Solté
un chillido que no era de este mundo. Me temblaban las manos. Los
símbolos ardían en mi piel. Me quemaban. Estaban al rojo vivo. Noté
que la cabeza me iba a explotar.
—No.
No saldrás. —Le dije a Kattirva mientras notaba como me iba
poseyendo.
—Oh.
Claro que saldré. —Su voz sonó con más fuerza en mi cabeza.
Mi
cuerpo se convulsionaba y cada vez salían más símbolos en mi
cuerpo. Las cuerdas con las que tenía atadas las manos empezaron a
echar humo.
—Nos
matarás a todos. —Supliqué a Kattirva mientras dentro de mí
había una lucha por la posesión de mi cuerpo.
—Querrás
decir “los” mataré a todos.
—¡Nooooooo!
—Grité enfurecida.
La
música seguía sonando de fondo y la letra se clavaba en mi mente.
—La
hija del Caos resurgirá de sus cenizas y sumirá al mundo en la
oscuridad. Será entonces cuando los demonios de la noche poseerán
el mundo de los vivos para llevarlo al de los muertos. Madre de
madre. Reina de reinas...
No
deberían haberla entonado, pero aún así seguían cantando. Las 10
mujeres que había a mi alrededor sabían que así era la única
forma de que Kattirva se despertara. “Pero...
¿Cómo han podido hacer eso?”
Los
estudiantes había formado un circulo alrededor del ritual. Mis
compañeros de universidad me
observaban
con atención y asombro. Estaban paralizados como la mayoría de la
gente que había allí.
—Ya
está empezando a poseerla. Fijate. —Le dijo una de las
enmascaradas a la otra.
—Sí.
—Contestó esta.
No
podía moverme ya que mi cuerpo se convulsionaba. Quería
transformarse pero no quería. El dolor era insoportable. Sabía que
no podría seguir aguantando durante más tiempo.
—Eres
resistente, pero sabes que acabaré ganando. —La voz de Kattirva
sonaba con fuerza dentro de mí.
“No.
No. No.”
Pero
estaba acabada. El mundo estaba acabado. Kattirva había despertado y
ahora ni nada ni nadie era capaz de pararla. Mis muñecas ardieron y
las cuerdas con las que las tenía atadas se desintegraron
convirtiendose en cenizas. Un dolor agudo se metió en mi cerebro y
abrí la boca para soportarlo mejor. El dolor llegó a mis dientes
transformándolos por completo: Unos largos y afilados colmillos
blancos
aparecieron, y el resto de mis dientes se volvieron más finos y
puntiagudos. Mis labios se volvieron más azules
que nunca y mi lengua de un rojo granate oscuro. Mi piel empezó a
volverse blanca como la nieve y los símbolos resaltaban en ella.
Estaba cubierta al completo por ellos. Sentí un pinchazo en mi
espalda y mi cuerpo se flexionó hacía atrás. Mi pelo empezó a
crecer y a teñirse de negro. Solté otro chillido y noté como los
huesos de las manos se me rompían todos a la vez. Alargué los
brazos para verlos y vi como mis dedos se alargaron y mis uñas se
convertían en unas garras afiladas y puntiagudas.
—Sí.
Sí. Ya queda poco. —Me dijo Kattirva en mi cabeza.
Parecía
enfadada y furiosa. Su poder aumentaba cada vez más. Mi espalda se
convulsionó más y me plegué sobre mi misma. Por un momento noté
como la columna se me partía en dos y 3 grandes pares de alas negras
aparecieron en mi espalda. Eso hizo que las alas rasgaran mi ropa y
me quedara desnuda. Mi cuerpo empezó a alargarse y a estilizarse y
una niebla negra que parecía desprender me cubrió formando un
vestido negro como de gasa, tapando así mi desnudo. Las 10
encapuchadas alzaron la voz aún más y siguieron entonando la
canción. Parecía ser que tenían claro lo que querían y que no
iban a detenerse.
—La
gran madre. La noche está aquí y su poder se nota en todos los
universos. Oh. Kattirva. Hija del Caos. Madre del apocalipsis. Deja
que la noche inunde nuestras almas tal y como has hecho con nuestras
vidas.
Giré
la vista hacia ellos
y les
sonreí débilmente. Sabía que Kattirva les
mataría dentro de poco.
—Lo
siento.
—Articulé
con mis labios. Iba a perder a mis padres, a mis amigos... Pero
ya no había nada que pudiera hacer.
—Deja
que me meta en tú mente María. —Me dijo Kattirva.
Seguía
de rodillas y temblando. Me dolía el cuerpo entero. Sabía la
apariencia que tenía ahora. Kattirva ya había dominado mi físico,
pero no iba a permitir que también lo hiciera con mi mente.
—No.
No. No. —Contesté con las últimas fuerzas que tenía.
—Mirales
a todos, porqué cuando me haya metido en tu mente, borraré los
recuerdos que tienes de los tuyos, para siempre.
Quise
apartar la cabeza y la mirada, pero noté como Kattirva me obligaba a
mirarles a los ojos. Mis ojos azules se encontraron con los de ellos.
Las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. Apreté los dientes
con fuerza queriendo resistirme pero no pude. Nada podía hacer
contra ella.
—Dejate
llevar María. Cuanto antes lo hagas mejor será para todos. —La
voz de Kattirva sonaba con claridad y fuerza en mi cabeza.
—No.
Será mejor para ti, no para mí, ni para nadie. —Articulé con
dificultad.
—Estúpida
humana. Eres.... ¡Míaaaaaaaaaaaaaaa! —Gritó
Kattirva.
Solté
un chillido y cerré los ojos tratando de soportarlo, pero el dolor
me recorría todo el cuerpo. Notaba como si mi sangre se hubiera
convertido en lava. Mi cuerpo se convulsionó y se flexionó de
espaldas apoyándome
sobre las 6 grandes alas que ahora tenía en mi espalda. Ya no tenía
fuerzas, estaba exhausta, destrozada.
—Ya
no ha nada que hacer. Nada. —
Pensé.
Apreté
los ojos y me dejé llevar. Ya
no tenía fuerzas. Estaba agotada, exhausta. Kattirva
entró en mi mente apoderándose
de ella por
completo.
Noté como la
nueva huésped
entraba en mí. Mi conciencia se hizo un ovillo
en un lugar de mi mente mirando horrorizada y con lágrimas
en los ojos como Kattirva tomaba el mando de mi cuerpo y toda yo.
Estaba acabada, igual que el mundo y que la gente a la que amaba. Mi
cuerpo abrió los ojos, pero ya no eran los míos,
sino los de Kattirva; de un color azul claro: hielo y frio. Aunque
estuviera consciente, Kattirva me habló:
—No
sigas con esto. Acepta de una vez que somos una misma. Nos conocemos
María. Únete a mí. Prueba lo que es tener más poder que jamás
nadie quiso.
—Me
uniré a ti, si dejás a mi familia vivir. —Cogí
aire—.
Pido una fusión. —Dije suavemente—. Sé que
eso a ti te sonará familiar. Porqué sé que eres la fusión de 5
deidades femeninas.
—Así
es. —Contestó ella.
Veía
como ella, sentía lo que ella sentía. Pero eramos dos esencias, dos
almas, dos mujeres en un mismo cuerpo. Nuestra conversación era
mental, donde en un lugar de mi mente las dos estábamos cara a cara
hablando.
—Pues
eso es lo que pido.
Kattirva
meditó durante unos segundos que me parecieron minutos. Sabía que
Kattirva era muy compleja, pero si íbamos a compartir cuerpo
debíamos llegar a un acuerdo.
—Lo
que me pides es lo que yo te ofrezco, pero en otras palabras. —Dijo
finalmente.
—Más
o menos. Bueno... sí.
—¿Y
qué te ha hecho cambiar de opinión?
—Muchas
cosas. Los míos como por ejemplo. No quiero perderlos. Y tú sabes
del tema...
—Sí.
Sé sobre el tema. —Me cortó Kattirva.
No
parecía de buen humor, y era mejor no enfadarla, porqué lo único
que conseguiría con eso sería empeorar las cosas.
—¿Qué
me dices? —Le pregunté esperanzada a que aceptara.
—Acepto.
Es lo que queremos ambas, así que perfecto.
Noté
como un escalofrío me recorría la columna vertebral. Por un momento
me sentí aterrada, horrorizada de lo que podía pasar de ahora en
adelante.
—¿Cuando
haremos la fusión? —Pregunté.
—Cuando
tú quieras. ¿Te parece bien ahora? —Respondió ella.
—Sí.
Me parece bien. —Dije suavemente y asentí con la cabeza.
—Relajate
María. Será rápido.
—¿Seguiremos
como ahora? Como dos personalidades diferentes. —Pregunté.
—No.
Seremos una misma. Tú esencia y la mía se fusionarán para así
formar una sola.
—¿Y
mis recuerdos como humana se borrarán?
—No.
Estarán intactos, pero puede que tu personalidad cambie.
—¿Cam...bie?
—Tartamudeé.
—Sí.
Que cambie.
—¿En
qué sentido? —Pregunté.
—En
el que puede que tú humor, y la visión que tengas sobre el mundo y
las personas no sea la misma.
—¿Seguiré
siendo María?
—En
parte. Serás María, pero también serás Kattirva. Será raro, pero
te acostumbrarás. Te lo prometo.
Tragué
saliva. No sabía si estaba preparada, pero creo que nunca había
estado tan convencida de algo. Era un gran sacrificio pero era lo
correcto.
—Adelante.
—Dije finalmente.
—Bien.
—Contestó Kattirva.
Cerré
los ojos y me relajé. No sentí a Kattirva durante unos segundos
pero finalmente sentí esa sacudida, esa descarga, como si fuera
atravesada por un rayo. Sentía como mi cuerpo se agitaba y se
convulsionaba, y como la gente gritaba horrorizada. No sé que pasó
con mi cuerpo, ni conmigo después de que perdiera el conocimiento.
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