algún humano ahora mismo. ¿Sino como crees que me conoces? —Preguntó alzando una ceja.—¡Dios! —Me tapé la boca, y en ese momento caí en lo que ella se refería.—Lo has pillado ahora, ¿Eh? —Preguntó y yo asentí—. ¿Como supiste de mi si no?—Te conocí por un foro de Internet. Me metí y me “dieron” a ti como personaje.—¿Quien te lo dio?—Un chico. Jonny. Es un chico fantástico.—¿Qué personaje tenía?—Deagow. Tú hijo.—¿A quién más conocías?—Pues a Alejandra que era Bianca, a Álvaro que era Demetrius, a Andrés que era Laikos, a Aira que era Dathesa... Son muchos. —Respondí.—Y tú que eras Kattirva. Entonces.... —Dejó la frase sin terminar.—¡Tú familia está “reencarnada” o “fusionada” con ellos! ¡Con esos humanos exactamente!Kattirva me miró con una chispa en sus ojos y me sonrió. Seguidamente aplaudió.
—¡Bravo María! Ahora ya sabes toda la historia y el futuro que te espera, que “nos” espera a ambas.—¿Pero ellos ya saben a quienes llevan dentro? —Pregunté temiéndome lo peor.—No. Los demás aún no han sido activados o despertados, me da igual como lo digas, y no serán despertados hasta que no sea necesario. Cada uno, a su tiempo.—¿Y como Jonny nos dio esos personajes?—Fácil. Se activó una parte de la memoria de Deagow lo que hizo que la historia de los míos se metiera en la mente de la de Jonny.—Entiendo... ¿Ha despertado alguien más?—De momento no.—¿Porqué has esperado tanto tiempo a despertarte?—Eso depende de cada uno. Ya te lo he dicho. Además el “huésped” debe estar “preparado” y tú lo estabas. Lo noté, y eso hizo que me despertara.—Demasiada información para procesar Kattirva. —Dije confusa y apartándome un poco de donde estaba ella sentada.—Lo sé, y tendrás muchísimo tiempo para asimilarla.—¿Cual es el futuro que me espera, bueno... que “nos” espera?—El futuro es incierto y sorprendente, María. Ya lo veremos. —Sonrió de lado.Sonreí y estallé en una carcajada. La verdad era que era imposible que el mundo en el que vivía, el que pensaba que era irreal, fuera real y existiera de verdad. ¡Era de locos! ¡Madre mía! Así que todo era cierto, nada imaginario.
—Me alegra mucho que te haga gracia. —Dijo Kattirva.—Es que sigo sin creérmelo.—Pues creételo porqué así son las cosas.Kattirva se levantó y fue entonces cuando vi lo majestuosa que era y como iba vestida. Vestía con el vestido medieval que tantas veces me había imaginado, negro con mangas largas y anchas, una gran cola, con pedrería y detalles en plata y en rojo que formaban los símbolos de los Drasmasters... Estaba maravillada. No podía creerme que todo lo que había imaginado fuera real. Ella me miró y sonrió al darse cuenta de lo que estaba pensando. Se acercó hasta donde estaba; la miré y ella me miró.
—¿Estas asustada? —Preguntó.—No. —Respondí.—Me lo imaginaba. Por eso te elegí, María. —Tragué saliva—. Eres una joven fuerte, con las ideas claras, bella y muy inteligente. Tienes mucho temperamento y el amor que tienes por los tuyos es lo que más me gustó de ti. Ese amor que tienes por los tuyos es que el que tengo yo por los míos. Tú fracaso en el amor, es el mismo que sufrí yo. —Suspiró y volvió a mirarme, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja—. Pero tranquila, todo se solucionará. El destino nos tienes grandes sorpresas preparadas. —Me sonrió dulcemente como una madre a su hija mientras me acariciaba la mejilla con ternura—. No somos tan diferentes como crees. Somos muy parecidas, prácticamente idénticas. Por eso te elegí, por eso. Sé que está fusión ha sido una de las cosas que mejor he hecho, y me alegra ver como te lo has tomado. Te esperan grandes cosas, así que disfrutalo todo y mucho.—Parece que te estás despidiendo de mí.—Eso hago. Porqué ahora, a partir de este momento, ya nunca más nos veremos.
Y vi como sonreía pero de felicidad.
—Pero... —Dije mientras se me formaba un nudo en la garganta.—Lo sé. Lo sé. —Y me estrechó entre sus brazos y estallé a llorar.Lloré entre sus brazos durante un tiempo que me pareció una eternidad pero Kattirva no me soltó. Sino todo lo contrario, me acarició el pelo con suavidad. Desprendía amor y ternura. Me sentía muy a gusto con ella. Kattirva era una maravilla de mujer. Había tenido que sacar a toda su familia hacia delante haciendo frente a otros problemas como su fracaso en el amor o como el enfrentamiento entre sus razas, o como los problemas con Death. Me dolía despedirme de ella. No quería. Ahora la comprendía, la entendía, y era fantástica. Me sentía muy orgullosa y honrada de haber sido yo en quien se hubiera “reencarnado” por así decirlo. Ella se separó de mí y me miró.
—Me caes bien. —Dije.—Y tú a mí. Y recuerda de que no hay nada imposible, nada. ¿Lo has entendido?Asentí y tragué saliva.
—Cuida de mi Leo. —Me dijo—. Es lo más grande que tengo en mi vida, y ámalo por encima de todo tal como yo le he amado y como siempre le amaré. Nuestra historia se merece un final feliz, y reúne a la familia.Asentí y supe que iba a cumplir al pie de la letra lo que ella me ha dicho. No me hacía falta que me dijera quien era Leo porqué lo suponía. Ella me miraba y lo único que veía en sus ojos era dulzura. Kattirva me abrazó de nuevo cálidamente. Pero fue un abrazo distinto... Maternal... Diría yo. Pasó los brazos por mi cuello y noté como cerraba los ojos. Mi cuerpo reaccionó y le pasó los brazos por la cintura, devolviendole el abrazo. Era extraño abrazar a alguien como ella, pero me gustaba. Me sentía querida... Como si fuéramos madre e hija. Era... Estupendo. Seguimos así durante unos minutos que me parecieron eternos pero que se agradecieron. Finalmente se apartó y me miró sonriendo tristemente.
—Bien. Ahora María, mirame a los ojos porqué ahora vas a despertarte.Le miré a los ojos y de los de ambas cayeron lágrimas.
—Adiós Kattirva.—Adiós María.Y noté como si me arrastraran hacia arriba, desapareciendo del Tártaro y sabiendo que no volvería a ver a Kattirva, nunca más, pero ahora ya sabía muchas cosas y las dudas que tenía habían sido resueltas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario