lunes, 3 de junio de 2013

Prólogo ("El despertar")

Solté un chillido que no era de este mundo. Me temblaban las manos. Los símbolos ardían en mi piel. Me quemaban. Estaban al rojo vivo. Noté que la cabeza me iba a explotar.
—No. No saldrás. —Le dije a Kattirva mientras notaba como me iba poseyendo.
—Oh. Claro que saldré. —Su voz sonó con más fuerza en mi cabeza.
Mi cuerpo se convulsionaba y cada vez salían más símbolos en mi cuerpo. Las cuerdas con las que tenía atadas las manos empezaron a echar humo.
—Nos matarás a todos. —Supliqué a Kattirva mientras dentro de mí había una lucha por la posesión de mi cuerpo.
—Querrás decir “los” mataré a todos.
—¡Nooooooo! —Grité enfurecida.
La música seguía sonando de fondo y la letra se clavaba en mi mente.
—La hija del Caos resurgirá de sus cenizas y sumirá al mundo en la oscuridad. Será entonces cuando los demonios de la noche poseerán el mundo de los vivos para llevarlo al de los muertos. Madre de madre. Reina de reinas...
No deberían haberla entonado, pero aún así seguían cantando. Las 10 mujeres que había a mi alrededor sabían que así era la única forma de que Kattirva se despertara. “Pero... ¿Cómo han podido hacer eso?” Los estudiantes había formado un circulo alrededor del ritual. Mis compañeros de universidad me observaban con atención y asombro. Estaban paralizados como la mayoría de la gente que había allí.
—Ya está empezando a poseerla. Fijate. —Le dijo una de las enmascaradas a la otra.
—Sí. —Contestó esta.
No podía moverme ya que mi cuerpo se convulsionaba. Quería transformarse pero no quería. El dolor era insoportable. Sabía que no podría seguir aguantando durante más tiempo.
—Eres resistente, pero sabes que acabaré ganando. —La voz de Kattirva sonaba con fuerza dentro de mí.
“No. No. No.” Pero estaba acabada. El mundo estaba acabado. Kattirva había despertado y ahora ni nada ni nadie era capaz de pararla. Mis muñecas ardieron y las cuerdas con las que las tenía atadas se desintegraron convirtiendose en cenizas. Un dolor agudo se metió en mi cerebro y abrí la boca para soportarlo mejor. El dolor llegó a mis dientes transformándolos por completo: Unos largos y afilados colmillos blancos aparecieron, y el resto de mis dientes se volvieron más finos y puntiagudos. Mis labios se volvieron más azules que nunca y mi lengua de un rojo granate oscuro. Mi piel empezó a volverse blanca como la nieve y los símbolos resaltaban en ella. Estaba cubierta al completo por ellos. Sentí un pinchazo en mi espalda y mi cuerpo se flexionó hacía atrás. Mi pelo empezó a crecer y a teñirse de negro. Solté otro chillido y noté como los huesos de las manos se me rompían todos a la vez. Alargué los brazos para verlos y vi como mis dedos se alargaron y mis uñas se convertían en unas garras afiladas y puntiagudas.
—Sí. Sí. Ya queda poco. —Me dijo Kattirva en mi cabeza.
Parecía enfadada y furiosa. Su poder aumentaba cada vez más. Mi espalda se convulsionó más y me plegué sobre mi misma. Por un momento noté como la columna se me partía en dos y 3 grandes pares de alas negras aparecieron en mi espalda. Eso hizo que las alas rasgaran mi ropa y me quedara desnuda. Mi cuerpo empezó a alargarse y a estilizarse y una niebla negra que parecía desprender me cubrió formando un vestido negro como de gasa, tapando así mi desnudo. Las 10 encapuchadas alzaron la voz aún más y siguieron entonando la canción. Parecía ser que tenían claro lo que querían y que no iban a detenerse.
La gran madre. La noche está aquí y su poder se nota en todos los universos. Oh. Kattirva. Hija del Caos. Madre del apocalipsis. Deja que la noche inunde nuestras almas tal y como has hecho con nuestras vidas.
Giré la vista hacia ellos y les sonreí débilmente. Sabía que Kattirva les mataría dentro de poco.
Lo siento. Articulé con mis labios. Iba a perder a mis padres, a mis amigos... Pero ya no había nada que pudiera hacer.
—Deja que me meta en tú mente María. —Me dijo Kattirva.
Seguía de rodillas y temblando. Me dolía el cuerpo entero. Sabía la apariencia que tenía ahora. Kattirva ya había dominado mi físico, pero no iba a permitir que también lo hiciera con mi mente.
—No. No. No. —Contesté con las últimas fuerzas que tenía.
—Mirales a todos, porqué cuando me haya metido en tu mente, borraré los recuerdos que tienes de los tuyos, para siempre.
Quise apartar la cabeza y la mirada, pero noté como Kattirva me obligaba a mirarles a los ojos. Mis ojos azules se encontraron con los de ellos. Las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. Apreté los dientes con fuerza queriendo resistirme pero no pude. Nada podía hacer contra ella.
—Dejate llevar María. Cuanto antes lo hagas mejor será para todos. —La voz de Kattirva sonaba con claridad y fuerza en mi cabeza.
—No. Será mejor para ti, no para mí, ni para nadie. —Articulé con dificultad.
—Estúpida humana. Eres.... ¡Míaaaaaaaaaaaaaaa! —Gritó Kattirva.
Solté un chillido y cerré los ojos tratando de soportarlo, pero el dolor me recorría todo el cuerpo. Notaba como si mi sangre se hubiera convertido en lava. Mi cuerpo se convulsionó y se flexionó de espaldas apoyándome sobre las 6 grandes alas que ahora tenía en mi espalda. Ya no tenía fuerzas, estaba exhausta, destrozada.
Ya no ha nada que hacer. Nada. Pensé.
Apreté los ojos y me dejé llevar. Ya no tenía fuerzas. Estaba agotada, exhausta. Kattirva entró en mi mente apoderándose de ella por completo. Noté como la nueva huésped entraba en mí. Mi conciencia se hizo un ovillo en un lugar de mi mente mirando horrorizada y con lágrimas en los ojos como Kattirva tomaba el mando de mi cuerpo y toda yo. Estaba acabada, igual que el mundo y que la gente a la que amaba. Mi cuerpo abrió los ojos, pero ya no eran los míos, sino los de Kattirva; de un color azul claro: hielo y frio. Aunque estuviera consciente, Kattirva me habló:
—No sigas con esto. Acepta de una vez que somos una misma. Nos conocemos María. Únete a mí. Prueba lo que es tener más poder que jamás nadie quiso.
—Me uniré a ti, si dejás a mi familia vivir. —Cogí aire—. Pido una fusión. —Dije suavemente—. Sé que eso a ti te sonará familiar. Porqué sé que eres la fusión de 5 deidades femeninas.
—Así es. —Contestó ella.
Veía como ella, sentía lo que ella sentía. Pero eramos dos esencias, dos almas, dos mujeres en un mismo cuerpo. Nuestra conversación era mental, donde en un lugar de mi mente las dos estábamos cara a cara hablando.
—Pues eso es lo que pido.
Kattirva meditó durante unos segundos que me parecieron minutos. Sabía que Kattirva era muy compleja, pero si íbamos a compartir cuerpo debíamos llegar a un acuerdo.
—Lo que me pides es lo que yo te ofrezco, pero en otras palabras. —Dijo finalmente.
—Más o menos. Bueno... sí.
—¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?
—Muchas cosas. Los míos como por ejemplo. No quiero perderlos. Y tú sabes del tema...
—Sí. Sé sobre el tema. —Me cortó Kattirva.
No parecía de buen humor, y era mejor no enfadarla, porqué lo único que conseguiría con eso sería empeorar las cosas.
—¿Qué me dices? —Le pregunté esperanzada a que aceptara.
—Acepto. Es lo que queremos ambas, así que perfecto.
Noté como un escalofrío me recorría la columna vertebral. Por un momento me sentí aterrada, horrorizada de lo que podía pasar de ahora en adelante.
—¿Cuando haremos la fusión? —Pregunté.
—Cuando tú quieras. ¿Te parece bien ahora? —Respondió ella.
—Sí. Me parece bien. —Dije suavemente y asentí con la cabeza.
—Relajate María. Será rápido.
—¿Seguiremos como ahora? Como dos personalidades diferentes. —Pregunté.
—No. Seremos una misma. Tú esencia y la mía se fusionarán para así formar una sola.
—¿Y mis recuerdos como humana se borrarán?
—No. Estarán intactos, pero puede que tu personalidad cambie.
—¿Cam...bie? —Tartamudeé.
—Sí. Que cambie.
—¿En qué sentido? —Pregunté.
—En el que puede que tú humor, y la visión que tengas sobre el mundo y las personas no sea la misma.
—¿Seguiré siendo María?
—En parte. Serás María, pero también serás Kattirva. Será raro, pero te acostumbrarás. Te lo prometo.
Tragué saliva. No sabía si estaba preparada, pero creo que nunca había estado tan convencida de algo. Era un gran sacrificio pero era lo correcto.
—Adelante. —Dije finalmente.
—Bien. —Contestó Kattirva.
Cerré los ojos y me relajé. No sentí a Kattirva durante unos segundos pero finalmente sentí esa sacudida, esa descarga, como si fuera atravesada por un rayo. Sentía como mi cuerpo se agitaba y se convulsionaba, y como la gente gritaba horrorizada. No sé que pasó con mi cuerpo, ni conmigo después de que perdiera el conocimiento.

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